XIX

Se vistió la montañesa su ropa de diario, falda y chaqueta de lanilla á

cuadros blancos y negros; y apenas había tenido tiempo más que para

frotarse apresuradamente el rostro con la tohalla y atusarse el pelo

ante un espejo todo estrellado por la alteración del azogue, cuando,

oyendo dar las seis en el asmático reloj del comedor, salió de su cuarto

andando de puntillas y bajó la escalera que comunicaba con la cocina, en

aquel momento solitaria. Deslizóse por el corredor de las bodegas, que

conducía á las elegantes habitaciones de la familia del _Gallo_; y

apenas dió tres pasos por él, una mano musculosa aunque rehenchida y

juvenil asió la suya, y se sintió arrastrada en medio de la oscuridad,

hacia la puerta. Salieron de los Pazos, y, con deleite inexplicable,

bebieron juntos la primer onda de fresco matutino.

Aunque el sol calentaba ya, aún se veía, sobre el azul turquesa del

cielo, al parecer lavado y reavivado por el copioso _orvallo_ nocturno,

la faz casi borrada de la luna, semejante á la huella que sobre una

superficie de cristal azul deja un dedo impregnado de polvillo de plata.

Sin decirse palabra, asidos de la mano, caminando unidos con andar

ajustado y rápido, siguieron la linde de los trigos segados ya,

humedeciéndose los pies al hollar la hierba y el tapiz de manzanillas

todas empapadas de helado rocío, próximo á convertirse en escarcha. Cosa

de un cuarto de hora andarían así, ascendiendo hacia la falda del monte,

donde empezaban á escalonarse los paredones para el cultivo de las

vides; y Perucho, en vez de aflojar el paso, lo apretaba más. A pesar de

su ligereza de cabrita montés, Manuela mostró querer detenerse un

instante.

--Anda, mujer, anda--dijo él imperiosamente.

--Hombre, ya ando... pero déjame tomar aliento. ¿Qué discurso es este de

ir como locos?

--Es que no quiero que se despierten tu padre y el forastero, y te echen

menos, y te envíen á buscar.

--¡El forastero! A tales horas dormirá como un santo. Buenos son esos

señores del pueblo para madrugar. No sé cómo no crían lana en el cuerpo.

--Bien, bien.... yo me entiendo y bailo solo. Desviémonos de casa lo más

que podamos, y ya descansaremos después.

Al salir de la breve zona fértil y risueña del valle, empezaba el

paisaje á hacerse melancólico y abrupto. Abajo quedaban los maizales,

los centenos y trigales á medio segar, los Pazos con su gran huerto, su

vasto soto, sus terrenos de labradío, sus praderías; y el sendero,

escabroso, interrumpido muchas veces por peñascales, caracoleaba entre

viñedos colgados; por decirlo así, en el declive de la montaña. En otras

ocasiones, al trepar por aquel sendero, la pareja se entretenía de mil

modos: ya picando las moras maduras; ya tirando de los pámpanos de la

vid, por gusto de probar su elástica resistencia y de descubrir entre el

pomposo follaje el racimo de agraz en el cual empieza á asomar el ligero

tono carminoso, parecido al rosado de una mejilla; ya bombardeando á

pedradas los matorrales para espantar á los estorninos; ya rebuscando

unas fresas chiquitas, purpúreas, fragantes, que se dan entre las viñas

y son conocidas en el país por _amores_. Hoy, con la prisa que llevaba

Perucho, no les tentaba la golosina. El mancebo subía por la recia

cuesta con el sombrero echado atrás, la frente sudorosa, el rostro hecho

una brasa (pues el sol se desembozaba y picaba de firme), y sosteniendo

á Manuela por la cintura, ó, mejor dicho, empujándola para que anduviese

más veloz. Al llegar á lo alto, cerca ya de la casa de la Sabia, la niña

se detuvo.

--¿Qué te pasa?

--No puedo más... ahogo... ¡Rabio de sed!

--¿Sed? Allá arriba beberemos, en el arroyo.

--Tú por fuerza chocheaste. ¿A dónde señalas? ¿Al Pico Medelo? ¿A los

Castros?

