CAPÍTULO XIII

#El baño#

Cuando se siente amor al arroyo, no produce bastante satisfacción el

mirarlo, estudiarlo y pasear por sus riberas; se siente la necesidad de

mayor intimidad con él, sumergiéndose en sus aguas. Como nuestros

antepasados, nos convertimos en tritones.

Pero no siempre es esto cosa fácil, y durante el invierno, cuando el

aire frío silba en las ramas, cuando la nieve cubre el suelo, ó en la

superficie del agua se forman láminas de cristal, son poco numerosos los

hombres bastante activos que se atrevan á bañarse en el agua helada. El

contacto con el agua corriente da ciertamente fuerza á los que no temen

rozarse con ella; sin embargo, antes de realizar la ceremonia del baño

nos suele parecer singularmente peligrosa. Es preciso que nos desnudemos

rápidamente detrás del tronco de un árbol, para estar al abrigo del aire

helado, que nos olvidemos del frío que contrae nuestros miembros; todo

es en vano; el viento nos recuerda la dura realidad. A nuestros pies

corre el agua, rápida y sombría; sin tocarla, sentimos que está helada;

el soplo de aire que la riza nos hace temblar de frío. Para sentir menos

la violenta caricia del agua tendríamos que obrar con decisión y

arrojarnos bruscamente en el arroyo; vacilamos, no obstante, y antes de

realizar el salto definitivo tomamos aliento dos ó tres veces.

Después de haber triunfado de los pueriles temores, describimos una

curva por debajo del agua y sentimos el aire silbar en nuestros oídos;

la superficie, abierta por nuestra cabeza, se agita en derredor; nos

sentimos como perdidos en un abismo rugiente que nos aprisiona. En un

abrir y cerrar de ojos, por un movimiento de ascensión, saltando del

fondo con un empuje del pie y un esfuerzo de los brazos, salimos á la

superficie; pero, al menos yo, no ceso de agitarme como para librarme

del escozor que el agua helada me produce: nado á la desesperada igual

que si luchara contra una corriente amenazadora. No obstante, para

tranquilidad de mi conciencia, me sumerjo de nuevo completamente;

luego, satisfecho de haber cumplido con mi deber, me precipito hacia la

orilla, que salvo con rapidez, enjugo mi cuerpo enrojecido por el frío y

me cubro de prisa con mis ropas todavía calientes. A mi inquieta

agitación sucede la tranquilidad del alma: por los sufrimientos de un

momento, me he hecho más fuerte, más dispuesto, más feliz, y dirijo una

mirada altiva sobre esa corriente rápida y obscura que un minuto antes

miraba aterrorizado.

No obstante, declaro que es más agradable el baño frío que se toma en

pleno verano en las profundas balsas del torrente, por donde pasan las

primeras aguas del arroyo en las gargantas mismas de la montaña. La masa

líquida que parece helada, es nieve apenas fundida que no se ha

entibiado todavía absorbiendo abundante aire; conserva toda la crudeza

primera, y su color, de un azul fuerte, tiene yo no sé qué de hostil. Se

tiembla anticipadamente, no sólo de frío, sino también de deseo, y para

calmar el cansancio de la marcha nos arrojamos voluptuosamente en el

agua helada. Las piedras y arena del fondo brillan con un tono amarillo

pálido á través de la capa líquida; pero en algunas brazadas nos

encontramos encima del abismo; el agua transparente parece aire

condensado, y, no obstante, no distinguimos el fondo; parece que nos

hallemos suspendidos en el espacio y nadamos con precaución como si

repentinamente fuéramos á caer en una sima. Después sentimos que el frío

nos domina poco á poco, y dando unos cuantos empujes nos dirigimos á la

orilla para volver al calor de la vida y gozar de nuestro acrecentado

vigor.

¡Oh lagos queridos de los Pirineos y los Alpes, Séculejo, Doredom,

Lauzannier, os conservo todavía en mi memoria tal cual os veía cuando

yo, con otros amigos, resbalaba rápidamente sobre vuestra superficie.

Veo aún las piedras de granito amontonadas en la orilla, el bosque de

pinos reflejado sobre el agua rizada, los declives, las altas vertientes

de los prados y, más lejos, las grandes explanadas donde empieza la

curva oscilante de la cascada! ¡Os veo también, hermosos manantiales de

los grandes ríos, que vais á perderos en el mar á cientos de kilómetros

de vuestro origen! ¡Con sólo cerrar los ojos, mi pensamiento se

transporta hacia un alegre torrente, al Vesubio, al Gordolarque, al

susurrante Embalire, ó hacia cualquier otro sitio de la libre montaña!

