Si me asiento sobre una costa rasgada, por ejemplo la de Ant

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

J. MICHELET

EL MAR

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACION--Buenos Aires.

[Nota del transcriptor: la ortografía del original no ha sido

actualizada.]

INDICE

LIBRO PRIMERO.--OJEADA A LOS MARES

Caps.

I.--El mar desde la playa

II.--Playas, arenales y costas bravas

III.--Continuación.--Playas, arenales y costas bravas

IV.--Círculo de las aguas, círculo de fuego.--Ríos del mar

V.--El pulso del mar

VI.--Las tempestades

VII.--La tempestad del mes de octubre de 1859

VIII.--Los faros

LIBRO SEGUNDO.--GÉNESIS DEL MAR

I.--Fecundidad

II.--El mar de leche

III.--El átomo

IV.--Flor de sangre

V.--Los fabricantes de mundos

VI.--Hija de los mares

VII.--El picapedrero

VIII.--Conchas, nácar, perla

IX.--El ladrón de los mares (pulpo, etc.)

X.--Crustáceos.--La guerra y la intriga

XI.--Los peces

XII.--La ballena

XIII.--Las sirenas

LIBRO TERCERO.--CONQUISTA DEL MAR

I.--El arpón

II.--Descubrimiento de los tres Océanos

III.--La ley de las tempestades

IV.--Los mares polares

V.--Guerra á las razas marinas

VI.--El derecho del mar

LIBRO CUARTO.--RENACIMIENTO POR EL MAR

I.--Origen de los baños de mar

II.--Elección de playa

III.--La habitación

IV.--Primera aspiración del mar

V.--Baños.--La belleza renace

VI.--Renacimiento del alma y de la fraternidad

VII.--«Vita nuova» de las naciones

NOTAS

LIBRO PRIMERO

OJEADA A LOS MARES

I

El mar desde la playa.

Un intrépido marino holandés, vigoroso y frío observador, cuyos días se

deslizan en el inmenso Océano, confiesa con franqueza que la primera

impresión que se recibe al contemplarlo, es de miedo. Para todo ser

terrestre es el agua el elemento no respirable, el elemento de la

asfixia. Barrera fatal, eterna, que separa irremediablemente ambos

mundos. No nos sorprende, pues, que la gran masa de agua denominada mar,

desconocida y tenebrosa en su profundo espesor, se haya aparecido

siempre formidable á la humana imaginación.

Los orientales sólo ven en ella la amarga sima, la noche del abismo. En

todos los idiomas antiguos, desde la India hasta la Irlanda, el nombre

de mar es sinónimo de «desierto, noche».

¡Qué triste es ver, al caer de la tarde, el sol, alegría del mundo y

padre de todo lo criado, ir desapareciendo, eclipsarse entre las ondas!

Es el cotidiano duelo del Universo, particularmente del Oeste. En vano

es que todos los días presenciemos el mismo espectáculo; siempre ejerce

en nosotros igual influjo, idéntico efecto melancólico.

Si nos sumimos en el mar á cierta profundidad, no tardamos en vernos

privados de luz: se penetra en un crepúsculo do sólo persiste un color,

el rojo siniestro; y aun al poco rato este color desaparece y sobreviene

la negra noche. ¡Qué obscuridad tan absoluta, exceptuando tal vez

algunos accidentes de horrorosa fosforescencia! Aquella masa, inmensa en

extensión, enormemente profunda, que se extiende por la mayor parte del

orbe, parece un mundo de tinieblas. He aquí lo que sobresaltó, lo que

intimidó á los primeros hombres. Suponían que se acaba la vida donde

falta la luz, y que, á excepción de las primeras capas, todo el espesor

insondable, el fondo (dado caso que tenga fondo el abismo), era una

negra soledad, nada más que árida arena y guijarros, y algunas osamentas

y despojos, es decir, el sinnúmero de bienes perdidos de que el avaro

elemento se apodera sin devolver ni la más pequeña partícula de ellos,

escondiéndolos cuidadosamente en el palacio destinado á guardar los

tesoros de los naufragios.

La transparencia del mar ciertamente que no contribuye á infundirnos

ánimo. No puede compararse, ni con mucho, á la tranquilizadora linfa de

los manantiales y de las fuentes. Aquélla es opaca y ruda: sacude con

fuerza. El que se aventura en ella, siéntese levantado impetuosamente.

Cierto que presta auxilio al nadador, empero se señorea de él:

encuéntrase éste cual débil niño mecido por poderosa mano que fácilmente

puede reducirlo á la nada.

Una vez desamarrada la barquilla, ¿quién sabe dónde puede llevarla una

ráfaga de viento, la irresistible corriente? Así fué cómo nuestros

pescadores del Norte, contra su voluntad, descubrieron la América polar

trayendo de allí las espantosas visiones de la fúnebre Groenlandia. Cada

país tiene sus narraciones, sus cuentos sobre el mar. Hornero, las «Mil

y una noches», han transmitido buen número de esas tradiciones

horrorosas, los escollos y las tempestades, las calmas no menos

peligrosas en que el navegante muere devorado de sed en medio del

líquido elemento, los comedores de carne humana, los monstruos, el

leviatán, el kraken y la gran serpiente de los mares, etc. El nombre

dado al desierto, «país del miedo», hubiera podido aplicarse al gran

desierto marítimo. Los más atrevidos navegantes, fenicios y

cartagineses, los árabes conquistadores que intentaron conglobar el

Universo, atraídos por las relaciones de la tierra del oro y de las

Hespérides, pasan el Mediterráneo, lánzanse á través del Grande Océano;

mas, pronto se detienen: el límite sombrío, cubierto eternamente de

nubes, que se encuentra antes de llegar al Ecuador, les impone respeto.

Suspenden su marcha, diciendo: «Este es el _mar Tenebroso_.» Y ponen las

proas de sus naves en dirección á su país.

«Sería cometer una impiedad el violar ese santuario. ¡Desdichado de

aquel que se vea hostigado por tan sacrílega curiosidad! En las

postreras islas apareció un coloso, un rostro amenazador gritando: «No

paséis más allá.»

