#El baño#
Cuando se siente amor al arroyo, no produce bastante satisfacción el
mirarlo, estudiarlo y pasear por sus riberas; se siente la necesidad de
mayor intimidad con él, sumergiéndose en sus aguas. Como nuestros
antepasados, nos convertimos en tritones.
Pero no siempre es esto cosa fácil, y durante el invierno, cuando el
aire frío silba en las ramas, cuando la nieve cubre el suelo, ó en la
superficie del agua se forman láminas de cristal, son poco numerosos los
hombres bastante activos que se atrevan á bañarse en el agua helada. El
contacto con el agua corriente da ciertamente fuerza á los que no temen
rozarse con ella; sin embargo, antes de realizar la ceremonia del baño
nos suele parecer singularmente peligrosa. Es preciso que nos desnudemos
rápidamente detrás del tronco de un árbol, para estar al abrigo del aire
helado, que nos olvidemos del frío que contrae nuestros miembros; todo
es en vano; el viento nos recuerda la dura realidad. A nuestros pies
corre el agua, rápida y sombría; sin tocarla, sentimos que está helada;
el soplo de aire que la riza nos hace temblar de frío. Para sentir menos
la violenta caricia del agua tendríamos que obrar con decisión y
arrojarnos bruscamente en el arroyo; vacilamos, no obstante, y antes de
realizar el salto definitivo tomamos aliento dos ó tres veces.
Después de haber triunfado de los pueriles temores, describimos una
curva por debajo del agua y sentimos el aire silbar en nuestros oídos;
la superficie, abierta por nuestra cabeza, se agita en derredor; nos
sentimos como perdidos en un abismo rugiente que nos aprisiona. En un
abrir y cerrar de ojos, por un movimiento de ascensión, saltando del
fondo con un empuje del pie y un esfuerzo de los brazos, salimos á la
superficie; pero, al menos yo, no ceso de agitarme como para librarme
del escozor que el agua helada me produce: nado á la desesperada igual
que si luchara contra una corriente amenazadora. No obstante, para
tranquilidad de mi conciencia, me sumerjo de nuevo completamente;
luego, satisfecho de haber cumplido con mi deber, me precipito hacia la
orilla, que salvo con rapidez, enjugo mi cuerpo enrojecido por el frío y
me cubro de prisa con mis ropas todavía calientes. A mi inquieta
agitación sucede la tranquilidad del alma: por los sufrimientos de un
momento, me he hecho más fuerte, más dispuesto, más feliz, y dirijo una
mirada altiva sobre esa corriente rápida y obscura que un minuto antes
miraba aterrorizado.
No obstante, declaro que es más agradable el baño frío que se toma en
pleno verano en las profundas balsas del torrente, por donde pasan las
primeras aguas del arroyo en las gargantas mismas de la montaña. La masa
líquida que parece helada, es nieve apenas fundida que no se ha
entibiado todavía absorbiendo abundante aire; conserva toda la crudeza
primera, y su color, de un azul fuerte, tiene yo no sé qué de hostil. Se
tiembla anticipadamente, no sólo de frío, sino también de deseo, y para
calmar el cansancio de la marcha nos arrojamos voluptuosamente en el
agua helada. Las piedras y arena del fondo brillan con un tono amarillo
pálido á través de la capa líquida; pero en algunas brazadas nos
encontramos encima del abismo; el agua transparente parece aire
condensado, y, no obstante, no distinguimos el fondo; parece que nos
hallemos suspendidos en el espacio y nadamos con precaución como si
repentinamente fuéramos á caer en una sima. Después sentimos que el frío
nos domina poco á poco, y dando unos cuantos empujes nos dirigimos á la
orilla para volver al calor de la vida y gozar de nuestro acrecentado
vigor.
¡Oh lagos queridos de los Pirineos y los Alpes, Séculejo, Doredom,
Lauzannier, os conservo todavía en mi memoria tal cual os veía cuando
yo, con otros amigos, resbalaba rápidamente sobre vuestra superficie.
Veo aún las piedras de granito amontonadas en la orilla, el bosque de
pinos reflejado sobre el agua rizada, los declives, las altas vertientes
de los prados y, más lejos, las grandes explanadas donde empieza la
curva oscilante de la cascada! ¡Os veo también, hermosos manantiales de
los grandes ríos, que vais á perderos en el mar á cientos de kilómetros
de vuestro origen! ¡Con sólo cerrar los ojos, mi pensamiento se
transporta hacia un alegre torrente, al Vesubio, al Gordolarque, al
susurrante Embalire, ó hacia cualquier otro sitio de la libre montaña!