--Pues vaya una cosa para asustarse. Ya tenemos ido más lejos.

--Si no bebo pronto, rabio como un can. No ves que con la prisa salí de

casa en ayunas...

--Bueno, pues á ver si la señora María nos da una _cunca_ de leche. Pero

despáchala luego, ¿estás? No te entretengas en conversación.

Ligera otra vez como una corza, á la idea de beber y refrescarse, cruzó

Manuela bajo el emparrado, y empujó la cancilla de la puerta de la

Sabia. La horrible vieja ya había dejado su camastro; pero sin duda por

acabar de levantarse, ó á causa del calor, estaba sin pañuelo ni

justillo, en camisa, con sólo un refajo de burdo picote, ribeteado de

rojo: los copos de sus greñas aborrascadas le cubrían en parte el negro

pescuezo, sin ocultar la monstruosa papera.--¡Leche! Dios la

dé,--contestó la sibila mirando de reojo á los dos muchachos. Todas las

vacas enfermas; una recién operada, ya sabían los señoritos; ni tanto

así de yerba con qué mantenerlas; la fuente sequita y el prado que daba

ganas de llorar... ¡Leche! Que le pidiesen oro, que le pidiesen plata

fina; pero leche... Y ya Manuela, desalentada por las exageraciones de

la bruja, iba á conformarse con un poco de agua y suero, que la

hechicera aseguraba ser regalo de un yerno suyo. Pero Perucho le arrancó

de las manos el cuenco de barro lleno de aquella insípida mixtura.

--Pareces tonta... ¿Que no hay leche? Vamos á ver ahora mismo si la hay

ó no la hay.

Vertió el líquido que llenaba el cuenco, y se metió por el establo

medio atropellando á la vieja que se le atravesaba delante. ¡No haber

leche! ¡No haber leche para él, para el nieto de Primitivo Suárez, para

el hijo de Sabel, la que había estado más de diez años haciendo el caldo

gordo y enriqueciendo á aquel atajo de pillos de casa de la Sabia! Hasta

piezas de loza estaba viendo en el vasar que conocía porque en algún

tiempo guarnecieron la cocina de los Pazos... ¡Tenía gracia, hombre, no

haber leche! ¡Condenada bruja! Perucho se sentía animado de esa cólera

que nos inflama cuando llegamos á la edad adulta contra las personas que

hemos tenido que soportar, siéndonos muy antipáticas, en nuestra niñez.

Determinado iba, si las vacas no tenían leche, á sangrarlas. Encendió un

fósforo y alumbró las profundidades de la cueva: lo primero con que

tropezaron sus ojos, fué con unas ubres turgentes, unos pezones

sonrosados, lubrificados por la linfa que rezumaba de la odre demasiado

repleta. Arrimó el cuenco, echó mano,... calentó con dos ó tres

fricciones y golpecitos... ¡Santo Dios! ¡Qué chorro grueso, perfumado,

mantecoso! ¡Qué bien soltaba la blanda teta su río de néctar, y qué

calientes gotas salpicaban los párpados y labios de Perucho al ordeñar!

¡Qué espuma cándida la que se formaba en la cima del cuenco, rebosando

en burbujas que, al evaporarse, dejaban un arabesco, una blanca orla de

randas sobre el barro! Loco de gozo, Perucho acarició el grueso cuello

de la vaca, salió con su tazón lleno, y se lo metió á Manuela en la

boca.

--¿Que no había leche, eh, señora María de los demonios?--gritó.--¿Que

no había leche? Para mí lo hay todo ¿me entiende usted? ¡Caracoles!

¡Como vuelva á mentir! ¡Por embustera le ha de dar el enemigo muchos

tizonazos allá en sus calderas!

Manuela, retozándole la risa, bebía aquella gloria de leche, aquella

sangre blanca, que traía en su temperatura la vida del animal, el calor

orgánico á ningún otro comparable... Perucho la miraba beber con orgullo

y ufanía, satisfecho de sí mismo, mientras la vieja, dejándose caer

sobre el _tallo_, fijaba en la niña una mirada siniestra al través de

sus cejas hirsutas: beberle la leche de su vaca era como chuparle á ella

por la sangría el propio licor de sus venas.

