amigo, que te quiero bien. ¿Comprendes?
--Sí, señor.
Entonces ya le dije claramente lo que tenía que decirle.
--Tú has tenido amores con el señorito Juan, ¿verdad?
--No; no, señor.
--¡Para qué negarme la verdad! Tú has tenido amores con él, y lo que te
pasa es la consecuencia natural... ¿Comprendes?
La Shele calló y bajó la cabeza.
--¿Te prometió casarse contigo? ¿Te engañó?
--No, no me engañó; no me prometió nada.
--¿Sabe en qué estado te encuentras?
--No, no lo sabe.
--¿Y por qué no se lo dijiste antes de que se marchara?
--Me daba vergüenza.
La muchacha ocultó la cara entre las manos y comenzó a llorar en
silencio.
--¡Ay, ené!--decía, de cuando en cuando, sofocando un suspiro.
Yo la contemplaba emocionado.
--Bueno, cálmate--la dije--. Aquí el único que sabe tu estado soy yo.
¿Qué piensas hacer? Vale más que te resuelvas pronto, antes de que noten
tu estado. ¿Comprendes?
--Sí, señor.
--¿Qué te parece que hagamos? ¿Le escribimos a Juan?
--Bueno.
--¿Sabes sus señas?
--Sí; va de Cádiz a Filipinas en un barco.
--¿No sabes más?
--No.
--Debías enterarte del nombre del barco.
--Bueno. Ya me enteraré.
--Y mientras llega la carta y la recibe, si es que la recibe, ¿qué
piensas hacer? ¿Ir al caserío?
--No, al caserío, no. Mi padre y mis hermanos me pegarán.
--Entonces, ¿quieres que yo se lo diga a la señora para ver qué decide?
--No, no. ¡Ay, ené!
--Pues, ¿qué vas a hacer? ¿Adónde vas a ir?
--No sé.
La Shele miraba el suelo y suspiraba. Las lágrimas corrían por sus
mejillas.
Yo, algo impaciente, me levanté y la dije:
--Nada, tú decidirás. Yo ya te he indicado lo que te puede pasar. No sé
qué aconsejarte.
La muchacha suspiró más fuerte, y viendo que me disponía a salir, me
detuvo.
--No, no me deje usted.
--¿Qué quieres que haga?
La Shele pensó un momento, y dijo:
--¡Escríbale usted al señorito Juan!
--Le escribiré, pero va a tardar mucho en saber la noticia. Si ha salido
de Cádiz, hasta dentro de un año no vamos a poder tener noticias suyas.
--Entonces dígale usted a la señora lo que me pasa. A ver qué quiere
hacer conmigo.
La pobre muchacha me dió lástima. Se entregaba a su suerte adversa, como
un cordero que llevan al sacrificio.
III
LA VENTA DE LA TERNERA
Yo insinué varias veces, hablando con doña Celestina, después de
comunicarle lo que le ocurría a la muchacha, que debía dar cuenta a su
hijo de lo que pasaba con la Shele; pero comprendí que era inútil y que
estando en su mano no había de hacer nada con ese fin.
Sabía que Juan de Aguirre navegaba en la derrota de Cádiz a Filipinas,
pero ni la Shele ni yo pudimos averiguar en qué barco. A pesar de todo
le escribí, y la carta no debió llegar, porque no tuve contestación.
Mientras tanto, doña Celestina y el vicario habían decidido casar a la
Shele. Como sabes, aquí a los matrimonios que se hacen entre la gente
del campo, atendiendo sólo al dinero, se llaman _la venta de la
ternera_. En el caso aquél no era la venta corriente, sino la de una res
estropeada y enferma, y había que dar mucho dinero encima para sacarla
de casa.
--Nada, hay que llevarla de aquí cuanto antes--dijo el vicario--; que
vaya a vivir a otro pueblo o a un caserío lejano, y nadie tendrá en
cuenta si la criatura ha nacido antes o después del plazo legal.
