la distancia. Sólo él podía abarcar con su mirada una extensión tan
enorme. Los tripulantes del lagarto volador examinaban la misma nube,
pero con el auxilio de aparatos ópticos.
Una de las amazonas aéreas le gritó algunas palabras en su idioma, al
mismo tiempo que señalaba con un dedo la remota mancha blanca. El
gigante le contestó con una sonrisa indicadora de su comprensión.
A partir de este momento la nube fué tomando para él contornos fijos.
Salieron poco á poco de la vaporosa vaguedad grandes palacios blancos,
torres con cúpulas brillantes, toda una metrópoli altísima, en la que
los edificios parecían de proporciones desmesuradas, sin duda porque sus
pequeños habitantes, por la ley del contraste, sentían el ansia de lo
enorme.
Esta capital de la República de los pigmeos se llamaba Mildendo en otros
tiempos. ¿Cómo se titularía en el presente, después de haber ocurrido lo
que el profesor Flimnap llamaba la Verdadera Revolución?...
IV
Las riquezas del Hombre-Montaña
El antiguo palacio imperial, construído por los soberanos de la
penúltima dinastía, ocupaba el centro de la ciudad y era la residencia
de los altos señores del Consejo Ejecutivo.
Incendiado repetidas veces en el curso de los siglos y bombardeado
durante las guerras, había sufrido numerosas reconstrucciones; pero la
más grande y vistosa databa de pocos años después de la Verdadera
Revolución, suceso que había iniciado un nuevo período histórico. Los
cinco señores del Consejo Ejecutivo vivían en el centro del palacio; en
una ala estaba la Cámara de diputados, y en la opuesta, el Senado.
A la mañana siguiente de la entrada de Edwin en la capital, este
palacio, que era como el corazón de la República, reanudó su vida más
temprano que en los días anteriores. Fueron llegando los altos empleados
del gobierno y casi todos los diputados y senadores, á pesar de que las
sesiones parlamentarias sólo empezaban á celebrarse después de mediodía.
En sus inmediaciones se aglomeró una muchedumbre de curiosos para ver
cómo centenares de siervos, con la ayuda de varias grúas, iban
descargando de una fila de camiones-automóviles enormes y misteriosos
objetos, cuya aparición era saludada con largos murmullos de asombro.
Todo el pueblo recordaba el espectáculo extraordinario de la tarde
anterior, cuando llegó el Hombre-Montaña á los alrededores de la ciudad.
El Consejo Ejecutivo había determinado darle alojamiento en la antigua
Galería de la Industria, recuerdo de una Exposición universal celebrada
diez años antes.
Esta Galería era la obra más audaz y sólida que habían realizado los
ingenieros del país. El Hombre-Montaña iba á pasearse por dentro de ella
sin que su cabeza tocase el techo. Diez gigantes de su misma estatura
podían acostarse en hilera de un extremo á otro de la grandiosa
construcción. Su ancho equivalía á cuatro veces la longitud del coloso.
Situada sobre una altura vecina á la ciudad, el prisionero podía
contemplar, sin moverse de su alojamiento, toda la grandiosa metrópoli
extendida á su pies, así como el puerto con sus numerosos navíos al
ancla y los campos y pueblecillos cercanos, llegando con su vista hasta
la cordillera que cerraba el horizonte, en la que había cumbres de
ciento ochenta metros, solamente exploradas por algunos sabios capaces
de morir como héroes al servicio de la ciencia.
Una fuerte guardia impedía que los curiosos subiesen hasta la vivienda
del gigante, donde se estaban realizando grandes trabajos para su cómoda
instalación. El público, ya que no podía verle, concentraba su
curiosidad en todo lo que era de su pertenencia, y por esto desde el
amanecer se aglomeró en torno del palacio del gobierno para contemplar
la llegada de los objetos extraídos del navío del Hombre-Montaña, que
los buques de la escuadra del Sol Naciente habían remolcado el día
anterior.
