XVIII

La rectoral de Ulloa, en poder de su actual párroco, era la mansión más

apacible y sosegada. El cura vivía con un criado, y no pisaba los

aposentos otro pie femenino sino el de las mozuelas que en Pascua

florida venían á traer las acostumbradas cestas de huevos, los quesos y

los pollos--en cantidad bien escasa, pues el señor abad no exigía, y los

labriegos se aprovechaban, contentándole con poco y malo.

El criado era uno de esos fámulos eclesiásticos que sólo pueden

compararse con los asistentes de militares, porque además de una

lealtad canina, son seres universales y andróginos, que reunen todas las

buenas cualidades del varón y de la hembra. El del cura de Ulloa podía

servir de modelo. Lo poseía por herencia de otro cura del arciprestazgo,

á quien Goros--que así se llamaba el sirviente--había cuidado y asistido

hasta el último instante en una enfermedad larga y cruel, con tanto

esmero como la enfermera más solícita. Al encontrar á Goros, el cura de

Ulloa resolvió el problema que él juzgaba más arduo: arreglar la vida

práctica sin admitir en casa mujeres. Goros tenía cuidado de levantarse

por la mañana muy temprano, y de despertar á su amo, pues según decía él

en dialecto, demostrando su pericia en asuntos de la vida eclesiástica,

_el clérigo y el zorro, si pierden la mañana, lo pierden todo_; y cuando

el párroco volvía de misar, le aguardaba ya un chocolate hecho al modo

conventual, con una onza de cacao mitad caracas y mitad guayaquil, macho

y sin espuma, confortativo como él solo. Mientras su amo rezaba, leía ó

asentaba alguna partida en el registro parroquial, Goros se dedicaba á

guisar la comida, no sin haber entregado á medio día la llave de la

iglesia al sacristán, para que tocase á las Ave-Marías. A la una,

contada por el sol, único reloj de que se servía Goros para averiguar la

hora que estaba _al caer_, llamaba á su amo y le servía con diligencia

la apetitosa aunque frugal refacción: la taza de caldo de patatas ó

verdura con jamón, tocino y alubias de cosecha, el cocido con cerdo y

garbanzos, el estofado de carne con cebollas, la fruta en el verano, el

queso en invierno, el vinillo clarete, con olor á silvestre viola. El

cura comía parcamente, distraído, pero así y todo, Goros notaba sus

inconscientes golosinas, sus instintivas preferencias, y no se olvidaba

jamás de acercarle la tartera cuando el guisote le había agradado, ni de

dorarle la sopa de pan, porque sabía que le gustaba así. Por la tarde,

cuando el cura dormía su breve siesta ó recorría el huerto con las

manos á la espalda embelesándose en notar lo que había crecido desde el

año pasado un arbusto, ó se iba á visitar á algún feligrés enfermo ó á

cuidar del ornato de la iglesia y el cementerio, lidiaba el bueno de

Goros con la hortaliza, cavaba las patatas, plantaba coles, enviaba al

pasto con un zagal de pocos años el ganado vacuno y la yegua, y luego

bajaba al río, y con sus propias manos, cual otra Nausicaa, lavaba toda

la ropa blanca, que lo hacía primorosamente, así como aplancharla y

estirarla, sirviéndose de una de esas planchas antiguas, en forma de

corazón, que ya no se ven sino arrumbadas en los desvanes. No eran estas

las únicas habilidades femeniles de Goros. Había que verle por las

noches, á la luz de una candileja de petróleo, provisto de un dedal

perforado por arriba y abajo, de los que usan las labradoras, bizcando

del esfuerzo que hacía para concentrar el rayo visual y enhebrar una

aguja, apretando entre las rudas yemas de sus dedos el hilo que antes

había retorcido y humedecido para aguzarlo; y cumplida la ardua faena de

enhebrar, y encerando la hebra con un cabo de cera, dedicarse á pegar

botones á los calzoncillos, echar remiendos á las camisas, poner

bolsillos nuevos á los pantalones y aun zurcir las punteras de los

calcetines del cura; todo lo cual no iría curioso, pero sí muy firme,

como los cosidos del diablo. ¿Qué más? En las largas veladas de

invierno, junto á la lumbre de sarmientos que chisporroteaba, acurrucado

en el banco, Goros, con sus manos cansadas de labrar la tierra todo el

día, aquellas manos peludas por el dorso, callosas por la palma y los

pulpejos, zarandeaba cuatro agujones de hacer calceta, y á eso se debían

las buenas medias de lana gorda con que abrigaba pies y pantorrillas el

señor cura.

