MAGDALENA

El coche se deslizaba penosamente por la estrecha carretera, dando

frecuentes sacudidas. En su interior éramos siete personas que no

habíamos despegado los labios desde que uno de aquellos saltos vino a

dejar sin concluir la última cita poética del juez, mi honorable vecino.

El hombre alto sentado junto a éste, dormía con el brazo pasado por la

colgante correa, y apoyada la cabeza en ella, formaba como un objeto

fofo e indefinible, parecía que se hubiese ahorcado a sí propio, y le

hubieran cortado la cuerda que le había servido de instrumento. En el

asiento posterior, la señora francesa dormitaba también, conservando una

actitud de estudiado recato, que se echaba de ver en la posición del

pañuelo caído sobre la frente ocultando a medias su rubicunda cara. Otra

señora de Virginia City, que viajaba en compañía de su esposo, yacía en

un ángulo, arrebujada en un mar de cintas, pieles y abrigos que

inundaban por completo su persona. No se percibía otro ruido que el

chirriar de las ruedas y el de la lluvia batiendo el imperial, cuando de

repente la diligencia se paró, y oímos unas voces que llegaban

confusamente hasta nosotros. El conductor sostenía un vivo diálogo con

alguien en el camino, diálogo que nos pareció debía ser poco halagüeño a

juzgar por las palabras que en medio del furioso viento que soplaba

pudimos apreciar; «puente arrastrado», «camino inundado», «paso

imposible» y otras por el estilo. El silencio más absoluto reinó un

momento, y después una misteriosa voz lanzó desde el camino este

consejo:

--Prueba en casa de Magdalena.

Al dar el vehículo una brusca vuelta, alcanzamos a vislumbrar los

caballos delanteros, y luego un jinete que se desvanecía en la bruma.

Indudablemente, emprendíamos el camino de la casa de Magdalena.

¿Quién era y dónde estaba Magdalena? El juez, nuestra autoridad, dijo no

recordar aquel nombre, y eso que conocía por completo el país; el

viajero canadiense opinó que Magdalena tendría alguna posada; pero lo

único que realmente supimos fue que la crecida de las aguas nos había

cortado el camino por el frente y por la espalda, y que Magdalena era

nuestra tabla salvadora. Por espacio de diez minutos nos encharcamos por

un tortuoso camino, ancho a duras penas para la diligencia, y nos

detuvimos delante de un reja atrancada y aforrada, fija a una extensa

pared de cerca de unos dos metros de alto. Aquello era, sin duda

alguna, la casa de Magdalena. Pero, sin duda alguna también, aquella

mujer no tenía posada. El cochero bajó y tanteó la puerta, que estaba

sólidamente cerrada.

--¡Magdalena! ¡Magdalena!

Nadie contestó.

--¡Magdalena! ¡Tú, Magdalena!--continuó el cochero con irritación cada

vez más patente.

--¡Magdalena!--añadió el correo persuasivamente.--¡Oh, Magdalenita!

Pero la tal Magdalena, al parecer insensible, dio la callada por

respuesta. El juez acababa de bajar el vidrio de la ventanilla, sacó

fuera la cabeza, y comenzó una serie de preguntas que, a ser contestadas

satisfactoriamente, hubieran dilucidado, sin duda alguna, todo aquel

misterio. A todo esto replicó el auriga que si no saltábamos del coche

para ayudarle en llamar a Magdalena quizá tendríamos que permanecer toda

la noche en él.

Nos levantamos, pues, y llamamos a Magdalena en coro, y luego cada cual

a solo, y apenas hubimos acabado, cuando un hibernés, compañero de

viaje, gritó desde el imperial: ¡Magdalena! con un acento tan extraño

que todos nos echamos a reír. Mientras nos estábamos riendo, nuestro

cochero dijo a voz en grito:

--¡Silencio!

Todos prestamos oído, y con infinita admiración oímos que el coro de

¡Magdalena! se repetía a la otra parte de la pared, juntamente con el

final e infame grito del hibernés.

--¡Extraordinario eco!--dijo el juez.

--¡Extraordinario y remaldito!--exclamó el conductor, con

desprecio.--Sal ya de ahí, Magdalena, y muéstrate en persona de una vez.

