produciendo un ruido violento como el de un trueno, las gaviotas
comenzaban a revolotear en derredor nuestro, lanzando gritos salvajes.
Estábamos emocionados; Zelayeta y yo, creo que hubiéramos vuelto a
Lúzaro con mucho gusto, pero nada dijimos. Recalde no era de los que
retroceden. Las dificultades y el peligro le excitaban. Proponiéndole
volver no le hubiéramos convencido, y, tácitamente, los dos más reacios
nos decidimos a obedecerle. Terco, pero sin arrebatos, Joshe Mari era
hábil y marino de instinto.
Sabía que había un canalizo estrecho, de cuatro o cinco brazas, entre
los arrecifes, y quería penetrar por él para acercarse a la goleta.
Muchas veces enfilamos la entrada del canal; pero al ir a tomarlo nos
desviábamos.
Recalde nos mandaba aguantar en sentido contrario para detenernos.
--¡Ciad! ¡Ciad!--gritaba.
Y nosotros metíamos las palas de los remos en el agua, resistiendo todo
lo posible.
Hubo un instante en que no pudimos contrarrestar el impulso de una ola,
y entramos en el canalizo rasando las rocas, envueltos en nubes de
espuma, expuestos a hacernos pedazos.
Alrededor, cerca de nosotros, todo el mar estaba blanco; en cambio, por
contraste, más lejos parecía completamente negro.
Las olas saltaban sobre las peñas con tal fuerza que, al caer la espuma
en copos blancos como nieve líquida, nos calaba la ropa.
A medida que avanzábamos en el canal, el mar iba quedando más tranquilo;
el agua verdosa, casi inmóvil, se cubría de meandros de plata.
Cuando nos vimos en seguridad nos miramos satisfechos. Zelayeta se puso
a proa con el bichero, y Recalde y yo, unas veces remando y otras
empujando contra las rocas, avanzamos despacio. De pronto, Zelayeta
gritó, mientras apretaba con el bichero:
--¡Eh! Parad.
--¿Qué pasa?
--Hay que pararse. Perdemos fondo.
El bote iba rasando la roca. Nos detuvimos. Estábamos a veinte pasos del
barco. Yo vi que de la popa colgaba una braza de cuerda; salté de peña
en peña y comencé a escalar el _Stella Maris_ a pulso.
[Ilustración]
Al asomarme por la borda, una bandada de pájaros y de gaviotas levantó
el vuelo, y tal impresión me hicieron que por poco me caigo al mar.
Algunas de aquellas furiosas aves me atacaban a picotazos y revoloteaban
alrededor de mí lanzando gritos agudos. Con un trozo de amarra pude
defenderme y hacerlas huir.
--¿Qué pasa?--gritó Recalde.
--Nada--dije yo--. Son pájaros. Se puede subir.
--Echa esa cuerda.
Les eché una cuerda, que ataron al _Cachalote_, y luego, saltando como
yo, de una piedra en otra, subieron al barco.
Tomamos posesión, solemnemente, del _Stella Maris_. Fué lástima que no
tuviéramos el cañón de la cueva del río para saludar con salvas nuestra
primera conquista.
Luego nos dispusimos a reconocer el barco. El _Stella Maris_ estaba
hundido por la proa y levantado por la popa. La cubierta se hallaba
rajada a consecuencia de haberse venido abajo los palos y las poleas. En
la parte donde no llegaba el agua se amontonaban excrementos de pájaros,
huesos de gaviotas y plumas; cerca de la proa, desencuadernada, deshecha
y humedecida por la marea, las tablas se hallaban cubiertas de algas y
de fucos y resbaladizas como una cucaña.
La humedad y el sol iban abriendo las maderas y derritiendo la brea;
todos los hierros y argollas se hallaban roídos por el orín; la rueda
del timón giraba todavía, chirriando; no se tocaba nada que no se
desmoronase; algunos manojos de maromas, como serpientes enroscadas, se
pudrían sobre cubierta.