--Aun parece que nos la está echando en cara, ¿eh Sabia?

--Que les aproveche bien--murmuró entre dientes la sibila, con el mismo

tono con que diría:--rejalgar se te vuelva.

--Vaya, pues ya que nos convida tan atenta y de tan buen corazón,

aguarde, aguarde.--Y Perucho, llegándose al armario misterioso de la

bruja, abriólo de par en par, y de entre cucuruchos de papel de estraza,

frascos harto sospechosos, cabos de cera y naipes que ya tenían encima

más de su peso de mugre, tomó un tanque de hojalata, entró de nuevo en

el establo, y salió á poco rato con el tanque colmado de leche. Manuela

podía beberse otra cunca, y á él también era justo que, por el trabajo

de ordeñar, le tocase algo. Fué un golpe mortal para la hechicera. Al

pronto se arrimó á la puerta con los brazos alzados al cielo, gimiendo y

rogando al señorito que por Dios, _por quien tenía en el otro mundo_, no

le secase la _vaquiña_, que de esta hecha se le moría, y el _cucho_

también; y como Perucho respondiese con la más mofadora carcajada, se

contó perdida ya, y se dejó caer en su asiento favorito, hecho de un

fragmento de tronco de roble, volviendo la espalda por no ver

desaparecer el contenido del tanque. La niña montañesa hizo dos ó tres

remilgos antes de reincidir; pero así que llegó el cuenco á los labios,

con indecible y goloso deleite lo apuró enterito, y aun se relamió al

verle el fondo. Perucho dió fin al tanque, que llevaría tal vez cuenco y

medio; y acercándose á la bruja, le descargó una palmada en el hombro.

--Vaya, señora María, abur... Tan amigos, ¿eh? No hay que enfadarse...

Más que le bebimos ahora de leche tiene usted bebido de vino en la

cocinita de los Pazos... ¿Ya se le fué de la memoria? Y si me llevo

este pedazo de brona--y enseñaba un zoquete que había sacado de la

artesa--bastantes ferrados de maíz se ha comido usted allá á cuenta del

padrino... ¡Conservarse!...

Salieron rápidamente, sin oir algo amenazador que rezongaba entre

dientes la infernal bruja, ocupada sin duda en echarles cuantas

maldiciones, plagas, conjuros y _paulinas_ contenía su repertorio. A

pocos pasos de la casa rompieron á reir mirándose.

--¿Eh? ¿Qué tal sabía la leche?

--Sabía á poco.

--¡Mujer! Dijéraslo, y te ordeño la otra vaca. La grandísima tal y cual

de la vieja tiene dos paridas, con leche así, que les revienta por la

teta, y nos quería dejar rabiar de sed.

--No, bien bastó lo que hiciste... Nos queda echando plagas. Hoy nos

maldice todo el santo día. ¿Será cierto eso de que estas mujeres hacen

mal de ojo cuando les da la gana? ¿Y de que maldicen á la gente y la

gente se muere pronto?

--¡Mal de ojo! ¡Morirse!--y el estudiante se rió.--No, tontiña... Esas

son mamarrachadas; bueno que las crea mi madre; ¿pero quién da crédito á

tal cosa?

--Pues á mí poca gracia me hace que me maldiga un espantajo así. De

seguro que esta noche sueño con ella. ¡Qué horrorosa está con el bocio!

¿De qué se cogerán estos bocios, tú, Perucho?

--Dice que de beber el agua que corre á la sombra del nogal ó de la

higuera.

--¡Ay! Dios me libre de catarla enjamás.

Caminaban charlando, con tanta alegría como los mirlos, gorriones,

jilgueros, pardillos y demás aves, no muy pintadas pero asaz parleras,

que en setos, viñedos y árboles cantaban sus trovas á la radiante

mañana. La leche bebida parecía habérseles subido á la cabeza, según

iban de alborotados y regocijados, y el cuerpo un poco magro de Manuela,

competía en agilidad con el robusto y bien modelado de Perucho. Echaban

paso largo por las veredas anchas y practicables; y por las trochas

difíciles, subían corriendo, disputándose la prez de llegar más pronto á

la meta señalada de antemano: un árbol, una piedra, un otero. De cuando

en cuando se volvía Perucho y miraba hacia atrás.