* * *

Estos temores, un tanto infantiles, del mundo antiguo, son idénticos á

las emociones del novato, de la persona sencilla que, procedente de

tierra adentro, divisa el mar por vez primera. Puede decirse que todo

ser que experimenta esa sorpresa, siente la misma impresión. Los

animales se turban visiblemente á su vista. Hasta durante el reflujo,

cuando lánguida y benigna se desliza el agua muellemente por la orilla,

el caballo no está sereno: tiembla, y á menudo no quiere vadear el

tranquilo elemento. El perro retrocede y ladra, injuriando á su manera

la onda que le causa miedo, y nunca se reconcilia con el dudoso elemento

que más bien le parece hostil. Cuenta un viajero que los perros del

Kamtschatka, acostumbrados á dicho espectáculo, se sobrecogen é irritan

lo mismo: á manadas, por millares, en el transcurso de la noche, ladran

á las mugientes olas y rivalizan en furor con el embravecido Océano del

Norte.

* * *

La introducción natural, el vestíbulo del Océano para prepararse á

conocerlo como es debido, es la melancólica corriente de los ríos del

Noroeste, los dilatados arenales del Mediodía ó las landas de la

Bretaña. Cualquiera que por una de estas tres vías se dirija al mar,

quedará muy sorprendido de la región intermedia que lo anuncia. A lo

largo de esos ríos divísase una ola infinita de juncos, de salcedas, de

plantas diversas, las cuales, por los grados de las aguas que con ellas

se mezclan convirtiéndose paulatinamente en salobres, acaban por hacerse

plantas marinas. En las landas, preséntase antes del mar otro mar de

hierbas duras y de corto tallo, helechos y matorrales. Una ó dos leguas

distante de él empezaréis á ver árboles raquíticos, pobres, ceñudos, que

indican á su modo por medio de posturas, iba á decir con sus gestos

originales, la proximidad del gran tirano y la opresión de su soplo. Si

no estuvieran arraigados á la tierra, indudablemente abandonarían á toda

prisa aquel sitio: yacen semicaídos, de espaldas al enemigo común, cual

si se dispusieran á partir, derrotados, desgreñados. Se doblan, se

encorvan hasta el suelo, y, no encontrando nada mejor que hacer, fijos

en aquel sitio, tuércense al viento de las tempestades. En otros sitios,

el tronco disminuye y extiende indefinidamente sus ramas en sentido

horizontal. En la playa, donde las disueltas conchas levantan un polvo

muy fino, el árbol vese invadido, tragado por él. Ciérranse sus poros,

le falta aire respirable; siéntese ahogado, empero conserva su forma y

queda árbol de piedra, espectro de árbol, sombra lúgubre sin fuerzas

para desaparecer, cautiva en la muerte misma.

Mucho antes de vislumbrarse el mar, se oye y se adivina el temible

elemento. Primero un rumor lejano, sordo y uniforme. Poco á poco cesan

todos los ruidos dominados por aquél. No tarda en notarse la solemne

alternativa, la vuelta invariable de la misma nota, fuerte y profunda,

que corre más y más, y brama. Es menos regular que la oscilación del

péndulo que nos señala las horas de nuestra existencia: empero aquí el

balancín no tiene la monotonía de las cosas mecánicas; se siente, créese

sentir la vibrante entonación de la vida. En efecto; al subir la marea,

cuando la ola se empina sobre la ola, inmensa, eléctrica, júntase al

tempestuoso mugido de las aguas la estrepitosa algazara de las conchas y

de los mil seres diversos que consigo arrastra. Llega el reflujo; un

zumbido indica que con las arenas se lleva el mar todo ese mundo de

fieles tribus, y las recoge en su seno.

¡Cuántos tonos no tiene á más de los descritos! Por poco que esté

conmovido, sus ayes y hondos suspiros contrastan con el silencio de la

monótona playa. Parece como que se abstrae para oir las amenazas del que

ayer le halagaba con acariciadora ola. ¿Qué va á decirle dentro de

poco? No quiero preverlo siquiera. No intento hablar ahora de los

espantosos conciertos que tal vez prepara, de sus dúos con las rocas, de

los alaridos y sordos truenos que produce en el fondo de las cavernas,

ni de la sorprendente gritería en que se juraría oir: ¡Socorro!... No;

escogeremos uno de sus días graves, en que usa de su fuerza sin

violencia.

* * *

No debe sorprendernos si el niño y el ignorante vense siempre embargados

por un estupor admirativo y más temerosos que alegres ante esa esfinge.

Nosotros mismos, bajo muchos conceptos, la consideramos aún como un

enigma.

¿Cuál es su extensión real? Mayor que la de la tierra: he aquí lo que es

dado afirmar con más exactitud. Sobre la superficie del globo el agua es

lo general, la tierra una excepción. ¿Y su proporción relativa? El agua

constituye las cuatro quintas partes, esto es lo más probable; otros han

asegurado que las dos terceras ó las tres cuartas partes. Problema

difícil de resolver. La tierra se ensancha y decrece; su acción no cesa:

una porción baja, otra sube. Ciertas comarcas polares descubiertas y

anotadas por el navegante, han desaparecido al pasar otra vez éste por

el mismo sitio. Por otro lado fórmanse y se levantan innumerables islas,

bancos inmensos de madréporas y corales, turbando la geografía.

La profundidad de los mares es más desconocida aún que su extensión.

Apenas han sido hechos los primeros sondajes, pocos en número é

inciertos.

Las insignificantes libertades, dado nuestro atrevimiento, que nos

tomamos á la superficie del indomable elemento, nuestra audacia en

correr sobre ese profundo desconocido, poco valen y en nada pueden

menguar el legítimo orgullo del mar. En realidad éste permanece oculto,

impenetrable á nuestras miradas. Adivínase y sábese hasta cierto punto

que un mundo prodigioso de vida, de combate y de amor, de producciones

variadísimas pulula allí; empero apenas hemos penetrado en él, nos

apresuramos á abandonar ese extraño elemento; y si nosotros necesitamos

del mar, en cambio el mar no nos necesita á nosotros para nada. Puede

pasar muy bien sin el hombre. A la Naturaleza parece no le importa gran

cosa ese testigo: Dios es el único que se encuentra allí como en su

casa.