En la primavera, el arroyo de la llanura no produce la fuerte
voluptuosidad de reaccionar contra el frío glacial del agua, y las
inmersiones producen apenas impresión. La tibieza del aire se ha
comunicado á la masa líquida, y hasta los niños pueden bañarse y
juguetear en el agua fresca. Los muchachos, sentados en los bancos de la
escuela, levantan con frecuencia los ojos de los libros de estudio para
mirar con avidez el camino que conduce al arroyo; luego, cuando al salir
se sienten libres, se dirigen con alegría hacia el charco profundo,
donde retozones y alegres van á bañarse. Rápidamente se desnudan, y cada
uno se convierte en un Neptuno «levantador de olas»; y trabaja con todas
sus fuerzas para agitar las ondas y convertirlas en masa de espuma,
produciendo pequeñas tempestades en el arroyo conquistado para ser su
dominio durante una hora.
En el verano, durante los días calurosos en que el aire permanece
inmóvil, es cuando más agradable resulta convertirse en tritón. No es
preciso tener doce ó quince años para arrojarse al agua lleno de
felicidad como en su elemento propio; cualquiera de nosotros, si los
convencionalismos y falsedades de la vida no nos han corrompido
enteramente, puede volver á las alegrías de la juventud dejando por un
momento sus ropas en la orilla del agua. Por mi parte, declaro que me
siento todavía niño cuando me arrojo en el arroyo querido. Después de
haber satisfecho mi primer entusiasmo atravesando varias veces el charco
profundo donde se agitan las aguas, y después de haber querido remontar
la corriente, levantando á mi alrededor un caos de olas precipitándose
unas con otras, descanso abandonándome tranquilamente á la felicidad de
la vida sobre el agua dulce que me acaricia. ¡Qué alegría sentarme sobre
una piedra bajo el chorro de la cascada, sentir caer el agua sobre mí
como sobre una roca y verme envuelto en un manto de espuma! ¡Qué placer
también dejarme arrastrar por las aguas corrientes hasta un escollo
donde me agarro con una mano, mientras que el resto de mi cuerpo,
levantado por las olas, flota de un lado á otro bajo el impulso de la
corriente! Me dejo arrastrar, y voy á parar como un madero sobre un
banco de arena donde cristalitos de mica brillan como pepitas de oro y
plata. Por el peso de mi cuerpo, el banco se hunde, los granos de sílex
y las delgadas piedras cambian de punto. Corrientes parciales, pequeños
remolinos, se forman á mi lado como alrededor de un islote; muellemente
acostado, contemplo el espectáculo interesante que bajo la pequeña capa
de agua me ofrece la transformación del banco de arena, disminuyendo de
un lado por la corriente y aumentando del otro por el continuo arrastre
de aluviones.
A veces, el fondo sobre que me arrastra la corriente, está cubierto de
verdes y oscilantes hierbas, muelles sinuosidades que me acarician, me
enlazan; improvisándome un lecho encantador. ¿Es el agua? ¿es la
ondulante cabellera de las plantas la que me levanta así, haciéndome
flotar en la superficie del arroyo? No lo sé; mi imaginación se pierde
además en una especie de ensueño. Hasta me parece que me he convertido
en parte integrante del medio que nos rodea; me siento homogéneo á las
hierbas flotantes, á la arena que se arrastra por el fondo, á la
corriente que hace oscilar mi cuerpo; miro con extrañeza los árboles que
se inclinan sobre el arroyo, los espacios del cielo azul que se ven por
entre las ramas, y el escueto contorno de las montañas que distingo á
lo lejos en el horizonte. ¿Es acaso real todo ese mundo exterior? Yo
también, como el pescador de la leyenda, veo la maravillosa sirena
hacerme señas con el dedo, me siento atraído por su mirada que fascina y
oigo resonar el eco de su canto pérfido y melodioso, «¡Ah! ven, ven
conmigo y seremos felices.» A veces me siento envidioso del joven que
cede al llamamiento de la sinuosa ondina, cuya flotante cabellera va á
mezclarse con las del verde limo. Pero yo sé que, desembarazándose de
las amargas preocupaciones de la vida, su existencia va á extinguirse
por las caricias del agua pura y las ondulaciones de las estremecidas
hierbas. La naturaleza tiene para sus amantes seducciones de las que es
preciso desconfiar como de la voz de las sirenas ó de la belleza de la
hada Melusina. ¡Haciéndonos amar demasiado la soledad, nos arrastra
lejos del campo de batalla, donde todo hombre de corazón tiene el deber
de combatir por la libertad y la justicia! La naturaleza es hermosa, sí;
todos debemos comprender su encanto, pero hemos de saber gozarla con
prudente alegría, no abandonándonos jamás á sus fatales sugestiones.