Si por hogar se entiende, no la asociación de seres humanos unidos por

los lazos de la sangre ó para la propagación y conservación de la

especie, sino el techo bajo el cual viven en paz y en gracia de Dios y

con cierta afectuosa comunicación de intereses y servicios, el cura de

Ulloa había reconstruído con Goros el hogar que perdiera al fallecer su

madre. Y en cierto modo, hasta donde puede aplicarse la frase á dos

individuos del mismo sexo, Goros y él se completaban. El criado era para

el cura, para el místico que apenas sentaba en la vida práctica la suela

del zapato, quien le impedía desmayarse de necesidad ó perecer transido

de frío en invierno. Por Goros tenía tejas en el tejado, leña que quemar

en la leñera, huevos frescos para cenar y buen chocolate para el

desayuno, y por Goros cubría sus carnes con ropa limpia y de abrigo; por

Goros le quedaban unos reales para traer de Cebre candela, lienzo,

aceite, sal, fósforos y loza; por Goros no faltaba nada en aquella

rectoral de aldea, humilde como la que más, y como ninguna aseada y

abastecida de lo indispensable.

Cuando Goros entró á servir al cura, hacía dos años que éste había

perdido á su madre y despabilado las economías de la difunta entre

caridades, préstamos sin interés á feligreses pobres, ropa para la

iglesia, ornato del cementerio, y otros gastos superfluos. En el

gobierno de la casa se habían sucedido dos viejas brujas, á cual más

holgazana, ávida é impudente, porque el cura de Ulloa, al tomarlas, no

les exigió más requisito que pasar de los sesenta y estar hechas unas

láminas por lo arrugadas y horrorosas. En ese terreno el abad era

intransigente, y sentía que no bastaba ser bueno, que era preciso

también parecerlo y que, añadía suspirando, aun con las mejores

intenciones se da á veces pasto á la calumnia. Las dos Parcas dejaron la

rectoral desmantelada, y Goros tropezó con dificultades inmensas al

principio de su misión restauradora. El cura casi no le daba un ochavo

para sus gobiernos, y el fámulo no sabía á qué santo encomendarse. Poco

á poco fué tomando confianza con su amo, y aun adquiriendo cierto

imperio sobre él: y entonces siguió la pista al dinero del cura, á las

dádivas impremeditadas, á los feligreses morosos en el pago de derechos,

á los préstamos sin interés, al chorrear continuo de limosnitas pequeñas

que absorbían lo mejor de la paga, sin que literalmente quedase en el

presbiterio con qué arrimar el puchero á la lumbre. Y sin que el cura lo

notase, ni pudiese evitarlo, Goros empezó á luchar por la existencia,

defendiendo al pastor contra las ovejas que amenazaban tragárselo, como

la tierra caída de la montaña iba tragándose la pobre iglesia de Ulloa.

Goros se hizo recaudador, y á veces, con el instinto de rapacidad que

caracteriza al aldeano, exactor y usurero. Reclamó y cobró algunas

cantidades prestadas, é introdujo severo orden en los gastos

equilibrándolos con los ingresos. Llegó el momento en que el cura, por

no pensar en la moneda, entregó al criado la llave de la cómoda,

diciéndole:--Mira si hay cuartos... dime si tenemos para esto ó para lo

otro.--Cabalmente era lo que Goros deseaba. Hecho intendente ya,

equilibró el presupuesto, realizando varias combinaciones que traía

entre ceja y ceja desde su llegada á casa del cura. El primer dinero que

pudo ahorrar, lo empleó en ganado, que dió á parcería; fué en persona á

las ferias, hizo tratos ventajosos, y trajo á la casa del cura un

bienestar modesto. Así se estableció el debido equilibrio entre las

potestades, dándose á Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del

César; el cura era el espíritu, Goros vino á hacer el oficio del cuerpo,

de la realidad sensible, factor del cual no es posible prescindir acá

abajo; y para que la similitud fuese completa, cuerpo y espíritu andaban

siempre pleiteando, queriéndose llevar cada uno la mejor parte, pues el

cura no hacía sino sonsacarle á su criado metálico y especies para

satisfacer, como decía Goros, el vicio de dar á todo Dios que llegaba

por la puerta, y Goros por su parte no recelaba mentirle al cura y á

ocultarle dinero á fin de que no lo derrochase sin ton ni son.

