A principios de 1902 falleció en Londres un americano cuya vida podría
parecer singular aun en su país natal, donde por cierto abundan los
hombres que se complacen en desafiar las circunstancias de una
existencia azarosa y llena de incertidumbre. Fue sucesivamente minero,
maestro de escuela, corrector de pruebas, tipógrafo, editor y
últimamente cónsul de los Estados Unidos en Glasgow y Londres. Quiso la
suerte que le diera por escribir, y entonces este hombre hizo lo que
debieran hacer todos los que se sienten con vocación o que creen
sentirla: se inspiró en un ambiente donde había vivido por muchos años,
y copió, o mejor, idealizó costumbres y figuras de ese ambiente, con
tanto arte y tanto talento que dejó admirado al mismo Dickens cuando
este gran novelista inglés leyó por primera vez _Los Desterrados de
Poker Flat_.
El lector habrá ya comprendido que aludimos a FRANCISCO BRET HARTE, el
novelista americano. No será inútil agregar que la muerte le sorprendió
a los 62 años, cuando estaba todavía en la plena actividad de su
espíritu, habiendo editado el año anterior _Under the Redwoods_ y otro
cuento _From Sandhill to Pine_.
A los catorce años emigraba de Albany, su ciudad natal, para California,
en busca de mejor fortuna. Era en la época de la fiebre del oro, y una
verdadera corriente humana se precipitaba en los valles de este
territorio en busca de Eldorado con su relativo Pactolo. Era por lo
general la hez del mundo esta que iba a la conquista del Vellocino.
Gente de antecedentes ignorados, pero resuelta y hecha como para el
género de vida que iba a emprender. En unos pocos años aquella sociedad,
bizarramente cosmopolita, hizo todo lo que en el resto de la tierra se
ha organizado poco a poco, a través de los siglos; esto es, se ordenó,
se dio una ley y una administración. Pero entretanto, en el comienzo
(justamente cuando BRET HARTE se hallaba en California), la única ley
fue la del más fuerte y las pendencias acababan a tiros, y quien podía
imponerse tenía razón. De aquí esa vida errabunda de los _placers_, esos
mineros que jugaban en una noche una fortuna ganada en tres meses, esos
juicios sumarios contra los que violaban la ley improvisada de los
campamentos, esos aventureros formidables, héroes de garitos y terribles
Don Juanes en un país y en una época en que los favores de las pocas
mujeres que se aventuraban a vivir en un ambiente como aquél, eran
disputados con el revólver. ¡Ay de los débiles y de los cobardes! Así
nace ese intrépido Oarkust, de una frialdad temeraria, bello como un
héroe griego. Así viven los personajes de BRET HARTE en esa sociedad
caótica, mitad aventureros y mitad hombres de bien, bandidos y mineros,
varones de voluntad indomable, duros, ásperos, acerados, dispuestos a
cualquier cosa en cualquier momento, y hasta a acciones generosas y
nobles también, en caso de presentárseles la ocasión.
Porque esto es especialmente digno de notar: una indefinida melancolía
se difunde sobre todos los personajes de BRET HARTE. Esa gente parece,
después de tanto roce brutal, y de tanto combate, tener una secreta
nostalgia de amores más puros y de ideales más elevados. De esa tosca y
en ese cieno brotan como pálidas flores del destierro, figuras
encantadoras de hombres, mujeres y niños. Hay amores quiméricos,
amistades salvajes, una necesidad de querer a alguien que todo un
campamento de mineros siente prepotentemente al adoptar al pequeño
Tommy, el hijo de una desgraciada, nacido en el abandono y en la infamia
en el Roaring Camp. Y esta poesía singular os penetra en lo más íntimo
del alma, por contraste con la aspereza de esas figuras endurecidas,
como quien, ante vosotros, inesperadamente, arrancase de un tosco
instrumento las más suaves y tiernas melodías.
Durante muchos años BRET HARTE esparció estas perlas de su talento en
las revistas americanas, especialmente en el _Overland Monthly_, por él
mismo editada. Rimó también con sentimiento exquisito, delicadas poesías
como los _Poemas del Este y el Oeste_. Pero a nuestro parecer, la nota
más alta y original de su obra son, precisamente, estos cuentos, que
constituyen la _cristalización literaria_--en el sentido
stendhaliano,--de la California de los tiempos heroicos, de la tierra
del oro, de la sangre y de las aventuras, que afortunadamente para la
civilización--pero quizá no para el arte,--ha cedido ante otra
California bucólica, comercial, donde se vive tan bien como en todas
partes, y que el corte del istmo de Panamá acercará a Europa de unos
veinte días.