En la primavera, el arroyo de la llanura no produce la fuerte

voluptuosidad de reaccionar contra el frío glacial del agua, y las

inmersiones producen apenas impresión. La tibieza del aire se ha

comunicado á la masa líquida, y hasta los niños pueden bañarse y

juguetear en el agua fresca. Los muchachos, sentados en los bancos de la

escuela, levantan con frecuencia los ojos de los libros de estudio para

mirar con avidez el camino que conduce al arroyo; luego, cuando al salir

se sienten libres, se dirigen con alegría hacia el charco profundo,

donde retozones y alegres van á bañarse. Rápidamente se desnudan, y cada

uno se convierte en un Neptuno «levantador de olas»; y trabaja con todas

sus fuerzas para agitar las ondas y convertirlas en masa de espuma,

produciendo pequeñas tempestades en el arroyo conquistado para ser su

dominio durante una hora.

En el verano, durante los días calurosos en que el aire permanece

inmóvil, es cuando más agradable resulta convertirse en tritón. No es

preciso tener doce ó quince años para arrojarse al agua lleno de

felicidad como en su elemento propio; cualquiera de nosotros, si los

convencionalismos y falsedades de la vida no nos han corrompido

enteramente, puede volver á las alegrías de la juventud dejando por un

momento sus ropas en la orilla del agua. Por mi parte, declaro que me

siento todavía niño cuando me arrojo en el arroyo querido. Después de

haber satisfecho mi primer entusiasmo atravesando varias veces el charco

profundo donde se agitan las aguas, y después de haber querido remontar

la corriente, levantando á mi alrededor un caos de olas precipitándose

unas con otras, descanso abandonándome tranquilamente á la felicidad de

la vida sobre el agua dulce que me acaricia. ¡Qué alegría sentarme sobre

una piedra bajo el chorro de la cascada, sentir caer el agua sobre mí

como sobre una roca y verme envuelto en un manto de espuma! ¡Qué placer

también dejarme arrastrar por las aguas corrientes hasta un escollo

donde me agarro con una mano, mientras que el resto de mi cuerpo,

levantado por las olas, flota de un lado á otro bajo el impulso de la

corriente! Me dejo arrastrar, y voy á parar como un madero sobre un

banco de arena donde cristalitos de mica brillan como pepitas de oro y

plata. Por el peso de mi cuerpo, el banco se hunde, los granos de sílex

y las delgadas piedras cambian de punto. Corrientes parciales, pequeños

remolinos, se forman á mi lado como alrededor de un islote; muellemente

acostado, contemplo el espectáculo interesante que bajo la pequeña capa

de agua me ofrece la transformación del banco de arena, disminuyendo de

un lado por la corriente y aumentando del otro por el continuo arrastre

de aluviones.

A veces, el fondo sobre que me arrastra la corriente, está cubierto de

verdes y oscilantes hierbas, muelles sinuosidades que me acarician, me

enlazan; improvisándome un lecho encantador. ¿Es el agua? ¿es la

ondulante cabellera de las plantas la que me levanta así, haciéndome

flotar en la superficie del arroyo? No lo sé; mi imaginación se pierde

además en una especie de ensueño. Hasta me parece que me he convertido

en parte integrante del medio que nos rodea; me siento homogéneo á las

hierbas flotantes, á la arena que se arrastra por el fondo, á la

corriente que hace oscilar mi cuerpo; miro con extrañeza los árboles que

se inclinan sobre el arroyo, los espacios del cielo azul que se ven por

entre las ramas, y el escueto contorno de las montañas que distingo á

lo lejos en el horizonte. ¿Es acaso real todo ese mundo exterior? Yo

también, como el pescador de la leyenda, veo la maravillosa sirena

hacerme señas con el dedo, me siento atraído por su mirada que fascina y

oigo resonar el eco de su canto pérfido y melodioso, «¡Ah! ven, ven

conmigo y seremos felices.» A veces me siento envidioso del joven que

cede al llamamiento de la sinuosa ondina, cuya flotante cabellera va á

mezclarse con las del verde limo. Pero yo sé que, desembarazándose de

las amargas preocupaciones de la vida, su existencia va á extinguirse

por las caricias del agua pura y las ondulaciones de las estremecidas

hierbas. La naturaleza tiene para sus amantes seducciones de las que es

preciso desconfiar como de la voz de las sirenas ó de la belleza de la

hada Melusina. ¡Haciéndonos amar demasiado la soledad, nos arrastra

lejos del campo de batalla, donde todo hombre de corazón tiene el deber

de combatir por la libertad y la justicia! La naturaleza es hermosa, sí;

todos debemos comprender su encanto, pero hemos de saber gozarla con

prudente alegría, no abandonándonos jamás á sus fatales sugestiones.

