La rectoral de Ulloa, en poder de su actual párroco, era la mansión más
apacible y sosegada. El cura vivía con un criado, y no pisaba los
aposentos otro pie femenino sino el de las mozuelas que en Pascua
florida venían á traer las acostumbradas cestas de huevos, los quesos y
los pollos--en cantidad bien escasa, pues el señor abad no exigía, y los
labriegos se aprovechaban, contentándole con poco y malo.
El criado era uno de esos fámulos eclesiásticos que sólo pueden
compararse con los asistentes de militares, porque además de una
lealtad canina, son seres universales y andróginos, que reunen todas las
buenas cualidades del varón y de la hembra. El del cura de Ulloa podía
servir de modelo. Lo poseía por herencia de otro cura del arciprestazgo,
á quien Goros--que así se llamaba el sirviente--había cuidado y asistido
hasta el último instante en una enfermedad larga y cruel, con tanto
esmero como la enfermera más solícita. Al encontrar á Goros, el cura de
Ulloa resolvió el problema que él juzgaba más arduo: arreglar la vida
práctica sin admitir en casa mujeres. Goros tenía cuidado de levantarse
por la mañana muy temprano, y de despertar á su amo, pues según decía él
en dialecto, demostrando su pericia en asuntos de la vida eclesiástica,
_el clérigo y el zorro, si pierden la mañana, lo pierden todo_; y cuando
el párroco volvía de misar, le aguardaba ya un chocolate hecho al modo
conventual, con una onza de cacao mitad caracas y mitad guayaquil, macho
y sin espuma, confortativo como él solo. Mientras su amo rezaba, leía ó
asentaba alguna partida en el registro parroquial, Goros se dedicaba á
guisar la comida, no sin haber entregado á medio día la llave de la
iglesia al sacristán, para que tocase á las Ave-Marías. A la una,
contada por el sol, único reloj de que se servía Goros para averiguar la
hora que estaba _al caer_, llamaba á su amo y le servía con diligencia
la apetitosa aunque frugal refacción: la taza de caldo de patatas ó
verdura con jamón, tocino y alubias de cosecha, el cocido con cerdo y
garbanzos, el estofado de carne con cebollas, la fruta en el verano, el
queso en invierno, el vinillo clarete, con olor á silvestre viola. El
cura comía parcamente, distraído, pero así y todo, Goros notaba sus
inconscientes golosinas, sus instintivas preferencias, y no se olvidaba
jamás de acercarle la tartera cuando el guisote le había agradado, ni de
dorarle la sopa de pan, porque sabía que le gustaba así. Por la tarde,
cuando el cura dormía su breve siesta ó recorría el huerto con las
manos á la espalda embelesándose en notar lo que había crecido desde el
año pasado un arbusto, ó se iba á visitar á algún feligrés enfermo ó á
cuidar del ornato de la iglesia y el cementerio, lidiaba el bueno de
Goros con la hortaliza, cavaba las patatas, plantaba coles, enviaba al
pasto con un zagal de pocos años el ganado vacuno y la yegua, y luego
bajaba al río, y con sus propias manos, cual otra Nausicaa, lavaba toda
la ropa blanca, que lo hacía primorosamente, así como aplancharla y
estirarla, sirviéndose de una de esas planchas antiguas, en forma de
corazón, que ya no se ven sino arrumbadas en los desvanes. No eran estas
las únicas habilidades femeniles de Goros. Había que verle por las
noches, á la luz de una candileja de petróleo, provisto de un dedal
perforado por arriba y abajo, de los que usan las labradoras, bizcando
del esfuerzo que hacía para concentrar el rayo visual y enhebrar una
aguja, apretando entre las rudas yemas de sus dedos el hilo que antes
había retorcido y humedecido para aguzarlo; y cumplida la ardua faena de
enhebrar, y encerando la hebra con un cabo de cera, dedicarse á pegar
botones á los calzoncillos, echar remiendos á las camisas, poner
bolsillos nuevos á los pantalones y aun zurcir las punteras de los
calcetines del cura; todo lo cual no iría curioso, pero sí muy firme,
como los cosidos del diablo. ¿Qué más? En las largas veladas de
invierno, junto á la lumbre de sarmientos que chisporroteaba, acurrucado
en el banco, Goros, con sus manos cansadas de labrar la tierra todo el
día, aquellas manos peludas por el dorso, callosas por la palma y los
pulpejos, zarandeaba cuatro agujones de hacer calceta, y á eso se debían
las buenas medias de lana gorda con que abrigaba pies y pantorrillas el
señor cura.
