ME MUDO AL NORTE

Siempre lo dije: si las cosas siguen como van hasta hoy, yo tendré

que abandonar estos barrios... ¿Quién diablo puede vivir hoy en el

sur, a menos que no sea algún payucá de esos que se mantienen con

churrasco y le hacen cara fea a un caracol?... Si esto está cada día

más imposible... Antes siquiera tenía uno los rezagos del Mercao Viejo

o la sopa e San Francisco, ¡pero aura!... ¿Y del río, qué me dicen?...

Siempre era un recurso... Lo tenía uno “ahicito no más”, como decía ño

Pantalión, y siempre se hallaba entre la resaca un sábalo asonsao, una

boga con la jeta rota o un bagre atorao con el anzuelo... ¿Y aura?...

¡Vaya uno a dar con el río!... ¡Lo han ido reculando, reculando...

hasta el diablo!... ¡No!... Eso sí... pa vivir bien, el norte; ésa es

gente que sabe... ¡y después, la municipalidad ayuda siquiera!... ¡Se

acuerda del vecindario!... Uno va por la vedera y camina trompezando

con la comida... ¡un caracú aquí, un espinazo allá!... Los basureros

siquiera son allí hombres de sociedá y a veces por un compromiso u

por otro, se les pegan las sábanas... ¡y dan un calce!... ¿Y qué me

dicen de las diversiones?... ¡Se sienta uno en una puerta y aquello

es un veinticinco e mayo!... Coches llenos de muchachas alegres,

bicicletas, casas en que tocan el piano, carreros satisfechos con las

propinas y que hasta pagan una copa... almaceneros que tiran cachos

de salchichón... ¡No!... ¡Aquello es otra cosa: no se puede negar! Y

después Palermo, la Recoleta, las quintas llenas de flores... ¡No,

no!... ¡He sido un bárbaro... ¡Me mudo al norte!

LEYENDAS ENTRERRIANAS

MÁS VALE MAÑA QUE FUERZA

Fué alrededor de los fogones camperos de Entre Ríos, donde oí por vez

primera los fragmentos del poema simbólico--de que forma parte mínima

esta leyenda sencilla--destinado a perpetuar por la tradición oral

el conocimiento que los hombres adquirían de la vida y costumbres de

los animales, ya en las cuchillas enhiestas en que el sol fecundante

reverbera, como en las cuestas alegres donde verdean los pastizales

tutelares y negrean los montes rumorosos o en los juncales movedizos

que tienden su manto pintarrajeado sobre las aguas dormidas de los

arroyos y de las lagunas.

Cuando el hombre no reinaba todavía sobre todos los animales que

pueblan la tierra, era el avestruz el rey de ésta, pues con su

velocidad y su oído fino escapaba a las acechanzas del tigre--su rival,

que le aguardaba oculto entre los pastizales hirsutos,--dominándole

con su vuelo poderoso, que le permitía penetrar al monte enmarañado e

ir a sorprender sus crías--arrebatándolas al celo de la madre--para

elevarlas en los aires y estrellarlas sobre los raros pedregales del

llano o de las abras medrosas.

El avestruz volaba entonces como un gavilán y nadaba como un pez;

perdió estas facultades cuando, orgulloso de su dominio en los aires,

en la tierra y en las aguas, quiso llegar hasta las nubes para verlas

por detrás. Un rayo le quemó las alas y con ello le quitó no solamente

el dominio de los aires, sino también el de las aguas, pues apenas le

quedó la propiedad de nadar en línea recta--recurso extremo en caso de

persecución excepcional--sin poder manejarse a voluntad.

En cada región tenía un rival temible: en la tierra el tigre, en el

agua el sapo y en los aires el águila negra, habitadora silenciosa

de la copa de los molles y coronillos. El sapo--que en el poema

personifica la astucia--era el más grande calavera de la región, y

como cantor, guitarrero y divertido, su fama era tan universal como su

suerte en lides amorosas.

Ya no eran sólo las ranas y renacuajos su prole conocida, sino que,

sorprendiendo una siesta a la vieja del agua, libando las flores de un

camalote, engendró en ella el bagre negro, que habita entre los charcos

y lagunas, ufano de su origen; en una tararira, que jugueteaba entre

un juncal naciente tuvo al moncholo inquieto, y en la anguila, que vive

en el cauce de los riachos sin corriente, la raya venenosa y agresiva.

Una noche sorprendió dormida una víbora de la cruz junto a un cañaveral

donde acostumbraba a ocultar su ponzoña para bañarse y dió vida al

escuerzo repugnante, y en otras víboras inofensivas engendró el lagarto

y la lagartija, y en la de dos cabezas el camaleón de veneno letal.

