En efecto: en una capilla que está al lado derecho del altar

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Nota del Transcriptor:

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las

minúsculas) han sido sustituidas por letras mayúsculas

de tamaño normal.

TIERRAS

SOLARES

POR

RUBÉN DARIO

ILUSTRACIONES

DE

ENRIQUE OCHOA

Volumen III de las obras completas.

Administración: Editorial

MUNDO LATINO

MADRID

ES PROPIEDAD

A

FELIPE LÓPEZ

MUY CORDIALMENTE

_R. D._

[Ilustración: BARCELONA]

[Ilustración]

DESPUÉS de algunos años vuelvo a Barcelona, tierra buena. En otra

ocasión os he dicho mis impresiones de este país grato y amable, en

donde la laboriosidad es virtud común y el orgullo innato y el sustento

de las tradiciones defensa contra debilitamientos y decadencias. Salí

de París el día de la primera nevada, que anunciaba la crudez del

próximo invierno. Salí en busca de sol y salud, y aquí, desde que he

llegado, he visto la luz alegre y sana del sol español, un cielo sin

las tristezas parisienses; y una vez más me he asombrado de cómo

Jean Moreas encuentra en París el mismo cielo de Grecia, el cual tan

solamente da todo su gozo en las tierras solares. Bien es cierto que el

poeta se refiere más al ambiente que a la luz, más al respirar que al

mirar. Pero la bondad de este cielo entra principalmente por los ojos y

los poros, abiertos al cálido cariño del inmenso y maravilloso diamante

de vida que nos hace la merced de existir.

Cuando os escribí de España fué a raíz de la guerra funesta. Acababa

de pasar la tempestad. Estaba dolorosa y abatida la raza, agonizaba

el país. Y os hablé, sin embargo, de la mina de energía, del vasto

yacimiento de fuerza que hallé en esta provincia de Cataluña, gracias

al carácter de los habitantes, de antaño famosos por empresas arduas

y bien realizadas; y admiré la riqueza y el movimiento productor

de esta Barcelona modernísima, hermana en trabajo de la potente

Bilbao, afortunadas hormigas ambas que no han mirado nunca con buen

mirar a la cortesana cigarra de Castilla. España estaba, por opinión

general, condenada a la perpetua ruina, a la irremediable muerte.

No se veía venir por ninguna parte el caballero esperado, a quien

buscaba en la lejanía del camino la mirada ansiosa de la hermana Ana.

Hubo el aparecimiento de los profetas del mal y la irrupción de los

improvisados salvadores. Todo el mundo era hábil para indicar una

senda propicia; todo el mundo se creía llamado a poner nueva sangre

en el cuerpo agotado. Se dijera un consejo de políticas. Todas las

políticas y todos los politiquistas sabían un secreto con el cual se

iba a hinchar con músculos nuevos el pellejo del maltrecho León. En el

mundo del pensamiento se veían apenas unas cuantas esperanzas entre

el coro de eminencias amojamadas. Apenas los pocos violentos, los

revolucionarios, los iconoclastas, hacían lo posible por encender una

hoguera nueva. Y olía demasiado a podrido en Dinamarca.

Hoy, al pasar, mi impresión es otra. Desde hace algún tiempo se ha

notado un estremecimiento de vida en la península. Cierto que las

políticas y los politiquistas continúan con sus ruidos inútiles y sus

discursos verbosos; cierto que ni los del carlismo renuncian a su

vago soñar, ni los de la república pierden momento para proclamar

que ellos son los dueños del porvenir y de la grandeza nacional,

entre escándalos y rivalidades poco provechosas al verdadero ideal

perseguido; cierto que el clericalismo inquisitorial, por un lado,

y el militarismo montjuichesco, por otro, no han cambiado un ápice

desde los tiempos terribles en que cayó, rojamente, el pobre y grande

conservador D. Antonio Cánovas; cierto que nadie sucede al pobre y

grande liberal Emilio Castelar; cierto que cierta prensa en que los

antiguos baturrillos, tiquismiquis, o dimes y diretes continúan en

una tradicional ignorancia de cultura, aún persiste; cierto que el

hambre del pueblo no mengua; cierto que la pereza general y la inquina

porque sí, del uno contra el otro, se sigue manifestando; cierto que

sigue oliendo a podrido en Dinamarca. Pero, fijáos bien: una fragancia

de juventud en flor llega hasta nosotros. Voces individuales, pero

poderosas y firmes, dicen palabras de bien y de verdad que el país

comienza a escuchar. Hay un rumor. ¿Es una resurrección? No, es un

despertamiento. Se renace. Se vuelve a vivir en un deseo de acción,

que demuestra y anuncia una próxima era de victorias. No tenían razón

los desconsolados, los que juzgaron el daño irremediable. He ahí los

buenos pensadores de la nueva España que piensa; he ahí los buenos

profesores de trabajo; los bravos catedráticos de actos, que enseñan a

las generaciones flamantes la manera de conseguir el logro, de sembrar

para recoger. Los superficiales del pedantismo desaparecieron; los

superficiales del odio inmotivado, de la improductiva palabra, de

las envidias absurdas, esos no existen más que en sí mismos. Existe,

empero, una juventud que ha encontrado su verbo. Existen los nuevos

apóstoles que dicen la doctrina saludable de la regeneración, del gozo

de la existencia; los buenos escritores de desinterés y de ímpetu;

los nuevos poetas que hablan armoniosamente, con sencillez o con

complicación, según sus almas, lo que sienten, lo que juzgan que deben

decir, en amor y sinceridad, con desdén del lodo verbal, de la vulgar

hazaña, del reir injusto. Y eso en toda España, desde entre los vascos

y catalanes activos, hasta entre los vibrantes andaluces y entre los

habitantes de la gárrula corte. La salud será, pues, luego, total.

