En la clase, al día siguiente, Felipe temblaba más que de ordinario.
Pero contra su creencia, Polo no le tomó lección ni le aplicó ningún
castigo. Podría creerse que se proponía no mirarle y como figurarse
que no existía. Estaba el señor triste, fosco, entenebrecido y
como avergonzado. Lo poco que tenía que decir decíalo en voz baja,
y desparramaba miradas sombrías y recelosas por toda el aula. De
rato en rato veíasele apretar los dientes y juntar uno contra otro
los labios, cual si quisiera hacer de los dos uno solo. Aun de
lejos podían observarse en la piel de su cara movimientos y latidos
enérgicos, ocasionados por la contracción de los músculos maxilares.
Pensaría cualquiera que el buen capellán se mascaba á sí mismo.
Por último, llegó Felipe á sentirse lastimado del poco caso que su
amo y maestro hacía de él. Aunque le tirase de las orejas y le diera
alguna bofetada, habría preferido que don Pedro le tomase lección, y
que le mirara y atendiera. Tan marcado desdén era quizás una forma
extraña y traicionera de la ira. Felipe tenía presentimientos y
sentía en su alma un desasosiego inexplicable. Pero aún le quedaba
mucho que ver. Ocurrirían casos con los cuales había de llegar al
último grado su sorpresa. Por la noche, doña Claudia, mientras se
comía su salpicón, reprendíale por haber dejado de hacer no sé qué.
Él, callado, oía la terrible plática sin contradecirla. Considerad
su asombro cuando vió que don Pedro á su defensa salía. ¡Cosa
fenomenal, inaudita y tan peregrina como la alteración de las órbitas
celestiales!... Don Pedro, ya dispuesto para salir, bastón en mano,
paróse ante su madre, y dijo estas benévolas y santas palabras:
--¡Qué diantre! si no lo ha hecho será porque no habrá tenido lugar.
Después le miró. ¿Era indulgencia, era temor lo que en el rayo de su
mirada resplandecía? ¿Era el más terrible de los odios, ó traición,
debilidad, cobardía, el agacharse de la fiera herida? Fuese lo que
quiera, Felipe, inocente, lo interpretó como señal de amistad. Púsose
muy contento, y diéronle ganas de contestar de mala manera á doña
Claudia, mandándola á paseo.
También aquella noche salió á la calle á traer de la botica aceite de
beleño que la señora usaba para combatir el ruido de oídos. Dice Clío
que por las noches le zumbaban á doña Claudia en el órgano auditivo
los números de la lotería, y que para aliviarse de esta molestia se
ponía algodones mojados en cualquier droga narcótica. Cuando Felipe
salió, dijo la Cortés á su hija:
--Parece chanza; pero lo podría jurar. En los oídos me suena el
222... créelo que me suena.
Felipe no pudo ver sino breves instantes á Juanito; pero éste tuvo
tiempo para hablarle del encuentro de la noche anterior, y añadió
esta observación maligna:
--Á mamá le conté lo que vimos. ¿Hijí... sabes lo que dice mamá? Que
tu amo es un buen peje, y las chicas esas unas cursis.
Indignadísimo y avergonzado Felipe, sólo contestó á su amigo dándole
un empujón hasta ponerle en medio del arroyo. Que no se pegaran
aquella noche, fué prueba evidente de su cordial y sólida amistad.
Felipe no podía pensar nada malo de su maestro, á quien tenía por el
mejor y más completo de los hombres, sin que alteraran esta opinión
la crueldad y saña de que eran víctimas los alumnos. Y tan gratamente
impresionado estaba el ánimo del buen Doctor con las palabras que en
su defensa había dicho don Pedro aquella noche, que subió al desván
pensando en él y representándose una escena, un lance en que los dos,
maestro y discípulo, eran muy amigos y se contaban cariñosamente sus
respectivas cuitas y aventuras.
Antes de acostarse, se puso la cabeza del toro y jugó larguísimo
rato. Algunas figuras quedaron en disposición de ir á la
enfermería... «¡Oh!--pensaba él.--Si me atreviera... si me vieran
entrar con mi cabeza de animal... ¡María Santísima!... ¡Pues sí me
atreveré! Don Pedro no me dirá nada. Es mi amigo y me quiere mucho...