El elemento que llamamos flúido, movible, caprichoso, en realidad no

cambia: es la regularidad misma. Lo que continuamente cambia es el

hombre. Su cuerpo (cuyas cuatro quintas partes son agua, según

Berzelius) mañana se evaporará. Esa efímera aparición, en presencia de

los grandes poderes inmutables de la Naturaleza, hace muy bien en vivir

de ensueños. Por muy justa que sea la idea que tiene de la inmortalidad

del alma, no por eso se aflige menos el hombre ante el espectáculo de

esas muertes frecuentes, de las crisis que á cada momento quiebran la

vida. El mar parece hacer gala de ese triunfo. Cada vez que á él nos

acercamos, parece decirnos desde el fondo de su inmutabilidad: «Mañana

tú dejarás de ser, y yo soy eterno. Tus huesos reposarán bajo la tierra,

disolveránse al transcurso de los siglos, y yo existiré aún, majestuoso,

indiferente, equilibrada la grande vida que me armoniza á la vida de los

mundos lejanos.»

Contraste humillante que se revela con dureza y como irrisoriamente para

nosotros, sobre todo en las playas bravías, donde el mar arranca á los

derrumbaderos guijarros que vuelve á lanzarles, que vuelve á traer dos

veces al día, arrastrándolos con siniestro estrépito cual si fuesen

cadenas ó metralla. Toda imaginación juvenil ve en esto el símbolo de la

guerra, un combate, y empieza por acobardarse. Luego, notando que aquel

furor tiene límites ó se detiene, el niño, tranquilizado ya, detesta más

bien que teme la cosa salvaje al parecer enemistada con él. A su vez

arroja guijarros al gran enemigo mugiente.

En julio de 1831 me entretuve en observar ese duelo en el puerto del

Havre. Un niño que llevaba á mi lado, al verse frente á frente con el

mar sintió enardecerse su ánimo juvenil é indignóse de aquel desafío. El

mar devolvió estocada por estocada. Lucha desigual que movía á risa,

entre la mano delicada de la frágil criatura y la espantosa fuerza que

tampoco se curaba de la debilidad del contrario. Mas, la risa

desaparecía de los labios al pensar en lo efímera de la existencia del

ser amado, y en su impotencia á presencia de la infatigable eternidad

que nos arrebata. Tal fué una de mis primeras miradas hacia el mar.

Tales mis ensueños empañados por el exacto augurio que me inspiraba ese

combate entre el mar que veo cuando quiero, y el niño que para siempre

ha desaparecido de mi vista.

II

Playas, arenales y costas bravas.

Por doquiera puede verse el Océano; siempre se presentará imponente y

temible. Así se ostenta alrededor de los cabos que miran en todas

direcciones; así, y en ocasiones más terrible, en los sitios vastos,

pero circunscriptos, en que el marco de las orillas le molesta y le

indigna, donde penetra violentamente acompañado de corrientes rápidas

que á menudo chocan contra los escollos. No se percibe el infinito,

empero se siente, se oye, se le adivina así, siendo más profunda la

impresión que con ello causa.

Esto me sucedió en Granville, playa tumultuosa de gran oleaje y mucho

viento donde termina la Normandía y comienza la Bretaña. La belleza

lujuriosa y agradable, á veces vulgar, de la linda campiña normanda,

desaparece, y por Granville, por el peligroso Saint-Michel-en-Grève, se

pasa de un mundo á otro. Granville es de raza normanda, pero bretón en

su fisonomía. Opone fieramente su roca al asalto terrorífico de las

olas, que traen unas veces del Norte los discordantes furores de las

corrientes de la Mancha, y otras vienen del Oeste engrosándose en su

vertiginosa carrera de mil leguas, azotando con toda la fuerza acumulada

del Atlántico.

Me era querido aquel pueblecillo original y un poco triste que vive de

la grande pesca rodeada de peligros. La familia sabe que obtiene el

sustento de las casualidades de esa lotería, de la vida, de la muerte

del hombre. Esto presta una seriedad armónica al carácter severo de

dicha costa en todas las cosas. Con frecuencia disfruté allí la

melancolía de la noche, ya me paseara por los obscuros arenales, ya

desde lo alto de la población que corona la roca me entretuviera viendo

esconderse el rey de los astros detrás del horizonte un tanto nebuloso.

Su enorme mapamundi, rayado fuertemente y con frecuencia de negro y

rojo, se abismaba sin detenerse á producir en el cielo los caprichos,

los paisajes de luz con que en otras partes suele alegrar la vista. En

agosto ya había entrado el otoño: no existía el crepúsculo. Apenas

desaparecido el sol, refrescaba la brisa, corrían las olas rápidas,

verdes y sombrías. Casi no se veía otra cosa que algunas sombras

femeninas envueltas en sus capas negras forradas de blanco. Los

carneros retardados en los pobres pastos de la explanada, que se eleva

ochenta ó cien pies sobre la playa, entristecían el espacio con sus

balidos.

La parte alta del pueblo, asaz reducida, tiene la cara que mira al Norte

edificada á pico en el borde del abismo, negra, fría, azotada

eternamente por el viento, de frente al Grande Océano. Allí sólo se ven

míseras viviendas. Fuí conducido al hogar de un buen hombre que se

ganaba el sustento fabricando cuadros de conchas: habiendo subido por

una semiescala hasta un cuartito obscuro, apercibí, encuadrado en la

estrecha ventana, aquel panorama trágico, panorama que me sorprendió

tanto como en Suiza la vista del ventisquero de Grindelwald tomada

asimismo desde una ventana.

El ventisquero me representó un monstruo enorme de hielos puntiagudos

que avanzaban á mi encuentro; ese mar de Granville, un ejército de olas

enemigas que concurrían acordes al asalto.

Mi huésped no era viejo, pero sí achacoso, enfermo. A pesar de que

estábamos en agosto tenía cerrada la ventana. Inspeccionando sus obras y

charlando, noté que su cabeza no estaba muy firme: la había desarreglado

un asunto de familia. Su hermano pereciera en aquella playa que

contemplábamos los dos, en una aventura cruel. El mar se le presentaba

siniestro, le parecía que alimentaba cierta inquina contra él. Durante

el invierno complacíase en flagelar su ventana con copos de nieve ó

vientos helados, siendo causa de que no pudiese pegar los ojos. En las

interminables noches invernales azotaba sin tregua ni descanso la roca

do estaba asentada su vivienda; en verano ofrecíale huracanes

inconmensurables, relámpagos de un mundo al otro. Mucho peor era durante

el flujo: subía á la altura de sesenta pies, y su furiosa espuma,

elevándose más todavía, se estrellaba impertérrita contra su ventana. Y

no estaba el buen hombre seguro de que el mar se contentara con eso; su

odio podía inducirle á jugarle alguna mala treta. Empero carecía de

medios para procurarse un albergue mejor; tal vez veíase clavado allí

por una especie de poder magnético, no osando enemistarse del todo con

la terrible hada, á la que profesaba cierto respeto. La citaba pocas

veces, y cuando lo hacía solía designarla sin nombrarla, así como el

islandés en alta mar no se atreve á citar el Orca, temeroso de que le

oiga y se presente. Todavía me parece estar viendo su palidez cuando,

fijos los ojos en la arena de la playa, me decía: «Esto me da miedo.»