Sé humana. No juegues al escondite; yo no bromearía en tu lugar,

Magdalena--continuó Yuba-Bill, que en un exceso de furor daba ya vueltas

pateando.

--¡Magdalena!--continuó la voz.--¡Oh, Magdalena!

--¡Mi buen señor!--dijo el juez, en el tono más patético.--Imagínese lo

inhospitalario de rehusar un abrigo contra la inclemencia del tiempo, a

mujeres desamparadas. ¡Señor mío de mi alma! Pensar que...

Una letanía de Magdalena terminando con una carcajada interrumpió su

peroración.

Yuba-Bill acabó la paciencia; tomando del camino una pesada piedra

derribó la verja, y seguido del correo penetró en el cercado: nosotros

tomamos la misma dirección. Reinaba la más completa oscuridad, y todo

cuanto pudimos saber, gracias a los rosales que nos rociaban con su

húmedo follaje a cada ráfaga de viento, fue que estábamos en un jardín o

cosa parecida.

--¿Conoce usted al inquilino de esta casa?--preguntó el juez a

Yuba-Bill.

--No; ni ganas--contestó Yuba-Bill secamente, viendo ofendida en su

persona, por tan contumaz individua, a toda la compañía pionera de

diligencias.

--¡Pues, sí que la hemos hecho buena!...--replicó el juez, pensando en

la verja allanada.

--Mire usted--dijo Yuba-Bill, con delicada ironía,--¿no haría mejor en

volverse y tomar asiento en el coche hasta que le avisaran? Yo entro.

Y dicho y hecho, empujó la puerta de la casa.

En apretada haz penetramos todos en una larga sala iluminada únicamente

por el rescoldo de un fuego que se extinguía en un rincón de la

chimenea.

La luz vacilante que aquel rescoldo despedía daba relieve al grotesco

dibujo de las paredes extrañamente pintadas. Distinguíase una persona

sentada en gran sillón de brazos junto al hogar.

Todo esto lo vimos, apiñados en el umbral detrás del conductor y del

correo.

--¡Hola! ¿Dónde está Magdalena?--dijo Yuba-Bill, al misterioso

solitario.

Aquella figura no habló ni se movió.

El cochero se acercó furiosamente a ella, dirigiendo sobre su rostro el

ojo de la linterna que llevaba en la mano.

Todos pudimos observar la cara de un hombre envejecido y prematuramente

arrugado, con grandes ojos en que se mostraba la solemnidad

característica del búho. Los grandes ojos erraron desde la cara de

Yuba-Bill hasta la linterna y acabaron por fijar sus inconscientes

miradas en aquel objeto deslumbrador.

Bill estaba ciego de coraje.

--Vamos. ¿Es usted sordo? ¡De todas maneras no será mudo!; ¿no es

verdad?

Yuba-Bill sacudió por el hombro aquella figura inmóvil.

Con gran sobresalto por parte nuestra, cuando Bill quitó la mano de

encima del venerable forastero, éste fue encogiéndose hasta quedar

reducido a la mitad de su tamaño y convertirse en un lío informe de

trapos viejos.

--¡Maldita sea mi estampa!--dijo Bill, retirándose despechado.

Rehecho de la primera impresión, el juez se adelantó y volvimos a

enderezar aquel misterioso invertebrado en su posición primitiva.

Se encargó en seguida a Bill y a su linterna que se dedicasen a explorar

el terreno, pues era evidente, dada la impotencia del solitario, que

debía tener a mano sirvientes, y todos nos acercamos al fuego para secar

nuestros chorreantes vestidos.

El juez, que había recobrado su autoridad y que no había cesado de

desplegar su talento en la conversación, vuelto hacia nosotros y de

espaldas al fuego, nos dirigió la palabra, como a un jurado imaginario,

del modo siguiente:

--Ciertamente que nuestro distinguido amigo aquí presente, se encuentra

en aquella disposición descripta por Shakespeare, como la de la marchita

y amarilla hoja, o bien ha sufrido algún percance que abatió de un modo

prematuro sus facultades físicas e intelectuales. Dado que sea

realmente...