--Sí, es lo más conveniente--añadió la señora de Aguirre--. ¿A usted qué
le parece, doctor?
--Yo digo lo de siempre; antes consultaría con Juan--replicaba yo.
--Juan no vendrá aquí hasta dentro de cuatro o cinco años.
--Y mientras tanto, ¡cómo se evita el escándalo!--exclamó el vicario.
--No, no; si eso no puede ser--repuso doña Celestina--. Es perder el
tiempo hablar de Juan. Aquí lo único es encontrar un marido y casarla.
--Creo lo mismo que doña Celestina--agregó el vicario.
--Pues vamos a ver quién nos convendría. Yo conozco a todas las familias
de los caseríos... El mozo de Olazábal está casado, el de Olazábal
Aspicua es muy joven, el de Endoya se ha ido a Somorrostro...
--En Iturbide hay un muchacho carbonero...--insinuó el cura.
--Pero esos son unos salvajes--replicó doña Celestina--. No quiero que
la Shele vaya allí. La tratarían muy mal.
--¿Y Machín?--preguntó el cura--. ¿Machín el mozo?
--¿El de mi caserío?
--Sí.
--Pero, ¿no es tonto ese muchacho?
--¡Ah! ¡Claro! No vamos a encontrar un hombre perfecto como los de la
Constitución del año doce.
El señor vicario se permitía alguna bromita de cuando en cuando contra
las ideas liberales.
--Entonces, ¿qué? ¿Le llamaremos a Machín?
--Me parece lo mejor.
--¿Al padre?
--Al padre y al hijo. Se les explica lo que pasa y veremos las
condiciones que ponen.
--Bueno, pues les llamaremos.
Presencié la entrevista en la cocina. Era una escena triste, daba una
idea bien miserable de la humanidad. Machín padre y Machín hijo estaban
los dos arrimados al fuego en la cocina.
--De manera--decía doña Celestina con voz imperiosa--que yo le doy a la
Shele cuatro onzas y dos vacas.
--Y las azadas y el trillo--añadía Machín el viejo.
--Bueno, y las azadas y el trillo. ¿Con esto estamos ya conformes?
--Es que...--decía Machín padre, rascándose la cabeza--como la chica ha
quedado en ese estado, yo no sé si estará bien..., porque las gentes
dirán que...
--Eso ya os lo he dicho antes. La muchacha está en ese estado. Ya lo
sabemos. Conque resolved de una vez: sí o no. O decid qué queréis más.
--El caso es--murmuró el viejo--que hay un trozo de tierra cerca del
barranco que no pertenece a nuestro caserío, y mi mujer dice que debían
dárnoslo a nosotros sin subir la renta... Yo no digo nada, pero mi
mujer...
--Bueno, la tierra esa será para vosotros.
La conversación continuó así, con un lujo de detalles de esa avaricia
campesina tan repugnante, y cuando llegaron a un arreglo definitivo,
doña Celestina gritó a sus hijas:
--¡Que venga la Shele!
Vino la Shele, pálida, con los ojos bajos y las ojeras moradas.
--Hemos quedado de acuerdo en que te casarás con este joven.
--Bueno, señora--contestó ella, con una voz débil como un sollozo.
--¿No dices nada?
--Nada, señora.
--Bueno, ya lo sabes. Dentro de unos días será la boda.
--Está bien, señora.
Machín, el joven, sonrió, queriendo echárselas de malicioso, y el viejo
siguió dando vueltas en su cabeza al pensamiento de si podía sacar
alguna cosa más de la señora de Aguirre.
Esa es la moral tradicional de las gentes ricas. Se destroza una vida,
se deja a un hijo sin padre, se lleva la desolación a una familia. Y se
dice se ha salvado la honra de una casa; se ha salvado la sociedad.
