--Gentleman--dijo--, hoy no vengo como amigo ni como administrador de su

vida material. El gobierno me envía para que ilustre su entendimiento, y

he creído del caso vestir mis mejores ropas universitarias y traer lo

necesario para una buena explicación.

Ocupó solemnemente su pequeña poltrona, ordenó sobre la mesita los

montones de libros y quedó mirando el rostro gigantesco de su amigo, que

sólo estaba á un metro de distancia de ella.

No necesitaba Flimnap de bocina, como en otras ocasiones. Podía

expresarse sin esforzar su voz, que era naturalmente armoniosa y

contrastaba con su exterior algo grotesco.

--Le confieso, gentleman, que me turba ver su rostro de tan cerca. Me

infunde espanto. Además, su fealdad aumenta por horas; las cañas de

hierro que surgen de su piel son cada vez más grandes y rígidas. Habrá

que ver cómo los barberos de la capital pueden suprimir esta vegetación

horrible. Permítame que le mire un poco á través de mi lente, para verle

con unas proporciones más racionales y justas, como si fuese un ser de

mi especie.

El dulce profesor contempló al gigante largo rato á través de una

lenteja de cristal sacada de su toga, mientras tenía los anteojos

subidos sobre la frente. Su rostro se contrajo con una sonrisa de

doncella feliz, como si estuviese contemplando algo celestial. Al fin se

arrancó á este deleite de los ojos para cumplir sus deberes de maestro.

--Va usted á saber--dijo--lo que tanto desea desde que nos conocimos.

Vengo para explicarle la historia de este país y lo que fué la Verdadera

Revolución. Los misterios y secretos que le preocupan van á

desvanecerse. Escuche sin interrumpirme, como hacen las jóvenes que

asisten á mi cátedra. Al final me expondrá sus dudas, si es que las

tiene, y yo le contestaré.

Después de este preámbulo, el profesor empezó su lección.

--Usted sabe, gentleman, quién fué el primer Hombre-Montaña que visitó

este país. Hasta creo que el tal gigante dejó escrito un relato de su

viaje, y usted debe haberlo leído, indudablemente.

Como ya le dije, otros gigantes vinieron detrás de él en diversas

épocas; pero esto sólo tiene una relación indirecta con los sucesos que

quiero relatarle. Ya sabe usted también, aunque sea de un modo vago,

cómo era la vida de mi país en aquella época remota. Nuestro pueblo

estaba gobernado por los emperadores, que se creían el centro del mundo

y de una materia divina distinta á la de los otros seres. La vida de la

nación se concentraba en la persona del soberano. Los más altos

personajes saltaban sobre la maroma y hacían otros ejercicios

acrobáticos para divertir al monarca del Imperio, que entonces se

llamaba Liliput. La gran ambición de todo liliputiense era conseguir

algún hilo de color de los que regalaba el déspota para cruzárselo sobre

el pecho á guisa de condecoración. En resumen: mi país vivía sometido á

una autoridad paternal pero arbitraria, y los hombres llevaban una

existencia monótona y soñolienta, al margen de todo progreso. De las

mujeres de entonces no hablemos. Eran esclavas, con una servidumbre

hipócrita disimulada por el cariño egoísta del esposo y la falsa dulzura

del hogar.

Así era el Imperio de Liliput, cuando siglo y medio después de la

llegada del primer Hombre Montaña se inició la serie de acontecimientos

históricos que acabaron por cambiar su fisonomía.

Un náufrago gigante que había pasado algún tiempo entre nosotros tuvo

ocasión de volver á su tierra natal valiéndose de un bote en armonía con

su talla que la marea arrastró hasta nuestras costas.

Al emprender su viaje de regreso no iba solo. Un liliputiense se marchó

también; unos dicen que de acuerdo con el gigante; otros, y son los más,

suponen que se escondió en la enorme barca con el deseo de conocer el

mundo de los Hombres-Montañas.