Aquí fue interrumpido por un grito extraño de «¡Magdalena! ¡Oh,

Magdalena, Magdalena!» y por todo el coro de Magdalenas en un tono

semejante al que ya conocemos.

Todos nos miramos por un momento, con alguna alarma. Yo en particular,

abandoné rápidamente mi posición, pues la voz parecía provenir

directamente de mi espalda. No tardamos mucho en descubrir la causa: una

gran urraca estaba posada sobre la repisa, en la bóveda de la chimenea,

sumida en un silencio sepulcral que contrastaba singularmente con su

anterior volubilidad. Aquella voz fue la que oímos desde el camino, y

nuestro amigo no era responsable de la descortesía. Nuestro auriga,

Yuba-Bill, que penetraba en aquel momento de regreso de una pesquisa

infructuosa, tuvo que contentarse con la explicación, no sin que el

sentado paralítico se librara de una fiera mirada. Como cumple a todo

buen cochero, había buscado y encontrado, por fin, un cobertizo en donde

acomodar sus caballos, pero regresaba calado, y como de costumbre,

malhumorado.

--Nadie más que éste hay en diez millas a la redonda de la casucha, y al

maldito viejo le consta eso perfectamente.

Pero en seguida se probó que no andábamos equivocados en nuestras

apreciaciones, pues apenas hubo cesado Bill de gruñir, cuando hacia la

entrada oímos un paso rápido y el roce de un vestido empapado en agua;

la puerta se abrió de par en par, y apareció una joven que, mostrándonos

con su sonrisa los destellos de sus blancos dientes, y el centellear de

sus ojos negros, con una carencia absoluta de toda ceremonia y timidez,

entró, cerró la puerta y apoyose jadeante contra ella.

--Yo soy Magdalena para todo cuanto les plazca.

Y aquella era Magdalena. Aquella joven de ojos vivarachos, de turgente

pecho, cuyas faldas, de ordinaria tela azul, no podían ocultar, mojadas

por la lluvia, la belleza de las curvas femeninas a que esculturalmente

se adaptaban. Desde su cabello castaño, cubierto por un sombrero

impermeable de hombre, hasta los diminutos pies y tobillos sepultados en

las cavidades de unos zapatos de colosal tamaño, todo era en ella

gracioso; así apareció Magdalena riéndose de nosotros de la manera más

alegre, franca y bonachona.

--Vean, señores--dijo falta de aliento y apoyando coquetamente su

pequeña mano contra el costado, sin tener en cuenta nuestra confusión,

que no encontraba palabras para expresarse, ni los extraños visajes de

Yuba-Bill, cuyo rostro había caído en una expresión de extemporánea e

imbécil alegría,--vean, como estaba a más de dos millas de distancia

cuando les vi pasar por la carretera, pensé que podían detenerse aquí, y

he venido con la mayor prisa, sabiendo que no había en casa nadie más

que Juan; no extrañen, pues, que haya llegado echando los bofes.

En esto Magdalena, con un arranque malicioso, que esparció sobre

nosotros una lluvia de gotas, quitose el sombrero de hule, se esforzó en

echar hacia atrás su cabello, en cuya operación perdió dos horquillas,

sonriose y pasó al lado de Yuba-Bill, poniendo airosamente las manos

atrás. El juez fue el primero en volver en sí y trató de componer un

requiebro, después de haber torturado en vano su cerebro.

--¿Le molestaré pidiendo a usted aquella horquilla?--dijo gravemente

Magdalena.

El juez alargó displicentemente la mano hacia adelante; la horquilla

perdida fue devuelta a su dueña, y Magdalena, cruzando el cuarto, miró

con interés la cara del tullido. Los solemnes ojos del enfermo miraron

los de la mujer con una expresión verdaderamente desusada. La vida y la

inteligencia parecían luchar para volver a aquella tosca y arrugada

cara. Magdalena volvió otra vez sobre nosotros sus negros ojos y sus

blancos dientes sonriéndose con una elocuencia singular.

--¿Este pobre impedido es?...--preguntó el juez con indecisión.

--Juan--dijo Magdalena.

--¿Su padre acaso?

--No.

--¿Hermano?

--No.