[Ilustración]
IV
EL FINAL DE LA SHELE
Siempre que pensaba en la Shele--siguió diciendo el médico viejo--,
tenía el presentimiento, muy lógico en el fondo, de que había de acabar
mal. Hubiera quedado muy sorprendido si en el transcurso de los años
hubiese sabido que la Shele vivía tranquila y feliz con su marido.
Cuatro o cinco meses después de esta escena que te he contado de los
preliminares de la boda, me llamaron del caserío de Machín. La Shele
había tenido un hijo fuerte, robusto, pero ella estaba enferma.
La encontré, la primera vez que fuí a visitarla, muy quebrantada y con
un principio de fiebre.
Pasó un día y otro día. La pobrecilla no mejoraba. Cualquier cosa, la
menor palabra, la hacía llorar.
Doña Celestina me llamó reservadamente.
--¿Qué le pasa a la Shele?--me dijo.
--Que está mal.
--¿Pero no mejora?
--No.
--¿Qué tiene?
--Tiene un estado de excitación continua, y creo que padece una lesión
cardíaca, que el embarazo y los disgustos han exacerbado.
Doña Celestina se inmutó porque, aunque mujer orgullosa, tenía buenos
sentimientos.
--¿Usted cree que el matrimonio con ese hombre habrá contribuído...?
--Es posible, pero no es fácil asegurarlo.
No quise tranquilizarla. Que pesara sobre su conciencia la brutalidad
que había hecho.
Seguí visitando a la Shele diariamente. No había manera de hacerla
reaccionar. Estaba decidida a dar un adiós definitivo a la vida.
Ante una resolución tan firme de morirse, todos los planes terapéuticos
se estrellan.
A los quince días hubo que confesar y dar la Unción a la Shele.
Doña Celestina y sus hijas fueron a verla.
Adornaron el cuarto de la enferma de blanco, lo cubrieron de sobrecamas
y trajeron flores y estampas religiosas. En el momento de darle el
Viático había unas mujeres en el pasillo del caserío con velas
encendidas.
La Shele era muy cariñosa, y sin duda de verse mimada en aquel trance,
se encontraba alegre y sonriente.
Por la mañana murió la pobrecilla.
* * * * *
El médico viejo dejó de hablar y se quedó mirándome, buscando conocer mi
opinión.
--Sí, es horrible--dije yo--esa falta de respeto por la vida ajena.
¡Cuánta gente no se habrá sacrificado por esas ideas del rango y de la
posición social que, después de todo, no sirven para nada! Son restos
del feudalismo.
--Eso es. Es verdad.
--¿Y qué dijo Machín al oírle contar a usted esto?
--Se puso como un loco. Lloraba desconsolado. ¡Pobre madre, lo que la
hicieron sufrir!--murmuró varias veces; luego dijo, con voz iracunda--:
Ahora le pegaría fuego al pueblo entero.
Después, más tranquilizado, me pidió que le dijese cómo era; si se
parecía a él, si no se parecía; y cuando yo le indiqué que su padre se
había portado mal, replicó:
--No, no; él tampoco tuvo la culpa.
Me habló de que por tu mano había recibido un manuscrito de su padre, y
prometió enviármelo.
--¿Y se lo envió a usted?
--Sí; lo he leído ya; por cierto que no sé qué hacer con él. Creo que tú
eres el más indicado para guardarlo. De manera que llévatelo.
Cogí el manuscrito, lo llevé a casa y comencé a leerlo en seguida.
LIBRO SÉPTIMO
EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE
I
RESOLUCIÓN DESESPERADA
He sido educado con una gran severidad de principios. Mi madre me
inculcó la idea de que mi posición me obligaba a ser más rígido que los
demás. Yo, en el fondo, era un muchacho atolondrado, de buen corazón,
aunque un tanto violento.
Muy joven comencé a navegar, y en el barco tuve que ir olvidando cuantas
enseñanzas me dió mi madre.
Mi vida, en los primeros años de navegación, fué muy intensa. Formaba
parte de la tripulación del _Asia_, un bergantín que recorría los mares
de la China. El capitán era australiano; el piloto, vascongado.
