En nuestros anteriores escritos, creemos haber demostrado de un modo
lógico la marcha que han seguido las naciones Europeas respecto á su
régimen mercantil, y como el cambio iniciado por los economistas y
seguido en primera línea por la inteligente Inglaterra, aceptando el
libre cambio, ha producido los mas favorables resultados, cuyos pasos
se preparan á seguir las demas naciones que, poco á poco, han podido
ir convenciéndose, por medio de la cifras estadísticas, de los graves
errores en que habian incurrido hasta aquí, desviadas por los falsos
principios de economia política, que por largos años han dominado el
mundo mercantil.
Ahora, aplicando á nuestro estado actual las doctrinas que quedan
sentadas, trataremos de averiguar, si nos es conveniente seguir el
rumbo que desertan hoy las naciones envejecidas en el comercio, ó si
debemos aceptar los principios que ellas acaban de reconocer en mas ó
menos estension.
Un economista frances ha dicho muy oportunamente, que el sistema
protector podria ser disculpable en un _pais viejo_, que ensayase
por este medio de cambiar una distribucion inicua y viciosa de las
riquezas. Nosotros aceptamos la consecuencia que se desprende de esta
asercion, à saber, que el sistema protector no puede convenir á un pais
vírgen y nuevo, como vamos á ensayar de probarlo.
El establecimiento de un sistema comercial protector ó prohibicionista,
encierra en si, la creacion de trabas á ciertas producciones, ya sea
por medio de la prohibicion aduanera, ya sea por medio de los altos
impuestos fiscales con que se recarga el valor de los productos.
En todo pais nuevo, donde un tal sistema se establece, no puede negarse
que el que esto emprenda, se espone á recargar ciertas producciones,
sin que pueda saber á ciencia cierta las diversas repercusiones que
esta traba puede tener sobre otras, que pueden ser afectadas en la
produccion de los frutos. El recargo que se hace sobre un artículo
de introduccion, ó extraccion, no pesa tan solamente sobre aquella
produccion, sino que lo hace indirectamente sobre aquellas con que está
ó puede estar relacionada en lo sucesivo, porque es necesario partir
del principio que en un pais _nuevo é inesplotado_, cuyas producciones
yacen aun desconocidas en el seno de la tierra, á nadie es dado conocer
á ciencia cierta, las trabas que esta ó aquella imposicion puede crear
indirectamente sobre las producciones que aun yacen ignoradas.
Estas lijeras observaciones, nos permitimos para demostrar, que
si el sistema prohibicionista puede ser inconveniente en paises
_viejos_, donde todas sus producciones son conocidas, lo es mucho
mas, sin paralelo, en una nacion vírgen, cuyas producciones yacen aun
inesplotadas.
Ni mas ni menos que en el mundo físico y moral, en el mundo económico
hay leyes no menos fijas y constantes, cuyo nivel, como el agua, debe
encontrarlo por sí mismo el espiritu mercantil en sus esploraciones
hechas á fuerza de cálculos y de ingénio. Impedir que este nivel se
realice por sí, es querer forzar á la naturaleza, por medios tortuosos
y ficticios, á producir tristes y menguados frutos que, dejada á su
curso espontáneo, habria derramado á manos llenas, con abundancia.
Nosotros, pues, que principiamos nuestra infancia, que poseemos
abundantes y fértiles territorios, que solo necesitamos la mano
inteligente del hombre para verter riquezas á raudales, nosotros que
no conocemos aun lo que poseemos, y que aun conociéndolo no podriamos
tampoco llevarlo á cabo, sino con el paso lento y mesurado con que
el andar del tiempo nos irá abriendo los caminos, para hacerlos
productivos, nosotros que esperamos aun que la inteligencia del
hombre, por medio de investigaciones y estudios, venga á revelarnos
toda la esplendidez del cuadro que nos ofrecen nuestras producciones,
nosotros que al par de tanta produccion inesplotada ó desconocida
poseemos otras muchas, ricas, valiosas y abundantes, que por si mismas
se presentan facilmente sin que nos cueste otro trabajo que el de
recogerlas, nosotros, en fin, que nos hallamos en este caso especial,
en que pocas naciones podrán hallarse en adelante, estamos mas que
nadie interesados en no entrar por medio de presunciones erroneas y
falsos cálculos, á crear impuestos y levantar trabas sobre estas ó
aquellas producciones, para hacer prosperar las unas en detrimento de
las otras, cuando nuestro verdadero interés está en fomentar lo que
se ofrece inmediatamente, lo mas productivo, lo que menos tropiezos
presenta, y lo que mas fácilmente se ofrece á la mano del hombre.