Este viajero extraordinario es célebre en nuestra historia. Su nombre

fué Eulame. Yo tengo compañeros en la Universidad que suponen que Eulame

era una mujer, pues no pueden explicarse de otro modo tanta inteligencia

y tanto heroísmo reunidos en una sola persona. Han escrito varios libros

para probar que Eulame fingió ser hombre porque en aquellos tiempos sólo

dominaban los hombres, y casi lo demuestran plenamente. Pero yo nunca me

he apasionado por este misterio de nuestra historia. Bien puede Enlame

haber sido hombre, como creyeron los de su época. Una excepción no

altera la regla, y reconozco que el débil sexo masculino es capaz de

producir de tarde en tarde algún personaje célebre, sin que esto le

saque de su inferioridad....

Digo que Eulame se marchó al país de los gigantes y permaneció allá

algunos años. También este período de su existencia ha dado lugar á

muchos estudios históricos y críticos. Unos dicen que anduvo por aquel

mundo monstruosamente grande, de feria en feria, siendo exhibido en

circos y barracas como una curiosidad nunca vista, y que sus viajes le

sirvieron para conocer los diversos pueblos en que se hallan divididos

los colosos.

Otros autores afirman, basándose en el testimonio de personas que

trataron á Enlame y pudieron oir sus confidencias, que el audaz

liliputiense apenas fué conocido por la generalidad de los gigantes. Él

y el marinero en cuyo bote se escapó fueron recogidos por un gran barco,

y, al llegar á la tierra donde todo es monstruosamente enorme, los

navegantes lo vendieron á un sabio, y con él vivió, en el ambiente de

una soledad estudiosa, aprendiendo con rápidas síntesis todo lo que el

ilustre gigante había buscado en los libros y en las experiencias de

laboratorio durante muchos años.

Tampoco en esta cuestión me decido ni por unos ni por otros. En

realidad, no se sabe nada sobre el primer período de la vida de Eulame,

que fué tan misterioso como la juventud de muchos fundadores de

religiones. Todo lo que dicen mis compañeros de Universidad y lo que

dijeron igualmente muchos sabios anteriores está fundado en hipótesis.

Lo único cierto es que Eulame volvió á Liliput, pero no en una simple

barca, como la que le trajo á usted, Gentleman-Montaña. Al otro lado de

la gran barrera de rocas y espumas levantada por nuestros dioses quedó,

según cuentan los cronistas de aquella época, un buque de proporciones

inmensas, un verdadero navío de gigantes. Un simple bote salvó el

obstáculo de la muralla divina, trayendo hasta nuestras costas á Eulame

y á un Hombre-Montaña viejo, seco de cuerpo, con barba blanca, que

supongo debió ser su estudioso protector.

Éste tenía el propósito de ir trayendo en la lancha hasta nuestra tierra

todos los inventos de su mundo, de que venía repleto el navío enorme;

pero nuestros dioses, como aman poco á los gigantes, agitaron el mar sin

límites con una furiosa tempestad, y el buque se estrelló contra la

barrera de rocas y de espumas.

Quedó entre nosotros el gigante viejo tan desamparado y falto de medios

cual se ve usted ahora. Además, como sus años no le permitían vivir en

un mundo tan nuevo para él y tan falto de las comodidades que necesita

la vejez, murió al poco tiempo. Yo sospecho que los emperadores de la

última dinastía se sintieron inquietos tal vez por la frecuencia con que

llegaban á nuestras costas huéspedes de la misma talla, y trataron al

viejo con brusquedad, sin considerar que el pobre venía atraído por los

relatos de Eulame para establecer generosamente su civilización entre

nosotros.

Su cadáver dió poco trabajo para ser anulado. Era un esqueleto

recubierto de piel nada más, y sus huesos se emplearon como ricos

materiales en numerosas obras de arte. Todavía conservamos en la

Universidad varios libros de él, que me sirvieron muchísimo para el

estudio de la lengua que usted habla y para el conocimiento de las

costumbres de los Hombres-Montañas.

Pero volvamos á Eulame. Al verse solo, se lanzó á predicar entre sus

compatriotas las ventajas de la civilización de los gigantes. Los

descontentos del Imperio, que eran muchos, vieron en él un jefe que

podía sustituir á la dinastía reinante. Los sabios le escucharon como un

maestro divino, y todas las universidades fueron declarándose discípulas

suyas. De entonces data la introducción del inglés en este país como

idioma secreto y sagrado, que sirvió para entenderse á las personas de

clase superior.