Uno de los grandes placeres del baño, de los cuales no siempre nos damos
cuenta, pero que no por eso deja de ser real, es que momentáneamente se
vuelve á la vida de nuestros remotos antepasados. Sin ser esclavos por
la ignorancia como los salvajes, somos, como ellos, físicamente libres
sumergiéndonos en el agua; nuestros miembros no sufren el odioso
contacto de las ropas, y con nuestro vestido dejamos también sobre la
orilla una parto por lo menos de nuestros prejuicios de profesión ó de
oficio; no somos ni obrero, ni comerciante, ni profesor; olvidamos por
una hora las herramientas, libros é instrumentos, y, vueltos al estado
natural, podríamos creernos todavía en las edades de piedra ó bronce,
durante las cuales los pueblos bárbaros levantaban sus chozas sobre
pilotajes en medio de las aguas. Como los hombres de remotas edades,
estamos libres de convencionalismos; nuestra gravedad de encargo puede
desaparecer para ser sustituída por franca y ruidosa alegría; nosotros,
civilizados, envejecidos por el estudio y la experiencia, nos
encontramos hechos niños como en los primeros tiempos de la infancia del
mundo.
Recuerdo todavía con qué extrañeza ví por vez primera una compañía de
soldados tomar el baño en un río. Niño todavía, no podía imaginarme á
los militares de otro modo que con sus vestidos colorados, las hombreras
rojas ó azules, los botones de metal, los diversos adornos de cuero, de
lana y tela; no los comprendía sino marchando á paso acompasado en
columnas regulares con tambores al frente y oficiales á los costados,
como si formaran un inmenso y extraño animal empujado hacia adelante por
no sé qué ciega voluntad. Pero, fenómeno hermoso; aquel ser monstruoso
al llegar á la orilla del agua, se fragmentó en grupos ó individuos
distintos; vestidos rojos y azules se arrojaban en montones como
vulgares ropas, y de todos esos uniformes de sargentos, cabos y simples
soldados, veía salir hombres que se arrojaban al agua lanzando gritos de
alegría. No más obediencia pasiva, no más abdicación de su persona; los
nadadores, con voluntad propia por algunos instantes, se dispersaban
libremente por el agua: nada les distinguía á unos de otros. Pero,
desgraciadamente, al poco rato se oyó un silbido, y la salida se operó
repentinamente. Mientras nosotros continuábamos jugando en el arroyo,
nuestros compañeros desaparecieron en sus trajes encarnados con los
botones numerados, y bien pronto los vimos alejarse marchando en línea
con paso monótono por la polvorienta carretera.
Desde entonces he tenido ocasión de ver, en otro clima distinto al de
Francia, cómo disminuye la hostilidad repentinamente entre enemigos que
acaban de despojarse de sus vestidos, con los cuales han adquirido la
costumbre de verse y odiarse. Era cerca de una ciudad de las costas de
Colombia, en la desembocadura de un profundo arroyo separado del mar por
un estrecho banco de arena, contra el que se estrellan las olas. Todas
las mañanas, cientos de individuos pertenecientes á dos razas casi
siempre en guerra, se encontraban en este punto del arroyo. De un lado,
estaban los descendientes de los españoles, más ó menos mezclados, que
venían á hacer sus abluciones cotidianas; del otro, los indios que se
aprovechaban de una tregua para dirigirse al mercado de la playa. De
orilla á orilla se lanzaban miradas de odio y palabras de insulto,
porque se acordaban de combates y degollaciones, de víctimas
estranguladas, ahogadas, enterradas con vida; pero cuando los guerreros
rojos, despojándose de su túnica parecida á la de los antiguos helenos,
aparecían con la resplandeciente belleza de sus formas y al lanzarse al
río para atravesarlo de unos cuantos empujes, se olvidaban del antiguo
odio y hasta parecía que nos amábamos. A pesar de todo, ¿no éramos
hermanos? También ellos me parecía que nos miraban sin ira, pero al
salir del agua sacudían su larga y negra cabellera, alejándose
altivamente sin volver la cabeza, desapareciendo muy pronto tras un
saliente de la playa.