Nuestra conveniencia no está en la diversidad de los productos, sino en
el monto total de las riquezas que nos representan los que tenemos á
mano, sin curarnos de la denominacion á que pertenezcan; no es tampoco
la clase de ellos lo que nos importa, sino el valor que nos ofrecen, lo
que nos conviene tomar en consideracion.
Pero á todo esto se nos dice:
“_En Buenos Aires, la proteccion parece útil y aun indispensable para
todos los objetos que tienen necesidad de mano de obra ó que pueden
fabricarse en el pais._
“_Somos proteccionistas en tanto que ella favorezca la emigracion tan
necesaria é indispensable en este pais; abolicionista en todo lo que
tiene relacion con los productos estrangeros de que tiene necesidad el
Estado y que no pueden ni manufacturarse ni recibir su última mano en
Buenos Aires._
“_La Europa tiene brazos de mas, aqui nos faltan._
“_La emigracion obrera, siendo protejida atraerá hácia nosotros
numerosos artesanos, que poco á poco y en el correr del tiempo,
formarán en el seno del pais hombres capaces de seguir la misma
industria, que por este medio se tornará nacional. Si esta emigracion
tiene contra ella la terrible concurrencia de la confeccion Europea,
ella perderá el aliciente, y cesará por consiguiente toda ulterior
emigracion de esta especie._”
¿Porqué es útil y aun indispensable la proteccion entre nosotros? Será
acaso porqué nos faltan productos que esplotar? ¿Será porque no tenemos
industrias que puedan ser productivas por si mismas, sin recurrir á
medios artificiales? No de cierto.
Pero se quiere que seamos una nacion enciclopédica en punto á
producciones, que nos bastemos á nosotros mismos y que produzcamos
todo, de cuanto tengamos necesidad. ¿Seríanos esto conveniente? Es lo
que vamos á tratar de demostrar. Buenos Aires puede producir casi
toda clase de manufacturas Europeas, esceptuándose aquellas, cuyas
materias primarias no posee, por consiguiente, siguiendo el sistema de
los proteccionistas, deberiamos principiar por abolir la entrada, ò
recargarla con pesados impuestos, á toda clase de manufacturas que mas
ó menos imperfectamente puedan trabajarse entre nosotros.
Pero, preguntamos ¿que ventajas íbamos á reportar de un tal sistema?
El mas inmediato seria hacer converger todos los brazos hácia las
producciones prohibidas, y esto, por consecuencia natural, traería la
distraccion de aquellos mismos brazos de las producciones naturales y
espontáneas que no se hubiese creido oportuno proteger, y aun en el
caso de que todas lo hubiesen sido, la falta de estímulo y competencia
las haria languidecer y permanecer en un estado de somnolencia y atraso
que equivaldria á la muerte.
Pero, supongamos que tal cosa no sucediese, ¿qué otro objeto puede
tener la proteccion que el de habilitar á una nacion á producir
frutos en cantidad suficiente para esportarse? Luego, pues, si está
demostrado que sin necesidad de proteccion el monto de nuestras
producciones de esportacion son mas valiosas que las que recibimos del
estrangero, porque hemos de acudir al gastado sistema de prohibiciones
para fomentar industrias cuyos ulteriores resultados no podemos
conocer, cuando es sabido que esa proteccion no puede tornarse sino
en detrimento de las industrias que han florecido á la sombra de la
libertad, y que florecerán mucho mas, conforme el adelanto progresivo
del pais les vaya proporcionando los medios de producir con mayor
facilidad?
