Le seguimos, y agarrándonos a las dos limas pudimos bajar los tres al

segundo balcón. Arrancamos la lima colocada más abajo.

Esta galería inferior tenía tres ventanas iluminadas. A través de sus

cristales se veía a dos jefes sentados en el cuarto.

Desde allá nos faltaban unos quince o diez y seis pies para llegar al

agua. Debajo, todavía estaba la galería inferior con sus centinelas,

pero en esta parte de popa era donde había menos vigilancia.

Hubiéramos podido bajar desde allá al mar por una de las cadenas que

sujetaban el pontón; pero esta cadena se hallaba tan iluminada por la

luz del fanal de popa, que tuvimos miedo de que nos viese la guardia.

Allen ató la cuerda en uno de los barrotes de la barandilla, y al otro

extremo las tablas que nos tenían que servir para atravesar los

pantanos. El irlandés comenzó a bajar sin hacer el menor ruido; cuando

la cuerda dejó de estar tensa, se descolgó Ugarte, y después fuí yo.

Hubo un momento, al descender, que creí que el centinela me estaba

mirando; pero, sin duda, fué ilusión mía.

--Bueno; vamos.

Soltamos las tablas de la cuerda y comenzamos a nadar los tres hacia la

costa. Había mucha mar. Soplaba un nordeste muy fuerte, que comenzó a

traer grandes gotas de lluvia.

Ugarte comenzó a nadar con brío; yo le dije que tuviera cuidado, porque

se iba a cansar pronto. Me atendió, y de cuando en cuando los tres nos

echábamos boca arriba para descansar.

Nos sustituímos llevando el fajo de tablas, que nos servía para nadar

con menos fatiga.

Pasamos por delante del otro pontón. En medio de la bruma parecía un

inmenso y fantástico gusano de luz. Fuimos dejando atrás el barco fanal.

Gracias a nuestro sistema de paradas metódicas, pudimos resistir más de

dos horas nadando.

Serían las diez de la noche cuando llegamos al borde del pantano. La

corriente del río separaba las aguas del mar del terreno cenagoso.

Cruzamos el río, que estaba helado, y entramos en la zona del fango. Al

principio, era imposible marchar sobre aquel légamo líquido; pero a los

cuatro o cinco metros se espesaba. Nos metimos valientemente en el

pantano, hasta llegar a una zona en que era lo bastante espeso para

sostener el cuerpo de un hombre, aunque no para permitirle andar.

Echados en el lodo, nos atamos a los pies, unos a otros, las suelas de

madera; luego, nos levantamos los tres, y comenzamos a andar en fila,

agarrados. El olor de aquella masa fétida de cieno nos mareaba. Hubo

momentos en que nos hundimos en agujeros viscosos y blandos; y cayendo y

levantándonos, con barro hasta la coronilla, llegamos a tocar tierra

firme en una punta arenosa.

Anduvimos por la costa. Allí no estaba el bote; o se lo habían llevado o

nos habíamos despistado de noche.

Ugarte se puso a blasfemar y a lamentarse de su suerte. Allen le dijo

que se callara; la Providencia nos estaba favoreciendo, y blasfemar así

era desafiar a Dios.

Ugarte le contestó sarcásticamente, y hubieran llegado a las manos, a no

ponerme yo en medio a tranquilizarlos.

--Si vierais lo ridículos que estáis con ese caparazón de barro, negro

como el de un cangrejo, no os pondríais a reñir.

Dimos vuelta a la punta arenosa en que nos encontrábamos, y llegamos a

una playa en donde el agua estaba limpia. Nos lavamos lo mejor que

pudimos, frotándonos con manojos de hierbas para quitarnos la capa de

grasa y barro que nos cubría, y nos pusimos la ropa. No sabíamos qué

hacer: si echar a andar o esperar a que llegara la mañana. Por gusto,

hubiéramos comenzado a marchar inmediatamente, pero nos retenía la

esperanza de encontrar el bote visto el día anterior por Allen.

Decidimos, por último, quedarnos, y estuvimos en aquel mismo sitio

esperando a que se hiciera de día.

V

A LA DERIVA

Por fin, después de aquella larguísima noche, comenzó a aclararse la

bruma y se presentó la mañana, una mañana triste, de un color sucio,

como envuelta en lluvia y en barro. Los cuervos pasaron por encima de

nuestras cabezas lanzando gritos estridentes. Parecían lamentarse de no

ver nuestros cadáveres sobre el cieno inmundo de los pantanos.