Mas Barcelona me detiene, con su carácter tan propio, y sin embargo,

desde antes tan universalizada más que europeizada. Sus ramblas

floridas hierven de almas, con su paseo de Gracia; las fábricas vecinas

han adquirido mayor empuje. Llegan numerosos los barcos a traer el

material de las industrias y salen cargados de la exportación pingüe

que aumenta la existente riqueza. Se alzan palacios flamantes. La

electricidad ayuda al progreso por todos puntos. La urbe se ensancha

y la población crece. Tan solamente turban la paz activa de producir

las agitaciones que de tanto en tanto siguen manifestándose y tomando

incremento en el elemento obrero. Hay un huevo que empolla desde

hace años la revolución latente, pero de ese huevo no saldrá ni con

mucho la soñada gallina gorda de los socialistas; antes bien, el ave

roja de la anarquía. El obrero aquí no se deja embaucar y va viendo

por sí solo. Los cabecillas pueden de un momento a otro perder su

cabeza. El trabajador aquí se impone, y su imposición se nota. No se

ve un solo establecimiento público que esté vedado a la blusa, y la

blusa hace ostentación de su presencia en todas partes. La cultura

general es también mayor, como ya otra vez lo he hecho notar, que en

otras provincias. El ambiente barcelonés es el de un pequeño París.

Sus artistas y escritores, genuinamente catalanes, están en contacto

con todo el mundo. Esta tierra de hombres de labor material, vasto

nido de menestrales, es también sustentadora de fuertes cerebros, de

aladas almas, de finas y sutiles imaginaciones. En el siglo XIX surge

el marqués de Campo; lo cual no obsta para que nazca después Santiago

Rusiñol. Rusiñol, espíritu encantador, pintor de soñaciones, maestro

de melancolías, y el cual en todas sus obras pone algo de la tristeza

que ha aprendido en las partes dolorosas y misteriosas de la vida. Le

conocí en París, después de ser muy amigos desde lejos. Es la primera

vez en que la persona no me causó decepción por el artista. Personal

e intelectualmente es el mismo. Gracias a Dios que no me ha quitado

aún--¡ni me lo quite nunca!--el don de admirar. Admirar de veras, con

mente sincera, con el corazón o con la cabeza, o con ambas cosas. Me

habló entonces Rusiñol de su drama _L'Heroe_ y de la resonancia del

estreno, pues en la pieza hay dura enseñanza popular dicha, si con

manera de noble artista, con claridad que pone a la vista de todos una

amarga lección de los injustos horrores de la guerra. Los del gobierno,

los del poder y los entorchados, protestaron e iban a provocar grueso

escándalo; las representaciones cesaron por orden de la autoridad, y

el artista dramaturgo tuvo que salir para Francia. Ahora veo en los

carteles anunciada una obra nueva, que por su título juzgo causará, si

cabe, mayores protestas. Se llama _El Mistich_. El soñador hace así

su ofrenda de bien a los oprimidos, ayuda a los de abajo. Como debe

hacerlo: desde arriba.

Otros poetas traducen a los clásicos, y a los modernísimos extranjeros.

Hay un «teatro latino» que equivale a l'Oeuvre, o al Libre de París. Se

publican excelentes revistas de ideas y de arte, y libros de ingenios y

talentos bregadores presentados en formas artísticamente llamativas y

de bella tipografía. Todo ésto en catalán. Pues son raros los que, como

el noble poeta Marquina, prefieren vestir de castellano sus ideas.

La juventud--¡brava «joventut»!--cultiva su campo, siembra su

semilla. Alza, construye su torre en el limitado cerco en que se oye

su lengua: pero desde lo alto de su torre, ve todos los horizontes.

Fecundo núcleo de vivaz civilización, la vieja Barcino, la generosa

y gallarda Barcelona de ahora, se afianza en su seguro valor y alza

la cabeza orgullosa coronada de muros, entre la montaña y el mar, que

vió partir en otros siglos los barcos de sus conquistadores. ¿Existe

el catalanismo? ¿Existe el odio que se ha dicho contra el resto de

España? Yo no lo creo ni lo noto ahora. Existe el catalanismo, si

por catalanismo se entiende el deseo de usufructuar el haber propio,

la separación de ese mismo haber para salvarlo de la amenazadora

bancarrota general, el derecho de la hormiga para decir a la cigarra:

«¡baila ahora!»; y la voluntad de mandar en su casa. Mas así como el

ansia de porvenir ha unido a los obreros catalanes con todos los de

la península en una misma mira y un mismo sentimiento, el deseo de

vuelo y expansión comienza a unir a la intelectualidad libre catalana

con la libre intelectualidad española, representada por admirables

personalidades pertenecientes a todas las provincias, ligados así

todos por la solidaridad del pensamiento y el propósito de olvidar

pasados defectos y errores, y colaborar en la misma tarea de bondad

y de gloria. Cierto, repito, que quedan los anquilosados de ayer,

los rezagados de la pacotilla; pero toda la sucia y seca hojarasca

desaparece al brotar la nueva selva, al renovarse la flora del viejo

jardín, a la entrada triunfal de la recién nacida primavera. La

América española ha mandado también sus embajadores, y poco a poco se

va formando más íntima relación entre ambos continentes, gracias a la

fuerza íntima de la idea, y a la internacional potencia del arte y

de la palabra. Pues hasta, por mayor decoro, la vida comercial misma

ha sacado ventajas, ayudada por los predicadores de las letras y

misioneros del periodismo. La unión mental será más y más fundamental

cada día que pase, conservando cada país su personalidad y su manera

de expresión. Se cambiarán con mayor frecuencia las delegaciones de

los intereses y las delegaciones de las ideas. Seremos, entonces

sí, la más grande España, antes de que avance el yanqui haciendo

Panamaes. Que cada región tenga y conserve su egoísmo altivo, pues de

la conjunción de todos esos egoísmos se forma la común grandeza; cada

grande árbol crece y se fortifica solo y todos forman la floresta. Esto

me hace pensar la Barcelona de las rojas barretinas y de las compañías

de vapores, la Barcelona de Rusiñol y de Gual, y la de las copiosas

fábricas y nutridos almacenes; la que hace oro, labra hierro, cultiva

flores y se fecunda a sí misma, entre los montes altos, silenciosos y

las inmensas aguas que hablan.

[Ilustración]

[Ilustración: MÁLAGA]

[Ilustración]

ESCRIBO a la orilla del mar, sobre una terraza adonde llega el ruido

de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y

el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es

la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas,

las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es

justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes

de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida

que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora

de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios

singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas

la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación,

sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta,

navaja, mantón y calañés. Hay sí la reja cantada en los versos, y los

ojos espléndidos de las mujeres, y la molicie, y el ambiente de amor.