Nuestro comercio se desarrollaba entre Malaca, Siam, Sumatra, Borneo y
las Filipinas. Los principales puntos de parada eran Singapur, Batavia,
Macasar, Hong-Kong y Manila.
Constantemente estábamos visitando sitios desconocidos, puertos en donde
no había entrado aún el europeo. Sir Wilkins, mi capitán, era un hombre
de genio.
Con frecuencia teníamos que batirnos, ya con los merodeadores chinos del
golfo de Tonkín, como con los piratas moros que pululan por aquellas
latitudes, y dan muestra de un valor y de una audacia asombrosos.
Sobre todo hacia el nordeste de Borneo, cerca de las islas de Serasán y
del Archipiélago de los Piratas, tuvimos batallas navales furibundas
contra dos y tres de esos barcos armados que llaman _praos_.
Estos _praos_ o _paraos_ suelen ser, generalmente, lanchas afiladas que
navegan a vela y a remo, y llevan varios hombres armados con fusiles; la
mayoría tienen cobertizos de esteras, pero hay algunos de estos _praos_
grandes, de tres palos, que llevan una toldilla sólida con cristales y
están defendidos con una porción de cañones. No es fácil que un barco de
comercio pueda luchar en velocidad con estas lanchas, que tienen grandes
condiciones marineras.
Sir Wilkins no tenía por costumbre huir, y aguardaba el ataque de los
piratas.
Conocía muy bien sus procedimientos y sus argucias. Hicimos verdaderos
horrores. Cerca de las islas Celebes echamos a pique, a cañonazos, tres
grandes embarcaciones de piratas que venían dispuestos a tomar nuestro
bergantín al abordaje. También tuvimos que dar una buena lección a unos
moros ladrones de la isla de Joló.
Sir Wilkins era un marino sencillamente extraordinario. No he conocido a
nadie de un valor más sereno ni de mayor indulgencia y generosidad para
las debilidades ajenas. No pude llegar a comprender bien si en su fondo
había un inmenso desprecio o un gran cariño por los hombres. Quizá
sentía las dos cosas al mismo tiempo.
Como todos los capitanes que llevan muchos años en un barco, él había
navegado casi siempre en aquél, sabía lo que daba de sí su _Asia_, y no
le pedía más.
Conocía el mar de la China como pocos; lo que no sabía lo adivinaba.
Wilkins era un ejemplo de lo que puede llegar un hombre cuando pone su
inteligencia y sus sentidos en una especialidad. Y, a pesar de su juicio
claro de las cosas y de la cantidad de experiencia que atesoraba, aun se
podía decir que en él el talento era lo de menos.
La maldad, la ruindad, la envidia, todo lo disculpaba. Para Wilkins el
mal no era más que la cantidad de sombra necesaria para que brille el
bien.
Pasé con Wilkins cerca de ocho años, y al cabo de éstos mi capitán se
retiró, ya viejo, a Sidney; yo fuí a Manila, y desde Manila a Cádiz. Iba
a entrar de piloto en la derrota de Cádiz a Filipinas. Mi madre me
llamó, y volví a Lúzaro.
Entonces conocí a la Shele. La Shele era hija de una familia de buena
posición que se había arruinado. Tenía algún parentesco con mi madre.
En nuestro país no suele ser ningún desdoro el que una muchacha entre a
servir en una casa del pueblo. Además, la Shele, como digo, era pariente
y ahijada de mi madre. Su situación en mi casa podía considerarse
intermedia entre criada y pariente pobre.
La Shele, muy joven e inocente; yo, un marino que venía de las soledades
del mar de la China con gran deseo de vivir; nos vimos, y sucedió lo que
no era raro que sucediera. No sé si mi madre sospechó lo que pasaba; si
sospechó y se valió de una estratagema para alejarme, Dios se lo haya
perdonado. El caso fué que mi madre recibió una carta de Cádiz, en la
que decían que era conveniente que yo volviese cuanto antes. Allí nadie
me supo decir quién había escrito esta carta. Todavía faltaba cerca de
un mes para la salida de la fragata _Maribeles_, donde tenía que
embarcar.
