Siendo la leche el primer alimento que se da a los recién nacidos,
necesario era que mi primer artículo para _Caras y Caretas_ tuviese
sabor lácteo, para lo cual ningún tipo de los que me obligaron a
presentar se acomodaba tanto a mi propósito, como el del lechero.
Ya se fué el marchante de los buenos tiempos viejos, que los niños
esperábamos ansiosos por la yapa de la leche, exigua y por ello
sabrosa, y los más grandecitos y traviesos, por el mancarrón cargado
con los tarros, sobre cuyas tapas envueltas en trapos, se extendía el
cuero de carnero que le servía de trono y sobre el cual, arrodillado y
erguido el busto, marchaba a trote de lechero, como se decía, el viejo
vasco cantor y alegre.
¡Qué famosos galopes hasta la bocacalle, con corridas de todos los
perros vecinos!
Se fué el marchante y con él se ha ido una nota típica de Buenos
Aires y también el arreador usado como cetro; la boina terciada sobre
la oreja; el chiripá de granos de oro cayendo apenas sobre la bota
de becerro chueca y embarrada; el tirador que era una especie de
cafarnaún en que se hallaban botones desertores, cartas de mucamas
aventureras que comenzaban con el invariable “cerido, marchante digamé
ci es cierto que me dará el haniyito ci le doy el veso”, pesos chicos
con carnerito, cabellos mezclados con flores secas, horquillas para
la novia preferida--la paisana--que le esperaba entre sus patos y
gallinas, allá por Morón o San Justo, y a veces el papelito en que “la
patrona gorda”, “la flaca de Maypú”, “la vieja del Socorro”, como él
designaba a su clientela, le encargaban manteca fresca o huevos caseros
para la niña y también las milongas en vascuence, entonadas al bordear
un charco suburbano, y la original “fonda de vascos”, donde entre copa
y copa de vino se comentaba a gritos toda la vida porteña, mirada desde
la cocina.
A otros tiempos otros tipos.
Ahora tenemos el carrito con vasijas de latón, lustrosas de puro
limpias; el lechero de delantal y gorro blanco, serio, grave, que no
canta ni ríe, ni dice chicoleos; la manteca en panes de ilusión y la
harina y el agua y la sofisticación reinando omnipotentes con sellos,
patentes, certificados químicos y tapas higiénicas!
Y ahí va la vida, siguiendo su tortuoso camino, cada día menos
pintoresca, menos nacional, diremos, pero más arreglada a las leyes
y ordenanzas, por más que el viejo marchante desalojado, diga
melancólicamente, al ver pasar uno de los carritos triunfadores:
--¡Arodá no más... masón condenao, que ya te allegará tu hora!...