¿Estaba loco? No; hablaba muy razonablemente. Parecióme un ser

distinguido é interesante. Era un hombre nervioso, con una organización

delicada, demasiado delicada para recibir tales impresiones.

El mar produce muchos locos. Livingstone trajo del Africa un hombre

inteligente, valeroso, que hacía frente á los leones; pero nunca había

visto el mar. Al embarcarse por primera vez y experimentar la doble

sorpresa del temible elemento y de todas las artes desconocidas, su

cerebro no pudo resistir tanta emoción. Empezó á delirar, y á pesar de

la vigilancia que con él se tuvo, logró escapar, arrojándose ciegamente

en brazos de las ondas que tanto le aterrorizaban y no obstante le

atraían.

Por otro lado, el mar encariña de tal manera á los hombres que por largo

tiempo se confían á su merced, á los que viven con él familiarizados,

que no les es dado abandonarle jamás. He visto en un puertecito algunos

viejos pilotos que, demasiado débiles, resignaban sus funciones; empero

no lograban resignarse con su nuevo estado, y arrastrando una vida

miserable, acababan por perder el seso.

* * *

En lo más alto de Saint-Michel hay una plataforma llamada de los

_Locos_. En mi vida he visto sitio más adecuado para producir la locura

que esa mansión vertiginosa. Figuraos rodeados de una dilatada planicie

como de blanca ceniza, siempre solitaria, arena equívoca cuya falsa

suavidad constituye el lazo más peligroso. Es y no es la tierra, es y no

es el mar, ni tampoco es dulce el agua, aunque por debajo los arroyuelos

trabajen el suelo incesantemente. Raras veces, y sólo por cortos

instantes, una embarcación se aventuraría en aquellos sitios. Y si uno

pasa cuando refluye el agua, corre riesgo de ser tragado: hablo con

fundamento de causa, pues faltó poco para que me aconteciera un

accidente. Un ligero vehículo en que me encontraba, desapareció en dos

minutos, caballo y todo, y yo escapé milagrosamente. Hasta á pie me

hundía á cada paso que daba, sintiendo bajo mis plantas un horroroso

embate, cual si el abismo me acariciara, me invitara ó atrajera,

agarrándome por debajo. Sin embargo, logré encaramarme en la roca,

llegar á la gigantesca abadía, claustro, fortaleza y cárcel, de una

sublimidad atroz, digna en verdad del paisaje. No es este lugar á

propósito para la descripción de aquel monumento. Yérguese sobre una

gran mole de granito, y se empina y vuelve á empinarse indefinidamente,

cual una Babel titánicamente amontonada, roca sobre roca, siglo tras

siglo, empero constantemente calabozo sobre calabozo. Abajo, el _in

pace_ de los frailes; más arriba, la jaula de hierro levantada por Luis

XI; subiendo siempre, la de Luis XIV; á mayor elevación, la cárcel

actual. Todo esto envuelto en un torbellino, una brisa, una confusión

eterna. Es el sepulcro sin la calma.

¿Tiene culpa el mar de la perfidia de esa playa? No por cierto. El mar

llega allí, como por doquiera, bullicioso y robusto, pero lealmente. La

culpa la tiene la tierra, cuya disimulada inmovilidad, parece siempre

inocente, mientras filtra por debajo la playa las aguas de los

riachuelos, mezcla dulce y blanquizca que no permite consolidar el

terreno. El primer culpable es el hombre, por su ignorancia y su

negligencia. En los interminables siglos bárbaros, mientras sueña con la

leyenda y funda la gran peregrinación del arcángel vencedor del diablo,

éste se apoderó de aquella llanura desamparada. El mar está muy inocente

de todo: en vez de hacer daño, trae por el contrario en sus amenazadoras

ondas un tesoro de sal fecunda, mejor que el limo del Nilo, que

enriquece los campos y constituye la encantadora belleza de los antiguos

pantanos de Dol, convertidos hoy en jardines. Es una madre un poco

exaltada de genio, pero madre al fin. Rica en pescado, amontona sobre

Cancale, que está enfrente, y sobre otros bancos, millones y más

millones de ostras, y sus conchas desmenuzadas producen la rica vida que

se trueca en pastos y frutos, al par que cubre de flores las praderas.

Preciso es penetrarse de la verdadera inteligencia del mar, no dejarse

arrastrar por la falsa idea que puede darnos el país inmediato, ni por

las terribles ilusiones que nos produciría la sencilla grandeza de sus

fenómenos, ni por los furores aparentes que con frecuencia se convierten

en beneficios.

III

Continuación.--Playas, arenales y costas bravas.

Las playas, los arenales y las costas bravas muestran el mar bajo tres

aspectos y siempre útilmente. Explican, traducen, ponen en connivencia

con nosotros esa gran potencia, salvaje á primera vista, mas divina en

el fondo, y por lo tanto amiga.

La ventaja que tienen las costas bravas es, que al pie de aquellos

elevados muros, mejor que en parte alguna, puede apreciarse la marea, la

respiración, el pulso (digámoslo así) del mar. Insensible en el

Mediterráneo, es notable en el Océano. El Océano respira al igual que

yo, concuerda con mi movimiento interno, con el de arriba, obligándome á

contar incesantemente con él, á computar los días, las horas, á mirar al

cielo. Me recuerda lo que soy y que vivo rodeado de gentes.

