En donde hacemos conocimiento con el inquisidor mayor, Don Juan
Gutierrez Flores, y volvemos á ver á Doña Blanca.
Hemos llegado á la sala de Audiencia del Tribunal de la Fé.
Era un salon como de veinte varas de largo y ocho de ancho y
magníficamente adornado, rodeado de columnas del órden compuesto; con
ricas colgaduras de damasco encarnado. En el centro de una de las
cabeceras, un gran dosel de terciopelo carmesí con franjas y borlas de
oro; debajo de él y sobre una plataforma rodeada de una barandilla de
ébano negro, y á la que se subia por una gradería, la mesa de los
inquisidores y sus tres sillones de terciopelo carmesí, con borlas y
franjas, y recamos de oro.
En el dosel bordadas las armas de la monarquía española, y apoyado en el
globo de la corona con que remata el blason un Crucifijo, y en derredor
el terrible lema de la inquisicion: _Exurge Domine, judica causam tuam._
A los lados de la cruz dos ángeles, uno con una oliva en la mano
derecha, y una cinta en la izquierda que decia: _Nollo mortem impii, sed
ut convertatur, et vivat_: en el otro lado el otro ángel con una espada
en la mano derecha y en la izquierda una cinta con este mote: _Ad
faciendams vindictam, in nationibus increpationis, in populis_.
Cerca del dosel habia una pequeña puertecilla llena de agujeros para que
el denunciante y los testigos pudieran desde dentro ver al reo, sin ser
vistos por él.
A la derecha del salon estaba la puerta que conducia á las prisiones, y
un poco mas adelante, pero cerca de ella, en el mismo muro, otra puerta
que tenia encima este rótulo: _mandan los señores inquisidores que
ninguna persona entre en esta puerta para dentro, aunque sean oficiales
de esta inquisicion, si no lo fuesen del secreto; pena de excomunion
mayor_.
Don Juan Gutierrez Flores estaba sentado bajo el dosel, el escribano
notario del Santo Oficio le daba cuenta con una multitud de causas.
--Denunciaciones--dijo el escribano--tomando uno de los procesos--contra
Sor Blanca del Corazon de Jesus, monja profesa del convento de Santa
Teresa de esta capital, por herejía y pacto con el demonio.
--¿Qué hay de nuevo en esa causa?--preguntó el inquisidor mayor.
--Los testigos y denunciantes hance citado para venir, y no se les ha
podido encontrar á todos, porque el principal, que es el denunciante,
hace encontrado muerto despues del asalto que se dió á palacio; pero su
declaracion debe hacer grande fé porque ese hombre segun el entierro
que se le mandó hacer por el Illmo. señor Arzobispo, tenia muy grandes
merecimientos.
--¿Y hay, además, otros testigos?
--Una señora principal, aunque ésta tampoco ha podido ser hallada.
--Entonces podeis hacer que entre, ó que sea conducida á mi presencia la
llamada Sor Blanca, para proceder á tomarle su declaracion.
El escribano puso el auto y la órden para la comparecencia de Sor
Blanca, y agitó una campanilla de plata que habia sobre la mesa.
Un familiar se presentó, y el escribano le entregó la órden.
Trascurrió un cuarto de hora cuando se abrió la puerta de las prisiones,
y Blanca conducida por dos carceleros, que tenian las caras cubiertas
con sus capuchones, penetró en la sala de Audiencia.
Blanca estaba sumamente pálida, sus ojos brillantes y enrojecidos por el
llanto, se fijaban espantados en la figura del inquisidor, y en el
estraño adorno de la sala.
La jóven se adelantó vacilando, y casi sostenida por los carceleros,
hasta llegar cerca del escribano.
Entonces los carceleros se retiraron y Doña Blanca tuvo que apoyarse
contra la barandilla para no caer.
--Tomadle el juramento--dijo el inquisidor.
--¿Jurais á Dios y á su Madre Santísima--dijo solemnemente el
escribano--y por la señal de la cruz, decir la verdad y todo cuanto se
os preguntare, á cargo de este juramento?
--Sí juro--contestó Blanca, llevando á sus labios su mano derecha, con
la que habia formado la señal de la cruz.
--Estais acusada y denunciada de herejía, y de tener pacto con el
demonio--dijo el inquisidor.
--Señor--contestó Blanca, otras serán mis culpas por las que Dios tendrá
que castigarme; pero ya tengo declarado que sobre esos capítulos en nada
me remuerde mi conciencia.
--Sentaos, dijo el inquisidor.
Blanca se sentó en un banquillo sin respaldo, que estaba cerca de ella.
--¿Persistís en no confesar?--prosiguió el inquisidor--puede eso traeros
fatales consecuencias.
--Dios dispondrá de mí, segun su voluntad; pero yo no soy culpable de
esos delitos de que se me acusa.
--Vamos, inútil es con vos la dulzura y el convencimiento: si no teneis
pacto con el diablo, ¿cómo habeis logrado salir del convento en donde
estabais encerrada?