Sus amores y sus riñas con hermanos y maridos ofendidos, forman en el

poema un largo capítulo interesante, y cuando el avestruz conoció las

perturbaciones que en el agua y en la tierra introducía su conducta

desordenada, le declaró franca guerra de exterminio.

Apercibido el sapo de la merma que sufría su prole, buscó al avestruz

y lo retó a duelo, mereciendo de éste una sonrisa de desprecio que le

alcanzó al alma, si acaso la tenía.

--¿No quiere pelear?... ¡Pues le corro una carrera, entonces!

Nueva sonrisa del avestruz le valió la petulancia.

No obstante, tanto insistió y tanta propaganda hizo contra el rey de la

tierra, que éste, como por ironía, le aceptó su desafío.

Correrían, en el primer día de la próxima primavera, un tiro de una

legua en cierta llanura donde el avestruz acostumbraba ejercitarse de

continuo: en la raya se pondría un mortero, en cuya parte hueca se

sentaría el ganador bien que esto último no fuera condición obligatoria

para el sapo, y como precio, arreglaron que si el avestruz triunfaba,

el sapo sería su esclavo y le salvaría sus nidadas del latrocinio

de los ratones que las perseguían, y si el sapo era el ganador, el

avestruz no mataría ni comería jamás a ningún ser que llevara su

sangre, pudiendo, no obstante, matar a cualquiera de los que admitieran

sus requiebros y amoríos.

El sapo, llegando el día y lugar de la cita fué a los pajonales, reunió

un centenar de los suyos y dándoles sus instrucciones secretas, salió

con ellos ocultamente, algunas noches antes del día fijado para la

carrera que iba a decidir de su porvenir y del de su raza.

Llegó éste, hermoso y alegre como son en Entre Ríos los días

primaverales, sorprendiendo ya en el punto de partida al sapo--ventrudo

y pesado--que parecía contra su natural, ansioso y anhelante,

contrastando con su esbelto rival, que con aire zumbón gambeteaba sobre

el llano, luciendo la agilidad de sus músculos y la sutileza de su

espíritu, inagotable para suministrarle formas de engaño con qué burlar

la expectativa de sus perseguidores o adversarios.

Dada la señal de que los rayeros--el peludo, símbolo de la justicia,

por lo lento probablemente, y la tortuga, personificación de la

perspicacia y la reflexión--estaban en su puesto así como el mortero

que serviría de asiento al ganador, se largó la carrera, constatando

el avestruz, con sorpresa creciente, que por más que acelerara su

marcha, siempre saltaba adelante suyo y a poca distancia, su ventrudo

adversario.

Cuando llegó al mortero y se dejó caer pesadamente en el hueco que le

servía de asiento y a cuya forma se adaptaba admirablemente su cuerpo,

oyó que el sapo le gritaba desde el fondo:

--¡Cuidado, amigo... mire que hay gente!

Con pesar reconoció el avestruz petulante su increíble derrota y

nunca sospechó que su adversario le había ganado con más ingenio que

celeridad, pues había escalonado a lo largo del camino muchos de sus

congéneres, que tenían por misión saltar delante del ágil adversario,

a medida que éste avanzara, ocultando dentro del mortero un su hermano,

que más que sapo alguno se le parecía, y que era habilísimo en

parlamentos y discusiones.

El avestruz vencido juró respetar la prole de su vencedor y hacerla

respetar de los suyos, y éste a su vez, por caballerosidad, ya que el

contrario no le obligaba, prometió al avestruz cuidar sus nidadas,

que el ratón--por otra parte su enemigo personal por cuestión de

mujeres--perseguía encarnizado.

Desde entonces el avestruz no mata ni come sapos ni alimaña alguna que

con éste tenga parentesco, ya sea legal o ilegal, y el sapo se hizo el

guardián de las nidadas de aquél, y por esto, y no por glotonería ni

por amor a las moscas,--que atraídas por el huevo que con el fin de

reunirlas, para alimento de los recientes polluelos, reserva siempre

sin empollar el avestruz clueco--como algunos maliciosos suponen--fué

que el sapo tomó sobre sí la odiosa comisión que ha cumplido tan

fielmente.

Este odio tradicional, del cual el hombre se apoderó más tarde por

la indiscreción de una araña charlatana, es el que ha servido al

agricultor para defender sus trojes de la voracidad del astuto roedor:

local donde se encierran sapos queda libre de ratones aun cuando

contenga montañas de maíz fragante y tentador.

Cuentos de Fray Mocho · 第 12 / 92 题