Allen vió de pronto el bote en una punta próxima.

--Allá está--dijo, y echó a correr.

Ugarte y yo le seguimos. El bote estaba atado con una cadena. Nos

quedaban dos limas, y comenzamos a limar el hierro. Tardábamos mucho,

Ugarte, siempre impaciente, buscó una piedra, vino con ella, y dió tal

golpe en el candado, que lo hizo saltar. Estuvo a punto de romper el

bote; pero él no calculaba nada.

Había dos remos. Nos metimos en la lancha y comenzamos a remar,

sustituyéndonos alternativamente. Al principio, aquel ejercicio nos

reanimó; pero pronto empezamos a cansarnos. Íbamos entre la bruma.

A media mañana vimos que se acercaba hacia nosotros un guardacostas;

retiramos los remos y nos tendimos los tres en el fondo de la lancha.

Los del guardacostas no nos vieron o creyeron que se trataba de un bote

abandonado, y siguieron adelante.

Yo tenía un plano hecho por mí de memoria, recordando el que había en el

cuerpo de guardia de los oficiales del pontón. No podíamos encontrar

pueblo alguno hasta recorrer por lo menos cinco o seis millas. Salió un

momento el sol, un sol pálido, que apareció en el cielo envuelto en un

halo opalino. Nos contemplamos los tres. El aspecto que teníamos era

horrible; trascendíamos al presidio: en nuestra espalda podían leerse

aún los números del pontón.

Cuando les hice observar esto, Ugarte y Allen se sacaron la chaqueta y

con la punta de la lima quitaron los infamantes números. Yo hice lo

mismo.

Fuimos navegando sin alejarnos mucho de la costa; de cuando en cuando

nos sustituíamos, y uno descansaba de remar. Como habíamos perdido la

costumbre, las manos se nos hinchaban y despellejaban.

El país que se nos presentaba ante la vista era una tierra desolada, con

colinas bajas y pantanos cerca de la costa. A lo lejos se veía el humo

de alguna quinta aislada o la ruina de un castillo.

Al comenzar la tarde, la bruma se apoderó del mar, y fuimos navegando a

ciegas.

El hambre, la sed y el cansancio nos impulsó a acercarnos a tierra.

Hacía más de veinticuatro horas que llevábamos sin comer; teníamos las

manos ensangrentadas.

Aterramos en una playa desierta, próxima a un pueblecito que tenía su

puerto.

Yo había oído decir que en algunos puntos de Escocia y de Irlanda comen

esas algas que se llaman laminarias, y era tal nuestra hambre, que

intentamos tragarlas; pero fué imposible.

Allen encontró unas lapas y nos llamó. Fuimos arrancándolas con la punta

de la lima, y esto nos sirvió de comida para todo el día.

Decidimos encallar el bote y pasar la noche en tierra. No quisimos

entrar en el pueblecito con aquellas trazas, y subimos por el arenal, y

escalando unas dunas, sin que nos viera nadie, nos metimos en el

cementerio de la aldea, y tendidos entre dos sepulcros, resguardados del

viento, pudimos descansar y dormir.

A media noche nos despertamos de hambre y de frío. Nos levantamos,

salimos del cementerio y echamos a andar.

--Vamos al pueblo--dijo Ugarte--a ver si encontramos algo que comer.

El cielo estaba despejado y lleno de estrellas; los charcos, helados; el

suelo, endurecido por la escarcha. El viento frío soplaba con fuerza.

Nos acercamos a la aldea. Era ésta de pocas casas. Los perros ladraban

en el silencio de la noche. Pasamos por delante de una casita pobre con

dos ventanas iluminadas. Decidimos que Allen entrara a comprar un poco

de pan. Allen volvió en seguida, diciendo que no había nadie.

--¿No hay nadie?--exclamó Ugarte--. Pues mejor.

Y entró y volvió al poco rato con un pan y un trozo de cecina.

Estábamos convertidos en ladrones vulgares. Ugarte se dirigió al puerto.

--Pero, ¿a qué vamos por aquí? ¿No es mejor ir a la playa?--dije yo.

--Haremos una intentona--contestó él.

Llegados al puerto, se dirigió a un quechemarín que estaba atado a una

argolla, y bajó a él.

--No hay nadie. ¡Es magnífico! Hala, bajad.

--¿Aquí?--pregunté yo en el colmo del asombro.

--¿Por qué no? ¿Qué importa robar un bote o un barco de vela? Es lo

mismo.