¡Las cosas que hizo Eulame en poco tiempo! Jamás se conoció en nuestra

historia una actividad como la suya. El pueblo no pudo creer que fuese

un hombre igual á los demás, y le tuvo por hijo de los dioses. Hasta la

industria del país la modificó radicalmente en pocos meses. Implantó

entre nosotros todos los progresos mecánicos que había visto en el mundo

de los colosos. Nuestros ingenieros, que hasta entonces habían marchado

á ciegas, moviéndose siempre dentro del mismo círculo, luego de escuchar

las lecciones de Eulame vieron nuevos caminos abiertos ante sus ojos, y

se lanzaron por ellos, haciendo descubrimientos con una rapidez

vertiginosa, inventando casi instantáneamente lo que había costado tal

vez largos años de meditación en el país de los gigantes.

El último emperador intentó asesinar al profeta; pero éste poseía la

fuerza, y creyó llegado el momento de pasar de las palabras á la acción.

Había traído del otro mundo los explosivos y las armas de fuego. Los

ricos industriales partidarios del eulamelismo fabricaron secretamente

un material de guerra igual al de los Hombres-Montañas, y bastó que mil

discípulos con fusiles y cañones marchasen contra el palacio del

emperador para que éste huyese, acabando en un momento la dinastía

secular.

Las viejas tropas, armadas con arcos y lanzas, se desbandaron, dando

vivas á Eulame, al recibir la primera granizada de balas de sus

partidarios. El Regenerador fué elevado entonces á la dignidad imperial,

y empezó el período más agitado, más sangriento é interesante de nuestra

historia.

Debo advertir que como entonces dirigían los hombres la marcha del país,

tuvieron el cinismo de dar el nombre de _época gloriosa_ á un período en

el que murieron millones de personas, siendo además incendiadas muchas

ciudades, que aún no están reconstruidas, y devastadas provincias

enteras.

Al verse Eulame en el poder, se creyó investido de una misión

sobrehumana.

Esta misión consistía en llevar á todas las naciones próximas pobladas

por seres de nuestra especie los beneficios de la civilización

implantada por él. Además, como disponía de una fuerza superior,

necesitaba usarla, lo mismo que el atleta, incapaz de vivir

tranquilamente sin dar golpes contra algo para ejercitar sus músculos.

Las tropas irresistibles de Eulame marcharon contra Blefuscú, el pueblo

que durante siglos había sido nuestro adversario. Resultó una guerra

fácil por la gran desigualdad entre los respectivos armamentos; pero los

de Blefuscú se defendieron con esa tenacidad irracional que la Historia

llama heroísmo, dejándose matar en cantidades enormes.

Después de haber dominado á esta nación, el conquistador llevó sus armas

á otra, y luego á otra, no quedando continente ni isla que dejase de

reconocer su autoridad imperial. Pero la misma grandeza de su éxito pesó

sobre él, acabando por aplastarle. Sus generales obedecieron á esa ley

de los hombres según la cual todo discípulo, cuando se ve en lo alto,

debe atacar á su maestro.

Llegó un día en que los belicosos caudillos que gobernaban por

delegación las tierras conquistadas se sublevaron contra Eulame. Todo lo

que éste había aprendido en el país de los gigantes lo comunicó

confiadamente á sus allegados: los nuevos medios de destrucción eran ya

del dominio común; sus adversarios sabían lo mismo que él; ya no era un

semidiós, era un hombre como los otros. Y como sus enemigos resultaban

mucho más numerosos, le vencieron en una batalla campal á las puertas de

esta ciudad, que entonces se llamaba Mildendo, reuniéndose después en

congreso diplomático para decidir su futura suerte.

No se atrevieron á matarle porque habían sido sus discípulos; pero como

deseaban verse libres de su presencia, lo confinaron perpetuamente en

una pequeña isla, en un peñón solitario y malsano, lejos de toda vida,

en las inmediaciones de la muralla de rocas y espumas que muy pocos osan

pasar.