[Ilustración]
Estuve por volver a Lúzaro, pero vacilé; ¿qué pretexto iba a dar a mi
madre?
Siempre me inspiró más temor que otra cosa. Yo no sospechaba el estado
de la Shele. De sospecharlo, me hubiera decidido a volver y a casarme
con ella, saltando por todo.
Llegó la época de entrar en la _Maribeles_ y de perder hasta el recuerdo
de las personas conocidas. Tardamos seis meses en llegar a Manila y
estuvimos allí dos. Recogí varias cartas de mi madre, y entre muchas
noticias para mí indiferentes, me comunicaba que la Shele se había
casado.
Cuando supe esto, me figuré que, como dice todo el mundo, las mujeres
son volubles e ingratas, y pensé que la Shele me había olvidado con la
ausencia.
Escribí a uno de los amigos de Lúzaro preguntándole lo ocurrido con
ella.
Meses después pude recoger en Cádiz dos cartas suyas en contestación a
la mía. En una me decía que la Shele se había casado, o, mejor dicho, la
había casado mi madre con el hijo de Machín, un mozo estúpido y
borracho, a cuyo padre habían tenido que dar dinero y tierras para
permitir que su hijo se casara con la Shele, que estaba embarazada. En
la segunda me decía el amigo que la Shele acababa de morir de sobreparto
en el caserío de Machín.
Al saber esto me entró una desesperación profunda. Intenté marcharme del
barco; pero el capitán notó algo en mí, y no me lo permitió.
Tenía que zarpar la fragata, y hubo que seguir adelante. Los seis meses
de viaje a Filipinas los pasé desesperado. Mi cólera y mi rabia llegaban
a ponerme como enloquecido, y una porción de ideas furiosas me venían a
la imaginación.
Poco a poco mi cólera disminuyó, y se fué convirtiendo en una profunda
melancolía. Todo me parecía triste; en la cosa más sencilla e inocente
encontraba motivo para una reflexión lúgubre. Llegaban a molestarme
tanto estas ideas, que, para ahogarlas, tomé la costumbre, al llegar a
Manila, de ir a las tabernas a emborracharme.
En una de ellas encontré, por mi desdicha, a Tristán de Ugarte, que ha
sido para mí uno de esos hombres providencialmente funestos, seres
reclamos del mal que se ponen en el camino para arrastrarnos al vicio y
a la ruina.
Ugarte estaba de piloto en un barco negrero; se había marchado de él
hacía unas semanas, y llevaba una vida de riñas y francachelas. Se
hallaba cansado del mar, de la vida agitada del barco negrero, y quería
recalar en un rincón y pasar unos años carenándose.
Yo le dije que a mí, por el contrario, me faltaba la vida agitada como
la que llevaba en el _Asia_ con sir Wilkins; batirme todos los días,
pasar a cuchillo al que se me pusiera por delante, y morir cualquier día
de un balazo en la borda de un barco.
--Hombre, vamos a hacer una cosa--me dijo él.
--¿Qué?
--Vamos a cambiar de destino y de estado civil. Tú te vas al negrero y
te llamas Tristán de Ugarte; yo...
--No puede ser--repliqué--. En el barco en donde yo estoy no te van a
tomar con mis papeles y con mi nombre.
--No importa. Yo no pienso ir a tu barco. Voy a comprar unas tierras en
Filipinas, y me gustaría usar tu nombre mejor que el mío.
--Entonces, sí.
--Pues nada. Yo me llamo desde ahora Juan de Aguirre; y si tú quieres
entrar en _El Dragón_ como piloto y con mi nombre, ahora mismo le
escribo al capitán, que es un paisano.
--Bueno, escríbele. ¿Dónde está el barco?