--Ya he dicho que con una depositada que tenia las llaves de todas las
puertas.
--¿Insistís aún en vuestra falsedad? Porque ya se os ha dicho que segun
las declaraciones de todo el convento, esa muger á quien haceis
referencia, y que segun dijísteis se llama Felisa, no ha faltado del
convento ni una sola noche, ni el sacristan de la iglesia ha dejado un
solo dia de cumplir exactamente con su obligacion, y hance encontrado en
vuestra celda las alhajas que dijísteis haberse llevado la Felisa; asi
es que solo por artes diabólicas pudisteis haber salido del convento
estando todas las puertas cerradas, y haber inventado esa fábula con que
quisisteis engañar al Santo Tribunal de la Fé.
--Juro por Dios que nos escucha--contestó Blanca--que todo lo que he
referido es lo que aconteció, y no mas; y aunque no podré esplicar cómo
esa muger estaba dentro del convento y no ha faltado de allí ni una sola
noche, me afirmo en que es ella quien de allí me ha sacado.
--Haced constar señor escribano--dijo el inquisidor--que esta muger se
obstina en su negativa, en cuanto á tener pacto con el diablo.
El escribano estendió la declaracion.
--En cuanto al capítulo de herejía--dijo el inquisidor--declaradamente
no podreis negarlo, porque habeis confesado haber contraido matrimonio
con Don Cesar de Villaclara, habiendo hecho voto de castidad y de
clausura, por lo que él y vos, asi como todas las personas que os
ayudaron, estais declarados herejes y relapsos y dignos de las mayores
penas con que nuestra Madre la Santa Iglesia, y el Santo Tribunal de la
fé en nombre de Dios ofendido, castigan á los que tales estremos tocan.
--¡Ah señor!--dijo Blanca, temblando con la sola idea de que Don Cesar
podia llegar á caer en manos de la inquisicion--haced conmigo lo que
querais, condenadme al tormento, mandadme á la hoguera, destrozad mis
carnes y mis nervios, reducid á cenizas mi cuerpo; pero por Dios, señor,
por la religion de Cristo, por la memoria de vuestros padres, por el
alma que teneis que salvar, no envolvais á Don Cesar en mi culpa ni en
mi castigo. Él es inocente, os lo juro, es la verdad; miradme aquí
pronta, dispuesta á sufrirlo todo, pero á él no, no, por Dios, os lo
repito, es inocente, yo le he engañado, le he burlado, yo le oculté que
era religiosa; le hice creer que era libre porque le amaba, por eso me
he arrojado en este abismo. ¡Ah, señor inquisidor! ¿Vos no sabeis lo que
es una pasion? Entonces no me juzgueis, porque no podeis comprenderme,
yo soy aquí la culpable, pero él no, él no; os lo juro en nombre de Dios
que nos oye.
--¿Confesais pues?--dijo con la misma indiferencia que antes el
inquisidor y sin inmutarse ni afectarse con la creciente exaltacion de
Blanca.
--¿Y qué quereis que confiese?
--Vuestra herejía al haber contraido tan sacrílego matrimonio, estando
ligada á Dios por vínculos tan sagrados.
--¿Y cómo quereis que yo confiese semejante cosa? Yo he pronunciado esos
votos de consagrarme á Dios en el claustro por fuerza, contra toda mi
voluntad, y Dios no puede haberme aceptado ese sacrificio, porque Él
estaba leyendo en mi pecho y en mi pensamiento; porque Él sabia que
aquellas palabras, que al salir de mi boca quemaban mis labios, no eran
la verdad, no eran lo que sentia el corazon: que yo le amaba sobre
todas las cosas de la tierra, pero no estaba dispuesta, no era mi
voluntad, no queria pertenecer al claustro. Si yo he abandonado el
convento, era porque me sentia libre, porque como ya he declarado, el
Pontífice disolvia los vínculos que me ligaron; por eso pude entregar mi
mano á Don Cesar, por eso pude darle mi corazon, él es mi esposo
verdadero ante Dios y ante los hombres, y aunque el mundo crea lo
contrario, y aunque juzgue indisolubles los lazos que antes me ataban,
yo sé, porque Dios me lo dice en mi conciencia, que Don Cesar es mi
esposo, y que no he ofendido á la Divinidad con haberme unido á él.
Blanca había dicho todo esto como presa de una fiebre, como delirando.
--Inútil será proseguir esta diligencia--dijo el inquisidor, asentad,
señor escribano, que esta muger ni reconoce sus crímenes, ni abjura de
sus errores, é insiste en negar su confesion, y que en consecuencia se
le sujete por su contumacia á la cuestión de tormento ordinario y
extraordinario hasta obtener su confesion.
--¡Piedad señor!--esclamó Blanca, cayendo de rodillas--¡piedad!
La energia que habia sostenido á la muger amante, desapareció ante la
idea del tormento.
Las relaciones de los dolorosos sufrimientos que servian al Santo
Oficio, como el medio infalible para arrancar de la boca de sus víctimas
una confesion, las mas veces falsa, circulaban por todas partes.