El emperador murió á los pocos años en este destierro de un modo

obscuro. Aún vivían las familias de los catorce ó quince millones de

seres que habían muerto á causa de sus guerras y sus ambiciones. Luego,

con el transcurso de los años, el vulgo, que necesita para vivir el

culto de los héroes y cuando no los tiene los inventa, ha glorificado á

Eulame, convirtiendo sus matanzas en hazañas gloriosas y dando un

carácter casi divino á su recuerdo.

Yo puedo enseñarle, gentleman, como unos cincuenta mil libros escritos

para glorificar á Eulame y narrar sus hazañas. Sin embargo, su herencia

no pudo resultar más fatal. Este fabricante de guerras hizo lo necesario

antes de desaparecer para que nuestro mundo se viese condenado

eternamente á la guerra.

El congreso reunido en Mildendo intentó un nuevo reparto de las

naciones, dividiendo las antiguas conquistas de Eulame; pero este

arreglo fué un semillero de futuras peleas. Todos los vencedores

hablaban de la paz á gritos, pero cada uno procuraba vivir más armado

que los otros, y al sentirse con mayores fuerzas exigía una porción más

considerable en el reparto.

Abreviaré mi relato, gentleman, pues me duele recordar este período, el

más vergonzoso de nuestra historia. Los pueblos vivían regidos por los

hombres; las armas estaban en manos de los hombres; el trabajo lo

organizaban y reglamentaban los hombres ... ¿qué otra cosa podía

ocurrir?...

Los herederos del emperador organizaron cada uno á su placer el pedazo

de tierra que les tocó en el reparto. Algunas naciones se constituyeron

en República; otras fueron monarquías; unas cuantas, con el título de

Imperios, restauraron la autoridad despótica y terriblemente paternal de

los antiguos soberanos.

Nuestra nación, al recobrar sus primitivos límites, creyó oportuno

quedarse con dos provincias de Blefuscú, fundándose en confusos derechos

históricos. Durante varios años los de Blefuscú sólo pensaron en

recobrar estas provincias, como si les fuese imposible la vida sin

ellas. Las recordaban en sus cantos patrióticos; no había ceremonia

pública en que no las llorasen; los muchachos, al entrar en la escuela,

lo primero que aprendían era la necesidad de morir algún día para que

las provincias cautivas recobrasen su libertad; los hombres organizaban

su existencia con el pensamiento fijo de que eran soldados de una guerra

futura. Y al fin vino la guerra, y los de Blefuscú nos quitaron las dos

provincias.

Entonces nosotros les imitamos, y durante varios años los niños de

nuestras escuelas aprendieron que había que morir para recobrar estos

territorios, y hubo cánticos iguales á los del país enemigo, y los

hombres fueron todos soldados, y surgió una segunda guerra, en cuyo

transcurso recobramos las dos provincias....

Y los de Blefuscú se prepararon á su vez para una tercera guerra....

Al mismo tiempo había luchas sangrientas entre los demás países poblados

por gentes de nuestra especie. Ninguna nación podía conformarse con sus

límites actuales. A la adoración de los antiguos dioses había sucedido

la idolatría de unos trapos de colores llamados banderas. Cada uno, con

agresivo fetichismo, consideraba que el trapo de su nación era más

hermoso que los otros y debía ondear triunfante sobre los países

inmediatos. Las gentes separadas por un brazo de mar, un río, una

montaña ó un bosque, llamados fronteras, se odiaban de un modo feroz,

sin haberse visto nunca.

Cada país calumniaba al otro, inventando sobre él las más absurdas

mentiras, y estas mentiras las aceptaban las generaciones siguientes sin

tomarse el trabajo de comprobarlas. De padres á hijos se perpetuaba la

degollina por la simple razón de que los abuelos también se habían

degollado.