Sólo los amigos del gobierno y los personajes oficiales tenían permiso
para entrar en el palacio y ver de cerca tales maravillas. El enorme
patio central, donde podían formarse á la vez varios regimientos y en el
que se desarrollaban las más solemnes ceremonias patrióticas, fué el
lugar destinado para tal exhibición. Mientras llegaba el momento, los
invitados entraban á saludar á los altos y poderosos señores del Consejo
Ejecutivo y á los dos presidentes de la Cámara de diputados y del
Senado, que vivían igualmente en el inmenso edificio.
Los guerreros de la Guardia gubernamental, hermosas amazonas de aire
desenvuelto y gallardo, defendían el acceso á las habitaciones
reservadas ó se paseaban en grupos por el patio al quedar libres de
servicio. Estos militares privilegiados, que gozaban la categoría de
oficiales, pertenecían á las primeras familias de la capital. Iban
vestidos de la garganta á los pies con un traje muy ceñido y cubierto de
escamas de plata. Su casquete, del mismo metal, estaba rematado por un
ave quimérica. Apoyaban la mano izquierda en la empuñadura de su espada,
mirando á todas partes con una insolencia de vencedores, ó se inclinaban
galantemente ante las familias de los altos personajes que iban llegando
para la ceremonia. Algunas mamás, severas y malhumoradas, encontraban
atrevida la expresión de sus ojos. Otras matronas, cuya barba empezaba á
poblarse de canas, quedaban pensativas y melancólicas á la vista de
estos hermosos guerreros, que parecían despertar sus recuerdos. Las
señoritas que ya estaban en edad de afeitarse fingían rubor ante sus
miradas audaces; pero las que no se veían objeto de la belicosa
admiración se mostraban nerviosas, envidiando á sus compañeras.
Pasó por entre estos guerreros, con toda la austeridad de su carácter
universitario y sus opiniones antimilitaristas, el profesor Flimnap. La
inesperada aparición del Gentleman-Montaña había dado una importancia
extraordinaria á la traductora de inglés. En unas cuantas horas se había
convertido en el personaje más interesante de la República. El gobierno
le llamaba para conocer sus opiniones; el rector de la primera de las
universidades, que hasta entonces le había considerado como un triste
catedrático de una lengua muerta y de problemática utilidad, se dignaba
sonreirle, y hasta en la noche anterior, después del recibimiento del
Hombre-Montaña, lo había invitado á cenar para que en presencia de su
familia contase todo lo ocurrido.
Los periodistas de la capital iban detrás de él pidiéndole interviús, y
hasta lo adulaban, hablando con entusiasmo de varios libros
profesionales que llevaba publicados y nadie había leído. Personas que
le miraban siempre con menosprecio hacían detener en la calle su
automóvil universitario en figura de lechuza.
--Mi querido profesor Flimnap--gritaban--, siempre he sentido una gran
admiración por su sabiduría y soy de los que creen que la patria no le
ha dado hasta ahora todo lo que merece por su gran talento. Cuénteme
algo del Hombre-Montaña. ¿Es cierto que se alimenta con carne humana,
como van diciendo por ahí los hombres en sus charlas y chismorreos?...
Pero el profesor Flimnap tenía demasiado que hacer para detenerse á
contestar las preguntas de las ciudadanas curiosas. Apenas había dormido
en la noche anterior. Después de su cena con el jefe supremo de la
Universidad se trasladó á la Galería de la Industria para convencerse de
que el Gentleman-Montaña podía dormir provisionalmente sobre trescientas
cuarenta y dos carretadas de paja que la Administración del ejército
había facilitado á última hora. Poco después de amanecer ya estaba en
pie el buen profesor, conferenciando con todos sus compañeros del
_Comité de recibimiento del Hombre-Montaña._ Estos, divididos en varias
subcomisiones, iban á dirigir á quinientos carpinteros encargados de
fabricar, antes de que llegase la noche, una mesa y una silla apropiadas
á las dimensiones del gigante, y á una tropa igualmente numerosa de
colchoneros, que en el mismo espacio de tiempo fabricarían una cama
digna del recién llegado.