Si me asiento sobre una costa rasgada, por ejemplo la de Antifer, veo un

espectáculo inmenso. El mar, que hace un momento parecía muerto, acaba

de espeluzarse. Ha temblado. Primer indicio del gran movimiento. La

marea ha rebasado Cherburgo y Barfleur, dado vuelta violentamente á la

punta del faro; sus aguas divididas siguen el Cavaldos, se elevan en el

Havre, viniendo hacia mí, en Etretat, Fécamp y Dieppe, para sumirse en

el canal, á pesar de las corrientes del Norte. Tócame, pues, ponerme en

guardia y observar con atención la hora de su llegada. Su elevación,

indiferente casi en los méganos ó colinas de arena que es fácil

remontar, impone y llama la atención al pie de las costas rasgadas. Ese

dilatado muro de treinta leguas no tiene muchas escaleras: sus estrechas

aberturas que constituyen nuestros puertezuelos, están bastante

distantes la una de la otra.

Curioso es en extremo observar en baja mar las hiladas sobrepuestas

donde se lee la historia del globo en gigantescos registros, do los

siglos acumulados ofrecen completamente abierto el libro del tiempo.

Cada año se traga una página. Es un mundo que se derrumba, que el mar

muerde constantemente por debajo, y las lluvias, los hielos, atacan con

más fuerza por arriba. La onda disuelve la parte caliza, se lleva, trae,

arrastra incesantemente el sílex que convierte en guijarrillos redondos.

Tan rudo trabajo hace de esa costa, riquísima por el lado que mira á la

tierra, un verdadero desierto marítimo. Pocas, muy pocas plantas marinas

se libran de la trituración eterna del guijarrillo magullado una y otra

vez. Los moluscos y las conchas la temen, y hasta los peces se mantienen

apartados. Gran contraste de una campiña apacible y tan humanizada y un

mar en extremo inhospitalario.

Este, sólo se ve desde arriba. Por bajo, la triste necesidad de moverse

sobre un terreno ruinoso, rodadero, cubierto de guijarros cual balas,

hace intransitable la angosta playa, convirtiendo el más corto paseo en

un violento ejercicio gimnástico. Preciso es vivir en las alturas donde

las espléndidas quintas, las magníficas arboledas, los fructíferos

campos, los jardines, se adelantan hasta la orilla de la gran muralla,

contemplando con satisfacción la majestuosa calle de la Mancha cubierta

de barquichuelos y de buques de gran porte, dividida por las dos playas

y los dos grandes imperios del orbe.

* * *

¡La tierra! ¡el mar! ¿Qué más puede desearse? Ambos tienen aquí su

encanto. No obstante, todo aquel que es aficionado al mar por lo que

vale en sí, esto es, su amigo, su amante, irá más bien á buscarlo en

sitio no tan variado. Para entrar en relaciones continuadas con él, las

grandes playas arenosas (si la arena no es demasiado blanda) son mucho

más cómodas, permitiendo paseos interminables. Allí se sueña despierto;

allí puede entregarse el hombre á efusiones misteriosas del corazón.

Nunca he tenido motivo de quejarme de esas vastas y libres arenas donde

otros se fastidiaban; no me encuentro solo en aquel sitio. Voy, vengo, y

siempre tengo junto á mí el gran compañero. Si no está muy conmovido, de

mal humor, me aventuro á interrogarle, y se digna contestarme. ¡Cuántas

cosas nos hemos comunicado durante los tranquilos meses en que la

muchedumbre se ausenta á las ilimitadas playas de Scheveningen y de

Ostende, de Royan y de Saint-Georges! Entonces se establece cierta

intimidad merced á las prolongadas conversaciones tenidas á solas.

Requiérese cierto tacto para comprender el gran idioma de los mares.

Uno encuentra triste el Océano cuando, desde las torres de Amsterdam, el

Zuiderzée se aparece terroso y con ondas plomizas: cuando, desde los

méganos de Scheveningen, divísanse desplomarse sus aguas, dispuestas á

cada momento á salvar el dique. En cuanto á mí, encuentro interesante

este combate; dicha tierra me atrae, por imponente que sea: es el

esfuerzo, la creación, el invento del hombre. Y también me agrada el

mar, por los tesoros de la vida fecunda que encierra su seno. Es una de

las partes más pobladas del Universo. Llega la noche de San Juan, día en

que se abre la pesca, y veis surgir de las profundidades la ascensión de

otro mar, el mar de los arenques. La llanura indefinida de las aguas no

será bastante grande para contener aquel diluvio viviente, una de las

revelaciones más triunfales de la fecundidad sin límites de la

Naturaleza. He aquí lo que anticipadamente percibo en ese mar, y en los

cuadros do el genio ha señalado su profundo carácter. La sombría

_Estacada_ de Ruysdael es el cuadro que siempre ha llamado más mi

atención de todos los del Louvre. ¿Por qué? En las rojizas tintas de

aquellas aguas electrizadas no siento ni por un momento el frío del mar

del Norte, sino la fermentación, el oleaje de la vida.

* * *

Con todo, si se me preguntara qué costa del Océano produce mayor

impresión, contestaría: la de Bretaña, particularmente junto á los

agrestes á la par que sublimes promontorios de granito que terminan el

mundo antiguo, en aquella atrevida punta que desafía las tempestades y

domina el Atlántico. En parte alguna he sentido mejor las nobles y

elevadas tristezas que constituyen las mejores impresiones del mar. Esto

requiere una explicación.

Hay tristeza y tristeza--la del sexo débil, la del fuerte,--la de las

almas demasiado sensibles que lloran sus propios males, y la de los

corazones desinteresados que siempre están contentos con su suerte y

bendicen continuamente á la Naturaleza, empero sienten los males de sus

semejantes, y sacan de la tristeza misma fuerzas para obrar ó crear.

¡Con qué frecuencia nuestros males necesitan remojar su alma en ese

estado que podemos nombrar melancolía heroica!

Al visitar aquel país treinta años ha, no me daba cuenta del gran

atractivo que para mí tenía. En el fondo, el atractivo es su grande

armonía. Por otro lado, y sin que uno se lo explique, siéntese

discordancia entre el suelo y el habitante. La magnífica raza normanda,

en los cantones en que se ha mantenido pura ó donde ha conservado el

color rojo, el extraño rojo de la Escandinavia, no tiene la menor

relación con la tierra que ocupa por acaso. En la Bretaña, por el

contrario, sobre el suelo geológico más antiguo del globo, sobre el

granito y el sílex, se pasea la raza primitiva, un pueblo también de

granito. Raza ruda, nobilísima, con la finura del guijarro. Todo lo que

progresa la Normandía, decae la Bretaña. Imaginativa y dotada de

talento, le agrada lo absurdo, lo imposible, las causas perdidas. Empero

si pierde en tantas cosas, le queda una, la más rara, el carácter.