Hay las callejuelas estrechas y antiguas, y las ventanas adornadas

con los tiestos de albahacas y claveles, como en los cromos; hay

bastante morisco y no poco medioeval. Mas, del lado del mar, surge una

Málaga cosmopolita y nueva, y más que cosmopolita, inglesa, durante

la «season», pues demás está decir que desde que un Mr. Richard Ford

escribió en su «Hand-Book for travellers in Spain» que el clima de

Málaga es «superior a todos los de Italia y España para enfermedades

del pecho» y que «aquí el invierno es desconocido», la invasión

británica estuvo decretada. Los ingleses no han llegado a Andalucía tan

solamente por bien de sus pulmones y bronquios. Y así, como lo hace

observar José Nogales, que es autoridad y que es andaluz: «en las

zonas andaluzas donde se extiende la influencia inglesa--exclusivamente

inglesa--, la vida interior reacciona de un modo maravilloso. Parece

otra gente. Por Málaga, por el campo de Gibraltar y por Huelva, van

entrando los ingleses en mansa y tranquila invasión de intereses que de

día en día ensanchan y afirman. Y el fenómeno por mí observado consiste

en lo bien y rápidamente que se entienden y hermanan el andaluz y el

inglés. A los dos días de llegar, el inglés es «don Guillermo», o «don

Roberto», o «don Jorge». Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y

hay, andando el tiempo, deseos del entruque rara vez desperdiciados. De

ahí va saliendo el núcleo de una raza nueva y vigorosa». El extranjero

ha traído a Andalucía el impulso del trabajo, ha implantado fábricas,

ha dado gran aumento a la exportación de frutas y de vinos. ¿Quién se

acuerda ya del inglés «aborrecido»? El nombre de uno está grabado en

un monumento público, el inglés Robert Boyd, que fué fusilado por la

causa de la libertad, junto con Torrijos. Estas villas floridas, estos

chalets llenos de morenas meridionales y rubias anglo-sajonas, al

lado de la Caleta y el Polo, hacen recordar que por aquí pasó Byron y

afirman que esto es encantador. Sobre todo, no hay ese bullir lujoso

de las ciudades balnearias revueltas por la moda y emponzoñadas por

el casino. Aquí no hay casino, ni moda, ni viene Liane de Pougy, ni

monsieur de Phocas. Aquí hay luz, montes apacibles, el Mediterráneo,

barcas pescadoras. «Larios y boquerones», corrige un andaluz que lee

las últimas palabras que he escrito.

¿Larios? En efecto, en la ciudad todo es Larios. La propiedad, la

influencia política, están en poder de ese apellido. Vais por un paseo

y encontráis una estatua del marqués de Larios. La calle principal

de la ciudad, es la calle de Larios; las casas todas que forman esa

calle, pertenecen a los Larios; de los Larios son también otras cuantas

regadas en la población. Hay dos grandes fábricas de hilados, con

unos ocho mil trabajadores, y demás está deciros que esa fábrica es

de los Larios. Hay diez fábricas y refinerías de azúcar, y pertenecen

igualmente a la famosa familia.--¿Y ese gran asilo?--De Larios. Desde

Gibraltar hasta Almería, me dicen, todo es de ellos. Málaga es la

ciudad de los Larios.--¿Y la catedral, también será de ellos?--La

catedral no; pero el reloj de la catedral, ¡sí! Estas son andaluzadas

en serio.

* * * * *

«Les damos por armas la forma de la misma ciudad y fortaleza de

Gibralfaro, con el corral de los cautivos en un campo colorado, y por

reverencia y en cada una de sus torres, las imágenes de los patronos de

Málaga, San Ciriaco y Santa Paula, y por honra del puerto las ondas del

mar, y por orladura de las dichas armas, el yugo y las flechas». Así se

expresa la real cédula en que los Reyes Católicos, Don Fernando y Doña

Isabel, concedieron a Málaga el blasón que queda dicho. Gibralfaro es

una ruina, como todo lo que queda recordando el poderío árabe. He visto

la bella puerta de las Atarazanas sirviendo de entrada a un mercado, en

el mismo lugar en que se levantaba una magnífica mezquita en tiempos no

de tanta miseria para el pueblo malagueño. Es la obra de los cristianos

y civilizados vencedores. La labrada piedra contesta: _Le galib ille

Aláh_: El vencedor solo es Dios...

Y la herencia arábiga se encuentra por todas partes, en la faz de las

mujeres, en las figuras del pueblo, en las rejas de las casas, en los

guturales gritos de los vendedores ambulantes.

Cuando he recorrido la ciudadela de la antigua Alcazaba, he creído

ver revivir ante mis ojos la pasada existencia. Habitan gentes en las

mismas viejas construcciones, casas estrechas y escalonadas en la

altura, desde donde se domina el ancho puerto.

En algún punto veis, sobre una columna corintia del tiempo de la

dominación romana, el arco en herradura que vió pasar los albornoces

blancos y los estandartes verdes. He conocido al poeta y novelista

Arturo Reyes, el primero de los portaliras malagueños y bien amado de

sus conterráneos; jamás he visto moro de pintura o de verdad que le

supere en aspecto. ¡Qué modelo para Benjamín Constant! He visto vestida

a la moda de París y en un elegante carruaje, a Zulema; y, con una flor

en la cabeza, comprando pescado, cerca del seco Guadalmedina, a Zoraida.

* * * * *

Entrando a la realidad de la vida, halláis un pueblo pobre, falto

de sangre y de trabajo. El exceso de población apenas halla salida

escasa en los inmigrantes que atraviesan el Océano. Y la indolencia

nacional... Iba yo recorriendo la ciudad, en un tranvía tirado por

flojos caballos. Allá, en un lugar llamado Puerta Nueva, se encontró

un carro en la vía, en el carro unos cuantos sacos, y el carrero

consiendo uno de ellos. El hombre vió venir el tranvía con una mirada

indiferente, y siguió cosiendo su saco. ¿Pasaríamos? ¿No pasaríamos...?