Cuando no estaba su amo presente, Goros soltaba la rienda á dos

inclinaciones invencibles suyas: decir irreverencias, y murmurar de los

curas y las amas. Cuantas chanzonetas agudas ó sátiras desolladoras ha

creado la musa popular y la irrespetuosa imaginación de los labriegos

contra las compañeras del celibato eclesiástico, cuantas anécdotas

saladas, coplas verdes, chascarrillos que levantan ampolla, y

dicharachos que arden en un candil, corren y se repiten en molinos,

_fiadas_ y deshojas, al amor de la lumbre, por este pueblo gallego que

posee el instinto de la sátira obscena y del contraste humorístico entre

las profesiones consagradas al ideal y las caídas y extravíos de la

naturaleza, todas las sabía Goros de memoria; y apenas se reunía con

gentes de su misma laya, bien en el atrio de una iglesia, á la salida de

misa, bien á la mesa de una taberna, en las ferias donde chalaneaba y

negociaba sus ganados, bien á lo largo de las _corredoiras_, cuando

regresan juntos cuatro compadres semi-chispos, tan dispuestos á

alumbrarse un garrotazo como á reirse mutuamente las gracias, vaciaba el

saco y daba gusto á la lengua, y soltaba todo su repertorio de

irreverencias y verdores, todas las coplas sobre el clérigo y el ama,

saliendo de aquella boca sapos y culebras, como de la de los energúmenos

al alzarse la hostia.

¿Quién será capaz de resolver si en el alma de Goros sería aquello

chispa de la santa indignación que inflamó á tantos Padres de la Iglesia

contra las mujeres que hacen prevaricar á los ordenados y contra el sexo

femenino en general? Porque Goros, aparte de semejantes desahogos

verbales, era en su conducta el mejor cristiano del mundo; cristiano

viejo, rancio, con aquella piedad desahogada y sólida, que ya no se

encuentra á dos por tres. No perdía la misa un solo día festivo;

confesábase dos ó tres veces al año; sus costumbres eran morigeradas; no

fumaba, no bebía, no comía con gula; pecaba sí de lenguaraz y aun de

propenso á la codicia y á la tacañería; pero hombre de bien á carta

cabal é incapaz de robar una hilacha á su amo. Y en cuanto á su

continencia, más que virtud, semejaba manía de misógino; todo el mal que

no hacía, se daba á suponerlo en los demás, siempre echando la culpa á

las hembras; y no sólo las huía por cuenta propia, sino que no serviría

por todos los tesoros del mundo á un cura mujeriego. El exterior de

Goros tenía algo de extraño, muy en armonía con todas estas prendas de

carácter; recordaba el de un puerco espín, y las cerdas del erizadísimo

cabello, la barba recia, descañonada á un dedo de la piel, pues Goros

andaba mal afeitado según la usanza de los eclesiásticos, contribuían á

la semejanza.

En presencia de su amo, los labios de Goros eran más limpios que si los

hubiese purificado el ascua encendida del profeta; bien se guardaría de

repetir la menor de sus desvergüenzas y pullas. Y no influía en este

modo de proceder el miedo á ser reprendido ó despedido, sino un respeto

misterioso que le infundía el rostro del cura de Ulloa: le

cortaba--decía él--la palabra en la boca. Era un rostro mortificado, de

esos que se ven en pinturas viejas, donde la sangre ha desaparecido y la

carne se ha fundido, ahondándose las concavidades todas, yéndose los

ojos, al parecer, en busca del cerebro y sumiéndose la boca que remata

en dos líneas severas, jamás modificadas por la sonrisa. Goros abrigaba

la convicción de que su amo era un santo y á ratos un simple. Algunos

hábitos y prácticas del cura le infundían temor vago; porque Goros era

supersticioso, y á pesar de sus irreverentes bravatas, tenía miedo

cerval á los muertos y á los aparecidos. ¿Qué manía la del señor abad,

de pasarse horas y horas en el cementerio, y volver de allí con los ojos

más hundidos y la boca más contraída que nunca?

Al salir el abad para su misa, solían pasar entre amo y criado diálogos

por el estilo del siguiente:

--Señor, ¿y ha de volver pronto para el chocolate?--preguntaba Goros

partiendo astillas de leña menuda contra el hueso de la tibia

derecha--(es de advertir que el fámulo tenía carne de perro). ¿Parará

mucho en el Camposanto hoy?

