I
Dice Clío, entre otras cosas de menor importancia, que don Pedro Polo
y Cortés se levantaba al amanecer, bajaba á la iglesia de las monjas,
decía su misa, se desayunaba en la sacristía, fumaba un cigarrillo,
volvía después á su casa, charlaba con su madre por espacio de un
cuarto de hora, cambiaba de ropa, daba un suspiro... Todo esto
ocurría invariablemente día por día, sin que nada faltase, ni el
chocolate, ni el suspiro. Esto último era como la señal para entrar
en el local de la escuela, cuyas puertas se abrían á las ocho en
verano y á las nueve en invierno.
Hemos dicho que se abrían las puertas. ¡María Santísima, qué ruido,
qué pataditas, qué empujones! La vetusta casa temblaba como en
amenaza de desplomarse. Y el estruendo duraba hasta que aparecía don
Pedro, no diré repartiendo bofetones, sino sembrándolos con gesto
semejante al del labrador que arroja en tierra la semilla. Luego daba
una gran voz. ¡Vaya un silencio, camaradas! Creo que se podría oir
el ruido que hiciera una mosca frotándose la trompa con las patas...
Después, poquito á poquito, saltaba un murmullo, una sílaba, una
palabra, y de esto se iba formando susurro hondo y creciente que no
se sabe á dónde llegaría si don Pedro con su potente _quos ego_ no lo
atajara.
Había un pasante á quien llamaban don José Ido, hombre aplicadísimo
á su deber, pálido como un cirio y con ciertos lóbulos ó verrugones
que parecían gotas de cera que le escurrían por la cara; de expresión
llorosa y mística, flaco, exangüe, espiritado; manifestando en
todo las congojas de una de esas vidas de abnegación y sacrificio
heróicamente consagradas á la infancia. Tenía en la frente un
mechón de negros y espeluznados cabellos que parecía un pábilo
humeante, y en sus ojos, siempre mojados, chisporroteaban, con
la humedad y el pestañeo, desgarradoras elegías. Era el mártir
obscuro y sin fama de la instrucción, el padre de las generaciones,
el fundamento de infinitas glorias, la piedra angular de tantas
fortunas y de preclaros hechos. Políticos que habéis firmado sabias
leyes; ministros que con un meneo de rúbrica lleváis diariamente
la felicidad al corazón de vuestros amigos; negociantes que
autorizáis un crédito; notarios que dais fe; poetas que conmovéis
la muchedumbre; jurisconsultos que lucháis por el derecho; médicos
que curáis, y periodistas que escribís y amantes que fatigáis el
correo, acordaos de don José Ido, que al poner una pluma en vuestra
mano torpe y al administraros el bautismo de tinta, iniciándoos en
la religión de la escritura, os dió diploma y título de cristianos
civilizados...
Porque el fuerte, ó mejor dicho, el sacerdocio de nuestro don José
Ido, era la caligrafía. Enseñaba por el Evangelio de Iturzaeta una
forma redonda, armónicamente compuesta de trazos gordos y finos,
con cada rasgo para arriba y para abajo que daba gloria, y un golpe
de mayúsculas que podría competir con lo mejor de los tiempos
benedictinos. Cuando por encargo especial acometía un trabajo de
felicitación ó cosa semejante, para implorar por cuenta propia ó
ajena la benevolencia de cualquier magnate, eran de ver aquellas
Emes iniciales con el cabello erizado de entusiasmo, aquellas Haches
que arrastraban más cola que un pavo real, aquellas Erres que hacían
cortesías, aquellas Efes con más peluca que Luis XIV, aquellas Eses
minúsculas que parecían saltar de gozo, aquellas Eles á caballo sobre
las Íes, aquellas Jotas con morrión, y otras infinitas maravillas que
producían á la vista ilusión de pirotecnia, todo rematado con unas
_etcéteras_ que á la cola de esta procesión pendolística iban con
plumachos, blandiendo alabardas y banderolas. El resto lo hacían mil
vaivenes de rúbrica, como flechas disparadas ó laberinto arácnido,
en el centro del cual aparecía lánguido, indolente, cual si cayera
mareado en medio de tanto círculo, el claro nombre de _José Ido del
Sagrario_.