El conductor descendió a hablar con el carrero; oí vagas palabras,

vi pocos gestos. El hombre seguía consiendo su saco... A los cuatro

minutos, el tranvía pudo pasar, _et pour cause_. El hombre había

acabado de coser su saco...

En un lugar de la larga hondonada que forma el lecho del sediento

Guadalmedina, he visto una especie de lamentable mercado al aire libre,

peces y fruta, cestas de pulpos como en Nápoles, y naranjas doradas. Lo

pintoresco no quita la sensación de miseria, entre calles y callejuelas

llenas de malos olores, de charcos pestilenciales, de focos de

enfermedad. Me explico la abundancia de pálidos rostros, de colores

marchitos en las más hermosas facciones.

Hoy veo, en un diario, que el número de reses vacunas sacrificadas

es de veinte; y Málaga tiene más de ciento treinta mil habitantes...

¡Y la carne paga una peseta el kilo, de derechos de consumo! Un muy

discreto y activo periodista, a quien he tenido el placer de tratar, el

Sr. Fernández y García, me da los más penosos detalles: «La carestía

de los artículos alimenticios, dice, equivale a un grave motivo de

alarma. La carne, para los pobres, resulta un artículo de lujo. Muchos

enfermos tienen que prescindir de ese alimento necesario para reponer

las fuerzas, porque su precio excesivo no lo pone al alcance más que

de las personas bien acomodadas. La leche es mala y cara. ¿De qué

nos sirve nuestra vecindad con Marruecos, si rara vez disfrutamos

la ventaja de recibir, en cantidad suficiente, huevos y aves a

precios económicos, importados de los terrenos inmediatos a nuestras

posesiones de Africa? El pescado mismo, con excepción de los días de

pesca abundante y extraordinaria, sufre carestía. ¿El bacalao? Si el

gobierno no toma el buen acuerdo de pedir a las Cortes la supresión de

los derechos arancelarios, se venderá tan caro, que, como sucede con la

carne, no estará al alcance de los pobres. Sólo faltaba el aumento en

los precios de los alquileres, y ya es tan difícil encontrar albergue

higiénico y barato, como un avaro con alma. De modo que el malestar se

acentúa para todas esas clases de la sociedad a quienes la lucha por

la existencia resulta penosísima, y que van dejándose la piel en las

zarzas de estos infortunios. Con decir que el remedio no se vislumbra,

se expresa que la desgracia que nos afluye parece mayor porque se vive

sin esperanzas». Hay, pues, necesidad en las clases pobres, hambre en

el pueblo.

La antigua religiosidad ha mermado mucho, y, en sus sufrimientos, ya

no se vuelven los necesitados a la Divinidad, ya no se ruega a Dios...

Se siente una invasión de protestas anárquicas, que va de la ciudad a

la campiña, a pesar de las congregaciones religiosas que luchan por

conservar su influencia, a pesar de las vírgenes que podéis ver en

algunos sitios, a la entrada de algunas casas, adornadas de flores

artificiales, y ante las cuales arde una pálida lamparilla de devoción

tradicional.

* * * * *

Hoy, 11 de Diciembre, aniversario del fusilamiento de Torrijos y

sus compañeros, he ido a ver el monumento levantado en memoria del

espantoso sacrificio... No vi coronas profusas, flores de recuerdo.

Por calles sucias, entre baches y pedregales, llegué, por el barrio

del Perchel, a la iglesia del Carmen, donde estaba el antiguo

convento. Por el camino, un compañero me recuerda la página sangrienta

que inmortalizó artísticamente un célebre pincel. Encontrábanse en

Gibraltar unos cincuenta desterrados a causa de sus ideas liberales,

y fueron llamados secretamente por el gobernador de Málaga, Moreno,

proponiéndoles pronunciarse con ellos en favor de las libertades

de la Constitución, como se decía entonces. Salieron de Gibraltar

cincuenta y un hombres. En camino, pasaron la noche en el cortijo de

la Alquería, y allí fueron copados por las tropas que mandó con ese

objeto el mismo gobernador de Málaga. Lograron escapar dos ingleses,

de tres que venían en la expedición. Llegaron los presos por la mañana

del 10 de Diciembre, y al día siguiente, a pesar de ser día domingo,

con el permiso episcopal, fueron fusilados. La capilla la pasaron en

una iglesia del entonces convento carmelita. La ejecución empezó a

las siete de la mañana y duró media hora. El último que mataron fué

el inglés Boyd. «Mi abuelo, me dice la persona que me acompaña, oyó

los tiros desde el vecino matadero de reses. Calcula que se tirarían

mil tiros... De lo que no hay que asombrarse, teniendo en cuenta que

entonces se usaban fusiles de chispa, que estaba lloviendo y que se

mojaba la pólvora de las cazoletas, por lo que fallaban muchos tiros.

Los quejidos de las víctimas y el estado nervioso de los mismos

soldados de la ejecución aumentaban el horror de tal manera, que el

fraile que confesó y ayudó a bien morir a las víctimas se volvió

loco...»

Al llegar a la iglesia, un chicuelo zaparrastroso me sale al paso.

--¿Qué quiere usted?

--Visitar la iglesia.

--Venga.

--Dime: ¿en dónde estuvieron encerrados Torrijos y sus compañeros?

El chico me mira asombrado. No halla qué contestar. Le explico más. Se

trata de unos que mataron hace tiempo... Por fin cae en la cuenta.

--Venga usted. Ya sé. Aquí está el confesonario en donde los confesaron.

En efecto: en una capilla que está al lado derecho del altar mayor, y

cuya entrada aún conserva la gruesa reja que sirvió de cárcel de una

noche a los sacrificados, logré ver entre la obscuridad, aislado, un

confesonario viejo y polvoroso. Luego salgo con mi amigo acompañante a

buscar el lugar en que fueron ultimados. Lo encontramos, preguntando,

en una callejuela inmunda. Hay una base gastada, de mármol, sobre la

que reposa una tosca cruz de hierro. Hay una inscripción borrada,

ilegible. Ni una flor. Hay comadres conversando en las puertas de las

casuchas vecinas, y muchachos mugrientos jugando a pleno cielo, y un

perro soñoliento hacia el lado por donde se va al mar azul...