--Ya no se ven los Pazos--exclamaba con satisfacción, como si perder de

vista la casa solariega fuese el objeto único de carrera tan desatinada.

¡Qué se habían de ver los Pazos! Ni por pienso. Es de advertir que

Perucho no había tomado el camino del crucero, aquel camino para él de

recordación tan trágica, sino echado por la parte opuesta, hacia sitios

mucho menos frecuentados; la dirección de Naya. Entraba á la sazón en

los montes que forman la hoz al través de la cual va cautivo, espumante

y mugidor, el río Avieiro. Daba gusto pisar aquel terreno montuoso, tan

seco, tan liso, y hollar el tapiz de flores de brezo, de tierno tojo

inofensivo aún, los setos de madroñeros floridos, las matas de retama

amarguísima, las orquídeas finas, con olor á almendra, toda la seca y

enjuta y balsámica flora montés, que convida al cuerpo á tenderse y le

brinda un colchón higiénico, tibio del calor solar, aromoso, regalado,

incomparable. De trecho en trecho, algún pino ofrecía fresca sombra,

ambiente resinoso, quitasol que susurraba al menor soplo de viento....

Manuela sintió que le pesaban los párpados, y el cuerpo se le

enlanguidecía. ¡La maldita leche!

--¡Qué calor!--balbució.--De buena gana me tumbaba ahí, debajo de ese

pino.

Perucho dudó un instante; luego, como si se le ocurriese una objeción,

pero no quisiese expresarla, respondió:

--Ahí no. Yo te diré en dónde hemos de sentarnos.

La montañesa obedeció sin replicar. Desde tiempo inmemorial, desde que

ella andaba aún á gatas, Perucho dirigía el paseo, la zarandeaba á su

gusto, la llevaba aquí y acullá, era el encargado de saber dónde se

encontraban nidos, frutos, sitios bonitos, hacia qué lado convenía

dirigir el merodeo. Rara vez intentó sublevarse Manuela y apropiarse la

dirección del grupo, y las contadas tentativas de independencia no

produjeron más resultado que demostrar la indiscutible superioridad y

maestría de su amigo. En el invierno, mientras Perucho se secaba en

Orense, Manuela, instantáneamente y como por arte maravilloso, aprendía

á manejarse solita, y se encontraba de improviso profesora en

topografía, conocedora de todos los caminos, rincones y andurriales del

valle; pero esto duraba hasta el regreso de Perucho: volvía él, y la

montañesa olvidaba su ciencia y volvía á descansar en su compañero,

pasiva y gozosa.