Si uno quiere desviarse un tanto del anglicismo insípido y de la

vulgaridad con pretensiones de positivismo, en fin, de las tontas

alegrías tan tristes, que vaya á posarse sobre las rocas de la bahía de

Douarnenez, en el promontorio de Penmark; ó, si la brisa sopla con

demasiada violencia, que se embarque en las islas bajas del Morbihan: el

mar arrastra hacia ellas una tibia onda que ni siquiera se siente. La

Bretaña, donde es apacible, esto de veras. En sus archipiélagos

creeríais encontraros mecidos por la ola de la muerte; empero donde se

ostenta con fuerza, es sublime.

En 1831 sentí sus tristezas, las cuales forman parte de la historia de

mi vida. Entonces no conocía el verdadero carácter del mar. En los más

solitarios ancones, entre sus rocas más agrestes es donde se ostenta

verdaderamente risueño, quiero decir, vivo y retozón y lleno de vida.

Veis cubiertas sus rocas con una á modo de capa de escabrosidades

grises; mas aquello son seres animados, todo un mundo asentado allí, que

queda en seco durante el reflujo, se cierra y esconde, volviendo á abrir

sus ventanillas cuando el bueno del mar, su alimentador, le trae de

nuevo el sustento. Allí trabaja también en masa ese apreciable pueblo de

pequeños picapedreros, los esquinos, observados y tan exactamente

descritos por M. Caillaud. Toda esa muchedumbre juzga exactamente al

revés de nosotros. La bella Normandía les espanta; detesta y tiemblan á

la vista de los rudos guijarros de las costas bravas, que los

triturarían con la mayor facilidad. No menos temor les causan los

ruinosos calizos de la Saintonge, disgustándoles fijarse sobre lo que

está destinado á desmoronarse el día de mañana. Al contrario, les gusta

sentir bajo sus plantas el inmutable suelo de las rocas bretonas.

Tomemos ejemplo de ellos para no creer en las apariencias, sino sólo en

lo verdadero. Las más encantadoras riberas de la Flora seductora son

aquellas en que se aleja la vida marítima. Su riqueza consiste en

fósiles: curiosos para el geólogo, instrúyenle por medio de los huesos

de los muertos. El áspero granito, muy al contrario, ve bajo sus pies el

mar con sus innumerables peces; encima otra vida, la población

interesante, modesta, de los industriosos moluscos, pequeños obreros

cuya laboriosa existencia constituye el serio encanto, la moralidad del

mar.

«Reina silencio profundo. Ese pueblo infinito es mudo, nada me dice. Su

vida es del uno para el otro, sin relación con la mía, y para mí vale la

muerte. ¡Soledad! (exclama un corazón femenino). ¡Grande y triste

soledad!... No estoy tranquila...»

Mal hecho. Aquí todos son amigos. Esos pequeños seres no se comunican

con el hombre, pero trabajan para él. Pónense de acuerdo con su sublime

padre, el Océano, que habla por ellos. Hácense oir por medio de su

órgano atronador.

Entre la tierra silenciosa y las mudas tribus del mar, entáblase aquí

el diálogo grandilocuente, rudo y grave, simpático, la armónica

concordancia del grande Yo consigo mismo, ese precioso debate que es

todo Amor.

IV

Círculo de las aguas, círculo de fuego. Ríos del mar.

Apenas echó la tierra una mirada sobre sí misma, cuando se comparó y

prefirió al cielo. La joven geología luchando contra su hermana mayor la

astronomía, reina orgullosa de las ciencias, lanzó un grito titánico.

«Nuestras montañas, dijo, no han sido lanzadas _á la ventura, como las

estrellas en el firmamento_, sino que forman sistemas do se encuentran

los elementos de una ordenación general, _no ofreciendo de ello ningún

vestigio las constelaciones celestes_.» Frase tan atrevida y apasionada

escapóse de los labios de un hombre cuya modestia iguala á su saber, M.

Elías de Beaumont.

Es indudable que aún no se ha desembrollado el orden (probablemente muy

grande) que reina en la confusión aparente de la Vía Láctea; empero la

ordenación más visible de la superficie del Globo, resultado de las

insondables revoluciones de su interior, conserva, y conservará para la

ciencia más ingeniosa, sombras y misterios.

Las formas de la gran montaña emergida de las aguas que con propiedad

llamamos tierra, ofrecen varias disposiciones asaz simétricas, sin poder

ser conducidas aún á lo que parecería un sistema leal. Esas porciones

secas y elevadas aparecen más ó menos visibles, según las descubre el

agua. El mar, como límite, traza en realidad la forma de los

continentes. Toda geografía conviene comenzarla por el mar.

Añadid un hecho culminante, revelado de pocos años acá. Mientras la

tierra nos ofrece tales ó cuales rasgos que parecen discordantes

(ejemplo, _el Nuevo Mundo extendiéndose de Norte á Sur y el antiguo de

Este á Oeste_), el mar, por el contrario, presenta notable armonía,

exacta correspondencia entre ambos hemisferios. En la parte flúida que

se ha tenido siempre por tan caprichosa, es donde existe la regularidad.

Lo que nuestro globo tiene de más ordenado, de más simétrico, es al

parecer lo más libre, el juego de la circulación. La osamenta y las

vértebras del grande animal presentan las singularidades de que aún no

podemos darnos exacta cuenta. Mas, su movimiento vital que produce las

corrientes del mar, que convierte de salada en dulce el agua, no

tardando en trocarse en vapor para volver al agua salada, ese admirable

mecanismo es tan perfecto como el de la circulación sanguínea en los

animales más nobles. Nada hay que se asemeje tanto á la transformación

continuada de nuestra sangre, venosa y arterial.

* * *

El aspecto del globo es al parecer, mucho más comprensible, si se

clasifican las regiones, no por cordilleras, sino por _cuencas

marítimas_.

El sur de España parécese más á Marruecos que á Navarra; la Provenza á

la Argelia más que al Delfinado; la Senegambia á las regiones del

Amazonas más que al mar Rojo; y el Amazonas tiene más analogía con las

húmedas regiones del Africa que con sus vecinas del dorso, Chile, el

Perú, etc.

