Al iniciar hace algunos dias la cuestion económica, á que diera lugar
el estandarte proteccionista levantado por uno de nuestros cólegas
estrangeros, habiamos deseado tener que consagrarnos esclusivamente
á la refutacion de las reformas parciales que debiamos esperar se
anunciarian por el autor de la declaracion.
Sin embargo, nuestras esperanzas fueron frustradas, como se ha visto ya
en el ligero artículo en que, contestando en globo á sus mas salientes
errores, prometimos refutarlos mas detenidamente en adelante, y cuyo
compromiso vamos á tratar de llenar ahora.
A fin de hacer mas clara é inteligible la discusion, iremos colocando
por su órden los párrafos del cólega estrangero de que nos ocuparemos,
permitièndonos en seguida hacer las observaciones á que ellos den lugar.
“_En Buenos Aires_, dice, _la proteccion parece útil y aun
indispensable para todos los objetos que tienen aun necesidad de
mano de obra, ó que pueden fabricarse en el pais, y no creemos haber
avanzado nada contrario á los sanos principios de economía política._”
Para averiguar si la proteccion puede ser conveniente á un pais
cualquiera, y sobre todo á un pais abundante, fertil, rico, é
inesplotado aun por la mano del hombre, la primera idea que ocurre es,
saber si ese pais cuenta ó no con producciones valiosas, capaces de
ofrecer sus productos sin ocurrir á los medios artificiales.
Que Buenos Aires tiene inmensas producciones espontáneas, valiosísimas,
nadie puede dudarlo. Basta echar una mirada sobre nuestras vastas
llanuras, y recorrer con la vista la espontaneidad con que la
naturaleza vírgen ofrece todos sus frutos, y como se reproducen en sus
vastas campañas esas inumerables masas de ganado que nacen, se crian
y mueren al aire libre, para comprender que esa tierra de bendicion
no necesita que la mano del hombre vaya con sus trabas absurdas, á
abrir diques artificiales para hacer correr la fuente espontánea de sus
producciones por un camíno ficticio.
Cual es, pues, la conveniencia de un pais vírgen que tiene aun inmensas
riquezas inesplotadas, ¿dejar á esas riquezas que sigan su libre curso,
consagrándose à su esplotacion--ó forzar á la naturaleza empeñándonos
en hacerle producir los productos que puede recibir del extrangero mas
baratos y que no le son espontáneos.
Esta es para nosotros la gran cuestion.
El empleo de brazos y capitales empleados en la manufactura de
producciones artificiales, por que asi designamos las que no se ofrecen
espontáneamente, por sí mismas en el pais, no importa otra cosa que
el retiro de esos mismos brazos y capitales de la esplotacion de los
productos espontáneos. El importe ó costo de estos mismos brazos,
ó capitales empleados, vendrá al fin á darnos por resultado que el
derecho proteccionista, con que va gravada la industria artificial
implantada en el pais, que tendrá que pagar el consumidor, vendrá
á resultar en su liquidacion siendo una pérdida real que habrá
sufrido este, porque la diferencia entre el mismo artículo comprado
al estrangero y el costo que tendrá el elaborado en el pais, será
justamente el monto de la pérdida que habrá sufrido la elaboracion
nacional que pudo haberse efectuado, si el empeño de producirlo
nosotros mismos no nos arrastrase á distraer nuestros capitales del
verdadero empleo á que debieron ser destinados.
Asi, pues, esta operacion absurda es á toda luz contraria á los sanos
principios de economía política. Para comprobar este aserto, veamos lo
que á este respecto dicen los mas célebres economistas.
