LA ECONOMÍA ES LA MADRE DE LA RIQUEZA

Era en aquellos tiempos del Buenos Aires pendenciero y levantisco, en

que crudos y cocidos y pandilleros y chupandinos ensagrentaban las

calles a cada triquitraque y en que no había ciudadano por modesto que

fuese, que no creyera que los destinos de la patria los llevaba cada

cual en la punta de su cuchillo.

Los hombres vivían más en la plaza pública que en su propio hogar,

y como su existencia transcurría de club en club y de manifestación

en manifestación y los servicios de fondas y restaurants andaban tan

escasos como caros, abundaban los negros pasteleros, que eran la

providencia de los estómagos famélicos, así como la confección de los

pasteles que vendían, lo era también de más de una casa de familia,

que no solamente costeaba con su producto los gastos ordinarios de

su presupuesto, sino que aun proyectaba en el futuro siluetas de

millonarios y potentados. Los días de agitación política, las fiestas

patrias, el carnaval durante el cual no era prudente aventurarse así no

más en busca de provisiones, y, sobre todo la Semana Santa, en cuyos

términos no se hacía matanza en los corrales ni se expendía carne en

los mercados, eran los grandes días de la industria casera.

Fué al aproximarse uno de esos períodos y en época de gran carestía de

provisiones en la ciudad, por hallarse ésta bajo sitio y con todas sus

comunicaciones interrumpidas, que hicieron su aparición en las plazas

y en las calles los pasteles de Misia Paca, que vendidos a precios

increíbles por su baratura y rellenados con generosa liberalidad,

desalojaron a sus rivales en el comercio menudo y mataron toda

competencia, produciendo una crisis espantosa en la antes boyante

industria pastelera.

Y las aceradas lenguas criollas, que cortan como tijeras de sastre, y

las mentes activas y cavilosas, se echaron a buscar, desesperadas, el

secreto profesional de la victoriosa pastelera Misia Paca:

--¡Si nunca hizo ni tortas fritas, che!... Y, después, eso se ve

clarito... ¡Los pasteles son de morondanga y sólo sirven pa los que

caían de pobres!...

--Yo... lo que no me explico, ¿saben?... ¡es el precio!... ¡Si es una

barbaridá con los artículos como están!...

Y las comadres llegaron a propalar que los pasteles de Misia Paca se

hacían con carne, no de mula ni de caballo, que al fin hubiera sido una

nimiedad, sino con carne humana. Hasta se habló de varios ingleses sin

familia que habían desaparecido y se afirmó que un carrero de la Aduana

se había atorado con un huesito el cual examinado, había resultado ser

un pedazo de dedo chico... hasta con uña.

--¡Ya veremos!... Dejen que venga Semana Santa... ¡Entonces será la

buena!... El pescado no tiene más que un precio... ¡y no es inglés sin

familia!

Y vino la esperada semana y Misia Paca vendió sus pasteles como

siempre, baratos y tan bien rellenos, que su jugo “chorreaba por los

enemigos”, como decía la clientela, aludiendo a que al primer mordisco

cuando estaban calientes, saltaba la salsa apetitosa mojando los

carrillos...

Entretanto, Misia Paca estaba radiante y su triunfo la embriagaba,

quitando de sus labios hasta las palabras de piedad, que otrora supo

reclamar para los desheredados...

--Se han fundido porque son haraganas y ambiciosas, y quieren ganar

platales como Anchorena... Que trabajen y se contenten con poco, como

yo... y ya verán.

Y el reinado de Misia Paca fué real y positivo, extendiéndose su

influencia por toda la ciudad, llegando sus pasteles a todos los

estómagos, pues no quedó negro vendedor que quisiera otra factura que

aquélla sin rival.

Ya no había competencia. Descartada la insidiosa calumnia de la carne

de inglés y la malévola especie de que los tales pasteles no podían

encontrarlos buenos sino las personas sin estómago, se acallaron las

protestas y los labios enmudecieron, confundidas las mentes cavilosas

por la evidencia de los hechos, siendo aclamada Misia Paca e inscripto

su nombre en la lista de oro de las grandes damas caritativas de la

ciudad y disputándoselo las asociaciones de beneficencia para encabezar

los consejos directivos... Hasta su esposo, que era un triste capitán,

ascendió en el ejército, llegando a jefe de batallón, debido al

influjo de los pasteles, que siempre en esta tierra se vieron cosas

de tal jaez y ya no llaman la atención de nadie: los poetas no ganan

posiciones escribiendo versos, sino enseñando matemáticas; los abogados

curando enfermos o proyectando ferrocarriles; los médicos tramitando

testamentarías; los ingenieros pleiteando en los estrados y los

militares... hasta vendiendo pasteles de confección casera, escribiendo

artículos de diario o mezclándose a las turbias corrientes de la

política.

Una noche había reunión en una noble sociedad caritativa, presidida

por la radiante Misia Paca y se atendía el pedido de una pobre mujer

cargada de hijos, viuda reciente de un viejo soldado.

--¡Bueno!--decía Misia Paca, dirigiéndose a la pobre o postulante y

manteniendo una atención aduladora, de parte de sus consocias,--ust'es

pobre porque quiere... Trabaje y economice... La economía es la madre

de la riqueza.

--Sí, señora.

--Yo también soy esposa de soldado y... ¡ya ve! adónde he llegado

haciendo pasteles...

--¡Cómo no, señora!... Pero para eso ya'stoy vieja y muy llena

d'hijos...

--Eso qu'importa... ¡No se'haragana!

--Si no es por haraganería... Sino que yo no voy a'llar sino alguno de

tropa que me quiera... Y casarme, así... ¡usté ve!

--¿Acaso yo le aconsejo eso?...

--Ya sé que no... pero si no me caso con un oficial que me mande las

economías del batallón... la leña, la carne, la grasa, la harina...

¡que son tan caras!... ¿cómo voy a fabricar pasteles baratos, señora?...

El argumento fué contundente y al explicarse de manera tan sencilla

como inesperada el secreto profesional de Misia Paca, acabó su reinado,

basado solamente en la economía... del cuerpo que mandaba su esposo y

que resultaba ser la madre de la riqueza, como ella lo pregonaba...

Cuentos de Fray Mocho · 第 79 / 92 题