En el fondo tenía razón. Soltamos la amarra, y los tres, apoyándonos en

la pared de un malecón, sacamos el queche fuera del puerto. Luego,

levantamos las velas y nos echamos al mar. Había dentro del quechemarín

agua y comestibles para unos días. Por la mañana, raspamos el nombre del

barco, que se llamaba _Betty_, y le bautizamos con el de _Rosa_, de la

matrícula de Bangor, el pueblo de Allen.

Navegamos todo el día y toda la noche y pudimos comer y descansar. La

mañana del miércoles nos encontrábamos ya a bastante distancia del

pontón para no temer que diesen con nosotros. Habíamos aprovechado el

tiempo.

Si llegábamos a tener vientos favorables, podíamos arribar a Francia.

Nos faltaba un plano; pero para salir del mar de Irlanda, a pesar de la

niebla, el rumbo era bastante.

Yo estaba deseando llegar a un lugar cualquiera en donde se separaran

Ugarte y Allen. Al encontrarse ambos fuera de peligro, se despertó entre

ellos un odio feroz. Todo cuanto uno decía le parecía mal otro.

Yo intentaba apaciguarlos, pero no era fácil siempre, dada la terquedad

del irlandés y la irritabilidad de mi paisano.

Luchamos con vientos fuertes durante tres días. El barco cabeceaba de

proa; iba como rompiendo el agua, dando en ella como un machete, lo que

era muy molesto. La noche del viernes navegábamos por el canal de San

Jorge, que yo conocía bastante bien.

Durante toda la noche y todo el día danzamos por encima de las olas,

envueltos en la niebla, sin poder ponernos en rumbo. El viento se moderó

por la mañana a la salida del sol, y cuando el cielo comenzó a limpiarse

y a desvanecerse la bruma, nos encontramos a la vista de la costa de

Irlanda, costa formada allí por acantilados de roca viva. El mar,

agitado, se fué calmando hasta quedar inmóvil, y el viento cesó por

completo.

Nos faltaba el agua, y se decidió que nos acercáramos a la costa.

Teníamos el recelo de que si entrábamos en cualquier puerto pudieran

conocer el barco, y por primera providencia nos prendiesen; así que

decidimos aterrar en un arenal. Allen iría a la aldea próxima con los

cuatro o cinco chelines que nos quedaban para ver si podía agenciarse

víveres; yo marcharía por agua, y Ugarte se quedaría pescando.

No encontré por los alrededores ni arroyo ni fuente. Un hombre del campo

me indicó que por allí no había agua.

[Ilustración]

Volví al barco y esperé a que llegara Allen. Este traía víveres, que

devoramos, y una botella de cerveza. Después de comer dijo:

--Ahora les tengo que contar lo que me ha pasado y la proposición que me

han hecho. He ido al pueblo, he entrado en la tienda a comprar la

comida; me han preguntado quién era, de dónde venía. Les he contado la

historia de un naufragio, y me ha dicho el tendero:

--Si quiere usted trabajar, ahí en el pueblo de al lado hay una finca

donde necesitan gente.

He tomado la carretera y he ido a la finca; se me ha presentado un joven

moreno, y, al ver que me aceptaba sin inconveniente, le dije que venían

dos compañeros conmigo.

De pronto el joven moreno me dijo:

--Vosotros sois corsarios.

--No, no.

--Aunque os hayáis escapado de algún pontón, no me importa. Si trabajáis

bien os pagaré como a los demás. ¿Los otros compañeros son también

irlandeses?

--No, son españoles.

--Me es igual. Con tal de que no sean ingleses, los acepto.

--Me despedí de él--continuó diciendo Allen--y vine corriendo aquí.

Discutimos si aceptar o no la proposición y convinimos en que era lo más

prudente. Después pensamos en lo que haríamos con el queche. Abandonarlo

allí era dejar un indicio de dónde habíamos desembarcado.

Llevamos el queche hasta un extremo del arenal; había en aquel instante

algo de viento; izamos los foques y la cangreja, atamos la caña del

timón y empujamos el barco metiéndonos en el agua. La embarcación, al

principio, parecía como desconcertada, como asombrada; avanzaba un poco,

retrocedía, daba la impresión de una persona indecisa que quiere dar un

salto y no se atreve. Al último cogió tan bien el viento, que se alejó,

dejándonos estupefactos.

--Ya sabe ella dónde va--dijo Allen, convencido.