Mr. Courcelle Seneuil, hablando de la proteccion con que ha sido
favorecida la fabricacion de los algodones en los Estados Unidos, nos
presenta un ejemplo práctico, que puede muy acertadamente aplicarse
á Buenos Aires, con tanta mas razon cuanto que es aquel un pais
igualmente nuevo, y rico en sus producciones.--Hé aquí sus palabras:--
“Los Estados Unidos, han favorecido allí, estableciendo una tarifa
protectora, la planteacion de manufacturas de algodon: hoy las
poseen. ¿Han hecho una buena ó una mala operacion económica? Desde el
establecimiento de la tarifa cada ciudadano americano ha pagado mas
caros los objetos de algodon fabricado, de que tiene necesidad. ¿A
quién ha aprovechado esa diferencia de precio? _A nadie_, ó cuando
mas _á algunos fabricantes_, pues no es dudoso que el elevado precio
asegurado á los productos no ha multiplicado allí las fabricas á
punto que ellas no den ganancias mas elevadas que las otras empresas
industriales del pais.
“Sino se hubiese establecido la tarifa, todo el trabajo empleado
en fomentar y esplotar las manufacturas de algodon hubiera podido
ser aplicado á desentrañar las tierras, ò á mejorar las tierras ya
removidas, ó á toda otra industria productiva, y todos los capitales
absorvidos por la diferencia del precio, resultante de la tarifa,
hubiese podido ser empleado en fecundizar los trabajos agrícolas. De
cierto ni la poblacion ni la riqueza del pais, serian menos; pero
llegaria un dia en que las empresas agrícolas, ó de otra especie,
tornándose menos fáciles ó productivas, se calcularia lo que cuesta
la venta y el transporte á Inglaterra ó Francia del algodon en lana,
la venta y el transporte del algodon fabricado, de Europa á América,
y en que teniendo tanta inteligencia, actividad y capitales como los
europeos, se emprenderia la fabricacion de los algodones, fundados
en la fé de la prima del estímulo que resulta de los costos de
transporte, asi como de la mayor facilidad en las relaciones. Ese
dia la fabricacion del algodon se habria establecido por sí misma en
los Estados Unidos, y _hasta aquel momento era inútil que ella se
estableciese_.”
“El régimen protector podria encontrar _una escusa en un pais viejo_
que ensayase por este medio de estimular á una poblacion apática, ó
de cambiar una distribucion inícua y viciosa de las riquezas: pero de
todos los pueblos de la tierra, el de los Estados Unidos es el que
menos lo necesita, y por consecuencia el que mas pierde con él.”
Otro de los argumentos en que se fundan los proteccionistas es que,
los productos que se compran al estrangero, son otros tantos tributos
que se les paga. A creerseles habria que admitir que un pais pudiera
comprar, cuando no tenia frutos que vender. A la verdad que no sabemos
como un pais podria comprar al estrangero, sin que la masa de sus
producciones, fuese suficiente para contrabalancear sus egresos, pues
á no ser los paises mineros que producen oro, no sabemos como un pais
puede estar siempre comprando al estrangero, pagándole _tributos_,
sin que se agoten sus fondos, desde que la masa de lo que vende al
estrangero no subsana el importe de los fondos que emplea en sus
compras.
Pero véamos como dá en tierra con toda esta teoria el eminente
estadista Mr. de Molinari:
“¿Puede defenderse aun el sistema proteccionista bajo el punto de vista
del interés general del pais, considerado como vendedor y comprador?
Los proteccionistas afirman que al hacer un cambio con el estrangero
se le paga un _tributo_. ¿Pero, no es una verdad incontestable que los
productos se compran con productos; y puede pagarse un tributo á gentes
de quienes está uno plenamente libre para no comprarles sus productos?
Este tributo que no se le pagaria al estrangero bajo el régimen de la
libre concurrencia, _se paga en realidad_ al productor nacional, _bajo
el réjimen de la proteccion_.”
Considerada esta cuestion bajo estos dos puntos de vista, véamos si
el sistema proteccionista tiende siquiera á conservar ese espíritu de
equidad que debe reinar entre todos los miembros que pertenecen á una
misma sociedad.
Tanto se ha escrito ya sobre la materia que nos ocupa, que para refutar
á nuestro adversario casi no tenemos otro esfuerzo que hacer que
copiar testualmente las palabras de los economistas.