Un levísimo matiz sonrosado aparecía en los desecados pómulos del cura,

que contestaba haciéndose el distraído:

--Tú prepara el chocolate... y si se enfría... lo arrimas un poquito á

la lumbre...

--Se echará de _pierda_--contestaba Goros que solía tratar con notable

desenfado á la lengua castellana.

--No, hombre... siempre está bueno á cualquier hora.

No se atrevía el criado á porfiar. Aquella suavidad y mansedumbre le

imponían silencio y obediencia, mejor que ningún regaño. Batía su

chocolate con resignación y aguardaba.

También por las tardes solía el cura entretenerse más de la cuenta en el

dichoso cementerio, y Goros, después de la puesta del sol no dejaba de

recelar que le sucediese algo; no sabía explicar qué, pues ningún riesgo

concreto había en el breve camino de la iglesia á la rectoral. La

inquietud le obligaba á situarse de centinela junto á la puerta del

huerto por donde solía entrar su amo. Allí se lo encontraron las dos

visitas inesperadas que fueron á turbar el sosiego de la vida ascética

del abad de Ulloa.

La montañesa y su tío pusieron el pie en el huerto del cura cuando ya el

sol declinaba. Una gran melancolía inundaba el huerto, cuya puerta abrió

Goros de par en par, deshaciéndose en muestras de cortesía debidas á la

presencia de Gabriel, pues á Manolita no era novedad verla por allí de

tarde en tarde, y se la recibía como niña á quien el cura había tenido

mil veces en brazos de chiquita, pero las trazas del comandante

impusieron respeto al tosco fámulo.

--De contadito llega el señor _abade_...--murmuraba éste.--Entren,

pasen, siéntense.... ¿Ven? ya viene por allá...

Sobre la zona encendida del poniente, en el camino hondo, vieron tío y

sobrina moverse y aproximarse una figura negra, y conforme se

aproximaba, distinguía Gabriel sus contornos angulosos, acusados por la

raída sotanuela, y su cabeza pálida, exangüe, en que dibujaban dos

agujeros de sombra las concavidades de los ojos.

--¡Don Julián, don Julián!--gritó Manuela.

El cura apretó el paso, y al tenerlo cerca, Gabriel reparó atónito en el

carácter de su fisonomía, en el rostro demacrado, tan semejante á esas

caras de frailes penitentes que surgen de un fondo de betún sobre las

paredes de refectorios y sacristías antiguas; en los ojos cavos, de

párpado delgadísimo, que dejaba transparentar el globo de la órbita; en

el pliegue de la boca, semejante á un candado que cerrase las puertas

del alma. No parecía muy viejo el cura de Ulloa; pero se veía en él la

anulación del cuerpo. En aquella espléndida tarde de verano, impregnada

de calor, de vida, de fecundidad y regocijo, Gabriel sintió, al ver al

abad, repentino frío en la espalda, y el recuerdo de su hermana muerta

cayó sobre él como el velo negro sobre la cabeza del sentenciado.

Adelantóse no obstante, y con el mayor respeto tomó la mano del abad y

aplicó á ella los labios. De puro sorprendido, no retiró la diestra

Julián; pero á sus macerados pómulos afluyó un poco de sangre... y

balbuceó, clavando los ojos en tierra:

--Señor... señor...

--Para servir á usted, Gabriel Pardo de la Lage, el hermano de

Marcelina...

La ola de sangre subió á la frente del cura, bajó á las orejas, al

cogote y pescuezo; un temblor agitó la cabeza y la mano que el artillero

no había soltado aún. De repente, el cura se echó hacia atrás,

desprendió la mano, y la llevó á la frente, al mismo tiempo que se

apoyaba en la tapia del huerto. Ya se acercaba el artillero para

sostenerle; pero recobrando su continente absorto y como fantasmagórico,

al cual contribuían los ojos siempre bajos, el abad murmuró:

--Por muchos años... Servidor de usted... Sea usted muy bien venido...

Pase, suba; en la sala estará más cómodo que aquí.

--¿Yo no soy nadie, don Julián?--preguntó Manuela ofendida de que el

cura no hubiese contestado á su saludo.