--¿Esposo?

Magdalena, lanzando una mirada rápida y penetrante sobre las dos

pasajeras, de quienes había observado que no participaban de la

admiración general de los hombres respecto a ella, dijo con gravedad no

exenta de soberbia:

--No; es Juan.

Hubo una enojosa pausa. Aproximáronse entre sí las pasajeras, y el

canadiense miró, abstraído, el fuego. En cuanto al hombre alto aparentó

replegar su mirada sobre sí para poderse sostener en aquel aprieto; pero

la risa de Magdalena, que era contagiosa, rompió el silencio.

--¡Ea!--dijo vivamente,--deben ustedes tener apetito, ¿no es verdad?

¿Quieren ayudarme a preparar la merienda?

No faltó quien de muy buena gana se brindase. A los pocos instantes,

Yuba-Bill andaba ya atareado, como Caliban, en llevar trozos de leña

para aquella Miranda; el correo molía café en el mirador; a mí me fue

asignada la delicada tarea de cortar tocino, y el juez ayudó a todos con

sus bienhumoradas y atinadas observaciones. Y cuando Magdalena,

eficazmente ayudada por el juez y por nuestro hibernés, pasajero de

cubierta, puso la mesa con toda la loza disponible, ya habíamos

recobrado todos nuestro buen humor, a pesar de la lluvia que batía las

ventanas, del viento que bajaba a bocanadas por la chimenea, de las dos

señoras que cuchicheaban entre sí, en un rincón, y de la urraca que

desde su ennegrecido vasar subrayaba con satíricos graznidos su

entretenido diálogo. Mediante la luminosa ayuda del fuego que

chisporroteaba ya, pudimos ver un paño de pared empapelado con

periódicos ilustrados, dispuestos con sumo arte y femenina discreción.

El improvisado mueblaje estaba compuesto con envases de velas y cajas de

embalaje, tapadas con calicó de alegre color, o con pieles de geneta.

Una barrica de harina, ingeniosamente transformada, constituía el

sillón del paralítico. En conjunto, puede afirmarse que la limpieza más

exquisita y el más pintoresco gusto reinaban en los escasos detalles de

aquella rústica vivienda.

La merienda fue un triunfo culinario. Pero lo que triunfó en toda la

línea fue nuestra sociabilidad, debido, principalmente, al raro tacto de

Magdalena en llevar la conversación, haciendo por sí todas las preguntas

e imprimiendo en todo una naturalidad que rechazaba cualquier idea de

disimulo, por parte nuestra, de manera que hablamos de nosotros mismos,

de nuestras esperanzas, del viaje, del tiempo, y unos de otros; de todo,

menos del bueno del paralítico y de nuestra amable patrona. En honor a

la verdad, no ocultaré que la conversación de Magdalena no era nunca

elegante, rara vez gramatical y que a veces empleaba expresiones cuyo

uso está por lo general reservado a nuestro sexo; pero las decía con

tales destellos de dientes y ojos, e iban, como de costumbre, seguidas

por una risa tan peculiar de unos labios frescos y retozones, que todo

podía pasar sin grave quebranto de la moral más frágil.

De repente, durante la comida, oímos un ruido como el roce de un cuerpo

pesado contra los muros exteriores de la casa; inmediatamente después se

sintió rascar y olfatear junto a la puerta del salón.

--Es Joaquín--dijo Magdalena en contestación a nuestras interrogadoras

miradas.--¿Desean verle?

Y apenas habíamos tenido tiempo de contestar, cuando abrió la puerta, y

nos dejó ver un lanudo oso a medio crecer que inmediatamente se levantó

sobre sus patas traseras, mientras las manos colgaban en actitud

mendicante, y contempló a Magdalena con una admiración que le daba

cierta semejanza con Yuba-Bill (y éste me perdone).

--Miren, ese es mi perro guardián--dijo Magdalena a modo de

exordio.--¡Oh, pero no muerde!--añadió al ver la justa alarma de las dos

pasajeras, que estaban sentadas en un ángulo,--¿verdad, viejo Tofi?

Esta última pregunta iba dirigida al sagaz Joaquín.