El mismo autor citado, dice, sobre el particular, lo siguiente:
“La justicia y la libertad son ellas mejor respetadas por el sistema
protector?--Yo ejerzo una profesion liberal, soy profesor, artista,
hombre de letras. ¿Se impide á los profesores, artistas, y literatos
extrangeros venir á hacerme concurencia en el mercado nacional?
No: no se piensa en eso. Ninguna prohibicion existe en favor de mi
trabajo. En cambio multitud de protecciones, prohibiciones, y otras
exacciones se levantan contra mi renta. Estoy sometido á la concurencia
del universo en cuanto à la mercancia que yo vendo: estoy obligado
á pasar por las horcas caudinas del monopolio en cuanto al mayor
número de las mercancias que compro. Mi vecino que es fabricante de
terralla, de cristales, de quincalleria, me vende su mercancia, al
_precio protejido_, en tanto que yo le vendo la mia á un _precio de
concurrencia_. ¿Es esto igualdad? Es esto justicia?”
Ahora mirémosla bajo el punto de vista de la libertad, por que, como
dice muy bien Mr. de Chevalier, la libertad civil no es solamente la
libertad de pensar y la libertad de conciencia, no es solamente la
libertad de la persona y el respeto del domicilio, la libre defensa de
los acusados y el juicio por medio de los jurados, sino un derecho mas
vasto y general, el de emplear sus facultades conforme à su vocacion y
á su pensamiento.
¿Pero es libre el hombre de emplear sus fuerzas, su inteligencia, y sus
capitales, cuando por medio de exhorbitantes derechos se le obliga á
comprar recargados en el mercado, los productos nacionales, en tanto
que allí mismo pudiera obtenerlos mas baratos y quizá mejores, aunque
elaborados en el extrangero?
Pero, otro de los argumentos que se nos ha hecho es, que necesitamos de
estos sacrificios por un tiempo determinado, para llegar con el tiempo
á obtener nosotros esos productos en todo su desarrollo. Pero este
argumento, que es el mismo que opusiera Mr. Rœderer, el proteccionista
norte-americano, está ya contestado en la parte en que hicimos mencion
de la proteccion ofrecida á la fabricacion de los algodones en los
Estados-Unidos, y en las demostraciones que hemos hecho sobre lo
innecesario de entrar á crear industrias artificiales, y á desviar el
curso natural y espontáneo de las producciones de un pais cualquiera.
Mr. de Molinari, contestando á este mismo argumento de Mr. Rœderer,
como lo hacemos nosotros con el cólega, despues de demostrar que los
proteccionistas jamàs han podido fijar el tiempo que ha de durar esa
proteccion limitada y temporaria, agrega:
“Pero suponiendo que lo fuese realmente, sería conveniente para una
nacion imponerse esos sacrificios? ¿Convendria recargar con un impuesto
á toda la produccion de una nacion en beneficio de una industria
particular? No sería preferible que esa industria se pudiese implantar
por sí misma en el pais, y mientras llegase este caso, procurarse los
productos del esterior? Si una nacion no puede fabricar paño sino á
razon de 30 francos y puede obtenerlo á 20 fuera, haria un buen negocio
prohibiendo los paños extrangeros? ¿No sería esta una pérdida _sin
compensacion_ que se le hacia sufrir?”
Demostrada ya la inutilidad, y aun lo perjudicial del sistema
proteccionista ó prohibitivo bajo sus diferentes faces, veamos de que
lenguage se valen sus sectarios para encubrir el verdadero movil que
lleva consigo la proteccion: Mr. de Seneuil nos lo esplica de una
manera elocuente, en las siguientes líneas:--
“No pudiendo decirse á una nacion--Levantad un impuesto á mi favor,
sobre cada uno de mis conciudadanos, á fin de darme los medios
escepcionales de hacer fortuna.”--Se dice--“Tenemos un interes inmenso
en no ser tributarios de los estrangeros, y en fabricar nosotros mismos
todos los efectos manufacturados de que podemos tener necesidad. Que
cada uno se imponga un sacrificio con este fin patriótico, y yo voy á
consagrarme á libertar el pais de esta dependencia. Este lenguage es
infinitamente mas sostenible que el primero, pero tiene el defecto de
tender al mismo fin, y de disimularlo.”
