[Ilustración]
ADMINISTRACIÓN GENERAL:
VACCARO--Avenida de Mayo 638--Buenos Aires
1920
INTRODUCCIÓN
FRAY MOCHO
Un día, en París, hace algunos años, recibí un pequeño libro, malamente
impreso y firmado con un pseudónimo que había visto algunas veces al
pie de artículos que, en general, no había leído. Era el _Viaje al país
de los matreros_, mal título también, que ocultaba una de las pinturas
más deliciosas y exactas que existen de un pedazo de suelo argentino,
precisamente del más característico: tal vez de aquél formado y sin
cesar modificado, por el aluvión formidable del padre de los ríos
nacionales. Comuniqué mi impresión a su autor en una carta entusiasta,
cuyo borrador siento no poseer en estos momentos, para darla de nuevo a
luz, como el más cumplido homenaje al talento literario del hombre que
nuestro mundo intelectual acaba de perder.
Más tarde, Fray Mocho, publicó su _Viaje Austral_ que, como fuerza
descriptiva vale quizás su primer ensayo, pero que le es superior en
sus elementos de drama. Esa dura vida del lobero, en la intrincada red
de canales entre los que va disolviéndose la más austral de las tierras
habitadas, está pintada con una verdad y una intensidad tales, que
parece increíble haya podido dibujarse el cuadro y darle color, sin
haber visitado minuciosamente el teatro de la acción. Y sin embargo,
según tengo entendido, Álvarez nunca visitó el Estrecho.
Más tarde, con motivo de la fundación de este semanario, de _Caras y
Caretas_, para el que se me pide estas líneas de admiración y de pena,
Álvarez cayó en la huella normal de su espíritu--y abordó el género
para el que le habían preparado, no sólo las condiciones peculiares de
su inteligencia viva, sagaz, observadora, de una sensibilidad de placa
para retener la impresión de los ridículos más fugaces, sino también
su vida azarosa, difícil, un tanto bohemia, en la que había tomado
contacto material con todos los bajos fondos sociales--y contacto
moral con todos los dolores y amarguras de la miseria. No pocos de
sus cuentos, o más bien dicho, de sus escenas, porque se preocupaba
muy poco de confabular, si bien mucho de pintar, ocultan, tras la
forma retozona e irresistible que le es habitual, un fondo de profunda
simpatía por el desheredado cuya ignorancia o mala suerte le sirve de
tema. Poco antes de embarcarse para el Paraguay, tuve ocasión de verle
y escribirle. Le hice ver que había llegado para él la hora de pedir
a su espíritu lo que nos había prometido y le conjuré para que, a su
regreso, se entregara al trabajo con método y plan.
No soy un entusiasta delirante por el _criollismo_ en nuestra
literatura. La razón fundamental es que siempre, o casi siempre, las
producciones _criollas_ no son, a mis ojos, sino reproducción de viejos
temas, viejas pasiones, viejas intrigas, sin ubicación necesaria,
pero revestidos de un lenguaje vulgar, trivial y de una repetición
de símiles, lugares comunes y otros recursos, realmente agobiadora.
Brieux, si hubiera visto una pieza _criolla_, que se está dando con
éxito, habría podido hacer de ella _Blanchette_, con sólo cambiar el
sexo del protagonista.
Álvarez no entendía así el _criollismo_; mejor dicho, no se preocupaba
de ninguna manera de entenderlo o comentarlo. Como todos los artistas
verdaderos, se ocupaba sólo en producir y esto de la única manera que
podía hacerlo, mirando y pintando. Sus personajes no sólo hablaban
como estamos habituados a oir hablar en nuestros campos, calles y
casas, sino que sentían y concebían las cosas, como las sienten y las
conciben necesariamente, por educación, por herencia y por influencia
del medio, los diversos tipos sociales de nuestro país. Yo le decía
a Fray Mocho: “Usted está destinado a escribir la primera comedia
_criolla_ de nuestro futuro teatro. Deje al gaucho tan esquilmado,
al compadrito que sólo debe ser un personaje episódico y plante su
escena, como sólo usted sabe hacerlo, en una casa modesta, de barrio
lejano. Traiga usted allí a la mamá y a las niñas, al papá, nacido allá
por 1840, al pariente, a las vecinas y haga usted hablar a toda esa
gente. No se preocupe usted de la acción; hágale usted hablar, sentir
y pensar como usted sabe que en ese mundo hablan, sienten y piensan, y
le auguro a usted un éxito de primer orden”. Álvarez sonreía, pero allá
en el fondo acariciaba la idea con la conciencia de poder realizarla de
incomparable manera.
Brutalmente, la muerte se lo lleva cuando la vida empezaba a serle
menos rigurosa. Él reposa, pero va a faltarnos, en esta monotonía
seria y en esta expectativa casi angustiosa en que vivimos, la alegre
nota semanal de Fray Mocho, en la que poniendo de relieve uno de los
aspectos de _nuestro_ ridículo, nos hacía gozar por la admirable
penetración del artista, y por la verdad del tipo estudiado.
Todos esos bocetos van a ser reunidos en volumen. Ahí deberán ir a
estudiar todos los que quieran interpretar nuestro microcosmos social,
como en las horas largas y tristes allí se deberá buscar el reactivo
contra las sombras del espíritu.
Hemos perdido un verdadero temperamento artístico y el día de ayer, que
fué el último de un hombre que tomó muy poco a lo serio la vida y el
arte, ha sido un día de duelo para las letras argentinas.