La simetría del Atlántico es aún más notable en las corrientes

submarinas, en los vientos y brisas de la superficie. Su acción ayuda

poderosamente á crear esas analogías y á formar lo que puede apellidarse

la fraternidad de las playas.

El principio de unidad geográfica, el elemento clasificador, será

buscado más cada día en la _cuenca marítima_, donde las aguas, los

vientos, mensajeros fieles, crean la relación, la asimilación de las

opuestas orillas. Pediráse más raramente esa idea de unidad geográfica á

las montañas, cuyas dos vertientes, á menudo en contradicción, nos

ofrecen bajo una misma latitud floras y pueblos completamente distintos;

aquí el invariable estío, á dos pasos el eterno invierno, según las

situaciones. Raras veces da la montaña la unidad de la comarca, pero sí

suele dar su dualidad, su divorcio y sus discordancias.

Esta opinión no es mía, sino de Bory de Saint-Vincent. Los recientes

descubrimientos de Maury y las leyes que ha establecido la confirman de

mil maneras.

* * *

En el inmenso valle del mar, bajo la doble montaña de ambos continentes,

propiamente hablando no existen más que dos cuencas.

«1.º La cuenca del Atlántico.

2.º La gran cuenca del mar Indico y Pacífico.»

No puede darse el nombre de cuenca al círculo indeterminado del enorme

Océano Austral, que ni tiene límite ni playa, que sólo hacia el Norte

rodea el mar de la India, el mar de Coral y el Pacífico.

El Océano Austral por sí solo, es mayor que todos los mares juntos, pues

cubre casi la mitad de la superficie del globo. Según toda apariencia,

su profundidad corre parejas con su extensión. Mientras los recientes

sondeos del Atlántico indican 10 ó 12.000 pies, Ross y Denham hallaron

en el Océano Austral 14.000, 27.000 y hasta 46.000 pies. Añadid á todo

esto la masa de hielos antárticos, infinitamente más dilatados que

nuestros hielos boreales. No se apartará uno mucho de la verdad, si,

simplificando, dice: El hemisferio Austral es el mundo de las aguas, y

el Boreal el de la tierra.

* * *

Todo el que parte de Europa para atravesar el Atlántico, habiendo salido

sin contratiempo de nuestros puertos, cerrados con harta frecuencia por

el viento Oeste, después de haber franqueado la zona variable de

nuestros mares inconstantes, no tarda en penetrar en la del buen tiempo,

á la eterna serenidad que los vientos de Noroeste, los suaves vientos

alisios, dan al mar y la tierra. Todo sonríe: no hay motivo para

inquietarse. Mas, al avanzar hacia la Línea, cesa la brisa vivificadora

y el aire se vuelve sofocante. Se penetra en la zona de las calmas que

dominan bajo el Ecuador y separan inmutablemente los alisios de nuestro

hemisferio Boreal de los alisios del hemisferio Sur. El cielo está

cubierto de pesadas nubes; á cada momento llueve á mares. El corazón se

entristece, nos quejamos; mas, sin ese sombrío cortinaje, ¿podrían

resistir nuestras cabezas los ardores solares del Atlántico? Sin el

diluvio de agua que asalta la otra cara del globo, el mar Indico y el

mar de Coral, ¿sería posible resistir la fermentación producida por los

cráteres de sus encanecidos volcanes? Esa negra masa de nubes, antes

terror, barrera de los navegantes, esa noche súbita que se extiende

sobre las aguas, es precisamente la salvación, la facilidad protectora

que suaviza nuestro viaje, y nos conduce como por la mano á disfrutar

del espléndido sol, del claro cielo del Sur, de la dulzura de los

vientos regulares.

Naturalmente el calor de la Línea eleva el agua en vapores, formando esa

sombría faja.

El observador que desde otro planeta contemplara el nuestro, vería

cernerse sobre él un anillo de nubes con corta diferencia como

observamos nosotros el de Saturno. Y si tratara de indagar su uso,

podría contestársele: Es el regulador que, absorbiendo y devolviendo á

su vez, equilibra la evaporación, la precipitación de las aguas,

distribuye las lluvias y el rocío, modifica el calor de cada comarca,

canjea los vapores de ambos mundos, pide prestado al mundo Austral los

materiales para formar los riachuelos y grandes corrientes de agua de

nuestro mundo Boreal. Solidaridad maravillosa. La América del Sur con

sus imponentes selvas, por medio de su respiración condensada en nubes,

empapa fraternalmente las flores y los frutos de Europa. El aire que nos

renueva es el tributo que un centenar de islas del Asia, que la poderosa

flora de Java ó de Ceilán exhaló y confió al gran mensajero de las nubes

que da vueltas con la tierra y le vierte la vida.

* * *

Colocaos (hablo en espíritu) sobre una de las islas volcánicas que en

tanto número ofrece el mar Pacífico y mirad hacia el Sur. Detrás de la

Nueva Holanda veréis el Océano Austral sitiar con una onda circular las

dos puntas extremas del antiguo y nuevo continentes. Nada de tierra en

el mundo antártico, ó de islitas, ó de pretendidas tierras polares que

tan pronto son indicadas por los descubridores como han desaparecido, no

siendo tal vez más que hielos. Aguas sin fin, siempre aguas.

Del mismo observatorio do os he colocado, en contraste con el círculo de

las aguas antárticas podéis ver hacia el Este, hacia el hemisferio

Artico, lo que Ritter llama «el círculo de fuego.» Para hablar con más

propiedad, es un anillo suelto, una cadena floja que forman los

volcanes, primeramente en las cordilleras, luego en las alturas del

Asia, y por último en esos innumerables grupos de islas basálticas que

hormiguean por todo el Océano Oriental. Los primeros volcanes, los de

América, ofrecen en una longitud de mil leguas, una sucesión de sesenta

faros gigantescos, cuyas continuadas erupciones dominan la costa abrupta

y las lejanas aguas. Los otros, desde la Nueva Zelandia hasta el norte

de las Filipinas, cuentan ochenta que arden y un gran número apagados.

Si fijamos la vista hacia el Norte (desde el Japón hasta Kamtschatka),

cincuenta relucientes cráteres alumbran hasta de las islas Aleutianas, y

los sombríos mares Articos (Leopoldo de Buch, Ritter, Humboldt). Total,

trescientos volcanes en actividad que dominan circularmente el mundo

oriental.