Recalde, que forcejeaba para abrir la escotilla de popa, llegó a
conseguirlo y desapareció por ella.
--¿Se puede andar por ahí?--le preguntamos.
--Sí, hay agua; pero se puede andar.
Bajamos los tres y registramos el camarote principal, la despensa y la
bodega, anegados. No encontramos nada; solamente Zelayeta halló un
devocionario en francés, impreso en Quimper, que se lo guardó.
Con las emociones y el cansancio se nos había abierto el apetito.
Sacamos el pan y el queso y, sentados en la popa, los devoramos pronto.
Discutimos nuestro programa para la tarde; decidimos ir a explorar
Frayburu.
Este peñón, desde el mar, por la parte protegida del noroeste, aparece
distinto a como se le ve desde tierra, pues tiene una pequeña playa y
unos cuantos zarzales que crecen entre las rocas.
El tiempo mejoraba; la marea comenzaba a subir; las olas verdes y mansas
iban cubriendo las rocas, y avanzaban cada vez más cerca de nosotros; el
agua entraba por las aberturas de la proa del _Stella Maris_, se tendía
por el plano inclinado de la cubierta y se retiraba con un suave
murmullo.
A veces, un golpe de mar violento hacía estremecerse a todo el barco, y,
entonces, los hierros y argollas, la rueda del timón y la obra muerta,
rechinaban como con una protesta de malhumor.
--¿Podremos salir de aquí sin tomar el canal por donde hemos
entrado?--pregunté yo.
--Con la marea alta saldremos más fácilmente--dijo Recalde.
En esto oímos un crujido fuerte.
--¿Qué pasa?--nos preguntamos los tres.
No nos pudimos dar cuenta de lo que ocurría.
XIII
LA GRUTA DEL IZARRA
Nos asomamos a la borda. El _Cachalote_ estaba hundido, sujeto a la
amarra. Sin duda, al chocar el bote con alguna piedra, se había abierto.
¿Qué íbamos a hacer? ¿Cómo volver a Lúzaro?
Zelayeta propuso subirse al trozo de palo más alto de los dos que
quedaban a la goleta, y pedir auxilio desde allí, si pasaba cerca alguna
lancha pescadora; pero este remedio era lento y poco eficaz. A Recalde
debió parecerle, además, el procedimiento un tanto humillante, y dijo
que teníamos que sacar el bote.
Entre los tres, tirando de la amarra, pudimos extraer del agua la
chanela sumergida; pero no teníamos fuerza para subirla hasta la
cubierta del _Stella Maris_, y fuimos llevándola hasta el lado donde no
azotaban las olas, entre el barco y Frayburu.
Así dejamos el bote, medio atado, medio sostenido en el agua. Recalde se
desnudó, se descolgó por un trozo de escala hasta sostenerse en unas
rocas, y él empujando, y Zelayeta y yo tirando de la cuerda, logramos
poner la lanchita a flote. A mí me daba espanto ver a Recalde en medio
del agua, y le dije que subiera, pero él afirmó que no corría el menor
peligro.
El _Cachalote_ tenía entre las costillas una rajadura como de un palmo
de larga.
--Echadme trozos de cuerda--dijo Recalde.
Le echamos todos los que pudimos encontrar, y fué rellenando la abertura
hasta cerrarla por completo. Como las cuerdas estaban empapadas en brea,
servían muy bien. Después, cuando concluyó de cerrar la vía de agua,
dijo:
--Dadme la ropa.
Le echamos la ropa, y se fué vistiendo despacio.
--Aquí no podemos ir más que dos--añadió--. Esto no resiste más; uno que
reme y otro que vaya achicando el agua y teniendo cuidado de que no se
abra el boquete. ¿Quién de vosotros va a venir?
--Dilo tú--contestó Zelayeta, no muy entusiasmado.
--Bueno; que venga Shanti. ¿Dónde está el achicador?
--Debe estar en el bote, si no se ha ido al agua--le dije yo.