Tal es el verdadero objeto que se proponen los proteccionistas, y no
creemos que pueda ser considerado de otro modo por los que entren
á juzgar con calma y refleccion los resultados á que conduce este
sistema.
Dejando ahora otras muchas cuestiones, intimamente enlazadas con el
punto en cuestion, que serán tratadas en su lugar correspondiente,
seguiremos las demas objeciones que se nos han hecho.
“_Vos nos citais_, se nos dice, _la Inglaterra. Pero la Inglaterra no
ha llegado á esa doctrina del libre cambio sino cuando hubo arribado á
un punto de perfeccion industrial en que podia desafiar altamente la
concurrencia._”
La reforma que ha sufrido últimamente su sistema comercial, ha dado
orígen á que por todas partes hayan levantado la voz contra _la perfida
Albion_: quien ha visto una asechanza insidiosa; quien una estratagema
contra las demas naciones. Nuestro cólega ha sido mas modesto, pues
solo ha considerado haberle llegado la hora, despues de pasar por el
tamis regenerador de la proteccion.
Es esta tambien, en su última parte, la opinion del proteccionista Mr.
Carey, quien acepta ese sistema como el medio de llegar mas pronto á
la libertad de comercio, lo cual segun observa Mr. de Molinari, es como
si se digese que se queria restablecer la inquisicion para llegar mas
pronto á la libertad de los cultos.
Pero no opina del mismo modo Mr. Carey respecto á lo primero, pues él
no atribuye el cambio, en el sistema comercial de la Inglaterra, á
haberle llegado la hora como supone nuestro cólega. Mr. Carey vé ahì
una trama diabólica urdida contra la industria Americana y así dice:--
“Abasteciéndonos (la Inglaterra) de fierro, hilo, y tegidos de algodon
baratos, é impidiéndonos por consecuencia de producirlos nosotros,
nos obliga á diseminarnos sobre nuestro territorio en lugar de
aglomerarnos: ella nos obliga tambien à crear nuevas máquinas en lugar
de producir objetos de consumo.”
Se vé pues cuán divergentes están los proteccionistas, al atribuir una
causa al cambio operado en el sistema comercial de la Inglaterra.
Para combatir de frente esta asercion, seria necesario que nos
ocupásemos aquí de considerar la marcha que llevan las naciones, y
ver si efectivamente existe esa necesaria transicion del sistema
prohibitivo al libre cambista, pero como esta es una cuestion que ha
iniciado mas adelante, seguiremos, por ahora, tratando de averiguar si
está ó no de acuerdo este principio con algunas de las reformas que
ella ha hecho.
Nadie ignora que cuando fué dictada la célebre ley de navegacion de
Cromwell, abolida en 1846, la altiva Albion, reconocida por la reina
y señora absoluta de los mares, poseia una marina que ninguna nacion
se habria atrevido á intentar siquiera el competir con ella. La marina
Inglesa habia llegado, pues, á _un punto de perfeccion que podia
desafiar altamente la concurrencia_.
¿Como es, pues, que fué entonces mismo que la ley protectora, conocida
por el acta de navegacion de Cromwell, fué considerada necesaria para
el fomento de la marina Inglesa? ¿Quien podia hacerle concurrencia?
Cual era la nacion del mundo que podia competir, en el oceano, con la
reina absoluta de los mares?
Se vé, pues, que por este lado flaquea la deduccion del cólega francés.