¿De qué nos serviria, por ejemplo, á nosotros, el empeñarnos en
protejer los establecimientos de modas ó zapatos, fábricas de
paños ú otras telas. Pretenderiamos acaso á la sombra de nuestra
proteccion ponernos al nivel de la Inglaterra y la Francia, y hacerles
concurrencia con nuestras esportaciones de estos productos? De cierto
que á nadie habrá ocurrido semejante desatino, y si él no es realizable
por este ni ningun otro sistema, nuestra propia conveniencia nos
aconseja comprar al estranjero esos artículos á fin de emplear los
brazos que habian de producirlos, en otras industrias con las que
podemos luchar brillantemente con esas naciones y las que podemos
venderles fácilmente á precios que nos habilitan suficientemente para
pagar los artículos que, por no hacerlos en el pais, les compramos á
ellas.
Pero se nos dice, que si esa proteccion no se establece, las clases
obreras, no pudiendo sostener la confeccion estrangera, no vendrán á
nosotros.
Que no vengan en buena hora las clases obreras que hayan de ocuparse
esclusivamente de los productos que podemos recibir mas baratos de la
Europa ¿esto que nos importa? Nada--absolutamente nada, por que como
lo hemos dicho ya, no es la variedad, sino el valor de los productos
que elaboremos sobre lo que debemos fijarnos, y mientras, la emigracion
tenga en que ocuparse, como tiene y tendrá aun por siglos en el Estado
de Buenos Aires, muy poco debe importarnos que una ó mas clases
determinadas de obreros dejen de llegar á nuestras playas.
Pero todas estas consideraciones son meramente generales, porque si
entramos á individualizar veremos que á la sombra de la libertad
mercantil no hay profesion industrial que no haya progresado y esté
actualmente progresando entre nosotros.
Pero el absurdo mayor que puede citarse es el que, en un pais como el
nuestro se haga mencion de la proteccion como un recurso indispensable
para atraer la emigracion. Aqui donde no hay brazos suficientes para
todos los trabajos que se emprenden, donde la mayor parte de las
industrias del pais yacen esperando brazos para esplotarlas, donde un
peon de saladero gana 100 ó 150 ps. diarios, donde un changador en
medio de las calles realiza de 80 á 100 y mas pesos diarios, donde los
peones á jornal ganan 20, 30 y 40 pesos por dia, donde un carpintero
obtiene 50 á 80 $ y un oficial de albañil 40, 50 y 60 pesos, y todo lo
demas sigue esta misma proporcion. ¿No es el mayor absurdo invocar la
proteccion, y decirnos que la emigracion necesita del aliciente de la
proteccion para llegar á nuestras riberas?
¿Pero, porque es que estos enormes sueldos se pagan á los jornaleros
en Buenos Aires? Claro está, que por que la emigracion desde que llega
halla colocaciones lucrativas, y como emplearse ventajosamente, por que
si esto no fuese así, la necesidad seria desde luego el nivelador que
haria bajar los salarios hasta traerlos á su última estremidad.
Este hecho positivo que sucede actualmente entre nosotros, bajo el
sistema del libre cambio, nos parece el argumento mas irrecusable
que podriamos citar en apoyo de la conveniencia de mantener nuestro
sistema liberal de comercio y las inconveniencias que traeria consigo
el sistema protector que no haria sino trastornar el nivel que por si
mismo se establece en nuestro comercio, y que acabaria por arruinarnos
haciendo tomar al curso de las esplotaciones del pais una via tortuosa
y perjudicial.
Pero hablar entre nosotros del sistema proteccionista es traernos
nuevamente á un régimen ya desconceptuado. El ha regido durante los
veintitantos años de la tirania sin que hasta hoy hayamos visto que
resultados ha producido al pais. Durante todo ese largo periodo
todas las producciones de mano de obra, ó se hallaban espresamente
prohibidas, ó recargadas por fuertes impuestos aduaneros ¿y cual de
esas manufacturas ha progresado en el pais de modo que haya compensado
los grandes sacrificios hechos para mantener la prohibicion? ¿Cual de
esos articulos ha venido á figurar en nuestra lista de esportacion y
proporcionar recursos al erario?--No se encuéntra uno solo.