--Sin achicador no podemos hacer nada--murmuró Recalde.
Lo buscamos, y lo vimos flotando a poca distancia.
--Vamos, baja--me dijo Recalde.
Me descolgué, un poco emocionado. La posibilidad de ir a explorar la
gran sima negra de que hablaba Yurrumendi se iba haciendo cada vez
mayor. Me veía como aquel marinero del _Stella Maris_, que el mar había
arrojado a una peña, con la cara carcomida y sin una mano.
--Hasta salir de las rocas rema tú--me dijo Recalde--; yo guiaré.
Comencé a remar; miraba con terror el suelo del bote, que se iba
llenando de agua. Recalde dirigía; la marea estaba en su pleno; pasamos
por encima de los arrecifes, sin el menor contratiempo. Dejamos Frayburu
a un lado y nos dirigimos hacia el Izarra.
Al salir de entre las peñas, en donde se rompían las olas, cambiamos de
sitio.
--Ahora, yo remaré--dijo Recalde--; tú no hagas más que ir achicando.
Era tiempo, porque el bote iba haciendo agua; tenía yo los pies y los
pantalones mojados. Me puse a trabajar con el achicador, con brío, y
conseguí que el nivel del agua dentro del bote disminuyera muchísimo.
Pensábamos dar la vuelta al monte Izarra y atracar en la punta del Faro.
Cuando se cansó Recalde de remar, le substituí yo. No quería mirar a
tierra, para no ver la distancia que nos separaba.
Además, nos encontrábamos enfrente de la gruta del Izarra, de que tanto
hablaba Yurrumendi, y nos daba cierto temor.
Al cambiar de sitio no sé qué hicimos; el tapón de la abertura debió
moverse, y empezó a inundarse de nuevo el bote. Recalde se agachó e
intentó cerrar la vía de agua, pero no lo consiguió. Yo dejé de remar.
--Dame el pañuelo--me gritó él.
Le di el pañuelo.
--A ver, la boina.
Le di la boina, y mientras tanto me puse a sacar agua, para no pensar en
la situación desesperada en que nos veíamos. Recalde cerraba el agujero
por un lado, pero se le abría por otro. Sudaba sin conseguir su objeto.
--¿Sabes nadar?--me dijo, ya comenzando a asustarse de veras.
--Muy poco--contesté yo, con un estoicismo siniestro.
Recalde persistió en sus tentativas, y llegó a impedir que siguiera
inundándose el bote.
Estábamos a unos doscientos metros de la gruta de Izarra.
--Habrá que ir directamente a la cueva--dije yo.
--¡A la cueva! ¿Para qué?--preguntó Recalde, sobresaltado.
--No habrá más remedio. Si no se nos va a abrir el _Cachalote_ antes de
llegar a la punta del Faro.
--Sí, es verdad; vamos.
Comencé a remar despacio, con cuidado, haciendo la menor violencia, para
que no saltaran los tapones del bote. Yo miraba a Recalde, y Recalde
miraba el agujero enorme del Izarra, que iba haciéndose más grande a
medida que nos acercábamos.
Veía el terror representado en los ojos de mi compañero. La sima abría
ante nosotros su boca llena de espumas. Me esforcé en hablar
tranquilamente a Recalde y en convencerle de que toda la fantasmagoría
atribuída a la gruta era sólo para asustar a los chiquillos.
Cuando yo me volví me quedé sobrecogido. Aquello parecía la puerta de
una inmensa catedral irregular edificada sobre el agua. Dos grandes
lajas de pizarra negra la limitaban. Nos acercamos; nuestro estupor
aumentaba.
Fuimos bordeando algunas rocas de la entrada de la cueva: extraños y
fantásticos centinelas. Recalde, en el fondo mucho más supersticioso que
yo, no quería mirar. Cuando le insté para que contemplara el interior de
la gruta, me dijo rudamente:
--¡Déjame!
