I
Con paso decidido acomete el héroe la empinada cuesta del
Observatorio. Es, para decirlo pronto, un héroe chiquito, paliducho,
mal dotado de carnes y peor de vestido con que cubrirlas; tan
insignificante, que ningún transeunte, de éstos que llaman personas,
puede creer, al verle, que es de heróico linaje y de casta de
inmortales, aunque no esté destinado á arrojar un nombre más en
el enorme y ya sofocante inventario de las celebridades humanas.
Porque hay ciertamente héroes más ó menos talludos que, mirados con
los ojos que sirven para ver las cosas usuales, se confunden con
la primera mosca que pasa ó con el silencioso, común é incoloro
insectillo que á nadie molesta, y ni siquiera merece que el buscador
de alimañas lo coja para engalanar su colección entomológica... Es
un héroe más obscuro que las historias de sucesos que aún no se han
derivado de la fermentación de los humanos propósitos; más inédito
que las sabidurías de una Academia, cuyos cuarenta señores andan á
gatas todavía, con el dedo en la boca, y cuyos sillones no han sido
arrancados aún al tronco duro de las caobas americanas.
Esto no impide que ocupe ya sobre el regazo de la madre Naturaleza
el lugar que le corresponde, y que respire, ande y desempeñe una y
otra función vital con el alborozo y brío de todo sér que estrena
sus órganos. Y así, al llegar al promedio de la cuesta, á trozos
escalera, á trozos senda mal empedrada y herbosa, incitado sin duda
por los estímulos del aire fresco y por el sabroso picor del sol, da
un par de volteretas, poniendo las manos en el suelo, y luego media
docena de saltos, agitando á compás los brazos como si quisiera
levantar el vuelo. Desvíase pronto á la derecha y se mete por los
altibajos del cerrillo de San Blas; vuelve á los pocos pasos, vacila,
mira en redondo, compara, escoge sitio, se sienta...
Es un señor como de trece ó catorce años, en cuyo rostro la miseria
y la salud, la abstinencia y el apetito, la risa y el llanto han
confundido de tal modo sus diversas marcas y cifras, que no se sabe
á cuál de estos dueños pertenece. La nariz es de éstas que llaman
socráticas, la boca no pequeña, los ojos tirando á grandes, el
conjunto de las facciones poco limpio, revelando escasas comodidades
domésticas, y ausencia completa de platos y manteles para comer;
las manos son duras y ásperas como piedra. Ostenta chaqueta rota y
ventilada por mil partes, coturno sin suela, calzón á la borgoñona,
todo lleno de cuchilladas, y sobre la cabeza greñosa, morrión ó
cimera sin forma, que es el más lastimoso desperdicio de sombrero que
ha visto en sus tenderetes el Rastro.
De aquellos incomprensibles bolsillos del chaquetón saca mi hombre,
á una mano y otra, diversas cosas. Por este agujero aparece un
pedazo de chocolate; por aquella hendidura asoma un puro de estanco;
por el otro repliegue déjanse ver sucesivamente dos zoquetes de
empedernido pan; de aquel jirón, que el héroe sacude, caen ó llueven
seis bellotas y algunos ochavos y cuartos; más abajo se descubre un
papelillo de fósforos; por entre hilachas salen tres plumas de acero,
un trozo de lápiz, higos pasados, un periódico doblado, con los
dobleces rotos y ennegrecidos... Aparta con diligente mano aquellos
objetos que hasta ahora no se consideran digestivos, desenvuelve
y tiende sobre el suelo el periódico á modo de mantel, y sobre él
va poniendo los varios artículos de comer y fumar. Se coloca bien,
echando una pierna á cada lado del papel; quita, pone, clasifica,
ordena, se recrea en su banquete y lo despacha en dos credos.
No se meterá el historiador en la vida privada, inquiriendo y
arrojando á la publicidad pormenores indiscretos. Si el héroe usa
una de las plumas de acero, como tenedor, para pinchar un higo; si
se lleva á la boca con gravedad el pedazo de pan, mordiendo en él
con limpieza y buena crianza; si hay, en suma, en su alborozado
espíritu un gracioso prurito de _comer como los señores_, ¿por qué
se ha de perder el tiempo en tales niñerías? Más importante es que
el historiador, con toda la tiesura, con toda la pompa intelectual
que pide su oficio, se remonte ahora á los orígenes de aquella
propiedad, y escudriñe de dónde proceden las bellotas, de dónde el
fiero cigarrote, los higos, el pan y demás provisiones, con lo cual,
si sale airoso de su empresa y lo descubre todito, se acreditará de
sabio averiguante, que es lo mejor para tener crédito y laureles sin
fin. Llevado de su noble anhelo, baraja papeles, abofetea libros,
estropea códices, destripa legajos, y al fin ofrece á la admiración
de sus colegas los siguientes datos, preciosa conquista de la
sabiduría española:
Á 10 de Febrero de 1863, entre diez y once de la mañana, en la
Ronda de Embajadores, fué mi hombre obsequiado con bellotas por
una vendedora de aquel artículo, de otro que llaman cacahuet,
de papelillos de fósforos y avellanas. Veintitrés mil razones se
emplean para demostrar la probabilidad de que esta esplendidez fuera
recompensa de uno ó de varios servicios, quizás recados á la vecina,
ir á comprar dos libras de jabón, ó traer un saco de ropa desde el
lavadero de las Injurias. Y de igual modo aparecen sacadas de la
obscuridad de los tiempos pretéritos la procedencia de las demás
vituallas y del cigarro, si bien en esto último hay dos versiones,
igualmente remachadas con poderosa lógica. ¿Se lo encontró en la
calle? ¿Se lo dió Mateo del Olmo, sargento primero de artillería
montada?... Basta. Esta sutil erudición no es para todos, por lo cual
la suprimimos. Adelante.