Si por hogar se entiende, no la asociación de seres humanos unidos por
los lazos de la sangre ó para la propagación y conservación de la
especie, sino el techo bajo el cual viven en paz y en gracia de Dios y
con cierta afectuosa comunicación de intereses y servicios, el cura de
Ulloa había reconstruído con Goros el hogar que perdiera al fallecer su
madre. Y en cierto modo, hasta donde puede aplicarse la frase á dos
individuos del mismo sexo, Goros y él se completaban. El criado era para
el cura, para el místico que apenas sentaba en la vida práctica la suela
del zapato, quien le impedía desmayarse de necesidad ó perecer transido
de frío en invierno. Por Goros tenía tejas en el tejado, leña que quemar
en la leñera, huevos frescos para cenar y buen chocolate para el
desayuno, y por Goros cubría sus carnes con ropa limpia y de abrigo; por
Goros le quedaban unos reales para traer de Cebre candela, lienzo,
aceite, sal, fósforos y loza; por Goros no faltaba nada en aquella
rectoral de aldea, humilde como la que más, y como ninguna aseada y
abastecida de lo indispensable.
Cuando Goros entró á servir al cura, hacía dos años que éste había
perdido á su madre y despabilado las economías de la difunta entre
caridades, préstamos sin interés á feligreses pobres, ropa para la
iglesia, ornato del cementerio, y otros gastos superfluos. En el
gobierno de la casa se habían sucedido dos viejas brujas, á cual más
holgazana, ávida é impudente, porque el cura de Ulloa, al tomarlas, no
les exigió más requisito que pasar de los sesenta y estar hechas unas
láminas por lo arrugadas y horrorosas. En ese terreno el abad era
intransigente, y sentía que no bastaba ser bueno, que era preciso
también parecerlo y que, añadía suspirando, aun con las mejores
intenciones se da á veces pasto á la calumnia. Las dos Parcas dejaron la
rectoral desmantelada, y Goros tropezó con dificultades inmensas al
principio de su misión restauradora. El cura casi no le daba un ochavo
para sus gobiernos, y el fámulo no sabía á qué santo encomendarse. Poco
á poco fué tomando confianza con su amo, y aun adquiriendo cierto
imperio sobre él: y entonces siguió la pista al dinero del cura, á las
dádivas impremeditadas, á los feligreses morosos en el pago de derechos,
á los préstamos sin interés, al chorrear continuo de limosnitas pequeñas
que absorbían lo mejor de la paga, sin que literalmente quedase en el
presbiterio con qué arrimar el puchero á la lumbre. Y sin que el cura lo
notase, ni pudiese evitarlo, Goros empezó á luchar por la existencia,
defendiendo al pastor contra las ovejas que amenazaban tragárselo, como
la tierra caída de la montaña iba tragándose la pobre iglesia de Ulloa.
Goros se hizo recaudador, y á veces, con el instinto de rapacidad que
caracteriza al aldeano, exactor y usurero. Reclamó y cobró algunas
cantidades prestadas, é introdujo severo orden en los gastos
equilibrándolos con los ingresos. Llegó el momento en que el cura, por
no pensar en la moneda, entregó al criado la llave de la cómoda,
diciéndole:--Mira si hay cuartos... dime si tenemos para esto ó para lo
otro.--Cabalmente era lo que Goros deseaba. Hecho intendente ya,
equilibró el presupuesto, realizando varias combinaciones que traía
entre ceja y ceja desde su llegada á casa del cura. El primer dinero que
pudo ahorrar, lo empleó en ganado, que dió á parcería; fué en persona á
las ferias, hizo tratos ventajosos, y trajo á la casa del cura un
bienestar modesto. Así se estableció el debido equilibrio entre las
potestades, dándose á Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del
César; el cura era el espíritu, Goros vino á hacer el oficio del cuerpo,
de la realidad sensible, factor del cual no es posible prescindir acá
abajo; y para que la similitud fuese completa, cuerpo y espíritu andaban
siempre pleiteando, queriéndose llevar cada uno la mejor parte, pues el
cura no hacía sino sonsacarle á su criado metálico y especies para
satisfacer, como decía Goros, el vicio de dar á todo Dios que llegaba
por la puerta, y Goros por su parte no recelaba mentirle al cura y á
ocultarle dinero á fin de que no lo derrochase sin ton ni son.