Esta es Málaga la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas

mujeres y el vino preferido para la consagración.

II

Por la mañana he ido a ver «sacar el copo» a los pescadores, a un

lado del esbelto y blanco faro. Las gentes están ya de fiesta como

la mar y el sol. Miro animación por las calles, sobre todo cerca de

la Plaza de la Constitución, donde un puñado de barracas atrae a los

transeuntes y forasteros. La calle de lujo, la calle Larios, ofrece

sus vitrinas llenas de dulces, de pintura _criarde_ y de artículos

de París. Allá en la playa hay ropas más vistosas que de costumbre,

mantones blancos y azules, pañuelos y corbatas policromas, entre las

gentes que van a presenciar la sacada de la red. Tirada por unos

cuantos hombres y muchachos, sostenida en las aguas por odres infladas,

va saliendo poco a poco ante la inmensidad del Mediterráneo azul y

del cielo azul. Cuando llega a la arena y la recogen rápidamente los

pescadores--después de larga fatiga,--se ve la carga de boquerones

semejantes a vivas rebanaduras de plomo, los opalinos y flácidos

calamares, la pescadilla como una lanza, la sardina plateada y profusa.

De allí los recoge el vendedor callejero, que va después gritando su

calidad y llevando, como la balanza los platillos, dos cestos laterales

colgantes del palo que sostiene sobre sus hombros.

Por las calles va la gente atareada en busca de los preparativos de

las cenas caseras. Los paveros, «de su banda de pavos en compañía»,

como canta la sonora guitarra del poeta Rueda, van, en efecto,

conduciendo, con una vara larga como de alcalde y un ancho sombrero,

a los suculentos animales que son de costumbre y ley en noche de

Navidad. Se compran en las dulcerías y confiterías las sabrosas cosas

miliunanochescas o monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya

nomenclatura regocijaría a pantagruélicos abates: turrones y mazapanes,

pestiños, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los

polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de

almendras y azúcar que se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas

me referiré a la _charcuterie_ nacional, con sus salchichones de Vich,

sus chorizos de Candelario y la Rioja y Extremadura, sus incomparables

morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana. Las frutas

tienen admirable representación en los puestos que se establecen a la

entrada de la calle Nueva, con una variedad y lozanía que sorprenden.

Junto a la uva deliciosa del país, cuya fama es universal, y junto a

las doradas naranjas dulcísimas, se ve la americana chirimoya y la

misma caña de azúcar, y la banana, que han brotado en este suelo al

amor de un clima casi tropical. El mercado de frutas en plena calle

es a la manera de un zoko árabe, por su bullicio y movimiento, lo

pintoresco de las gentes, los borriquillos cargados, los tipos mismos

populares y la invisible y perdurable influencia que los antiguos

habitantes africanos dejaron en el ambiente de esta ciudad indolente,

poética y llena de cálida gracia.

Y he de celebrar siempre, ante todo y después de todo, el hechizo de

la mujer malagueña, indudablemente la primera en hermosura en todo el

reino de belleza que es la tierra de España. Hay que ver Málaga en

un día como éste, con sus calles y paseos, su Caleta y el Palo, su

Alameda y su nuevo Parque, animados de maravillosas rosas vivientes,

que van y vienen, sin coqueterías de países más parisienizados, pero

todas carne floral y colores de vida, de salud y amor. Lo mismo las

malagueñas de la aristocracia, que saben bien los usos y modas de París

y Londres, que las de la clase media y las del pueblo, llevan en sus

rostros un poema de encanto natural y una atávica chispa encendedora de

corazones que hacen revivir en las más prosaicas almas de este tiempo

práctico, un enamorado son de guzla, o una declamación que valga por

una kásida. La malagueña es sultana u odalisca. O impera con la mirada,

o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos que van rítmicamente andando con

manera tal, que el _incensu patuit dea_ os sale de los labios. Hay ojos

malagueños que son inmensos, y en su inmensidad está todo el cielo y

todo el mar y todo el amor, junto con la inmensa voluptuosidad. Este es

don particular de la hembra de aquí, como saturada del perfume de la

ilusión moruna del mahometano paraíso. Son las anticipadas huríes. Y

como a sus abuelas les impuso el catolicismo la devoción, hay en ellas

una inquietante mezcla de ángeles católicos y zoraidas sarracenas.

Tienen el más provocador de los pudores. Las cabelleras son copiosas y

doradas o renegridas. He visto pasar dos hermanitas de las más opuestas

cabelleras: la una nocturna, de noche tempestuosa; la otra auroral.

Llevaban el pelo caído por la espalda, y no se podía menos de pensar ya

en Margarita, ya en Mignon. ¿Y Esmeralda? A Esmeralda la veis a cada

paso. Y si vais al suburbio, en el medio gitano, veis aparecer, aun en

horribles tugurios, sus dos ojos negros llenos de pasión y maleficio.

La goletera, la heroína de Arturo Reyes, sale multiplicada de su

barrio, seguida del novio y de los varios Pipirigañas que andan

alrededor suyo. Como no soy muy ducho en distinguir las de la Goleta

entre las del Perchel y de la Trinidad, se me antoja una Trini cada

moza de las que llaman barbianas, con bellos ojos y caras y cuerpos

de celeste pecado mortal. En el paseo, por la tarde, a orilla del mar

quieto y amoroso en su dulce infinito, se juntan todas esas Trinis en

grupos familiares, cerca de pequeñas hogueras en que en sartas se asan

las ricas sardinas recién salidas del copo, y que se comen calientes,

regadas después con el chispeante Montilla que pone luz solar en la

cabeza y suelta estas ágiles lenguas, estas ágiles manos y estos ágiles

pies, pues siempre se toca la guitarra, siempre se jalea, se acompaña

al tocador con las palmas, siempre se cantan las gimientes malagueñas

o los rítmicos tangos, y a veces se ve a una brava muchacha iniciar

un paso en que luce el garbo heredado de las antiguas danzarinas

andaluzas. Las percheleras y las trinitarias son famosas por su gracia

y su habilidad para el canto y el baile. Así las he admirado al pasar,

mientras un sol cariñoso teñía ya de oro, de violeta, de púrpura, el

inmenso cristal mediterráneo.