El profesor Flimnap se proponía entrar ahora en las habitaciones
particulares de uno de los altos señores del Consejo Ejecutivo, que
momentáneamente era el presidente del supremo organismo. Cada uno de los
cinco individuos del Consejo lo presidía durante un mes, cediendo su
sillón al compañero á quien tocaba el turno.
Estos cinco gobernantes eran mujeres, así como todos los que
desempeñaban un cargo en la Administración pública, en la Universidad,
en la industria ó en los cuerpos armados. Pero como durante los luengos
siglos de tiranía varonil todos los cargos y todas las funciones dignas
de respeto habían sido designadas masculinamente, la Verdadera
Revolución creyó necesario después de su victoria conservar las antiguas
denominaciones gramaticales, cambiando únicamente el sexo á que se
aplicaban. Así, las cinco damas encargadas del gobierno eran denominadas
«los altos y poderosos señores del Consejo Ejecutivo», y las otras
mujeres directoras de la Administración pública se titulaban
«ministros», «senadores», «diputados», etc. Por eso Flimnap había
protestado al oir que el gigante le llamaba profesora en vez de
profesor. En cambio, los hombres, derribados de su antiguo despotismo y
sometidos á la esclavitud dulce y cariñosa que merece el sexo débil,
eran dentro de su casa la «esposa» ó la «hija», y en la vida exterior,
la «señora» ó la «señorita».
Flimnap había creído necesario, teniendo en cuenta su nueva importancia
oficial, llevar bajo el brazo una gran cartera de cuero, semejante á la
que ostentaban los altos funcionarios del Estado cuando iban á despachar
con los señores del Consejo Ejecutivo. En esta cartera guardaba las
actas de las tres sesiones que había celebrado el _Comité de
recibimiento del Hombre-Montaña,_ así como los presupuestos de gastos,
presentes y futuros, para la manutención de tan costoso huésped. Además
llevaba una traducción, en idioma del país, que había hecho de los
versos escritos por el Gentleman-Montaña en su cuaderno de notas.
El buen profesor Flimnap estaba inquieto por la suerte de su protegido.
Gillespie le inspiraba un interés que jamás había experimentado por
ningún hombre de su propia tierra. Dedicado por completo á los trabajos
lingüísticos é históricos, solamente había tratado con mujeres, y éstas
eran todas profesores malhumorados y de austeras costumbres. Sentía una
temblorosa timidez siempre que el rector le invitaba á alguna de sus
tertulias, donde había hombres jóvenes en edad de casamiento, ansiosos
de que alguien los sacase á bailar ó que entonaban romanzas
sentimentales acompañándose con el arpa.
Además, en su afecto sincero por el recién llegado había algo de
egoísmo. Gracias al Gentleman-Montaña, acababa de conocer
instantáneamente todas las dulzuras de la celebridad, siendo el
personaje más popular de la República en los presentes momentos. Después
de la fama de Gillespie venía la suya. ¡Qué derrumbamiento tan doloroso
en la sombra si el gobierno acordaba la muerte de su gigante!...
La tarde anterior había corrido hacia la capital á toda velocidad del
automóvil-lechuza, prestado por su jefe el rector. Los altos señores del
gobierno estaban sobre un estrado junto al camino para ver llegar al
prisionero, teniendo á sus espaldas todo el vecindario de la capital, un
gentío tan enorme que se perdía de vista. Estos poderosos personajes lo
recibieron con grandes muestras de consideración que no correspondían á
su humilde rango de profesor. El les hizo los mayores elogios de la
intelectualidad del gentleman gigantesco, declarándole distinto á todos
los colosos llegados antes al país. Insinuó la conveniencia de guardarlo
por mucho tiempo, hasta saber, gracias á su cultura, los adelantos
realizados en el mundo de los hombres monstruosos, y copiar lo que
resultase aprovechable, si es que realmente había algo digno de
imitación, lo que le parecía algo problemático.
--Es lástima que este Hombre-Montaña no sea una mujer....
Los señores del Consejo miraron con interés á Flimnap después de sus
últimas palabras, apreciándolo como un profesor de mérito que había
vegetado injustamente en el olvido, y merecería en adelante su alta
protección. También halagó los gustos del rector, poderoso personaje
cuyos consejos eran siempre escuchados por los señores del organismo
ejecutivo.