Yo, al ver aquella decoración, comencé a perder el miedo. Miraba con una
curiosidad redoblada. El momento de acercarnos a la entrada fué para
nosotros solemne. Dentro de la gruta negra todo era blanco; parecía que
habían metido en aquella oquedad los huesos de un megaterio grande como
una montaña; unas rocas tenían figura de tibias y metacarpos, de
vértebras y esfenoides; otras parecían agujas solitarias, obeliscos,
chimeneas, pedestales sobre los que se adivinaba el perfil de un hombre
y de un pájaro; otras, roídas, tenían el aspecto de verdaderos encajes
de piedra formados por el mar.
Las nubes, al pasar por el cielo aclarando u obscureciendo la boca de la
cueva, cambiaban aparentemente la forma de las cosas.
Era un espectáculo de pesadilla, de una noche de fiebre.
El mar hervía en el interior de aquella espelunca, y la ola producía el
estruendo de un cañonazo, haciendo retemblar las entrañas del monte.
Recalde estaba aterrado, demudado.
--Es la puerta del infierno--dijo en vascuence, en voz baja, y se
santiguó varias veces.
Yo le dije que no tuviera miedo; no nos pasaba nada. Él me miró, algo
asombrado de mi serenidad.
--¿Qué hacemos?--murmuró.
--¿No habrá sitio donde atracar?--le pregunté.
Las paredes, hasta bastante altura, eran lisas. Recalde, que las miraba
desesperadamente, vió una especie de plataforma, que seguía formando una
cornisa, a unos tres metros de altura sobre el agua.
Nos acercamos a ella.
--A ver si cuando estemos cerca puedes saltar arriba--me dijo Recalde.
Era imposible; no había saliente donde agarrarse y el bote se movía.
--¿Si echáramos el ancla?--me preguntó mi compañero.
--¿Para qué? Aquí debe haber mucho fondo--contesté yo.
Me acordaba de lo que decía Yurrumendi.
--¿Qué hacemos entonces? ¿Salir de este agujero?--preguntó.
Recalde estaba deseándolo.
--Echa el ancla ahí arriba, a ver si se sujeta--le dije yo, indicando
aquella especie de balcón.
Lo intentamos, y a la tercera vez uno de los garfios quedó entre las
piedras. Subí yo por la cuerda a la plataforma, y después él.
Desenganchamos el ancla, por si la cuerda nos podía servir, y
descansamos.
Estábamos sobre una cornisa de piedra carcomida, llena de agujeros y de
lapas, que corría en pendiente suave hacia el interior de la cueva. Unos
pasos más adentro, en su borde, había un tronco de árbol, lo que me dió
la impresión de que esta cornisa era un camino que llevaba a alguna
parte. El _Cachalote_, abandonado ya, lleno de agua, comenzó a marchar
hacia el fondo de la gruta, dió en una piedra y se hundió rápidamente.
Yo me adelanté unos metros.
La cornisa en donde estábamos se continuaba siempre con aquel tronco de
árbol carcomido en el borde.
--Vamos a ver si de aquí se puede salir a algún lado--dije yo.
--Vamos--repitió Recalde, tembloroso.
Realmente, si no teníamos salida, nuestra situación, en vez de mejorar,
había empeorado. Avanzamos con precaución, afirmando el paso; al
principio se veía bien, luego la obscuridad se fué haciendo intensa. Las
olas entraban y hacían retemblarlo todo; rugían furiosas, con su voz
ronca, en medio de las tinieblas, y aquel estrépito del mar parecía una
algarabía infernal de clamores y de lamentos.
A los treinta o cuarenta pasos de negrura comenzamos a ver delante de
nosotros una pálida claridad. Se adivinaban a esta luz incierta las
pirámides afiladas de las rocas, las estalactitas blancas del techo y,
abajo, el mar, hirviendo en espumas, semejaba una aglomeración de
monstruos de plata revolviéndose en un torbellino. Era realmente
extraordinario. El choque de las olas hacía temblar las rocas, y su
ruido iba repercutiendo en todos los agujeros y anfractuosidades de la
gruta.