Los hombres pasan con sus trajes nuevos, las americanas ceñidas a la

torera, los sombreros grises cordobeses, los zapatos de charol con la

inevitable caña de color claro. Y con ciertos andares y ademanes que

hacen ver que el compadrito bonaerense ha heredado algo de por acá.

Y las mujeres andan como que se deslizan, con los mantones de lana,

blancos, rojos, azules, como las corbatas de los novios y amigos, y

llevan las cabezas hermosísimas, adornadas con flores, profusamente,

rosas fresquísimas y rosadas, claveles ultraviolentos, y unas especies

de crisantemas pajizas que llaman goyetinas, y que completan la

decoración floral. Quién va a la casa a preparar la cena de la noche,

quién va a las barracas a comprar juguetes con los niños; juguetes que

tienen todo el carácter local: guitarritas, castañuelas, panderetas

y figuras de nacimiento, que se venden al lado del pin-pan-pum,

divertimiento grotesco en que la brutalidad y el instinto de agresión

humanos encuentran contentamiento, lo mismo en la feria de Neully que

en la diminuta fiesta pascual malacitana. Las borracheras populares

comienzan a hacer ruido por la noche. Se oyen pasar las sonoras

«parrandas», reuniones de muchachos y muchachas del pueblo, que van

cantando coplas por las calles, coplas que recuerdan la celebración

del día, la Virgen en el pesebre, José, el niño Jesús, el buey y la

mula. Y de paso va entremezclada la copla amorosa o satírica, al son

de las zambombas, al grito de los pitos, al chocar de las almireces

y castañuelas, al rasgueo de la inseparable guitarra. Hay quien se

acuerda todavía de por qué se celebra esa noche; hay quien piensa,

por la tradición, en la estrella de los reyes magos, en la aldea de

Belén, en el Dios de los cristianos que nació pobremente, que murió

hace muchos siglos, y por el cual se pasan ratos muy agradables y

regocijados.

La nochebuena se viene,

la nochebuena se va,

y nosotros nos iremos

y no volveremos más.

¡Carrasclás, que gordo está el pavo;

carrasclás, que gordito está;

carrasclás, qué enjundia que tiene;

carrasclás, carrasclás, carrasclás!

¿Quién se acuerda en París, al engullir el «boudin» blanco, ni de

Cristo ni de la muerte...?

Luego se va aquí a la misa del gallo. Las gentes invaden la iglesia,

iluminada como para la alegre fiesta. El órgano lanza sus chorros

armoniosos. Los villancicos resuenan, como las coplas de una celeste

juerga. Los registros de la voz humana, del bombardón, de la chirimía,

derraman sus sonidos como en un trueno de música. Hay verdadero gozo

en el ambiente, aunque la devoción no sea muy grande. Las campanas han

anunciado el nacimiento del buen Pastor, celebrado por los pastores

y adorado por los reyes. Todo eso está muy bien; y así ha llegado la

hora de ir a los ágapes copiosos en que hay tanta golosina, tanto vino

encendedor de sangre y el animal de ritual:

¡Carrasclás, que gordo está el pavo;

carrasclás, que gordito está;

carrasclás, qué enjundia que tiene;

carrasclás, carrasclás, carrasclás!

Luego será la danza, los cantos; airosas sevillanas, donairosos

panaderos, saltantes y garbosas jotas. Y el buen pueblo continuará

en la zambra; saldrá por la población caminando al compás de sus

instrumentos, echando al aire, bajo las estrellas, estrofa y estrofa;

la parranda llenará con sus ecos todos los barrios; el vino irá

dejando vencidos, y la última canción se escuchará hasta después de

que haya salido el sol.

* * * * *

Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas, que sedujo a los

antiguos cartagineses, que deslumbró a los navegantes fenicios, que

atrajo a los brumosos vándalos, que admiró a los romanos, pero que,

sobre todo, fué la delicia de los africanos de ojos y sangre solares;

él es más que todo el donador de gracia y amor en esta tierra. Málaga

es predilecta del divino Helios. «En otros días, dice D. Juan Valera,

cuando teníamos en España un pronunciamiento cada seis meses, Málaga

se jactaba de ser la primera en el peligro de la libertad. Ahora que

felizmente la libertad no peligra, Málaga, con su región, bien puede

jactarse, si no de ser la primera, de ir muy adelante y de descollar

mucho en el cultivo de las letras humanas y de la palabra hablada y

escrita. Es singularísimo que los hijos de esa región se distingan

hablando y escribiendo, por dos cualidades extremas en las que se

cifra todo el poder de la palabra humana. El discurso hablado del

malagueño es torrente impetuoso que arrebata y conmueve: acusaciones

serias, chistes, burlas, sistemas políticos y económicos, y hasta

filosofías de la historia, inventado todo de repente y convertido en

masa de proyectiles para derribar a los contrarios y meterlos debajo

de los bancos; tal es la elocuencia torrencial de la región malagueña:

algo semejante a una venida del Guadalmedina.» Esas son cualidades

solares. El sol da su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza a

la fecundidad malagueña, su singular encanto a la hembra malagueña;

Castelar no era de Málaga, era de Cádiz; hermana solar también; pero

Cánovas era malagueño. La paleta del egregio maestro Moreno Carbonero

concentra mucho de esta luz poderosa y dominante. Los poetas malagueños

Díaz de Escovar, que hace cantares oyendo el latir del corazón de su

pueblo; Reyes, que lleva la primacía, ardoroso moro, y más que andaluz

supermalagueño; Rueda, maestro en gay saber andaluz; Urbano, delicado;

Sánchez Rodríguez, triste y melodioso; González Anaya, enamorado

melancólico de su tierra; Fernández de los Reyes, que labra el verso

sincero y vibrador; todos los portaliras malagueños son dignos de su

raza solar. Son almas que sufren lejanos atavismos, de los cuales brota

el canto como la rosa del rosal.

Hay una estatua que levantar en Málaga: la de Hamehet-el-Zegrí.

Y así concluyo estas líneas sobre la Nochebuena, en pleno sol.