Ahora bien, como es que justamente ahora que los Estados Unidos, esa
rival cuya marina sobrepuja á la de la Inglaterra, que la Francia que
hace esfuerzos por igualarla, como es pues, decimos, que hoy que estas
dos fuertes naciones pueden hacerle una poderosa concurrencia, ella, la
Inglaterra, derriba sus derechos proteccionistas, y abre sus colonias á
las banderas extrangeras?
¿No es esto totalmente lo contrario de lo que se ha sentado en el
principio que combatimos?
Este solo hecho es suficiente para demostrarnos á la clara luz de la
razon, que la reforma que la Inglaterra ha hecho últimamente en su
sistema comercial, no es efecto de que la hora de la muerte de la
proteccion hubiera sonado, y llegado la que abria las puertas al libre
cambio; él demuestra tan solamente, que los errores del falso principio
de la prohibicion proteccionista acababan de ser descubiertos, y que la
esperiencia, iluminando la inteligencia de los hombres que se habian
dedicado al estudio de la ciencia, habia hecho conocer el verdadero
principio progresista, recomendado por el lenguage lógico é irrecusable
de las cifras.
Esta nuestra opinion está confirmada por Mr. Chevalier, quien tratando
de las causas que la impulsaron á la reforma, dice:--
“La Inglaterra, al adoptar una reforma muy liberal para sus aduanas,
ha procedido de la manera mas simple y la mas recta: no ha tratado
de ejercer su influencia sobre nadie, ella ha disminuido ó suprimido
los derechos sobre las mercancias estrangeras sin revindicar ninguna
reciprocidad. Es necesario tener el prisma de la pasion ante los ojos
para percibir, sea lo que fuere, de maquiavélico en una política
semejante. Las maquinaciones de la Inglaterra consisten en enseñar
à las otras naciones, con su propio ejemplo, que renunciando á las
abusivas é inumerables restricciones de que se componia en otro tiempo
la legislacion comercial, se desenvuelve en un grado inesperado la
prosperidad nacional.”
Tan lógicas son las deducciones que quedan emitidas, que basta
considerar la marcha que desde aquel momento siguieron las demas
naciones de Europa, para convencerse de su exactitud, y así lo
comprueba el mismo autor, cuando dice, mas adelante:
“Es notorio que desde entonces (1846) todos los gobiernos mas ó menos,
sin escepcion, han revisado completamente sus tarifas, y han abandonado
la prohibicion absoluta.”
“Para no citar sino tres, que no pasan por innovadoras, y que son
considerables, mencionaremos á la España, la Rusia y el Austria. El
acta de las cortes de 17 de Julio de 1849--el ukase de 25 de Octubre
de 1850--y el decreto del Emperador de Austria de 6 de Noviembre de
1851. Repetimos, que los gobiernos de menor consideracion, en grande
número, han dado leyes ó decretos semejantes y que la misma tendencia
existe en América.”
El resultado de esta lucha, que ha durado por tanto tiempo y que ha
terminado con el triunfo de la libertad comercial, iniciada por la
Inglaterra, no puede atribuirse á las falsas causas emitidas por el
cólega frances: él ha sido anticipado y previsto desde los tiempos mas
remotos por los hombres versados en la ciencia económica, pues como
dice el mismo autor citado:
“Los grandes espíritus del siglo XVI estaban imbuidos del principio
de la libertad comercial. Mas tarde, quien ha escrito en favor de
la libertad comercial líneas mas elocuentes que Turgot? Quien la ha
justificado con raciocinios mas incontestables que Franklin, que
no era Ingles? Y el mas violento enemigo que haya tenido jamas la
Inglaterra, el gran Napoleon mismo, sobre su roca de Santa Elena no ha
pronunciado él estas palabras remarcables: _Debemos acercarnos mas aun
hácia la libre navegacion y hácia la entera libertad de un intercambio
universal_.”