Cuando no estaba su amo presente, Goros soltaba la rienda á dos
inclinaciones invencibles suyas: decir irreverencias, y murmurar de los
curas y las amas. Cuantas chanzonetas agudas ó sátiras desolladoras ha
creado la musa popular y la irrespetuosa imaginación de los labriegos
contra las compañeras del celibato eclesiástico, cuantas anécdotas
saladas, coplas verdes, chascarrillos que levantan ampolla, y
dicharachos que arden en un candil, corren y se repiten en molinos,
_fiadas_ y deshojas, al amor de la lumbre, por este pueblo gallego que
posee el instinto de la sátira obscena y del contraste humorístico entre
las profesiones consagradas al ideal y las caídas y extravíos de la
naturaleza, todas las sabía Goros de memoria; y apenas se reunía con
gentes de su misma laya, bien en el atrio de una iglesia, á la salida de
misa, bien á la mesa de una taberna, en las ferias donde chalaneaba y
negociaba sus ganados, bien á lo largo de las _corredoiras_, cuando
regresan juntos cuatro compadres semi-chispos, tan dispuestos á
alumbrarse un garrotazo como á reirse mutuamente las gracias, vaciaba el
saco y daba gusto á la lengua, y soltaba todo su repertorio de
irreverencias y verdores, todas las coplas sobre el clérigo y el ama,
saliendo de aquella boca sapos y culebras, como de la de los energúmenos
al alzarse la hostia.
¿Quién será capaz de resolver si en el alma de Goros sería aquello
chispa de la santa indignación que inflamó á tantos Padres de la Iglesia
contra las mujeres que hacen prevaricar á los ordenados y contra el sexo
femenino en general? Porque Goros, aparte de semejantes desahogos
verbales, era en su conducta el mejor cristiano del mundo; cristiano
viejo, rancio, con aquella piedad desahogada y sólida, que ya no se
encuentra á dos por tres. No perdía la misa un solo día festivo;
confesábase dos ó tres veces al año; sus costumbres eran morigeradas; no
fumaba, no bebía, no comía con gula; pecaba sí de lenguaraz y aun de
propenso á la codicia y á la tacañería; pero hombre de bien á carta
cabal é incapaz de robar una hilacha á su amo. Y en cuanto á su
continencia, más que virtud, semejaba manía de misógino; todo el mal que
no hacía, se daba á suponerlo en los demás, siempre echando la culpa á
las hembras; y no sólo las huía por cuenta propia, sino que no serviría
por todos los tesoros del mundo á un cura mujeriego. El exterior de
Goros tenía algo de extraño, muy en armonía con todas estas prendas de
carácter; recordaba el de un puerco espín, y las cerdas del erizadísimo
cabello, la barba recia, descañonada á un dedo de la piel, pues Goros
andaba mal afeitado según la usanza de los eclesiásticos, contribuían á
la semejanza.
En presencia de su amo, los labios de Goros eran más limpios que si los
hubiese purificado el ascua encendida del profeta; bien se guardaría de
repetir la menor de sus desvergüenzas y pullas. Y no influía en este
modo de proceder el miedo á ser reprendido ó despedido, sino un respeto
misterioso que le infundía el rostro del cura de Ulloa: le
cortaba--decía él--la palabra en la boca. Era un rostro mortificado, de
esos que se ven en pinturas viejas, donde la sangre ha desaparecido y la
carne se ha fundido, ahondándose las concavidades todas, yéndose los
ojos, al parecer, en busca del cerebro y sumiéndose la boca que remata
en dos líneas severas, jamás modificadas por la sonrisa. Goros abrigaba
la convicción de que su amo era un santo y á ratos un simple. Algunos
hábitos y prácticas del cura le infundían temor vago; porque Goros era
supersticioso, y á pesar de sus irreverentes bravatas, tenía miedo
cerval á los muertos y á los aparecidos. ¿Qué manía la del señor abad,
de pasarse horas y horas en el cementerio, y volver de allí con los ojos
más hundidos y la boca más contraída que nunca?
Al salir el abad para su misa, solían pasar entre amo y criado diálogos
por el estilo del siguiente:
--Señor, ¿y ha de volver pronto para el chocolate?--preguntaba Goros
partiendo astillas de leña menuda contra el hueso de la tibia
derecha--(es de advertir que el fámulo tenía carne de perro). ¿Parará
mucho en el Camposanto hoy?