Al subir un montículo de arena volvimos la mirada hacia atrás. Nuestro

barco seguía navegando.

--Ahora vamos a la finca--dije yo.

Desde la altura adonde habíamos subido se veían dos pueblecillos, uno

que debía ser una aldea de pescadores, y el otro un pueblo de tierra

adentro, rodeado de campos de labranza.

Por la noche, y esquivando las miradas de la gente, llegamos a la finca

en donde había estado Allen. Se hallaba ésta a un lado de la carretera y

tenía delante una frondosa alameda de árboles altísimos. La casa era de

piedra, grande y negruzca, y estaba rodeada de construcciones bajas, de

ladrillo.

El capataz nos dió ropas nuevas, y al día siguiente comenzamos a

trabajar en el campo.

A pesar de sus ofrecimientos de tratarnos lo mismo que a los demás

obreros, el capataz se aprovechaba de nuestra cualidad de indocumentados

y presuntos convictos para explotarnos.

Yo comprendía que no había manera de librarse de esta explotación. Allen

se defendía por ser irlandés; pero Ugarte, que no tenía esta

preeminencia, se desesperaba y me molestaba continuamente.

--Vámonos de aquí--nos decía a cada paso.

--Espera que podamos vestirnos decentemente y reunir unos cuartos, y nos

iremos--le decía yo.

Esperó, con grandes protestas. Con el primer dinero que tuve compré una

chaqueta, un morral y unas botas grandes con polainas. Allen se vistió a

la moda del país; Ugarte, cuando se vió con su traje nuevo, dijo que

teníamos que marcharnos.

Él quería que nos fuéramos los dos, dejando a Allen; en cambio, Allen

había pensado en abandonar a Ugarte. Yo hubiese preferido ir con Allen y

dejar a Ugarte; pero ya éste me daba lástima.

--Creo que lo mejor--les dije a uno y a otro--es que cada cual tire por

su lado, y luego nos reuniremos en Francia.

--No, no; eso no.

--Bueno, entonces vayamos los tres juntos y tengamos la misma suerte;

pero hay que someterse a una dirección; si no, es imposible.

--Tú mandas--me dijeron los dos--. Te obedeceremos.

--¿De manera que me nombráis el jefe?

--Sí.

--Bueno. Pues desde ahora os advierto que me separaré del que no siga

mis órdenes, sea en el camino, en el mar o en cualquier parte.

Los dos se comprometieron a obedecerme ciegamente.

Al otro día le hablé al capataz. Le dije que, efectivamente, habíamos

estado en un pontón presos por cuestiones políticas; que habíamos visto

rondando la finca a uno de la policía inglesa, y que teníamos que

marcharnos. Añadí que estábamos muy contentos de su acogida y que le

suplicábamos que, si le preguntaban algo de nosotros, no dijera nada.

El capataz, que era de estos irlandeses que tienen un odio furioso a

Inglaterra, nos prometió que no sólo no diría nada, sino que si veía

algún espía en la finca lo zambulliría en el estanque.

Salimos de allá; pensábamos ir al sur, por la costa, a ganar Wexford, en

donde podríamos tomar un barco que nos dejara en el continente.

Echamos a andar. Era un día de otoño muy melancólico; el cielo estaba

obscuro; lloviznaba; los cuervos pasaban graznando por el aire. Los

árboles se despojaban de sus hojas rojizas y amarillas, cubriendo el

campo con ellas; las ráfagas de viento las llevaban de acá para allá por

el camino; había un olor otoñal de hierba marchita, de helecho mojado y

de hojas húmedas.

Marchábamos por la orilla del mar, subiendo y bajando por una sucesión

de colinas de poca altura, cubiertas de matorrales. Veíamos a lo lejos

ruinas negruzcas de algún castillo, casas de campo, cuyas chimeneas

arrojaban columnas de humo en el aire, verdes praderas, lomas también

verdes y algunos bosques espesos y sombríos.

El primer día, por la tarde, comenzaron las reyertas entre Ugarte y

Allen. Reñían por cualquier cosa. Como era natural, el irlandés,

encontrándose en su país, lo conocía mejor y tenía más simpatías que

nosotros. Ugarte consideraba este hecho tan lógico como un insulto que

nos dirigían a él y a mí.

Les advertí que, si seguían riñendo, les abandonaba y me iba solo. Se

calmaron un tanto y cesaron en su disputa.