III

Los extranjeros que llegamos en la hora actual a España, sufrimos

ciertamente desengaños. Hemos llegado tarde; _les lauriers sont

coupés_. El progreso es el enemigo de lo pintoresco, y su nivelación

no va dejando carácter local ni originalidad en ninguna parte. Hay

andaluces de la hora presente que protestan contra la Andalucía de

figuras de pandereta y caja-de-pasas, que tanto ha dado que escribir,

cantar y pintar, la Andalucía byroniana, de Gautier, la de D'Amicis;

protestan porque quieren otra Andalucía semejante a los Dorados

comerciales en que piensa mi amigo Maeztu. ¡Ah! desgraciadamente ya

no encontramos la poética Andalucía sino muy venida a menos o muy ida

a más. El progreso aquí en Málaga, por ejemplo, ha traído los altos

hornos y se ha llevado los encantos de antaño. Las particularidades

andaluzas que antes daban viva lección de las gracias autóctonas y de

las locales bizarrías, la indumentaria misma, todo lo que constituía

tema para páginas de colorido y de dibujo característicos, queda en los

viejos libros. _El Solitario_ es tan antiguo como Nepote. En la calle

principal de Málaga hay tiendas parisienses, dos clubs. En el paseo

principal hay corso como en Palermo o en el Bois, relativamente, y la

ciudad cuenta con un automóvil, ¡oh poeta Ovando Santarén!, que no

podría entrar en tus octavas reales.

Los malagueños progresistas que quieren su ciudad igual a no importa

qué «ciudad moderna», con las abominaciones rectangulares que odiaba

el gran Yanqui, están en su derecho, como los venecianos que quieren

rellenar el _Canalazzo_ y echar al olvido las góndolas. Están en su

derecho; pero también están en el suyo los artistas del mundo que

defienden la belleza del pasado y la razón del arte. Nada más odioso

para mí que un doctor japonés vestido de londinense, que durante el

tiempo que nos tocó estar juntos en un compartimiento de ferrocarril,

me hablaba con desprecio de los pintores japoneses y de la poesía

de su raza, y me elogiaba la invasión del parlamentarismo y la

occidentalización de sus compatriotas de ojos circunflejos. Y nada más

simpático que la idea del fuerte y noble pintor Moreno Carbonero, que

inició un proyecto, según me dicen, de reconstruir la ruinosa Alcazaba

morisca malagueña, para resucitar en la ciudad luminosa un rincón

pintoresco y animado de la vida antigua, sin duda alguna más activa,

y, sobre todo, más bella que la presente. Las altas damas desdeñan

ya la mantilla. No se encuentra una maja sino en cromos. Los hombres

quieren, por su parte, parecer ingleses, como los elegantes de todos

lugares. El pueblo bajo no tiene sino vagos restos de las tradicionales

maneras. Los toreros quieren ser personajes sociales. «Don Luis» es

el célebre Mazzantini, y se habla de sus modos de gran señor y de su

biblioteca y de sus trufas. El otro Mazzantini, el _cadet_, se mete en

los asuntos electores de su pueblo, perora, toma parte activa en las

luchas políticas. La coleta queda, por milagro, como un recuerdo y como

una costumbre, que acabará por caer. Los tipos bizarros de antes quedan

para modelos de los pintores y _pour l'exportation_.

El mismo cante flamenco ha degenerado, ha perdido sus bríos antiguos.

Vagan aún gloriosas ruinas, como Chacón, famoso por sus «jipíos»,

tanto como por sus buenas fortunas en aristocráticos caprichos, y Juan

Breva, el «cantaor» de Don Alfonso XII, que, viejo corpulento, va hoy

por ahí cantando en falsetes lamentables las eternas malagueñas de

quejas e hipos, o las amorosas y armoniosas soleares, último aeda del

antes triunfante flamenquismo. Dicen de Chacón que es uno de los que

han contribuído a la ruina del cante, porque ha sido el decadente con

talento de los «cantaores», y los que le han seguido y han querido

hacer como él, han resultado con el fracaso de todos los serviles

acólitos que sin reflexión ni fuerza imitan. Donde algo queda de las

pasadas gracias nativas es en el baile, pues las danzarinas andaluzas

guardan aún las mismas condiciones que las hacen aparecer en los

exámetros de Juvenal. La exportación que ya señala el satírico, está

hoy en más auge que nunca. El baile español se ha hecho un número

preciso en todo programa de café-concert o music-hall que se respeta,

y hay países en donde es singularmente gustado, como en Rusia y en los

Estados Unidos. Carolina Otero conoce la admiración de los rublos. Y

el ilustre cubano José Martí contó, en una de sus bellas cartas, a los

lectores de _La Nación_, de Buenos Aires, cómo los yanquis salían de su

frialdad anglosajona al mover sus estupendas piernas aquella ruidosa y

preciosa Carmencita, que quedó, para regocijo de los ojos, perpetuada

en la tela de Sargent, que guarda el Luxembourg.

Así, toda joven que aprende a bailar, sueña, si es bella, con la

felicidad que existe en el extranjero, con las contratas en grandes

ciudades en que hay gloria y amor rico, en las victorias de las

Carmencitas, Oteros, Guerreros y Chavitas que van conquistando el mundo

a son de sevillana, jota, vito, seguidilla o tango. Entretanto se van

cerrando los cafés típicos de cante, aun en esta misma Andalucía de las

guitarras, coplas y claveles. Aquí en Málaga había cinco, por ejemplo,

entre ellos el famoso de Silverio, y apenas queda uno, muy mediocre

y poco atrayente. En Sevilla se cerró el sonadísimo Burrero, en la

calle de las Sierpes, después de haber tenido en su tablado todas las

celebridades guitarreras y coreográficas de la tierra, que como sabéis,

es «de María Santísima». Restan apenas las vistosas y decorativas casas

de cante y baile que puedan satisfacer la curiosidad del viajero, en

ciudades de segundo orden, como Ronda, Vélez-Malaga o Antequera, lugar

por donde muchos quieren que salga el sol...; o allá en Algeciras, o

La Línea, en las cercanías de Gibraltar, en donde los ingleses de la

guarnición van a dejar sus libras convertidas en castizas pesetas.