Uno de los grandes placeres del baño, de los cuales no siempre nos damos

cuenta, pero que no por eso deja de ser real, es que momentáneamente se

vuelve á la vida de nuestros remotos antepasados. Sin ser esclavos por

la ignorancia como los salvajes, somos, como ellos, físicamente libres

sumergiéndonos en el agua; nuestros miembros no sufren el odioso

contacto de las ropas, y con nuestro vestido dejamos también sobre la

orilla una parto por lo menos de nuestros prejuicios de profesión ó de

oficio; no somos ni obrero, ni comerciante, ni profesor; olvidamos por

una hora las herramientas, libros é instrumentos, y, vueltos al estado

natural, podríamos creernos todavía en las edades de piedra ó bronce,

durante las cuales los pueblos bárbaros levantaban sus chozas sobre

pilotajes en medio de las aguas. Como los hombres de remotas edades,

estamos libres de convencionalismos; nuestra gravedad de encargo puede

desaparecer para ser sustituída por franca y ruidosa alegría; nosotros,

civilizados, envejecidos por el estudio y la experiencia, nos

encontramos hechos niños como en los primeros tiempos de la infancia del

mundo.

Recuerdo todavía con qué extrañeza ví por vez primera una compañía de

soldados tomar el baño en un río. Niño todavía, no podía imaginarme á

los militares de otro modo que con sus vestidos colorados, las hombreras

rojas ó azules, los botones de metal, los diversos adornos de cuero, de

lana y tela; no los comprendía sino marchando á paso acompasado en

columnas regulares con tambores al frente y oficiales á los costados,

como si formaran un inmenso y extraño animal empujado hacia adelante por

no sé qué ciega voluntad. Pero, fenómeno hermoso; aquel ser monstruoso

al llegar á la orilla del agua, se fragmentó en grupos ó individuos

distintos; vestidos rojos y azules se arrojaban en montones como

vulgares ropas, y de todos esos uniformes de sargentos, cabos y simples

soldados, veía salir hombres que se arrojaban al agua lanzando gritos de

alegría. No más obediencia pasiva, no más abdicación de su persona; los

nadadores, con voluntad propia por algunos instantes, se dispersaban

libremente por el agua: nada les distinguía á unos de otros. Pero,

desgraciadamente, al poco rato se oyó un silbido, y la salida se operó

repentinamente. Mientras nosotros continuábamos jugando en el arroyo,

nuestros compañeros desaparecieron en sus trajes encarnados con los

botones numerados, y bien pronto los vimos alejarse marchando en línea

con paso monótono por la polvorienta carretera.

Desde entonces he tenido ocasión de ver, en otro clima distinto al de

Francia, cómo disminuye la hostilidad repentinamente entre enemigos que

acaban de despojarse de sus vestidos, con los cuales han adquirido la

costumbre de verse y odiarse. Era cerca de una ciudad de las costas de

Colombia, en la desembocadura de un profundo arroyo separado del mar por

un estrecho banco de arena, contra el que se estrellan las olas. Todas

las mañanas, cientos de individuos pertenecientes á dos razas casi

siempre en guerra, se encontraban en este punto del arroyo. De un lado,

estaban los descendientes de los españoles, más ó menos mezclados, que

venían á hacer sus abluciones cotidianas; del otro, los indios que se

aprovechaban de una tregua para dirigirse al mercado de la playa. De

orilla á orilla se lanzaban miradas de odio y palabras de insulto,

porque se acordaban de combates y degollaciones, de víctimas

estranguladas, ahogadas, enterradas con vida; pero cuando los guerreros

rojos, despojándose de su túnica parecida á la de los antiguos helenos,

aparecían con la resplandeciente belleza de sus formas y al lanzarse al

río para atravesarlo de unos cuantos empujes, se olvidaban del antiguo

odio y hasta parecía que nos amábamos. A pesar de todo, ¿no éramos

hermanos? También ellos me parecía que nos miraban sin ira, pero al

salir del agua sacudían su larga y negra cabellera, alejándose

altivamente sin volver la cabeza, desapareciendo muy pronto tras un

saliente de la playa.

El Arroyo · 第 17 / 26 题