Al anochecer alcanzamos a unos enormes rebaños de ovejas. Allen se hizo

amigo de los pastores. Con ellos llegamos a una venta del camino que se

llamaba la Campana Azul. Desde su portalada se divisaba el mar y los

cantiles y rocas de la costa.

Los días siguientes, la compañía de Allen, que tanto exasperaba a

Ugarte, siguió librándonos de una porción de conflictos.

Antes de llegar a una aldea se destacaba el irlandés y entraba solo;

inspeccionaba el pueblo; si veía algo que consideraba peligroso, en la

primera casa marcaba una cruz con carbón; en cambio, si no había nada

inquietante, dibujaba un ocho.

Nosotros nos acercábamos, fijándonos en las marcas; si la señal era no

entrar, dábamos la vuelta al pueblo; si no, íbamos a alguna taberna, a

cuya puerta él nos esperaba. Solíamos tomar en el albergue una sopa

caliente, un trozo de carne cocida y un vaso de cerveza, y nos tendíamos

en algún camastro o en la hierba seca.

Por las mañanas, antes de salir, comprábamos algunos víveres y

almorzábamos en el campo. Ugarte traía la leña, yo hacía el fuego y

Allen guisaba.

[Ilustración]

VI

LA CASA HOSPITALARIA

Se nos había hecho de noche a cuatro millas de Wexford. Entramos en una

aldea y llegamos hasta la posada a pedir alojamiento. La posada era una

casita pequeña, retirada de la carretera, con un arco en medio, sobre el

cual se balanceaba una muestra que representaba un delfín de colores

chillones. A los lados del arco había dos ventanas y debajo de ellas dos

bancos de piedra.

La posadera, una mujer enérgica, nos dijo que tenía el establecimiento

lleno y no podía alojarnos. Conseguimos que nos diera de cenar, por la

insistencia de Allen. Luego, mientras nos servía la cena, nos preguntó:

--¿Qué son ustedes?

--Marinos. Hemos naufragado en la costa hace ocho días y venimos

andando.

--Si son ustedes marinos, vayan ustedes a casa del capitán Sandow. Allí

les aceptarán.

--¿Quién es el capitán Sandow?--pregunté yo--. ¿Un militar?

--No; es un antiguo capitán de barco. Un viejo loco que vive con su

hija. Otras veces ha alojado en su casa náufragos.

Salimos de la posada en compañía de un chico, que nos fué acompañando.

La casa de Sandow era un viejo castillo guarnecido con una torre

cuadrada de piedra gris, cubierta de hiedras. A su alrededor se

levantaban varios edificios desiguales. Una porción de chimeneas, como

tubos de órgano, le daban un aspecto fantástico, y otras en zig-zags

parecían brazos en flexión. Una escalera exterior subía hasta el piso

principal. Rodeaba a la casa un terreno pantanoso, antiguo jardín

abandonado y salvaje, de un aire dramático y misterioso, sobre todo a la

blanca claridad de la luna.

No había camino del castillo a la puerta de la tapia; la avenida

principal estaba casi borrada por las hierbas y por los arbustos.

En dos ventanas del castillo brillaban luces; miradas melancólicas que

parecían observar algo a través del follaje. El jardín tenía grandes

olmos copudos, como haciendo centinela, y muchos rosales que aún

conservaban marchitas rosas blancas.

Tiramos de una cadena que colgaba cerca de la puerta y sonó una campana

a lo lejos.

Salió a la puerta una criada vieja, y Allen le dijo que éramos

náufragos.

--Se lo voy a decir al capitán. Esperad.

Desapareció, y al poco rato se abrió una de las ventanas iluminadas de

la casa y se presentó en ella una figura de hombre, que gritó:

--¡Eh, los náufragos! ¡Adelante!

Empujamos la puerta, pasamos al jardín y entramos por un patio a cuyos

lados había dos perros de piedra. Subimos por la antigua escalera, hasta

llegar a un salón con cierto aire entre abandonado y señorial, un cuarto

sin luz, húmedo y frío.

El capitán Sandow era un viejo flaco y cetrino, con barba blanca; su

hija, una muchacha delgada y muy pálida, con el pelo negro y los ojos

azules.

Allen comenzó a contar en irlandés una narración arreglada a su gusto,

que tenía aprendida de nuestro fingido naufragio; pero le interrumpió el

capitán contando sus viajes. Le escuchamos atentamente, nos invitó a

cenar, cenamos con él y, al retirarnos, nos dijo:

--Aquí podéis estar el tiempo necesario para vuestro descanso.