--En Batavia.
Se puso Tristán a escribir la carta, y cuando concluyó me la dió.
Cambiamos de papeles. Éramos, poco más o menos, de la misma edad y de la
misma estatura. Él de Elguea, yo de Lúzaro, teníamos el mismo acento. La
sustitución era fácil.
Dejé salir la _Maribeles_, y unos días después iba a Batavia y entraba
en _El Dragón_ con una absoluta inconsciencia.
[Ilustración]
II
DE NEGRERO
El capitán Zaldumbide era un vasco francés. Me recibió amablemente, me
llevó al alcázar de popa, y hablamos. Me preguntó dónde había navegado,
y me expuso con gran claridad todos los peligros que corría al entrar en
_El Dragón_.
Al ver que yo aceptaba a pesar de esto, no hizo objeción alguna. Las dos
condiciones para desempeñar el cargo eran ser un buen piloto y hablar
vasco. Las dos las reunía yo. Ya aceptado, me enseñó la cámara que había
de ocupar cerca de la suya. Me hizo observar que las dos estaban
blindadas y tenían las ventanas con rejas.
No voy a contar las peripecias de mis viajes; fueron, poco más o menos,
las mismas de todos los que se lanzan al mar a buscar aventuras.
El capitán Zaldumbide me trataba con mucha atención. Era, relativamente,
buena persona, aunque muy desigual y poco lógico. Tenía por norma la
arbitrariedad más absoluta; ahora, que dentro de su arbitrariedad, y
desde su punto de vista, era justo.
Sus dos caracteres más salientes eran el fanatismo religioso y la
avaricia. A pesar de las muchas brutalidades y muertes que debía haber
hecho en su vida, no se resignaba a perder su lugar en el paraíso. Lo
reclamaba con todas sus fuerzas.
Como avaro, era una especialidad. Tenía un armario forrado, donde
guardaba sus riquezas, y una porción de baúles pequeños de latón,
reforzados con barras de hierro.
Alguna vez me permití bromear acerca de sus tesoros, y él me dijo con
gran sigilo:
--Que no te oigan. No vayan a creer que tengo mucho dinero y quieran
asesinarme.
La marinería era completamente patibularia; quitando los vascos, que
iban al lado del capitán por codicia, campesinos en su mayoría, y otros
dos o tres, los demás eran una colección de borrachos, de ladrones, de
presidiarios, lo peor de lo peor, el detritus de los puertos de las
cinco partes del mundo.
Los vascos, no. Estos eran casi buenas personas. Estaban convencidos de
que, saliendo de su pueblo, el vender una familia de negros o de chinos,
o el robar barcos, no tenía importancia. Se figuraban cándidamente mis
paisanos que la honradez, el cumplimiento de la palabra, la buena fe,
eran necesarios e imprescindibles en la aldea. Ahora, ya en el Océano,
consideraban el piratear, el saquear o el robar como medios de
enriquecerse más o menos decorosos.
Entre los cuarenta tripulantes que íbamos en _El Dragón_, los había de
todas clases: desde tipos cuya vida era una continua serie de maldades y
de crímenes, como el doctor Ewaldus, hasta un pobre muchacho irlandés,
Patricio Allen, que era un modelo de probidad y de nobleza.
Patricio Allen era una de tantas víctimas de la suerte. Su padre, un
campesino arruinado, había ido huyendo de un pueblo de Irlanda a
Liverpool, en busca de trabajo, dejando en la miseria, al morir, a la
viuda y a una porción de chicos y chicas.
Allen era un hombre afectivo, tenía un gran cariño por la familia y
sufría al verla en la miseria. Recorría los muelles cenagosos buscando
trabajo, e iba a caer a esas tabernas de marineros borrachos, en donde
se mezclan gentes de todos los países.
Allen no sabía, no tenía certificados, y los _skippers_ no le aceptaban.
