A LA HORA DEL TÉ

--¡No me digás, che!... Éstos de ahora ya no son mozos... ¡Los

muchachos parece que nacieran viejos y de las muchachas no te digo

nada!... ¡Vos las ves reunidas y es un cotorreo y una charla y una

risas, que crés por lo menos está desfilando todo Buenos Aires

ridículo por delante del grupo y te ponés a escuchar... ¡Hijita!...

¡Qué insulsez!... Tod'ese barullo es para hablar de baratillos y de

pichincheo con las costureras o ponderaciones de lo tiradas, que eran

en París, según les contó fulanita, las puntillas que aquí cuestan

un sentido... Parece que fueran dependientes de tienda... ¡Mirá,

cuando nosotras!... ¿Te acordás!... El día nos era corto para nuestras

cosas y nuestros tijereteos... ¡Íbamos a perder el tiempo en discutir

centavitos!... ¡cómo no!

--¿Qué me vas a decir, Feliciana, si ésa es mi guerra de todos los

días? ¿Vos las ves a mis hijas que gastan un platal todos los días? Vos

las ves a mis hijas que gastan un platal en monadas y en adornos y eso

que no puedo acusarlas de que sean ahorradas... ¿Y para qué?... ¡Para

irse en el coche como estatuas!... ¿Te crés que siquiera se dicen algo

de la gente que ven?... Pues, no, che... ¡No faltaba más! ¡Van como si

estuviesen en misa, porque no hay importancia sin formalidá!

--Pero si no se usa hablar, che... a lo menos en castilla... ¡Parece

que es muy ordinario, muy guarango!...

--Vez pasada me dijo a mi una amiga que acababa de venir de Europa y

que me vió en Palermo con Federico, charlando a más y mejor, que en

París, che, cuando se veía en un paseo una señora y un caballero que

iban conversando y riendosé, se podía asegurar que no eran casados...

¡Figuráte!

--A propósito de los que vienen de París, hijita, te voy a contar

lo que me sucedió el otro día en lo de Mariquita, mi sobrina, que

como sabrás, recién ha venido... ¡Voy a visitarla y si vieras qué

comedia!... Llego a la casa y lo primero con que me topo, es un francés

todo afeitado y vestido de fraque que no entendía ni jota; de balde

le decía, desgañitandomé: “Vaya, digalé que está su tía Feliciana”...

¡Nada!... Al fin busco en la cartera y le doy una tarjeta, pero en

vez de darle una mía, con el apuro y la agitación, hijita, le doy una

de Pepita Aguirre, que tenía guardada y lo oigo que gritaba desde

la puerta cancel a otro sirviente que estaba en el descanso de la

escalera... ¡Madame Vassilicós!... ¡y oigo que el otro repetía la cosa

y que el grito seguía!... Entonces me subo ligerita para decirles a

aquellos condenados mi equivocación y tomo para el lado del comedor,

donde siempre acostumbraba a recibirme Mariquita; pero me ataja el

sirviente y me mete a la sala, que a las tres de la tarde estaba ya con

luz encendida y con todas las ventanas cerradas... ¿Creerás?... Tuve

miedo del cú de charol, che, y estaba pensando en escaparme de algún

modo, cuando se aparece Mariquita en una de las puertas, de gran cola

y me hace una cortesía a uso de minué... ¡Claro!... Corrí a abrazarla

diciéndole: “si soy yo, m'hijita”, pero ella con una sonrisa seria en

que solamente me mostraba el colmillo de un lado, me estiró la mano en

silencio y con una frialdad que me heló, che, a pesar del calor... Nos

sentamos y naturalmente le pregunté por su esposo, por González, que

era, como sabrás, antes de sacarse la lotería que se sacó, uno de los

escribientes del ministerio que nombró tatita... Apenas me dijo que

estaba bien preguntandomé de paso por Mamerto... ¡Si vieras la cara que

puso cuando le dije que todavía seguía con sus pobres pies y que lo

atendía Federico, tu esposo!... Y después de esto, se estiró bien en el

sofá y no me habló una palabra más...

--Así es la moda de ahora, Feliciana de mi alma... ¿Que no ves los

bailes que se usan?... ¿Acaso son como aquéllos de nuestros tiempos

en que las muchachas y los mozos podían bailar y conversar?... Ahora

para bailar se necesita ser casi un ingeniero para estar contando los

pasitos y golpecitos con el pie...

--Mirá, m'hijita, ¿sabés una cosa?... Yo no creo que en París la gente

sea como ésta que va y vuelve... ¿Qué querés?... A mí me parece que

éstos toman por franceses a los manequís de alguna tienda... ¡Mirá!...

¡En esto ha de estar sucediendo alguna gran barbaridá!

Cuentos de Fray Mocho · 第 23 / 92 题