Después de comer como los señores, piensa mi hombre que fumarse
ricamente un puro es cosa también muy conforme con el señorío.
¡Lástima no tener fósforos de _velita_ para echar al viento la llama
y encender, á estilo de caballero, en el hueco de la mano! El héroe
coge el cigarro, lo examina sonriendo, le da vueltas, observa la
rígida consistencia de las venas de su capa, admira su dureza, el
color verdoso de la retorcida hierba, toda llena de ráfagas negras
y de costurones y cicatrices como piel de veterano. Parece, por
partes, un pedazo de cobre oxidado, y por partes longaniza hecha con
distintas substancias y despojos vegetales. ¡Y cómo pesa! El héroe
lo balancea en la mano. Es soberbia pieza de á tres... ¡Fuego!
Un papelillo entero de mixto se consume en la empresa incendiaria;
pero al fin el héroe tiene el gusto de ver quemada y humeante la
cola del monstruo. Éste se defiende con ferocidad de las quijadas,
que remedan los fuelles de Vulcano. Lucha desesperada, horrible,
titánica. El fuego, penetrando por los huecos de la apretada
tripa, abre largas minas y galerías, por donde el aire se escapa
con imponentes bufidos. Otras partes del monstruo, carbonizadas
lentamente, se retuercen, se esparranclan, se dividen en cortecillas
foliáceas. Durísima vena negra se defiende de la combustión y asoma
fiera por entre tantas cenizas y lavas... Pero el intrépido fumador
no se acobarda y sus quijadas sudan, pero no se rinden. ¡Plaf! Allá
te va una nube parda, asfixiante, cargada de mortíferos gases. Al
insecto que coge me lo deja en el sitio. Síguele otra que el héroe
despide hacia el cielo como la humareda de un volcán; otra que
manda con fuerza hacia el Este. El Ocaso, el Norte son infestados
después. ¡Con qué viril orgullo mira el valiente las espirales que se
retuercen en el aire limpio! Luego le cautiva y embelesa el fondo de
país sub-urbano que se extiende ante su vista, el cual comprende el
Hospital, la Estación, fábricas y talleres remotos, y, por fin, los
áridos oteros de los términos de Getafe y Leganés. No lejos de las
últimas construcciones se nota algo que brilla á trechos entre los
pelados chopos, como pedazos de un espejillo que se acaba de romper
en las manos de cualquier ninfa ribereña. Es el río que debe su
celebridad á su pequeñez, y su existencia á una lágrima que derramó
sin duda San Isidro al saber que estos arenales iban á ser Corte y
cabeza de las Españas. El héroe mira todo con alegría, y después
escupe.
Contempla la mole del Hospital. ¡Vaya que es grandote! La Estación se
ve como un gran juguete de trenes de los que hay en los bazares para
uso de los niños ricos. Los polvorosos muelles parece que no tienen
término. Las negras máquinas maniobran sin cesar, trayendo y llevando
largos rosarios de coches verdes con números dorados. Sale un tren.
¿Á dónde irá? Puede que á la Rusia ó al _mesmo_ Santander... ¡Qué
_tié_ que ver esto con la estación de Villamojada! Allá va echando
demonios por aquella encañada... Sin _ponderancia_, esto parece la
gloria eterna. ¡Válgate Dios, Madrid! ¡Qué risa!... Al héroe le entra
una risa franca y ruidosa, y vuelve á escupir.
¿Pues y la casona grande que está allí arriba, con aquella rueda de
_colunas_?... ¡Ah! ya, ya lo sabe. Paquito el ciego se lo ha dicho.
Ya se va _destruyendo_. ¡Sabe más cosas...! En aquella casa se ponen
los que cuentan las estrellas y _desaminan_ el sol para saber esto
de los días que corren y si hay truenos y agua por arriba... Paquito
le ha dicho también que tienen aquellos señores unas antiparras tan
grandes como cañones, con las cuales... Otra salivita.
¿Pero qué pasa? ¿Los orbes se desquician y ruedan sin concierto? El
Hospital empieza á tambalearse, y por fin da graciosas volteretas
poniendo las tejas en el suelo y echando al aire los cimientos
descalzos. La Estación y sus máquinas se echan á volar, y el río
salpica sus charcos por el cielo. Éste se cae como un telón al que
se le rompen las cuerdas, y el Observatorio se le pone por montera á
nuestro sabio fumador, que siente malestar indecible, dolor agudísimo
en las sienes, náuseas, desvanecimiento, repugnancia... El monstruo,
vencedor y no quemado por entero, cae de sus manos; quiere el otro
dominarse, lucha con su mal, se levanta, da vueltas, cae atontado,
pierde el color, el conocimiento, y rueda al fin como cuerpo muerto
por rápida pendiente como de tres varas, hasta dar en un hoyo.
Silencio: nadie pasa... Transcurren segundos, minutos...