Nunca se realizaron inventos con tan asombrosa rapidez; pero todos ellos

servían fatalmente para agrandar el arte de las matanzas. La ciencia se

había hecho servidora de la guerra; los laboratorios temblaban de

patriótico regocijo cuando un descubrimiento proporcionaba la seguridad

de poder exterminar mayor número de hombres. Las fábricas más potentes

eran las de materiales para la guerra. Todos los países rivalizaban en

una carrera loca, buscando adelantarse los unos á los otros en los

medios de destrucción. Los hombres se mataban sobre la tierra y sobre el

mar, y hasta en el último momento llegaron á exterminarse en las

silenciosas alturas de la atmósfera.

Las fortunas más grandes de cada país las poseían los fabricantes de

armamento. La lucha industrial y los egoístas deseos de lucro tomaban un

carácter de abnegación patriótica. Si un país inventaba un cañón enorme,

al año siguiente el país adversario producía otro dos veces más grande.

Sobre las olas todavía era más disparatada esta exageración de los

medios ofensivos. Como Blefuscú y nosotros estamos separados por el mar,

nos lanzamos á una rivalidad devoradora de nuestras riquezas y de

nuestro trabajo.

Estudiábamos ansiosamente su flota para que nuestra flota resultase

superior. Si ellos construían un navío grande, con numerosos cañones,

nosotros al momento empezábamos en nuestros astilleros otros navíos más

enormes, hasta llegar á proporciones inverosímiles, que parecían un reto

al buen sentido y á todas las leyes físicas.

Baste decir, gentleman, que hemos tenido buques de guerra más grandes

que la barca que le trajo á usted; navíos con cien piezas de artillería

iguales al revólver que le sacamos del bolsillo, ó tal vez mucho más

grandes, y llevando tres mil ó cuatro mil hombres de tripulación.... En

fin, verdaderas islas flotantes.

Y lo peor fué que estas construcciones gigantescas y los gastos enormes

que exigían, todo resultó inútil. El continuo invento de medios

destructivos dió vida á nuevas embarcaciones no más grandes que algunos

peces de nuestros mares, pero que, á semejanza de éstos, podían

deslizarse por la profundidad submarina, atacando de lejos á los

monstruos flotantes hechos de acero. A pesar de su humilde aspecto,

muchas veces, en nuestros combates navales, echaron á pique á los navíos

gigantescos, que representaban el valor de una ciudad.

Toda guerra resultaba más mortífera y costosa que la anterior. Las

madres, al dar á luz á sus hijos, sabían que no fabricaban hombres, sino

soldados.

No pretendo hacerle creer, gentleman, que la guerra era algo nuevo en

nuestra historia y sólo la habíamos conocido después que Eulame trajo

sus inventos del país de los gigantes. Habíamos tenido guerras desde las

épocas más remotas, como creo que las tuvieron todos los grupos humanos.

Pero eran guerras con pequeños ejércitos, que no alteraban la vida del

país; guerras sostenidas por tropas de combatientes voluntarios y

profesionales; una especie de lujo sangriento, de elegancia mortífera,

que se permitían nuestros viejos emperadores de tarde en tarde. Pero

después de la demencia ambiciosa de Eulame y del perfeccionamiento de

los medios de destrucción, las guerras fueron de pueblo á pueblo, y toda

la juventud de un país, abandonando campos y talleres, corría á matar la

juventud vigorosa del otro país que había hecho lo mismo.

Cada guerra significaba un largo alto en el desenvolvimiento humano, y

luego un retroceso. En la capital de cada país había un arco de triunfo

para que desfilasen bajo su bóveda unas veces el ejército que volvía

victorioso y otras los invasores triunfantes.

Después de toda guerra, el suelo abandonado parecía vengarse del olvido

y de la bestialidad de los hombres restringiendo su producción. Las

grandes empresas militares iban seguidas por el hambre y las epidemias.

Los hombres se mostraban peores al volver á sus casas durante una paz

momentánea. Habían olvidado el valor de la vida humana. Reñían con el

menor pretexto; se encolerizaban fácilmente, matándose entre ellos;

pegaban á sus mujeres. Además, todos eran alcohólicos. Durante sus

campañas, los gobernantes les facilitaban en abundancia el vino y los

licores fuertes, sabiendo que un hombre en la inconsciencia de la

embriaguez teme menos á la muerte.