--Mira, mira--le dije a Recalde.
Mi amigo, temblando, murmuró:
--Shanti, volvamos atrás.
--No, no--le contesté yo--. Aquí debe haber un agujero por donde viene
la luz.
El tronco de árbol del borde de la cornisa indicaba que en otro tiempo
había andado por allí gente. Seguimos avanzando y salimos debajo de una
chimenea inclinada que formaban dos lajas de pizarra. Quedaban restos de
tramos de una escalera. Recalde, más ágil que yo, trepó hasta arriba, y
yo subí después de él, ayudándome de la cuerda.
Estábamos entre las rocas del Izarra; nos faltaban unos metros para
llegar hasta el camino del acantilado. Recalde me confesó que pasó
momentos de miedo terrible en aquella maldita cueva. Yo intenté
convencerle de que dentro de ella no había nada extraordinario más que
juegos de luz y de sombra.
La fila de troncos de árbol que había en el camino indicaba que por allí
se habían hecho desembarcos de armas o de contrabando en otras épocas.
Bajamos del Izarra y salimos por entre las peñas a la punta del Faro.
Recalde sabía que en un pequeño fondeadero, labrado entre las rocas del
promontorio donde se levantaba la torre solía haber una barca que el
torrero utilizaba para pescar; fuimos allá y encontramos la lancha; pero
estaba atada con una cadena.
Llamamos en el faro, y una vieja nos dijo que el torrero había ido a
Elguea. Por otra parte, el que tenía la llave de la cadena de la lancha
era un señor que vivía en la primera casa de Izarte.
--Este señor estará ahora en la playa. Idos por el arenal y lo
encontraréis.
Avanzamos por la playa de las Ánimas. Primero encontramos un hombre
alto, rojo, con patillas cortas, a quien explicamos lo que nos pasaba y
que no pareció entendernos.
Este hombre se reunió con nosotros y fuimos juntos más lejos, donde
estaba un señor con una niña. Volvimos a explicar lo que nos pasaba y el
señor se levantó y habló con el hombre alto. Luego, los dos hombres, la
niña, Recalde y yo nos acercamos al fondeadero de la punta del Faro; el
señor desató la barca y él y el hombre alto entraron en ella.
Nosotros íbamos a embarcarnos, pero el señor nos dijo:
--Vosotros quedaos ahí.
El señor se puso al timón, el hombre izó la vela, y la lancha comenzó a
marchar rápidamente hacia Frayburu. Una hora después volvían, trayendo a
Zelayeta.
El viejo nos preguntó nuestros nombres, y cuando yo le dije el mío se
quedó mirándome fijamente.
Los tres aventureros reunidos volvimos a Lúzaro, cansados, destrozados.
En mi casa no pude ocultar la aventura; tuve que contarlo todo. Mi madre
y la _Iñure_ se hacían cruces.
--¡Qué chico! ¡Qué chico!--decían las dos.
Desde aquel día Joshe Mari Recalde comenzó a mirarme con gran
estimación. El no haberme asustado tanto como él en la cueva del Izarra
le parecía, sin duda, una gran superioridad.
--No creáis--solía decir a los condiscípulos--. Parece que no, pero
Shanti es muy valiente.
Muchas veces, después de tantos años, suelo soñar que voy en el
_Cachalote_ por la entrada de la cueva del Izarra y que no encuentro
sitio donde atracar, y tal espanto me produce la idea, que me despierto
estremecido y bañado en sudor.
[Ilustración]
LIBRO SEGUNDO
JUVENTUD
I
MIS PRIMEROS VIAJES
Nuestra aventura fué muy sonada en _Lúzaro_; todo el mundo se enteró, y
hubo que pagar el _Cachalote_ a Zapiain, el relojero y corredor de
comercio.