En cuanto á los resultados que ha producido la adopcion del sistema
libre-cambista, nada puede ser mas concluyente. Nadie duda hoy que
la reforma introducida por Sir Roberto Peel, ha dado un impulso
progresivo, desconocido hasta entónces, á la prosperidad y bien estar
del pais. Principiando por la conversion de los dos mas acérrimos
proteccionistas, lord Derby y Disraeli, y terminando por la evidencia
irrecusable de las cifras, los resultados no han podido ser mas
brillantes y halagüeños.
Segun el cuadro estadístico que acaba de publicar el _Economist_ de
Londres, de 9 de Setiembre de 1854, de que estractamos estos datos, se
verá el prodijioso desarrollo que ha tomado el comercio Británico desde
que fué puesto en práctica el nuevo sistema liberal.
El valor total declarado de los productos y manufacturas inglesas é
irlandesas esportadas al esterior.
1831. £ 26,909,432
1842. £ 34,119,587
1853. £ 65,551,579
Para las posesiones inglesas.
1831. £ 10,254,940
1842. £ 13,261,436
1853. £ 33,382,202
Así, en tanto que el aumento de 1831 á 42 fué de £ 3,006,496, el
aumento de 1842 á 1853 subió á £ 20,120,766.
El valor de las esportaciones para paises estrangeros, durante el mismo
periodo, fué el siguiente:
1831. £ 26,909,432
1842. 34,119,587
1853. 65,551,519
Se vé pues que las esportaciones para el estrangero en los once años
anteriores á 1852, escluyendo las colonias, aumentaron en razon de £
7,210,155: en el segundo periodo, de once años de una política mas
ilustrada, elevó ese aumento á £ 31,431,992.
El _Economist_ haciendo sus observaciones sobre estos resultados
termina con estas palabras.
“Si algunos de nuestros vecinos que principian á libertarse tímidamente
de las trabas de sus antiguos y falsos sistemas comerciales,
necesitasen de hechos que les den certeza de las ventajas y seguridad
del camino que principian á trillar, ninguno hay por cierto mas
adaptado á ese fin que aquel que suscintamente acabamos de esponer.”
Creemos que la simple inspeccion de este luminoso cuadro estadístico
bastará para demostrar en su verdadera luz las ventajas del comercio
libre, sobre el proteccionista. Pero no se crea que estos resultados se
circunscriben tan solamente á Inglaterra; donde quiera que este sistema
ha sido adoptado, aun parcialmente, ha dado los mismos resultados.
Independiente de los muchos ejemplos que pudieramos citar, nos
satisfaremos para comprobarlo con uno de los ejemplos que nos ofrece
Mr. Chevalier, cuando dice:
“La Bélgica hacia parte de la Francia hacen 35 años (1853) y nuestra
industria sostenia con ella la concurrencia de la suya. En la Prusia y
en los otros Estados Alemanes, cuando el Zollverein sometió los tejidos
de algodon y de lana á la concurrencia de la Saxe, _sus industriales
se creyeron muertos_. Dos ó tres años despues su industria _estaba aun
mas floreciente que nunca_. Lo mismo sucedió en Inglaterra cuando la
prohibicion sobre la seda fuera levantada.”
Terminaremos por hoy este artículo en que hemos contestado á algunas
de las falsas ideas emitidas por el cólega. En nuestros subsiguientes
artículos iremos contestando á sus demas objeciones, y en ellos
espondremos los medios que creemos conducentes á hacer prosperar la
industria y la labranza del Estado de Buenos Aires, asi como el modo
como puede fomentarse la inmigracion, sin necesidad de esas absurdas
trabas, bautizadas con el nombre de _proteccion_, que no hacen sino
transtornar el órden natural de las cosas, queriendo hacerlas marchar
por vias artificiales y tortuosas.
Nuestro cólega dispensará que no le refutemos, como ha creido
que debiamos hacerlo, en un ligero artículo, pues al tratarse de
principios, es necesario argumentar con principios y no con palabras
vacías de sentido y desprovistas de la elocuencia práctica de los
hechos.