Yo he ido a ver aquí en Málaga el café de España. Leí el anuncio en

un diario: «Todas las noches, grandes bailes nacionales y cante, por

la célebre cantadora por Tangos la Niña de Pomares, y el aplaudido

cantador José Beda, el Jerezano. A las siete y media. Entrada al

consumo». El local es un largo salón, con mesitas, como cualquier café,

y en el centro un tablado, sin adorno alguno.

Concurrencia heteróclita; humo de cigarros; uno que otro «señorito»,

uno que otro militar, algunos campesinos, que aquí llaman catetos.

De pronto, los acordes de un piano se oyen, y aparecen en el tablado

seis u ocho mozas vestidas de semimajas; es decir, de majas, que a la

conocida indumentaria han agregado adornos y pompones a la francesa.

Llevan colores vistosos en las faldas cortas y acampanadas, en los

corpiños; y en las cabezas, rizadas y de peinados bajos, portan

moños de cintas y flores de tintes violentos, flores naturales o

artificiales. Bailan primero las boleras, que son las que llevan esas

faldas cortas, y se acompañan con las castañuelas, bailan el olé,

que tiene el ritmo de un vals; los panaderos, más despaciosos, por

dos parejas; las sevillanas, el jaleo, el vito, las soleares, las

«seguirillas», y hasta jotas. Hay cierta gracia; pero deslucen las

arrugadas medias color de carne, los trajes sin esmero, los zapatos

usados, las sonrisas forzadas en las caras llenas de pintura, los

horribles calzones que se exhiben al dar las ligeras vueltas o al hacer

un quiebre de cintura.

Después de las boleras bailan las flamencas sus polos, medios polos,

zapateados, tangos y otros bailes. Las flamencas llevan faldas largas,

no llevan castañuelas; pero hacen sonar los dedos imitándolas, y tienen

un coro de jaleadores que las anima con gritos, con los tradicionales

«oles» y «arzas», y que sigue el ritmo con las palmas. Todas esas

danzas se parecen; el extranjero, el no conocedor, difícilmente puede

distinguir la diferencia que hay entre una y otra, la cual diferencia

es de pasos y compases, con el ritmo más o menos precipitado o

contenido.

Después que han bailado, descienden boleras y flamencas a visitar

a los consumidores en las mesitas, a hacer gastar lo más que se

pueda, según la consigna del dueño del café. Todas las que he visto

son muy jóvenes y bonitas, afeadas tan solamente por lo sórdido de

los vestidos. Hay una niña de trece a catorce años, portadora de

monstruosas piernas postizas. Pregunto a un vecino qué dice la liga

contra la trata de blancas a este respecto, y me contesta que estas

jóvenes son, o por lo menos dicen que son, honestas. De mesa en mesa

van trasegando manzanilla y más manzanilla, de mesa en mesa donde hay

extranjeros o forasteros, porque los nativos conocen el juego y no se

dejan explotar. Las caras de las muchachas, cubiertas de polvos y de

afeites, exageradamente brochadas de rojo, a los resplandores de la luz

eléctrica toman reflejos extraños, se ven en una verdad lamentable,

con un aspecto cuasi grotesco, penoso y triste, en su fiesta, como en

un cuadro de Zuloaga. Las infelices beben, beben, para volver a bailar

y volver a beber. Las interpelan conocidos, de chaqueta o americana

corta y sombrero cordobés, les dicen groseras galanterías, les murmuran

proposiciones, se burlan de ellas, y, a veces, las insultan... El piano

inicia de nuevo el son, y ellas, descaradas, bestiales, ingenuas, suben

de nuevo a las tablas.

Toca a los cantadores la tarea. _Cantaor_ en realidad hay uno sólo

de los dos hombres bien afeitados y ceñidos que se sientan en sendas

sillas. Uno toca la guitarra. El otro, el _cantaor_, clava los ojos

en el aire, mirando hacia arriba, y comienza a quejarse, a quejarse

largamente; con un bastón pesado golpea las tablas, llevando el compás,

y la queja se extiende, ondulante, gemido, grito, ay, lamento; y la

boca sigue abierta, como si fuese saliendo de ella una interminable

cinta de notas gemebundas, hasta que sale el verso de la copla, que

se refiere a una de estas tres cosas, que desde hace mil años forman

el tema de los poetas andaluces: su mamá, su novia, la muerte, o

una de tantas vírgenes de su devoción. Entre verso y verso hay unos

ayes desgarradores, unos ayes feroces, de alguien a quien se está

asesinando, y entonces, del público conocedor salen unos cuantos _¡olé

ya!_ aprobativos, mientras la guitarra sigue en rasgueos, o canta o

gime también como el afeitado y berreante _cantaor_. Luego se anuncia

el «americanito». Y sale a cantar un chico de unos diez o doce años,

que bien pudieran ser catorce o quince, y grita, y gime, y berrea

también amores desesperados, habla de la Virgen y de una _puñalaíta_. Y

olé ya. Cuando llegó el chico a mi mesa me pidió un chocolate.

A él no le obligan a beber montilla ni manzanilla.

--¿Por qué te llaman «el Americanito»?

--Porque zoy americano.

--¿De dónde?

--De Buenozaire.

--¿Y te acuerdas de Buenozaire?

--No zeñó.

--¿Y cuánto hace que viniste de allá?

--Doze años.

¡Cómo no haya venido en el vientre de su madre! Y vuelta otra vez a

los bailes de las pobres muchachas pintarrajeadas, a los clamores

desesperados de José Beda «el Jerezano», y a los tangos de la «niña de

Pomares». Sale uno fastidiado, aburrido. Gautier y D'Amicis llegaron

a estas tierras en tiempos mejores. Sus almas, ciertamente, no tenían

el veneno del Livor que mata a las generaciones de hoy; pero también

las cosas de España eran distintas entonces. Imperaba la alegría de

Fortuny. Había diligencias, contrabandistas, mendigos pintorescos...

Hoy éstos abundan de todas layas... Y la vulgaridad utilitaria de la

universal civilización lleva el desencanto sobre rieles o en automóvil

a todos los rincones del planeta. Si no fuesen las soberbias mujeres,

el hechizo de la tierra, la dulzura del sol. Eso ayuda a la imaginación

y hace que aun se levanten castillos «en España».

IV

Tierras Solares Obras Completas Vol. III · 第 1 / 9 段