Para nosotros no era cosa de avergonzarnos; los chicos nos admiraban. Yo
conté de mil maneras distintas las impresiones que se experimentaban en
la cueva del Izarra y demostré que en ella no había nada maravilloso,
sino restos del paso de contrabandistas.
Mi abuela y mi madre no quisieron, sin duda, dejarme envanecer con esta
aura popular, y después de los exámenes en la Escuela de Náutica, me
entregaron en manos de don Ciriaco Andonaegui, capitán de una fragata de
la derrota de Cádiz a Filipinas y de Filipinas a Cádiz.
Don Ciriaco había comenzado su carrera de marino de la misma manera, con
mi abuelo, y era justo hiciese por mí lo que uno de mi familia había
hecho por él.
Mi abuela y don Ciriaco decidieron enviarme a navegar como agregado.
Después le acompañaría a don Ciriaco en la derrota de Cádiz a Filipinas,
y, tras este viaje de un año o año y medio, me quedaría en San Fernando
para concluir mis estudios de náutica.
Mi viaje como agregado fué desde Liverpool a la Habana, en el bergantín
_Caridad_, con el capitán Urdampilleta. Tardamos más de dos meses; no
fuimos en línea recta: bajamos a las Canarias, y desde allí nos
encaminamos a las Antillas.
De Cuba volvimos a Manchester y de Manchester a Cádiz.
En el bergantín aquél el aprendizaje era terrible; no se comía apenas,
ni se podía dormir, ni mudarse; en cambio, cuando hacía buen tiempo, una
delicia: se jugaba a las cartas y se contaban cuentos de brujas y de
piratas. Los marineros, casi todos vascos, se avenían bien y no había
riñas.
A la vuelta de este viaje me embarqué con don Ciriaco en Cádiz, en la
_Bella Vizcaína_. La fragata me pareció un salón, tan limpia, tan
arreglada estaba.
Don Ciriaco, como su barco, era también muy atildado y muy pulcro.
Llevaba casi siempre sombrero de paja, traje blanco, patillas cortas, ya
grises. Hablaba con un acento entre vascongado y andaluz, intercalando
palabras filipinas; tipo de marino a la antigua, conocía muy bien su
derrota, pero en lo demás estaba poco enterado. Le gustaba la ciudad y
la vida social. Había estudiado en Vergara y sabía tres cosas no muy
frecuentes entre los marinos mercantes: sabía latín, sabía bailar y
sabía hacer versos.
Don Ciriaco quiso completar mi educación, y varias veces me preguntó si
no tenía afición a la poesía o al baile; pero sin duda mis aptitudes no
iban por ese camino.
Salimos de Cádiz; aún no se había pensado en abrir el istmo de Suez, y
el viaje a Filipinas se hacía por el Cabo de Buena Esperanza. Bajamos
por la costa de África a buscar los vientos alisios, atravesamos las
calmas ecuatoriales y paramos en Cabo Verde. Continuamos hacia el sur,
hasta hallar los vientos del oeste y poder cortar las calmas del trópico
de Capricornio; doblamos el Cabo y fuimos dando una gran vuelta por el
mar de las Indias, en dirección del estrecho de la Sonda.
La primera Nochebuena a bordo la pasé en el Océano Índico, después de
una tarde sofocante. De día, el mar estuvo como una llanura inmóvil de
cristal fundido por el sol, y la noche fué espléndida, cuajada de
estrellas refulgentes.
La mayor parte de la tripulación la formaban chinos que no celebraban
este día. Pero los españoles vascongados y andaluces estuvimos bebiendo
y cantando hasta muy entrada la noche.
Atravesado el estrecho de la Sonda, nos quedaba poca distancia. Tardamos
en toda la travesía cinco meses, y, como el viaje en este tiempo era
para don Ciriaco un éxito, entramos en la bahía de Manila disparando
cohetes.
Los días que pasé en Manila se deslizaron para mí rápidamente; todo lo
encontraba nuevo y lleno de interés; era un chico, y no tenía motivos
más que para estar contento.