La clase duraba horas y más horas. Era la vida perdurable, un lapso
secular, sueño del tiempo y embriaguez de las horas. Nunca se vió
más antipática pesadilla, formada de horripilantes aberraciones de
Aritmética, Gramática ó Historia sagrada, de números ensartados,
de cláusulas rotas. Sobre el eje del fastidio giraban los graves
problemas de sintaxis, la regla de tres, los hijos de Jacob, todo
confundido en el común matiz del dolor, todo teñido de repugnancias,
trazando al modo de espirales, que corrían premiosas, ásperas,
gemebundas. Era una rueda de tormento, máquina cruelísima, en la cual
los bárbaros artífices arrancaban con tenazas una idea del cerebro,
sujeto con cien tornillos, y metían otra á martillazos, y estiraban
conceptos é incrustaban reglas, todo con violencia, con golpe,
espasmo y rechinar de dientes por una y otra parte.
En la cavidad ancha, triste, pesada, jaquecosa de la escuela, se
veían cuadros terroríficos: allá un Nazareno puesto en cruz; aquí
dos ó tres mártires de rodillas con los calzones rotos; á esta
parte, otro condenado pálido, cadavérico, todo lleno de congojas y
trasudores, porque se le había atragantado una suma; más lejos otro
con un cachirulo de papel en la cabeza y orejas de burro, porque
sin querer se había comido una definición. Como el sol reverbera
sobre el rocío, así, por toda la extensión de la clase, las sonrisas
abrillantaban las lágrimas, cuando no las secaba el ardor de las
mejillas. Los números y rayas trazadas en los encerados daban frío,
y mareaban los grandes letreros y las máximas morales escritas
en carteles. Las negras carpetas, al abrirse, bostezaban, y los
tinteros, ávidos de manchar, hacían todo lo posible por encontrar
ocasión de volcarse... Daba grima ver tanto dedo torpe y rígido
agarrando una pluma para trazar palotes, que más se torcían cuanto
mayor era el empeño en enderezarlos. Las bocas, nerviositas, hacían
muecas con el difícil rasgueo de la pluma... Á lo mejor, un cráneo
sonaba seco al golpe de un puño cerrado y duro. Restallaban mejillas
sacudidas por carnosa mano. Los pellizcos no cesaban, y á cada
segundo se oía un ¡ay! Se confundían las voces de _bruto_, _acémila_,
con los lamentos, las protestas y el lastimoso y terrorífico _yo no
he sido_. La palmeta iba cayendo de mano en mano, incansable, celosa
de su misión educatriz, aporreando sin piedad á todo el que cogía.
La quemazón de la sangre, el cosquilleo, el dolor agudísimo, daban
entendimiento al torpe, mesura al travieso, diligencia al indolente,
silencio al lenguaraz, reposo al inquieto. Y como auxiliares de
aquel docto instrumento, una caña y á veces flexible vara de mimbre
sacudían el polvo. Había nalgas como tomates, carrillos como
pimientos, ojos con llamaradas, frentes mojadas de sudor de agonía, y
todo era picazones, escozor, cosquilleo, latidos, ardor y suplicio de
carnes y huesos.
Salvas las contadas ocasiones en que se veía cruzar por el aire una
mosca con rabo de papel, sucediendo á esto la algazara propia del
caso, el aburrimiento llenaba las horas de la clase, aquellas horas
que avanzaban arrastrándose como las babosas sobre una peña. Los
miembros se entumecían, y no había fuerza humana capaz de impedir
las patadas, los desperezos, el acostar la cabeza sobre los brazos
cruzados, el cuchicheo, la inquietud... Una autoridad férrea,
despótica, á quien la conciencia del deber daba algo de la crueldad
sublime que enalteció á Junio Bruto, Jefté y Guzmán el Bueno,
recorría los bancos, desde que se notaban los primeros síntomas de la
rebelión del fastidio. Á la manera que el cómitre de una galera iba
sacudiendo con duro látigo la pereza de los infelices condenados al
remo, así don Pedro ponía rápido correctivo con su vara ó su mano al
arrastrar de suelas, á las pandiculaciones, al cuchicheo, al mirar,
al reir. ¡Pobres orejas! ¡Cuántas veces se veía la mano del maestro
levantar muy alto una cabeza suspendida de una oreja, ó empujar otra
sobre la carpeta con tal fuerza, que á poco más se incrusta la nariz
en la tabla!... Su máxima era: _Siembra coscorrones y recogerás
sabios._