En la otra cara del globo, nuestro Océano Atlántico ofrecía análogo

aspecto antes de las revoluciones que apagaron la mayor parte de los

volcanes de Europa, aniquilando por otra parte el continente de la

Atlántida. Humboldt opina que esa gran ruina, atestiguada con tal fuerza

por la tradición, realmente se verificó. Por mi parte, atrévome á añadir

que la existencia de dicho continente era lógica en la simetría general

del Universo, para que esa cara del globo fuera armónica á la otra. Allí

se levantaban, al lado del volcán de Tenerife, que nos ha quedado, y de

nuestros apagados volcanes de la Auvernia, el Rhin, Herefort, etc., los

que debieron minar la existencia de la Atlántida. Todos juntos

constituían la parte opuesta de los volcanes de las Antillas y demás

cráteres americanos.

* * *

De esos volcanes encendidos ó extintos, de la India y de las Antillas,

del mar de Cuba, del de Java, se desprenden dos enormes ríos de agua

caliente, que corren á calentar el Norte, y podríamos llamar las dos

aortas del globo. Ambos están provistos, ó bien de lado ó por debajo, de

contracorrientes que, procedentes del Norte, traen el agua fría,

compensando la efusión de agua caliente y constituyendo el equilibrio. A

las dos corrientes cálidas, que son saladísimas, administran las

corrientes frías una masa de agua más dulce, que vuelve al Ecuador, al

gran fogón eléctrico destinado á calentarla, á salarla.

Esos ríos de agua caliente, angostos al principio, como de veinte leguas

de ancho, y que por largo espacio conservan su vigor y poderosa

identidad, poco á poco se cortan, entíbianse, empero se dilatan y se

ensanchan hasta mil leguas. Maury estima que el que parte de las

Antillas é impele el Norte hacia nosotros, traslada y modifica la cuarta

parte de las aguas del Atlántico.

Esos grandes rasgos de la vida de los mares, observados recientemente,

eran, no obstante, tan visibles como los continentes mismos. Nuestra

poderosa arteria Atlántica y su hermana la arteria Indica bastante se

daban á conocer en el color. Por ambos lados se vislumbra un torrente

azul, muy azul, que corre sobre las verdes aguas, color de índigo tan

sombrío, que los japoneses nombran al suyo: _río negro_.

Vese perfectamente brotar el nuestro, entre Cuba y la Florida: sale

hirviendo de su caldera, el golfo de Méjico. Corre cálido, salado, muy

visible entre sus dos verdes murallas. Búrlase del Océano; éste lo

encajona, lo comprime, mas no puede traspasarlo. Ignoro por qué densidad

intrínseca, por qué atracción molecular, sus azuladas aguas se mantienen

unidas, tan unidas, que antes que confundirse con el agua azul, se

acumulan, forman un muro, una bóveda, con su pendiente á derecha é

izquierda, y cualquier objeto que allí se eche lo repele y se desliza,

pues es más alto que el Océano.

Rápido é impetuoso, primero corre al Norte, siguiendo los Estados

Unidos; mas, al llegar á la punta del gran banco de Terranova, su brazo

derecho dirígese al Este y el izquierdo se subordina, cual corriente

submarina, yendo á consolar el polo y á crear el mar tibio (entiéndase

no helado), que se acaba de descubrir. En cuanto al brazo derecho,

desparramado por una inmensa latitud, cuando débil, cansado, llega á

Europa, encuéntrase con la Irlanda y la Inglaterra que vuelven á dividir

las aguas ya separadas en Terranova. Desfalleciente, perdido en el mar,

entibia, no obstante, un poco la Noruega, y halla medio todavía de

llevar á las costas de la Islandia las maderas de América, sin las

cuales moriría esa pobre isla nevada bajo su volcán.

* * *

Los dos hermanos, el Indico y el Americano, se asemejan en que, salidos

de la Línea, del horno eléctrico del globo, arrastran prodigiosas

potencias de creación, de agitación. Por un lado parecen la matriz

profunda de un mundo de seres vivientes, su suave y apacible cuna; por

otra constituyen el centro y vehículo de las tempestades: los vientos,

las trombas viajan á la superficie. Tanta dulzura, tanto furor, ¿acaso

no es un contrasentido? No: esto prueba únicamente que el furor sólo

turba la parte de afuera, las capas externas, poco profundas. De lo

interno nada se sabe. Las más débiles criaturas, los átomos conchíferos,

las medusas microscópicas, seres flúidos que una nada disuelve,

aprovechándose de la corriente, navegan pacíficamente bajo la tempestad.

Muy pocos llegan hasta nosotros: detiénense en Terranova, donde la fría

corriente del polo los ataca, los aprisiona, los mata. Terranova no es

más que el osario de esos viajeros heridos por el frío. Los más tenues,

aunque muertos, quedan flotando, mas acaban por llover cual nevazón en

el fondo del Océano, constituyendo esos bancos de conchas microscópicas

que, de Irlanda hasta América, constituyen aquel fondo.

Maury llama á los dos ríos de agua caliente, el Indico y el Americano,

_las dos vías lácteas del mar_.

* * *

Semejantes en calor, color y dirección, describiendo precisamente una

misma curva, no tienen, sin embargo, el mismo destino. El Americano

comienza por penetrar en un mar bravío abierto al Norte, el Atlántico,

que suelta y manda contra él el flotante ejército de hielos polares,

donde gasta su calor. Al contrario, la corriente Indica, circulando

primeramente por las islas, llega á un mar cerrado y más preservado del

Norte, manteniéndose por mucho tiempo el mismo, cálido, eléctrico y

creador, y trazando sobre el globo un enorme reguero de vida.

Su centro es el apogeo de la energía terrestre en tesoros vegetales, en

monstruos, en especias, en peces. De las corrientes secundarias que se

desprenden de él y van al Sur, resulta todavía otro mundo, el del mar

de Coral. Allí, en un espacio _grande como los cuatro continentes_--dice

Maury,--los pólipos fabrican concienzudamente los millares de islas,

bancos y arrecifes que cortan poco á poco ese mar; escollos, hoy día,

peligrosos y maldecidos del navegante, pero que remontando, uniéndose á

la larga, constituirán un continente, y ¿quién sabe? después de un

cataclismo, el refugio del linaje humano.

V

El pulso del mar.

El Mar · 第 1 / 20 段