--¿Qué tal, Manolita?--exclamó Julián, y alzando los ojos, miró á la

niña con indulgencia, aunque sin calor. Pero fué obra de un minuto. La

cortina de los párpados volvió á caer, y el cura echó á andar, señalando

á sus visitas el camino de la sala. Gabriel protestó: prefería quedarse

en el huerto; y se sentaron en un banco de piedra, frente á unas coles.

La conversación languidecía. El cura preguntaba acerca del viaje y del

vuelco, y después de oída la respuesta, transcurría un minuto de

silencio. No sabía el artillero qué decir: todo cuanto hablaba, y hasta

el sonido de su voz, le parecía extraño y fuera de sazón, y sentía ese

recelo, esa cautela y esa especie de sordina en el acento, en los

movimientos y hasta en la mirada que procuran adoptar los profanos

cuando visitan. ¡Extraña sensación! Nada de cuanto diga yo--pensaba

Gabriel--puede interesar á este santo: estamos en dos mundos diferentes:

á él le parece extraño mi lenguaje, y no me entiende; y lo que es yo,

tampoco le entiendo á él. ¡Un creyente á puño cerrado!--Y miraba con

atención el rostro ascético y los ojos bajos.--Un hombre que tiene fe...

¿Qué le importa lo que á mí me preocupa? ¿Cómo haré para marcharme

pronto, sin que parezca descortesía?

Su sobrina le dió el pretexto. Era tarde; había que estar en los Pazos

para la cena. Y se despidieron, siempre con la misma amabilidad triste y

forzada por parte del abad, y el mismo inexplicable recelo por la de

Gabriel. Caminaron en silencio al salir de la rectoral: parecía que algo

les pesaba sobre el corazón. Al acercarse á los Pazos, oyeron el alegre

vocerío de segadores y segadoras, y Gabriel, divisando á su cuñado que

presidía la faena, tomó hacia el campo donde segaban. Sobre el fondo

oscuro de la tierra vió blanquear las camisas y sayas, las fajas rojas y

los pañuelos azules de labriegos y labriegas; contra un matorral

descansaba un jarro de barro, y la cuadrilla, entonando su inevitable

¡ay... lé lé! se daba prisa á atar los haces, sirviéndose de las

rodillas para apretar la mies. El olor embriagador de los tallos

cortados embalsamaba el aire, y el artillero sintió una ráfaga de

alegría y contempló embelesado el cuadro.

Mientras tanto, Manolita, andando despacio y pensativa, tomaba el

senderito que conducía á la linde del bosque. Parecía, por su frecuente

volver la cabeza hacia todos lados, como si buscase ó aguardase

impaciente alguna cosa. Atravesó el soto: una neblina ligera, producida

por el gran calor de todo el día, se alzaba del suelo, y los dardos de

oro del sol no atravesaban ya el follaje. Al salir de la espesura, un

hombre se irguió de repente ante la montañesa. El chillido que acudía á

la garganta de Manuela se convirtió en risa alegre, conociendo á

Perucho; mas la risa se apagó al ver la cara demudada del muchacho, sus

ojos que despedían fuego, su actitud de dolor sombrío, nueva en él.

Manuela le miró ansiosa, y el mancebo, después de considerarla fijamente

algunos segundos, le volvió la espalda, encogiéndose de hombros. La niña

sintió en el corazón dolor agudo.

--¡Pedro!--gritó. Muy rara vez le había llamado así.

Él se alejaba despacio. De repente dió la vuelta, y corriendo, tomó en

sus brazos á la montañesa, la alzó del suelo con ímpetu sobrehumano, y

la estrujó contra su cuerpo, oprimiéndole las costillas é

interceptándole la respiración. Y pegando la boca á su oreja,

tartamudeó:

--Mañana sales conmigo, conmigo nada más.

La niña jadeaba con dulcísima fatiga, y la voz de Perucho, sonando en

el hueco de su oído, le parecía sorda y atronadora como el ruido del

Avieiro al saltar en las rocas. Un frío sutil corría por sus venas, y

una felicidad sin nombre ni medida la agobiaba. Con la cabeza dijo _que

sí_.

--¿Conmigo? ¿todo el día? ¿me das palabra?

--Sí--balbució ella, incapaz de articular otra frase.

--Pues á las seis sales por el corral. Allí estoy yo esperando. ¡Adiós!

Perdiendo casi el sentido, Manuela notó que de nuevo la estrechaban, y

luego la dejaban suavemente en tierra. Abrió los ojos á tiempo que

Perucho corría ya en dirección de los Pazos.

La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa) · 第 26 / 64 题