--Voy a decirles una cosa, señores--continuó Magdalena, después que hubo

dado de comer y cerrado la puerta al pequeño plantígrado.--Han tenido la

suerte de que Joaquín no hubiera andado rondando por ahí esta noche.

--¿Dónde estaba?--preguntó el juez.

--Conmigo--contestó Magdalena.--¡Dios me valga! Trota a mi lado, por la

noche, como si fuera un fiel esclavo.

Durante un corto intervalo, guardamos silencio todos y escuchamos el

viento; en nuestra imaginación se pintaba Magdalena en camino a través

de los bosques y de la lluvia, escoltada por su feroz guardián. Me

parece recordar que el juez dijo algo de «Una y de su león»; pero

Magdalena lo recibió como lo hizo con las demás galanterías, con fría

impasibilidad. Creo que se dio cuenta de la admiración que excitaba, por

lo menos la de Yuba-Bill no podía dejar de observarla; pero su misma

franqueza estableció una perfecta igualdad entre todos, cruel y

humillante para los miembros más jóvenes de nuestra compañía.

La escena del oso nada añadió a favor de Magdalena en la opinión de las

personas de su sexo que estaban presentes. Así es que, terminada la

comida, se manifestó una frialdad tal en las dos pasajeras, que las

ramas de pino traídas por Yuba-Bill y echadas como en sacrificio al

hogar, no pudieron contrarrestarla del todo. Magdalena lo sintió, y

declarando de repente que era tiempo de retirarse, se levantó para

acompañar a las señoras a un cuarto vecino en donde tenían el lecho que

se les había destinado.

--Ustedes, señores, tendrán que acampar por ahí fuera, cerca del fuego,

de la mejor manera que puedan--añadió,--pues no hay otra habitación en

la casa.

La chismografía, caro lector, no ha sido jamás, según opinión

generalmente admitida, patrimonio del sexo fuerte, pero, con todo, me

veo obligado a declarar que apenas se hubo cerrado la puerta tras de

Magdalena, cuando nos apiñamos cuchicheando, sonriéndonos y trocando

entre nosotros sospechas, suposiciones y mil hipótesis respecto de

nuestra bonita patrona y su extraño huésped: creo que hasta llegamos a

empujar a aquel imbécil paralítico, que estaba quieto como una esfinge,

sin voz, en medio de nosotros, oyendo con la serena indiferencia del

pasado en sus ojos, nuestra charla inacabable. En lo más vivo y animado

de la discusión, abriose de nuevo la puerta y entró Magdalena.

Sin embargo, no era ya la misma Magdalena que algunas horas antes había

surgido ante nuestra vista. Tenía los ojos bajos y titubeó un momento en

el umbral; llevaba una manta doblada en el brazo y parecía haber dejado

tras sí la franca resolución que horas antes nos había encantado.

Entrando en el cuarto, arrastró un banquillo hasta el sillón del

paralítico; sentose, y dijo echándose la manta sobre las espaldas:

--Señores, si les es igual, como estamos un poco estrechos, me quedaré

aquí esta noche.

Puso en su mano la mano marchita del inválido y volvió la mirada al

fuego que se extinguía lentamente.

Nosotros nos mantuvimos silenciosos, tal vez por el sentimiento

instintivo de que esto no era más que un preliminar de relaciones más

confidenciales, y quizá también por cierta vergüenza de nuestra anterior

curiosidad. La lluvia batía aún sobre el techo: violentas ráfagas de

viento removían las pavesas con momentáneos destellos; en un momento de

sosiego de los elementos, Magdalena levantó de repente la cabeza, y

echándose el cabello a la espalda, volviose hacia nuestro grupo y

exclamó:

--¿Hay alguno entre ustedes que me conozca?

Nadie contestó.

--¡Piénsenlo otra vez! Yo vivía en Marysville, el 53: todos me conocían

por cierto con razón. Yo tuve el Salón Polka, hasta que vine a vivir

aquí con Juan. Como de esto hace seis años, tal vez he cambiado algún

tanto.