El Padre de los Maestros--pues tal era su título honorífico--gustaba
mucho de los poetas, y hasta hacía versos cuando no estaba preocupado
por sus averiguaciones históricas. Todos los escritores de la República
alababan sus poesías como obras inimitables, siendo tales elogios el
medio más seguro de alcanzar un buen empleo en la Enseñanza pública.
Al verlo Flimnap en el estrado de los señores del gobierno, se apresuró
á darle la noticia de que el gigante era también poeta, aunque «á su
modo», con toda la grosería y la torpeza propias de su sexo, pero
añadiendo que, á pesar de tales defectos, propios de su origen, parecía
poseer cierto talento.
--¡Oh Padre de los Maestros!--dijo--. Mañana tendré el honor de
entregarle una traducción hecha en nuestro idioma de los versos que he
encontrado en el cuaderno de bolsillo del Gentleman-Montaña. Sería
deplorable que los altos señores del Consejo decidiesen su muerte. Mi
gusto sería traducir al inglés algunas de las inmortales obras de
nuestro admirable Padre de los Maestros, para que ese pobre gigante se
entere de que nuestra poesía ha llegado á una altura que jamás conocerá
él, no obstante la grandeza material de su organismo.
Sonrió el Padre de los Maestros con modestia; pero esta sonrisa dió la
seguridad al profesor de que la vida del gigante estaba asegurada y que
éste tendría ocasión de leer los versos del rector traducidos al inglés.
Luego, Flimnap recomendó á todos los ocupantes del estrado gubernamental
que mirasen al monstruo con los lentes de disminución que había traído
un compañero suyo de la Universidad, profesor de Física, pues así
podrían apreciarle tal como era.
Al entrar al día siguiente en el despacho del jefe mensual del gobierno,
vió con alegría que el doctor Momaren, el Padre de los Maestros, estaba
hablando con el supremo magistrado. Flimnap, antes de dar cuenta al
presidente de todos sus trabajos, ofreció á Momaren varias hojas de
papel con la traducción de los versos de Gillespie. El Padre de los
Maestros, colocándose ante los ojos unas gafas redondas, empezó su
lectura junto á una ventana. Cuando Flimnap acabó su informe sobre los
trabajos para la instalación del gigante, el personaje universitario se
aproximó conservando los papeles en su diestra.
--Algo flojitos--dijo con una severidad desdeñosa--. Son
indiscutiblemente versos de hombre, y de hombre enorme. Pero sería
injusto negarle cierta inspiración, y hasta me atrevo á decir que aquí
entre nosotros aprenderá mucho, si es que llega á ejercitarse en el
idioma nacional.
--Para eso, ¡oh Padre de los Maestros!--dijo Flimnap--, será preciso que
el pobre gigante viva.
--Mi opinión es que debe vivir--interrumpió el presidente--. Mi esposa y
mis niñas lo encontraron ayer muy simpático al verle entrar en la
ciudad. Un hijo mío, que es del ejército del aire y montaba una de las
máquinas que lo condujeron, me ha contado cosas muy graciosas de él.
Todos los muchachos de la Guardia gubernamental lo encuentran igualmente
muy agradable, y hasta algunos afirman que es hermoso.... Tuvo usted una
buena idea, profesor Flimnap, al aconsejar que lo mirásemos con lentes
de disminución.... Yo opino que debemos dejarle vivir, aunque sea
únicamente por una temporada corta. Resultará carísimo, pero la
República puede permitirse este lujo, lo mismo que mantiene á los
animales raros de su Jardín Zoológico. Y usted ¿qué opina de esto,
ilustre amigo Momaren?
El Padre de los Maestros, convencido de que para el jefe del gobierno
resultaba infalible la menor de sus palabras, se limitó á decir con
lentitud:
--Opino lo mismo.
--Entonces--continuó el presidente--, si usted manifiesta esa opinión á
mis compañeros de Consejo, como todos ellos respetan mucho su alta
sabiduría, la vida del gigante queda segura.