Veía con desesperación el momento en que la miseria desharía su pobre
hogar y llevaría a sus hermanas a aquellos antros horribles del placer
barato, en donde los marinos del mundo entero se emborrachan con
_whisky_, al lado de una mujer rubia y pintada.
Allen sabía que en Liverpool, como en todos los grandes puertos, había
enganchadores, comerciantes de hombres.
Estos enganchadores acogen en su casa a los marinos sin empleo, les dan
de comer y hasta algún dinero, y cuando viene un capitán que le falta
marinería, se entiende con el enganchador, escoge sus hombres y paga las
deudas con los anticipos de la soldada del marinero.
Allen encontró uno de estos enganchadores y se vendió por unos cuantos
chelines, que dió a su madre. Le llevaron de Liverpool a Amsterdam, y
Zaldumbide lo rescató, pagando sus deudas y embarcándole en _El Dragón_.
Allen era un buen muchacho, pero muy poco marino. Por más que yo intenté
explicarle las maniobras, no pude. Miraba al mar como algo sin interés.
Tenía espíritu de labrador.
Otro hombre bueno en el fondo era Franz Nissen, el timonel. Hablaba muy
poco, y nunca de su vida. Era un buen marino aquel hombre silencioso.
Zaldumbide me contó que, estando en el servicio, parece que había
servido en la marina danesa; un oficial, injustamente, le mandó azotar.
Poco tiempo después, Nissen, una noche regó con petróleo la cama y el
cuarto del oficial y les pegó fuego. Después se escapó no sé cómo.
Mi mejor amigo en el barco era Allen. Él conocía mi vida y yo la suya.
Estábamos unidos como si fuéramos hermanos.
Su amistad me hacía más llevadera mi estancia en _El Dragón_.
Charlábamos; yo le enseñaba lo que sabía. Él hablaba. Así pasamos meses
y años en medio de peligros continuos.
Hicimos una porción de viajes llevando desgraciados negros de Angola y
de Mozambique al Brasil y a las Antillas.
Nunca llegué a acostumbrarme al espectáculo de miseria y de horror que
ofrecían; casi siempre me metía en el camarote para no ver aquellos
desdichados. Zaldumbide los trataba bien; pero eso no evitaba que el
espectáculo fuera repulsivo.
_El Dragón_ no era de aquellos clásicos negreros que podían considerarse
como ataúdes flotantes. Estaba bien estudiada la capacidad de aire, la
cantidad de agua necesaria y la manera de evitar la infección y los
miasmas pútridos. Zaldumbide comprendía que su negocio no estaba en
dejar morir a los negros.
Por lo que me decían todos, antes de llegar yo al barco se llevaban
partidas grandes de ébano, y la tripulación se mostraba dócil. En mi
tiempo, la mitad de los días los marineros estaban sublevados. Se salía
de estos peligros a la buena de Dios.
Tres o cuatro años después de entrar yo en el negrero salíamos de cerca
de Macao, llevando un pasaje de trescientos _coolíes_ chinos para
América, cuando, a la altura del Cabo Engaño, se nos acercó un pailebot
de dos palos, de esos que llaman en Filipinas _pontines_, y de él
apareció Tristán de Ugarte. Estaba transformado; tenía una cicatriz que
le desfiguraba por completo.
Me dijo, recriminándome, que mi nombre le había dado muy poca suerte; su
finca de Ilo-Ilo marchaba mal; sin duda no sabía administrarla.
Su carácter inquieto no le dejaba vivir. Era un hombre borracho y
nervioso. Muchas veces pensé si estaría loco, tales eran sus gestos y
sus arrebatos.
Íbamos cruzando el Pacífico, cuando se nos sublevaron los chinos, y no
sé si ellos o alguno de la tripulación mataron a Zaldumbide y al médico
holandés.
Hubo luego una serie de luchas y de reyertas entre parte de la
tripulación, que era enemiga de la otra; pero, al fin, se pudieron
arreglar estas diferencias y yo me encargué del mando de _El Dragón_.