Quizá la desconcertó el que no la reconociesen; volviose otra vez hacia

el fuego; transcurrieron algunos momentos en silencio, y continuó:

--Sospeché que alguno de ustedes debía reconocerme; pero, de todas

maneras, no importa; lo que yo iba a decir es que este Juan--y al

nombrarlo tomó su mano entre las de ella--me conocía si ustedes no me

conocen, y gastó mucho dinero en mi compañía. Calculo que gastó cuanto

poseía. Un día, por este invierno hará seis años, Juan vino a mi cuarto

interior, se sentó en mi sofá, como lo ven ahora en aquel sillón, y

luego ya jamás volvió a moverse por sí mismo, herido como por un rayo y

sin darse cuenta de lo que le ocurría. Los médicos dijeron que la causa

era su mal modo de vivir, pues Juan fue siempre algo libertino y

calavera, que no curaría, y que, de todas maneras, jamás volvería a ser

lo que antes. Se me aconsejó que lo mandase a Frisco[2] al hospital,

puesto que ya no servía para nada, y que toda la vida sería una

criatura; pero yo, quizá porque había algo en la mirada de Juan, o tal

vez porque nunca había tenido una criatura, me opuse a ello tenazmente.

Yo era rica en aquella ocasión. Mi popularidad era inmensa; hasta

caballeros, tales como usted, señor, iban a mi casa; vendí mi comercio y

compré esto que está, como quien dice, en un rincón de mundo.

¿Comprenden?

Una intuición poética singular hizo que mientras hablaba cambiase poco a

poco de posición, de manera que las mudas ruinas del enfermo se

interpusieran entre ella y sus oyentes. Oculta en la sombra, ofrecíalas

como una tácita apología de sus acciones. Aquella figura de expresión

enigmática y silenciosa, hablaba aún en favor de ella; anonadada y

herida por el rayo divino, extendía aún en torno de ella su invisible

brazo. Desde la oscuridad, pero estrechando todavía su mano, continuó:

--Transcurrió mucho tiempo antes de que pudiese acostumbrarme a las

cosas de por aquí, pues estaba habituada a la sociedad y a sus gustos y

comodidades. Busqué una mujer que pudiera auxiliarme, pero fue en vano,

y por otra parte no osaba fiarme de un hombre. Ahora, con los indios de

los alrededores que me ayudan de vez en cuando, y con lo que me mandan

de North Fork, Juan y yo vamos pasando. De tarde en tarde, en tiempo, el

médico subía de Sacramento: preguntaba por la criatura de Magdalena,

como llama a Juan, y cuando se marchaba, solía decir: «Magdalena, es

usted un portento: Dios la bendiga», y después de esto, no me parecía la

vida tan triste y desabrida. Pero la última vez que estuvo aquí, al

abrir la puerta para marcharse, dijo:

--Soy de opinión, Magdalena, que su criatura acabará por hacerse hombre

y dará honra a su madre. ¡Pero no aquí, Magdalena, no aquí!

Y se me figuró que se iba triste y... y... y...

Al llegar aquí, la voz de Magdalena y su cabeza parecieron perderse por

completo en la oscuridad.

--La gente de los alrededores es muy buena--dijo Magdalena después de

una pausa, saliendo de la penumbra.--Los hombres de la bifurcación del

río dieron vueltas por aquí, hasta que comprendieron que no me hacían

maldita la falta, y las mujeres ¡son tan bondadosas!... no han venido

una sola vez. Estuve muy sola hasta que recogí a Joaquín en los bosques

cercanos, cuando no era más alto que un gato, y le enseñé a pedir la

comida; pero ahora tengo, además, a Poli, ésta es la urraca, sabe

infinidad de juegos, y por las noches me acompaña con su charla, de

manera que se me figura que no soy el único bicho viviente que aquí se

cobija. Y este Juan--dijo Magdalena con su risa de antes y saliendo del

todo a la claridad del fuego,--este Juan, señores, les maravillaría de

ver cuánto sabe; a veces, le leo todas aquellas cosas de la pared, y a

menudo le traigo flores y las contempla con tanta naturalidad como si

leyera algo en su interior. ¡Bendito sea Dios!--dijo Magdalena con su

franca risa,--todo aquel lado de la casa le he leído este invierno. ¡Si

supiesen lo que le entusiasma a Juan la lectura!