Salimos de Filipinas en marzo, y, en vez de volver por el estrecho de la
Sonda, fuimos con la monzón del sudoeste a entrar en el mar de las
Molucas, pasamos por el estrecho de Gilolo y luego por el paso de Pitt y
el estrecho de Ombay.
Desde aquí hicimos rumbo, para llegar lo más pronto posible a la región
de los alisios, que pensábamos encontrar hacia los paralelos 18° ó 20°;
pero no tuvimos suerte.
Al doblar el Cabo de Buena Esperanza luchamos con una violenta
tempestad, que por poco no nos arrastra hacia los escollos del
continente africano, y en todo el resto del viaje fuimos padeciendo
borrascas y tiempos duros.
Cuando pisé Cádiz, sentí un verdadero placer. Hubiese querido ir a
Lúzaro, pero el curso empezaba, y don Ciriaco opinó que no debía perder
ni un día de clase. El capitán me presentó en la escuela de San Fernando
y me llevó a casa de una señora conocida suya en esta ciudad, para que
me tuvieran de huésped.
De la escuela de San Fernando saldría piloto primero, después haría un
par de viajes y luego don Ciriaco se retiraría, dejándome que le
substituyera en el mando de la _Bella Vizcaína_.
[Ilustración]
II
HISTORIA DE LA «BELLA VIZCAÍNA»
El primer sábado del curso, por la tarde, don Ciriaco se presentó en mi
casa, en San Fernando, y me dijo:
Vente a dormir al barco. Mañana tenemos que ir a Cádiz. Te voy a
presentar en casa de Cepeda. Lleva el traje nuevo.
El señor don Matías Cepeda era el socio principal de la Sociedad naviera
Vasco-Andaluza, Cepeda y Compañía, propietaria de la fragata que mandaba
don Ciriaco y de otros muchos buques.
Fuimos al barco, dormí yo en mi camarote y por la mañana me despertaron
dos golpes en la puerta.
--¡Eh, Shanti!--me dijo don Ciriaco--, ya es hora. Duermes como un
lirón.
Me levanté, me vestí y me acicalé todo lo posible. Los marineros de la
fragata, vestidos de día de fiesta, nos esperaban en el bote; entramos
don Ciriaco y yo, y nos dirigimos al puerto de Cádiz. En el camino mi
capitán me explicó en vascuence que la visita la hacíamos principalmente
a la señora de Cepeda, una vascongada, paisana nuestra, casada primero
con Fermín Menchaca y después con don Matías Cepeda, un almacenista,
socio del primer marido.
Desembarcamos en el muelle, pasamos la puerta del Mar y seguimos por una
calle próxima a la muralla.
Llegamos cerca de la Aduana, y don Ciriaco se detuvo delante de una casa
grande, con miradores.
--Aquí es--dijo.
Entramos en un portal altísimo, enlosado de mármol. Lo cruzamos. Llamó
el capitán; un criado abrió la cancela y nos pasó a un patio con el
suelo también de mármol, el techo encristalado y las galerías con
arcadas.
Precedidos por el criado, subimos la escalera monumental, y,
recorriendo un pasillo, llegamos a un salón inmenso, con grandes espejos
y medallones.
Esperamos un rato y apareció la dueña de la casa, doña Hortensia, una
mujer opulenta, hermosísima.
Nos recibió con gran amabilidad. Don Ciriaco estuvo muy cortesano con
ella. Realmente, el viejo capitán era un hombre de salón.
Don Ciriaco, exagerando un poco, le habló a doña Hortensia de mi
familia, de nuestra casa solariega de Lúzaro, de mis antepasados... Al
oír los detalles de nuestro preclaro abolengo, la amabilidad de la bella
señora aumentó.
Doña Hortensia sentía una extremada debilidad por las preeminencias
nobiliarias, y resultó cosa no muy rara entre vascongados, que teníamos
un apellido común.
--Debemos ser parientes--dijo ella.
--Es muy posible--repuse yo.