Seguían caminando, apartándose gran trecho ya de los Pazos y

descendiendo la corriente del río Avieiro por vereditas incultas, aquí

encontrando un pinar, allá un grupo de carrascas verdinegras, más

adelante un roble, ufano de su robustez y de su hercúleo tronco, y

siempre matorrales de madroño y retama, por entre los cuales no el pie

del hombre, sino la naturaleza misma, había abierto senderos, análogos á

tortuosas calles de parque inglés. La luz del sol, que ya tocaba al

zénit, lo enrubiaba todo; encendía con tonos áureos la grama seca; daba

color de ágata á las simientes de la retama; hacía transparentes como

farolillos de papel de seda carmesí las flores del brezo; convertía en

follaje de raso recortado los brotes tiernos de las carrascas; calentaba

con matices de venturina las hojas del pino; prestaba á la bellota verde

el pulimento del jade; y en las alas vibrátiles de las mariposas

monteses--esas mariposas tan distintas de las que se ven en terreno

cultivado, esas mariposas que tienen colores de madera y hoja seca,--y

en los carapachos de los escarabajos, y en la negra coraza y cuernos de

las _vacas louras_, encendía tintas vivas, reflejos metálicos, esmaltes

de oro, brillo negro de tallado azabache. La intensidad del calor

arrancaba á los pinos todos sus olores de resina, á las plantas sus

balsámicas exhalaciones; y entre el sol que le requemaba la sangre y el

vaho que se elevaba de la ebullición de la tierra, y la leche que le

aletargaba el cerebro, Manuela sentía como un comienzo de embriaguez, el

estado inicial de la borrachera alcohólica, que pareciendo excitación no

es en realidad sino sopor; el estado en que las manos resbalan sobre el

objeto que quieren asir, en que los movimientos del cuerpo no obedecen á

la voluntad, en que nos sentamos sin pesar sobre la silla y nos

levantamos y andamos sin estribar en el suelo, porque el sentimiento de

la gravedad se ha amortiguado mucho; y nuestras percepciones son vagas y

turbias, y parece que ha desaparecido la resistencia de los medios, la

densidad de la materia, la dureza de las esquinas y ángulos, y que los

objetos en derredor se han vuelto fluidos, y nuestro cuerpo también, y

más que nada nuestro pensamiento.

No es desagradable el estado, al contrario, y la plétora de vida que

produce se revelaba en el rostro de Manuela: sus ojos brillaban y su

boca sonreía sin interrupción. La niña no preguntaba ya cosa alguna á su

compañero: andaba, andaba tan ligera como se anda en sueños, sin sombra

de cansancio, aunque apoyándose en Perucho y arrimándose á su cuerpo con

instintiva ternura. Allá en la pequeña ladera del monte divisó la

espadaña del campanario de Naya, que conocía, y le ocurrió pensar en el

cura que podría darles un buen almuerzo de huevos y fruta á la sombra de

la fresca parra que entolda la rectoral; mas sin duda no era éste el

propósito de Perucho, pues tomó otra dirección, volviendo la espalda al

campanario y hundiéndose en una trocha que serpeaba entre pinos, y á

cuyos lados se alzaban peñascos enormes, calvos y blancos por la cima,

jaspeados de liquen y musgo por la base. Manuela se detuvo un momento;

respiró; sus potencias se despejaron un poco, al benéfico influjo de la

temperatura menos ardorosa: miró en derredor, para saber dónde estaba.

El Avieiro corría allá abajo, rumoroso y profundo, no muy distante.

Por aquella parte se ensanchaba la hoz, hacíase muy suave, casi

insensible, el declive de las montañas, y el río, en vez de rodar

encajonado, sujeto, con torsión colérica de serpiente cautiva, se

extendía cada vez más ancho, bello y sosegado, ostentando la hermosura y

gala soberana de los ríos gallegos, la margen florida, el pradillo

rodeado de juncos, salces y olmos, la placa de agua serena que los

refleja bañando sus raíces, el caprichoso remanso en que el agua muere

más mansa, más sesga, con claridades misteriosas de cristal de roca

ahumado; la _frieira_, la gran cueva á la sombra del enorme peñasco, en

que la sabrosa trucha busca la capa de agua densa y no escandecida por

el sol; el cañaveral que nace dentro de la misma corriente, el molino,

la presa, toda la graciosa ornamentación fluvial de un río de cauce

hondo, de país húmedo, que recuerda las ideas gentílicas, las urnas, las

náyades, concepción clásica y encantadora del río como divinidad.

La humedad que siempre sube de los ríos y la frescura de la vegetación,

despabilaron más y más á la niña.

--Ya sé á dónde vamos--exclamó--á las Poldras. ¿Y después de pasado el

Avieiro, adónde? Me lo dices, ó está de Dios que no lo he de saber?

--Calla... Ya verás.

--Yo pensé que íbamos á Naya.

--¿Para qué? ¿Para encontrarnos con el cura y que nos llevase por fuerza

á comer consigo?

--Pero.... es que.... comer, de todas maneras hay que comer en casa; y

ya debe de ser tarde, tarde.... No puedo tal día como hoy faltar de la

mesa....

--A ver si te callas, tonta. ¡Eh... cuidado con caerte de hocicos por la

rama del pino! Yo iré delante... La mano... ¡Así!

Con efecto, en las púas secas del pino los pies resbalaban como si el

terreno estuviese untado de jabón.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 42 / 64 题