Un levísimo matiz sonrosado aparecía en los desecados pómulos del cura,
que contestaba haciéndose el distraído:
--Tú prepara el chocolate... y si se enfría... lo arrimas un poquito á
la lumbre...
--Se echará de _pierda_--contestaba Goros que solía tratar con notable
desenfado á la lengua castellana.
--No, hombre... siempre está bueno á cualquier hora.
No se atrevía el criado á porfiar. Aquella suavidad y mansedumbre le
imponían silencio y obediencia, mejor que ningún regaño. Batía su
chocolate con resignación y aguardaba.
También por las tardes solía el cura entretenerse más de la cuenta en el
dichoso cementerio, y Goros, después de la puesta del sol no dejaba de
recelar que le sucediese algo; no sabía explicar qué, pues ningún riesgo
concreto había en el breve camino de la iglesia á la rectoral. La
inquietud le obligaba á situarse de centinela junto á la puerta del
huerto por donde solía entrar su amo. Allí se lo encontraron las dos
visitas inesperadas que fueron á turbar el sosiego de la vida ascética
del abad de Ulloa.
La montañesa y su tío pusieron el pie en el huerto del cura cuando ya el
sol declinaba. Una gran melancolía inundaba el huerto, cuya puerta abrió
Goros de par en par, deshaciéndose en muestras de cortesía debidas á la
presencia de Gabriel, pues á Manolita no era novedad verla por allí de
tarde en tarde, y se la recibía como niña á quien el cura había tenido
mil veces en brazos de chiquita, pero las trazas del comandante
impusieron respeto al tosco fámulo.
--De contadito llega el señor _abade_...--murmuraba éste.--Entren,
pasen, siéntense.... ¿Ven? ya viene por allá...
Sobre la zona encendida del poniente, en el camino hondo, vieron tío y
sobrina moverse y aproximarse una figura negra, y conforme se
aproximaba, distinguía Gabriel sus contornos angulosos, acusados por la
raída sotanuela, y su cabeza pálida, exangüe, en que dibujaban dos
agujeros de sombra las concavidades de los ojos.
--¡Don Julián, don Julián!--gritó Manuela.
El cura apretó el paso, y al tenerlo cerca, Gabriel reparó atónito en el
carácter de su fisonomía, en el rostro demacrado, tan semejante á esas
caras de frailes penitentes que surgen de un fondo de betún sobre las
paredes de refectorios y sacristías antiguas; en los ojos cavos, de
párpado delgadísimo, que dejaba transparentar el globo de la órbita; en
el pliegue de la boca, semejante á un candado que cerrase las puertas
del alma. No parecía muy viejo el cura de Ulloa; pero se veía en él la
anulación del cuerpo. En aquella espléndida tarde de verano, impregnada
de calor, de vida, de fecundidad y regocijo, Gabriel sintió, al ver al
abad, repentino frío en la espalda, y el recuerdo de su hermana muerta
cayó sobre él como el velo negro sobre la cabeza del sentenciado.
Adelantóse no obstante, y con el mayor respeto tomó la mano del abad y
aplicó á ella los labios. De puro sorprendido, no retiró la diestra
Julián; pero á sus macerados pómulos afluyó un poco de sangre... y
balbuceó, clavando los ojos en tierra:
--Señor... señor...
--Para servir á usted, Gabriel Pardo de la Lage, el hermano de
Marcelina...
La ola de sangre subió á la frente del cura, bajó á las orejas, al
cogote y pescuezo; un temblor agitó la cabeza y la mano que el artillero
no había soltado aún. De repente, el cura se echó hacia atrás,
desprendió la mano, y la llevó á la frente, al mismo tiempo que se
apoyaba en la tapia del huerto. Ya se acercaba el artillero para
sostenerle; pero recobrando su continente absorto y como fantasmagórico,
al cual contribuían los ojos siempre bajos, el abad murmuró:
--Por muchos años... Servidor de usted... Sea usted muy bien venido...
Pase, suba; en la sala estará más cómodo que aquí.
--¿Yo no soy nadie, don Julián?--preguntó Manuela ofendida de que el
cura no hubiese contestado á su saludo.