--¿Por qué--preguntó el juez--no se casa con la persona a quien ha

consagrado toda su juventud?

--Comprenderá usted, amigo--dijo Magdalena,--que esto sería jugarle una

mala partida a Juan, abusar de su desamparo, además que, en siendo ambos

marido y mujer, sabría yo que estoy obligada a hacer lo que ahora hago

de mi propio sentir y arbitrio.

A lo que replicó el juez, después de haberlo madurado plenamente:

--Sin embargo, todavía es usted joven y tiene atractivos.

--Se hace ya tarde--dijo gravemente Magdalena,--y deberíamos dormir ya

todos. Señores, buenas noches.

Y arrebujando su cuerpo con la manta, Magdalena se tendió al lado del

sillón de Juan, con la cabeza apoyada contra el taburete donde éste

descansaba los pies y no habló más ya. El fuego se fue extinguiendo

lentamente en el hogar. Todos echamos mano a nuestras mantas en

silencio, y pronto no se oyó otro ruido que el gotear de la lluvia sobre

el techo y la fatigosa respiración de los que uno tras otro se iban

durmiendo.

Despuntaba casi el día, cuando desperté de un sueño agitado. La pertinaz

lluvia había cesado, las estrellas centelleaban, y a través de la

ventana sin postigos, la luna llena, alzándose por encima de los

fúnebres pinos, penetraba en el cuarto, bañando con sus rayos de plata

la solitaria figura del sillón. Pareciome que la onda de luz

deslumbradora inundaba en regenerador bautismo la humilde cabeza de la

mujer cuyos cabellos, como en la bella y dulce leyenda del Evangelio,

besaba los pies del que amaba: hasta prestó una bondadosa poesía al

irregular perfil de Yuba-Bill que con abiertos y pacientes ojos velaba

en guardia, medio recostado entre este grupo y los viajeros. Esta

impresión de encanto artístico meció mi espíritu suavemente,

contribuyendo quizá a que conciliara de nuevo el sueño, del que no

desperté sino entrado el día al grito de ¡al coche! que, de pie e

inclinado sobre mí, lanzaba nuestro buen cochero.

El café nos esperaba sobre la mesa, pero Magdalena había desaparecido.

Dimos vuelta a toda la casa y aún nos detuvimos mucho tiempo después de

enganchados los caballos; pero no volvió; no cabía duda que, evitando

una despedida formal, nos dejaba partir como habíamos venido.

Instaladas en la diligencia las señoras, volvimos a la casa y

estrechamos, silenciosos y con solemne gravedad, la mano del paralítico

Juan, reponiéndole en su asiento después de cada apretón de manos.

Echamos una última mirada en torno del cuarto, y sobre el taburete donde

Magdalena se había sentado, después de lo cual nos dirigimos al camino

para ocupar con lentitud nuestros asientos en la diligencia que nos

aguardaba.

El látigo chasqueó y nos pusimos en marcha, pero cuando llegamos al

camino real, la diestra mano de Yuba-Bill hizo que los seis caballos

cayeran sobre sus patas traseras y la diligencia se paró bruscamente:

allí, en una pequeña eminencia junto al camino, estaba Magdalena,

flotante el cabello, centelleantes los ojos, ondeando el pañuelo y

entreabiertos sus labios por un último adiós. Nosotros, en contestación,

agitamos nuestros sombreros, las señoras no pudieron contener una última

mirada de curiosidad, y entonces Yuba-Bill, como si temiese una nueva

fascinación, azuzó locamente sus caballos, dando el coche tan terrible

sacudida que caímos todos sobre las banquetas.

Durante el trayecto hasta el North Fork, no cambiamos una sola palabra;

la diligencia paró en el Hotel de la Paz. El juez, tomando la delantera,

nos acompañó hasta la sala común y ocupamos gravemente nuestros puestos

junto a la mesa.

--¿Están llenas sus copas, señores?--dijo solemnemente el juez

quitándose su blanco sombrero.

--Sí, señor.

--Entonces, a la salud de Magdalena. Que Dios la bendiga.

Y todos apuramos de un sorbo su contenido.

Bocetos californianos · 第 26 / 41 题