Si sabe que llevo allá mi cabeza, se reirá, y... Claro, hoy por tí y
mañana por mí... Todos pecamos.»
Al día siguiente, doña Claudia dió un grito, ¡ay! y con tanto énfasis
señaló un punto de la _Lista grande_, que hizo en ella un agujero
pasando su dedo á la otra parte. El 222 había tenido un premio
pequeño, tan pequeño que no valía la pena de celebrarlo con grande
algazara. No obstante, el feliz suceso era tan raro, que la señora
alborotó la casa.
--Anda, corre, vuela--dijo á Felipe después de comer.--Lleva la lista
á doña Enriqueta (la fotógrafa) y á Amparo. Pobre Amparo, ¡cuánto me
alegro! le han tocado seis pesetas. Diles que mañana se cobrará y que
vengan á recoger su parte.
La mañana en que debía cobrarse el capital ganado (obra de ciento
sesenta reales), llegó con la puntualidad de todos los mañanas que
se convierten en hoy, haya ó no en ellas cantidades que ganar ó
perder. Era jueves, día de medio asueto en la temporada de verano.
Por la tarde los chicos se iban de paseo, y don José Ido descansaba
de sus hercúleas tareas... Era jueves, y Andrés Pasarón, el hijo
del tendero de ultramarinos, había pegado en una tabla del solar
el cartel risueño de azul y oro que decía: «_Corría extralinaria
á munificio de la Munificencia_,» con toda la relación de los
toros, diestros, ganadería, divisas, suertes y demás pormenores
cornúpetos... Era jueves, y toda la clase se había dado cita en el
solar. El día era espléndido, risueño como el cartel, y también de
azul y oro. El alma de Felipe despedía centelleos de esperanza,
de temor, de miedo, de alegría. Andaba por la casa afanadísimo,
desplegando una actividad febril para desempeñar en poco tiempo todos
los servicios que le correspondían aquella tarde.
Había formado propósito de escaparse si no le dejaban salir. Estaba
frenético. Su anhelo era más fuerte que su conciencia. ¡Ay! tarde
de aquel día, ¡qué hermosa eras! Eras un pedazo de día, rosado y
nuevecito, lo más bello que se había visto hasta entonces salir de
las manos laboriosas del tiempo... Creyó Felipe que el Cielo se
le abría de par en par cuando don Pedro llegó á él y le dijo, sin
mirarle de frente:
--Felipe, ya has trabajado bastante. Toma dos cuartos y vete á dar un
paseo.
¡Estupor!... Felipe creyó que el Ángel de la Guarda se encarnaba en
la persona tremebunda y leonina del señor de Polo... Echó á correr,
temiendo que su maestro se arrepintiera de tanta benevolencia. Subió
como un rayo al desván... ¡Oh, toro! bendito sea el padre que te
engendró, el escultor que te hizo y San Lucas divino que te tuvo á
sus pies. ¡Pobre San Lucas! por el boquete que tenías en tu cuerpo
cabía ya todo el de Felipe. La Fe estaba acribillada. ¡Pobre Fe! no
contabas con la acometida de este Doctor maldito, cuyos agudos y
formidables cuernos podrían llamarse Martín Lutero el uno y Calvino
el otro. Para ensayarse, Centeno hizo gran destrozo aquella tarde:
derribó, apabulló, destripó, tendió, aplastó. No quedó títere con
cabeza, como se dice comúnmente, ni barriga sana, ni cuerpo incólume,
ni ojo en su sitio, ni boca de su natural tamaño y forma. Daba
compasión mirar tanta estrago. Él, mientras mayor destrozo hacía, más
se encalabrinaba. Se volvía feroz, brutal. Después... ¡á la calle!
Bajó pasito á paso á la casa, queriendo ver quién estaba allí y
si podía salir sin que lo notaran. Desde la puerta de la cocina
vió á doña Claudia y á Marcelina, ambas de manto, que hablaban con
don Pedro. ¡Iban á salir! Doña Claudia daba dinero á su hijo y le
decía: «Seis pesetas para Amparo, que vendrá á recogerlas; lo demás
para doña Enriqueta... Nos iremos á ver á las de Torres. Parece
que la pobre doña Asunción está expirando...» Don Pedro no decía
nada, y dejaba las pesetas sobre la mesa del comedor. Pausada y
lúgubremente, cual sombras que se desvanecían, salieron la madre y la
hija.