Hay mas aun. Si estudiamos detenidamente los ramos de industria
del pais, fácil será ver que en el corto tiempo que media entre la
dictadura y el sistema liberal de comercio, adoptado bajo el nuevo
régimen, estos han progresado de un modo asombroso, sin que hasta hora
nos conste, que la nueva tarifa haya ocasionado que se cerrase ninguno
de los talleres que se hallaban establecidos, habiendo crecido estos
con asombrosa prodigiosidad, como puede verificarlo hoy mismo el mas
miope conocedor de nuestras cosas.
Es ciertamente de sentirse que durante aquel tiempo de barbarie no se
hubiera jamas publicado un solo dato estadístico, pues asi podriamos
poner hoy con mas evidencia, ante los ojos de los proteccionistas,
el verdadero cuadro del adelanto del pais en tan corto espacio, y el
positivo estado de vegetacion en que han permanecido todos los ramos de
nuestra industria bajo el sistema corruptor é inmoral de la proteccion,
con que el tirano halagando los sentimientos locales, se afirmaba en el
poder.
La verdadera proteccion, en paises nuevos, ricos, fértiles y faltos de
brazos como el Estado de Buenos Aires, la verdadera proteccion consiste
en la paz, las garantías individuales y la seguridad de la propiedad.
Desde que la emigracion, pueda contar con campo suficiente para sus
trabajos, no hay que trepidar que ella se apresurará, como lo hace ya
hoy, á venir en busca de las utilidades que él le promete, sin que
tengamos que echar mano de esos medios inmorales, que por favorecer
á una media docena, dejan en la miseria, ó cuando menos oprimen, á
millares de individuos.
Si hay alguna especie de proteccion que conviene á Buenos Aires, es
la que debe nacer de sí misma por medio de la mejora de los caminos y
vias de conduccion. Abranse caminos, canales, puentes, facilitese la
conduccion de los frutos, haciendo que los fletes se tornen por este
medio mas baratos, y entonces tendremos que nuestros productos irán
ofreciendo cada vez mas utilidad á los que se ocupen en su esplotacion,
y todo esto á la sombra de la paz, la seguridad y las garantías,
acabará por habilitarnos para luchar con las demas naciones, no solo
con los frutos que hoy se nos ofrecen espontáneamente, sino tambien
con aquellos que aun yacen inesplotados, á la par de los que hoy se
encuentran muy lejos de podernos ofrecer resultados para entablar una
competencia razonable.
No obstante que creemos haber emitido las razones que hacen
inconveniente en Buenos Aires la planteacion del sistema
proteccionista, con lo que seria, á nuestro juicio, suficiente para
dejar sentado la paridad de principios mercantiles que hay entre
nosotros y las demas naciones que han aceptado el libre cambio, vamos
á contestar á un argumento que se ha creido concluyente al rebatir
nuestros asertos anteriores.
Se nos ha dicho, que lo que puede ser bueno en un pais, puede no
serlo en otro, y que porque el libre cambio haya producido favorables
resultados en Inglaterra, no se sigue que nosotros debamos admitir el
mismo principio.
A este argumento capcioso, debemos contestar, que al tratarse de leyes
económicas, no se les debe considerar como el establecimiento de
instituciones políticas, que si bien pueden convenir á un pais pueden
ser perniciosas en otros.
En todas las naciones, las inclinaciones de los hombres, respecto al
deseo y medios de adquirir, son unas mismas, así como lo es igualmente
la distribucion de las riquezas. Desde el hombre mas culto hasta el mas
ignorante, todos se hallan movidos por el estímulo del interes, y en
todas partes se trabaja para producir, cuando se encuentra salida para
los productos, y estos ofrecen una justa compensacion á sus tareas.
De aquí se deduce pues, que siendo iguales los medios de que se echa
mano, y exactamente semejantes los resultados que produce el trabajo,
en todas partes deben ser del mismo modo identicos los resultados que
ofrezca la planteacion de uno ú otro sistema comercial, de lo que
deducimos, que si el libre cambio ó la proteccion son escencialmente
necesarios para el progreso de un pais, en su vida normal, debe serlo
igualmente para todos en circunstancias idénticas.