La riqueza pública ahorrada durante muchos años se derrochaba en unos

meses, convirtiéndose en humo de pólvora, en acero hecho fragmentos, en

escombros de poblaciones y de fábricas.

Cuando, al fin, llegaba la paz, era para que empezase una nueva

miseria....

Los períodos tranquilos resultaban tan peligrosos como los tiempos de

guerra. Siempre han existido descontentos de la organización social;

siempre los que no tienen mirarán con odio á los que poseen. Pero

después de las guerras la falta de concordia social aún era más

violenta. La envidia que siente el de abajo resultaba más amarga. Como

los pobres habían sido soldados á la fuerza, se consideraban con nuevos

derechos á poseerlo todo. Cuando cesaban las guerras, los hombres se

resistían al trabajo y hablaban de un nuevo reparto de la riqueza....

Esta situación absurda no podía durar.

Yo reconozco, como he dicho antes, que existen entre los hombres almas

generosas y superiores, aunque con menos abundancia que entre las

mujeres. Los crímenes originados por los hombres no podían menos de

conmover á algunas de estas almas masculinas, y un gobernante de aquella

época dió una especie de reglamento para la paz humana, dividido en

catorce artículos.

Pero entre los hombres las mejores ideas se transforman y se corrompen.

Hay en ellos un fondo de egoísmo que desfigura toda idea generosa apenas

se encargan de implantarla.

No había un país que dejase de alabar la paz, pero esta paz debía

hacerse de acuerdo con sus gustos y ambiciones. Todos querían que las

cosas fuesen no como deben ser, sino con arreglo á sus conveniencias. Y

los catorce artículos ó puntos se vieron retorcidos y desfigurados de

tal modo, que acabaron por convertirse prácticamente en otras tantas

calamidades. Así ocurre siempre con las leyes hechas por los hombres y

aplicadas por los hombres.

Los pueblos sintieron la necesidad de poner remedio á esta demencia

general. Era preciso suprimir las guerras, resolver las cuestiones entre

los países por medio de tribunales, como se resuelven las diferencias

entre los individuos. Y cada Estado designó varios representantes, que

se reunieron en esta ciudad, formando un organismo llamado Sociedad de

las Naciones.

Mientras los oradores se limitaron á pronunciar elocuentes arengas en

nombre de los más sublimes principios todo marchó bien; pero cuando la

asamblea tuvo que hacer algo práctico, su trabajo resultó infructuoso y

tan temible como el de los gobernantes guiados por la ambición.

Los congresistas, al rehacer el mapa, dieron más terrenos á unos países

y se lo quitaron á otros, fundándose en antecedentes históricos,

geográficos y étnicos. Fué un trabajo de gabinete semejante á los que

hacemos en la Universidad, é inspirado por la mejor buena fe. Pero los

pueblos fuertes y rapaces se reían de sus consejos cuando los

consideraban perjudiciales para su egoísmo, y en cambio los exhibían

como obras maestras siempre que eran favorables á sus intereses. Por su

parte, los pueblos adolescentes, ganosos de crecimiento, cuando tenían

un vecino débil olvidaban á la Sociedad de las Naciones, apelando al

eterno recurso de las armas.

Este período sirvió para demostrar que los hombres ya habían dado de sí

todo lo que podía esperarse de ellos. El mundo estaba condenado á una

guerra eterna. El egoísmo, la acometividad y la astucia se habían

convertido en virtudes políticas, y los pueblos eran tanto más ilustres

y gloriosos cuanto más cínicamente las ponían en práctica.

No quiero insistir en las miserias de aquel período. La humanidad estaba

en una especie de callejón sin salida. Se realizaban grandes progresos

materiales; pero el alma humana, merced á la enseñanza dada por los

hombres, continuaba siendo un alma primitiva, un alma brutal, semejante

á la de las fieras, y tal vez peor, ya que las fieras no conocen la

hipocresía ni saben llorar sobre el cuerpo de sus víctimas.

Afortunadamente había en nuestro mundo algo más que hombres. Las

guerras, con sus grandes matanzas y sus dolores colectivos, venían

indignando á las mujeres.

El paraiso de las mujeres Novela · 第 6 / 22 段