Después, precedidos por una vieja, subimos por una escalera de caracol

que llevaba a la torre; había que marchar con cuidado por los escalones

húmedos, resbaladizos y rotos, y bajar la cabeza para no tropezar.

Al final, la criada abrió una puerta y pasamos los tres a una biblioteca

abandonada, en donde había varios colchones de paja tirados en el suelo,

y allí dormimos.

Al día siguiente yo le dije a Allen que advirtiera al capitán Sandow

que, para corresponder de alguna manera a su hospitalidad, trabajaríamos

en su casa.

A Ugarte le parecía una simpleza ponerse a trabajar cuando no se lo

pedían a uno; el capitán Sandow replicó que no quería que hiciésemos

nada; pero, sin duda, en vista de la insistencia de Allen, dijo que

podríamos ponernos a arreglar el jardín.

Aquel castillo lo había comprado el capitán por muy poco dinero, y no

tenía intención de arreglarlo. Allí todo era viejo y arruinado: las

paredes estaban carcomidas por debajo de las hiedras negruzcas; había

una capilla vieja en el mayor abandono, unas salas viejas y

desmanteladas, una biblioteca vieja llena de libros húmedos y tres o

cuatro criados tan viejos y arruinados como toda la casa.

En los aleros y canalones habían hecho sus nidos las golondrinas, y en

los altos árboles se cobijaban cornejas y lechuzas que lanzaban de noche

su grito siniestro. El jardín era un jardín abandonado, con un estanque

misterioso y sombrío, a cuyas orillas los chopos, desprendiéndose de sus

hojas, durante años rodearon de láminas de plata.

Al día siguiente de llegar, Allen, Ugarte y yo comenzamos a descubrir

las avenidas del jardín y a arrancarles la hierba y a enarenarlas; luego

nos dedicamos a limpiar los perales, en forma de abanico extendidos

delante de las tapias. El domingo oímos la misa en la capilla, y después

yo estuve registrando la biblioteca. Era éste un cuarto fantástico,

grande, con el techo artesonado, abierto en muchas partes; tenía varios

armarios llenos de libros humedecidos, y sobre los armarios cuadros

negros, agujereados y desgarrados. Se veían en este cuarto una porción

de trofeos de caza, que sin duda al actual poseedor del castillo no le

agradaban. Por una puerta de cuarterones, apolillada, con la cerradura

roñosa, se salía a una galería llena de nidos de murciélagos y de

golondrinas. Al final había una bóveda con ventanas pequeñas en las

gruesas paredes. Esta bóveda estaba ocupada por varios bustos de

personajes antiguos, mutilados, y por una serie de relojes de pared de

todos los tamaños, parados y la mayoría rotos.

Yo registré por todos los rincones y encontré varios libros de Walter

Scott y los _Poemas de Ossian_, de Macpherson.

Los sequé en el comedor, delante de la chimenea; les compuse la pasta y

se los di a la hija del capitán.

--¿Dónde los ha encontrado usted?--me preguntó ella.

--Ahí, en la biblioteca. Debe haber más.

Efectivamente, encontré muchos otros. Leímos al mismo tiempo los dos

_Rob Roy_, _Ivanhoe_ y _Quintín Durward_, y hablamos mucho de los

personajes de las novelas del gran escritor. Yo encontraba a la hija del

capitán cierto parecido con Diana Vernon, aunque Ana Sandow era más

melancólica que la heroína de Walter Scott.

Ana vivía a merced de los caprichos de su padre, viejo loco y egoísta,

que no la dejaba hablar con nadie.

Allen se había hecho amigo de la criada y de las gentes de la vecindad;

yo escuchaba, sin muestras de impaciencia, la séptima, la octava y la

novena vez la relación de las aventuras de Sandow, y Ugarte, después de

hacer como que trabajaba en el jardín, se tendía en la cama, y allí

estaba maldiciendo de su suerte.

Yo comenzaba a sentir una amistad fraternal por Ana Sandow. La pobre

muchacha, tan alegre y tan viva naturalmente, era una víctima.

El viejo capitán no quería que su hija se casara ni que tuviera

amistades con nadie. Por este motivo se había encerrado en aquel

castillo, amenazando con la expulsión a los criados si dejaban entrar

personas extrañas a la casa. A pesar de este deseo de incomunicación, el

viejo egoísta se aburría y quería que fuera gente, pero sólo a

distraerle a él.

Las inquietudes de Shanti Andía · 第 18 / 20 段