--¿Qué tal, Manolita?--exclamó Julián, y alzando los ojos, miró á la
niña con indulgencia, aunque sin calor. Pero fué obra de un minuto. La
cortina de los párpados volvió á caer, y el cura echó á andar, señalando
á sus visitas el camino de la sala. Gabriel protestó: prefería quedarse
en el huerto; y se sentaron en un banco de piedra, frente á unas coles.
La conversación languidecía. El cura preguntaba acerca del viaje y del
vuelco, y después de oída la respuesta, transcurría un minuto de
silencio. No sabía el artillero qué decir: todo cuanto hablaba, y hasta
el sonido de su voz, le parecía extraño y fuera de sazón, y sentía ese
recelo, esa cautela y esa especie de sordina en el acento, en los
movimientos y hasta en la mirada que procuran adoptar los profanos
cuando visitan. ¡Extraña sensación! Nada de cuanto diga yo--pensaba
Gabriel--puede interesar á este santo: estamos en dos mundos diferentes:
á él le parece extraño mi lenguaje, y no me entiende; y lo que es yo,
tampoco le entiendo á él. ¡Un creyente á puño cerrado!--Y miraba con
atención el rostro ascético y los ojos bajos.--Un hombre que tiene fe...
¿Qué le importa lo que á mí me preocupa? ¿Cómo haré para marcharme
pronto, sin que parezca descortesía?
Su sobrina le dió el pretexto. Era tarde; había que estar en los Pazos
para la cena. Y se despidieron, siempre con la misma amabilidad triste y
forzada por parte del abad, y el mismo inexplicable recelo por la de
Gabriel. Caminaron en silencio al salir de la rectoral: parecía que algo
les pesaba sobre el corazón. Al acercarse á los Pazos, oyeron el alegre
vocerío de segadores y segadoras, y Gabriel, divisando á su cuñado que
presidía la faena, tomó hacia el campo donde segaban. Sobre el fondo
oscuro de la tierra vió blanquear las camisas y sayas, las fajas rojas y
los pañuelos azules de labriegos y labriegas; contra un matorral
descansaba un jarro de barro, y la cuadrilla, entonando su inevitable
¡ay... lé lé! se daba prisa á atar los haces, sirviéndose de las
rodillas para apretar la mies. El olor embriagador de los tallos
cortados embalsamaba el aire, y el artillero sintió una ráfaga de
alegría y contempló embelesado el cuadro.
Mientras tanto, Manolita, andando despacio y pensativa, tomaba el
senderito que conducía á la linde del bosque. Parecía, por su frecuente
volver la cabeza hacia todos lados, como si buscase ó aguardase
impaciente alguna cosa. Atravesó el soto: una neblina ligera, producida
por el gran calor de todo el día, se alzaba del suelo, y los dardos de
oro del sol no atravesaban ya el follaje. Al salir de la espesura, un
hombre se irguió de repente ante la montañesa. El chillido que acudía á
la garganta de Manuela se convirtió en risa alegre, conociendo á
Perucho; mas la risa se apagó al ver la cara demudada del muchacho, sus
ojos que despedían fuego, su actitud de dolor sombrío, nueva en él.
Manuela le miró ansiosa, y el mancebo, después de considerarla fijamente
algunos segundos, le volvió la espalda, encogiéndose de hombros. La niña
sintió en el corazón dolor agudo.
--¡Pedro!--gritó. Muy rara vez le había llamado así.
Él se alejaba despacio. De repente dió la vuelta, y corriendo, tomó en
sus brazos á la montañesa, la alzó del suelo con ímpetu sobrehumano, y
la estrujó contra su cuerpo, oprimiéndole las costillas é
interceptándole la respiración. Y pegando la boca á su oreja,
tartamudeó:
--Mañana sales conmigo, conmigo nada más.
La niña jadeaba con dulcísima fatiga, y la voz de Perucho, sonando en
el hueco de su oído, le parecía sorda y atronadora como el ruido del
Avieiro al saltar en las rocas. Un frío sutil corría por sus venas, y
una felicidad sin nombre ni medida la agobiaba. Con la cabeza dijo _que
sí_.
--¿Conmigo? ¿todo el día? ¿me das palabra?
--Sí--balbució ella, incapaz de articular otra frase.
--Pues á las seis sales por el corral. Allí estoy yo esperando. ¡Adiós!
Perdiendo casi el sentido, Manuela notó que de nuevo la estrechaban, y
luego la dejaban suavemente en tierra. Abrió los ojos á tiempo que
Perucho corría ya en dirección de los Pazos.