No se sabe la hora ni el momento preciso en que hizo su aparición
en el redondel aquella novedad inesperada, admirable, verdadera.
Imposibles de pintar el asombro, la suspensión, el alarido de salvaje
y frenética alegría con que Felipe fué recibido... Hubo delirante
juego, pasión, gozo infinito, vértigo... después, cuando menos se
pensaba, policía, guarda, escoba, caídas, dispersión, persecución,
golpes... Así acaban las humanas glorias. Vióse una víctima por el
suelo, hecha trizas: una cabeza partida en dos, en tres, en veinte
fragmentos. Por aquí un cuerno, por allí un pedazo de cráneo, más
lejos medio hocico. El guarda recogió los diversos trozos en un
pañuelo, y tomándolo cuidadosamente con la mano izquierda, con la
derecha agarró al criminal y se dispuso á llevarle á la presencia
del maestro para que éste hiciera ejemplar justicia. La partida se
dispersaba por la calle de la Libertad, dando gritos, silbidos y
alilíes. Felipe, sobrecogido y aterrado, no podía con el peso de su
conciencia.
Cuando el guarda llegó á la casa-escuela, encontró al fotógrafo en la
puerta y le dijo:
--He llamado tres veces, y no abren. Parece que no hay nadie.
Enterado inmediatamente de la fechoría de Felipe, dijo aquel gran
hombre las cosas más sesudas acerca de la moral pública y privada.
--Ahora recuerdo--añadió,--que te ví salir á las tres con un bulto
envuelto en un pañuelo, y dije para mí: ¡Si habrá robado algo ese
perillán!... Ahora, ahora, amiguito, te las verás con tu amo.
Subieron y llamaron. Transcurrido un largo rato, el mismo don Pedro
abrió la puerta... ¡Tremenda escena! Felipe rompió á llorar con
vivísimo desconsuelo. El guarda hablaba, el fotógrafo hablaba, don
Pedro hablaba. Todos, todos le abrumaban á gritos, apóstrofes y
acusaciones; pero él no podía responder. El fotógrafo se permitió
estirarle una oreja, diciendo:
--Principias mal... mal. ¿Á dónde llegarás tú con estas mañas?
Lo peor del caso fué que en éstas llegaron doña Claudia y Marcelina.
Pronto se informaron las dos del nefando suceso, y por poco
descuartizan allí mismo al pobre Doctor; pues si ésta le tiraba de un
brazo, aquélla le sacudía el otro con furor de justicia.
Don Pedro estaba grave y patético. No le decía injurias, pero no le
disculpaba; no le llamaba «ladrón sacrílego» como Marcelina, pero
tampoco profería una sílaba en su defensa.
Por último, se atrevió Felipe á balbucir alguna excusa. Más que
defenderse, lo que intentaba era pedir perdón. Pero aún no había
abierto la boca, cuando las dos mujeres clamaron á una:
--No se le puede creer nada de lo que diga; no abre la boca más que
para decir mentiras.
Felipe se calló, y he aquí que don Pedro afirmó con prontitud:
--Es cierto: no dice más que mentiras, y nada de lo que hable se le
puede creer.
Parecía que el formidable maestro revolvía en su mente una
determinación grave. De repente dijo con sequedad:
--Felipe, ahora mismo te vas de mi casa.
--¡Ahora mismo!--repitió doña Claudia.
--¡Antes ahora que después!--regurgitó la fea de las feas, que,
habiendo subido al desván, volvía espantada de los destrozos que en
las cosas santas hiciera Felipe.
Y más pronto que la vista volvió á subir y tornó á bajar con un lío
de ropa, que entregó al criminal, diciéndole:
--Aquí tienes tus pingajos.
--Ni un momento más.
Felipe lloraba tan copiosamente, que las lágrimas le llegaban á la
cintura. El retratista dijo estas atinadas palabras:
--Con las cosas santas no se juega.
Y se marchó. El Doctor salió á la antesala ó recibimiento, donde
estaba la puerta de la escalera, y se dejó caer en el suelo. No
podía tenerse en pie, pues con tantas lágrimas parecía que se le
echaban fuera todas las energías de la vida. Desde allí veía parte
de la sala donde estaban sus amos, enfurecidos contra él y haciendo
comentarios sobre su horrible crimen. De pronto oyó una voz dulce,
amorosa, celestial; voz que sin duda venía á la tierra por un hueco
abierto en la mejor parte del Cielo. La voz decía:
--Don Pedro, don Pedro, perdónele usted.
--No puede ser, no puede ser.
Protestas de las dos señoras, acusaciones, y recargadas pinturas del
feo delito... Pero la voz, constante y no vencida, repitió:
--Perdónele usted... cosas de chicos...
Felipe estaba tan agradecido, que hubiera adorado á la voz indulgente
como se adora á las imágenes puestas en los altares. El condenado á
muerte no mira al Crucifijo con más esperanza, con más unción, con
más gratitud que miró él á la persona que palabras tan cristianas
decía.
Polo, cuyo semblante expresaba inexplicable desasosiego, salió á
donde él estaba, y le dijo con estudiada entereza:
--No hay perdón, no puede haber perdón. Vete pronto.
Y se volvió adentro... Silencio. Felipe oyó un suspiro, expresión
lacónica y hermosísima de un alma que se sentía impotente para hacer
el bien que deseaba... Otra gran pausa... Parecía que se retiraban
todos á las habitaciones interiores. Desplomábase con lenta caída el
día sobre la tarde, la tarde sobre la noche, y la casa se obscurecía
gradualmente.
Esperó Centeno un rato. En la soledad era su pena más acerba, su
contrición más honda. No tenía fuerzas para marcharse. Quería
morir abrazado al suelo y besando los ladrillos de la casa en que
había hallado un asilo, sustento, y el pan del alma, que es la
instrucción... Sintió pasos. Vió aparecer una hermosa y celestial
figura, _La Emperadora_, la de la voz que pedía misericordia por
él... Fuese ó no la tal una beldad perfecta, á él, en tan crítico
instante, se le representó como superior á cuanto en la tierra había
visto, hermosura de mundos soñados y de sobrenaturales regiones. Por
la ventana entraba la luz del crepúsculo. Sobre ella se destacaba la
soberana belleza de aquella mujer, rodeada de rayos de oro, echando
de su frente fulgores de estrellas. Su ropaje, que sin duda era de
lo más vulgar, se le representó á Felipe compuesto de arreboles ó
centelleo de pedrerías, y teñido de tintas irisadas, todo sublime,
imaginativo, conforme al extraño y admirable caso. _La Emperadora_ le
miró sonriendo, y le dijo con voz de serafines:
--No quieren perdonarte... ¡Pobrecito!...¿En dónde pasarás la
noche?... Hijo, ten paciencia, y Dios te amparará.
En sus manos blancas y hermosas traía manzanas, pedazos de pan,
pasteles y otras cosas dulcísimas de comer.
--Toma esto--le dijo.--No llores tanto. Ten paciencia... Con esto
puedes remediarte esta noche.
Después le pasó sus dedos finísimos y frescos por la barba. Él estaba
tan ardoroso, que aquellos dedos le parecían de mármol. Aún hizo ella
más. Con su pañuelo, que á delicadas esencias olía, le limpió las
lágrimas. Después...
Felipe la vió retroceder, mirar hacia la sala, como temerosa de que
la espiaran. Volvió junto á él. Metió la mano en el bolsillo, sacó
una cosa que relucía y sonaba. De sus dedos salían rayos de plata.
Centeno estaba absorto, pasmado, y de su alma se amparaba lentamente
un consuelo inefable, paz deliciosa y gratitud que, sobreponiéndose
á los demás sentimientos, los sofocaban, y al fin triunfaban de su
honda pena.
_La Emperadora_ dió un gran suspiro. Era un alma abrumada que no
podía echar de sí esta idea: «¡Qué mal hacen en no perdonarte!»
Y luego le tomó una mano, que él tenía cerrada; abriósela no sin
esfuerzo; le puso en el hueco una cosa, cerrándosela luego y
apretando los dedos de él; y al concluir, le dijo:
--Con esas seis pesetas te arreglarás por ahora... No puedo darte más.
Felipe se fué.