El profesor Flimnap, deseoso de ocultar la satisfacción que le producían
estas palabras, se apresuró á pedir la venía de los dos altos personajes
para abandonar el salón. Llegaba hasta él un rumor creciente de
muchedumbre. El gran patio del palacio debía estar ya repleto de
invitados. Una música militar sonaba incesantemente.
Escapó Flimnap por unos pasillos poco frecuentados, temiendo tropezarse
con los periodistas, que iban á la zaga de él desde el día anterior
pidiéndole noticias frescas. Dos diarios de la capital, siempre en
escándalos á rivalidad, publicaban cada tres horas una edición con
detalles nuevos sobre el Hombre-Montaña y sus costumbres, poniendo en
boca del pobre sabio mentiras y disparates que le hacían rugir de
indignación. Uno de los diarios defendía la conveniencia de respetar la
vida del gigante, y esto había bastado para que la publicación contraria
exigiese su muerte inmediata, por creer que la voracidad tremenda de tal
huésped acabaría por sumir al país en la escasez, siendo causa de que
miles y miles de compatriotas pereciesen de hambre.
El profesor odiaba por igual á los dos periódicos y á las demás
publicaciones, que enviaban sus redactores detrás de él como si fuesen
perros perseguidores de un ciervo asustado.
Deseoso de pasar inadvertido, subió á los pisos superiores con la
esperanza de encontrar un asiento en las galerías que daban al patio, y
estaban ocupadas esta mañana por las esposas y las hijas de todos los
personajes de la República.
Su galantería de mujer bien educada le obligó á permanecer de pie, para
no privar de asiento á los seres débiles y masculinos de larga túnica y
amplio manto que habían venido á presenciar la fiesta. La gloria del
profesor iba acompañada de una nueva visión de la existencia. Nunca le
había parecido la vida tan hermosa y atrayente. Todas aquellas matronas
de barba canosa y brazos algo velludos, graves y señoriles, con la
majestad de la madre de familia, no podían conocerle por la razón de que
él había rehuido hasta entonces las dulzuras y placeres de la vida
social. Nadie podía adivinar en su persona al célebre profesor Flimnap,
tan alabado por todos los periódicos. Después hizo memoria de que en la
misma mañana los diarios más importantes habían publicado su retrato, y
procuró ocultar el rostro cada vez que un hombre se echaba atrás el velo
para mirarle con vaga curiosidad.
Se fué tranquilizando al notar que las damas sólo se fijaban en el fondo
del patio, ocupado únicamente por las mujeres. Los guerreros de la
Guardia, siempre con una mano en la empuñadura de la espada y
acariciándose con la otra sus rizosas melenas, miraban á lo alto,
sonriendo á las señoritas, emocionadas bajo sus guirnaldas de flores y
sus velos. Algunas de ellas, que ya se consideraban en edad de
matrimonio por haberles apuntado la barba, contestaban á estas miradas
con guiños, que equivalían á frases amorosas, evitando el ser vistas por
las ceñudas matronas sentadas á su lado. Este espectáculo frívolo, que
un día antes habría sido despreciado por Flimnap, le emocionaba ahora
con honda sensación de ternura.
--¡Oh, amor!... ¡amor!--murmuró el sabio.
La vida es hermosa, y él reconocía que guarda dulzuras y misterios no
sospechados por la Universidad.
Para vencer esta emoción inoportuna, se fué fijando en los personajes
que llenaban el patio. Un estrado, todavía desierto, era para el Consejo
Ejecutivo, los ministros y demás dignatarios. En otros estrados, ya casi
llenos, estaban los padres y los esposos de todas las damas que ocupaban
las galerías. Flimnap conocía á muchos por los retratos aparecidos en
los periódicos. Eran personajes parlamentarios, famosos á causa de sus
discursos. Algunos habían pertenecido al Consejo Ejecutivo y deseaban
volver á él, apelando á toda clase de intrigas para conseguirlo.
Guiado por la curiosidad y los comentarios de varias damas barbudas,
acabó por fijarse el profesor en una de las mujeres que ocupaban el
estrado de los senadores. Era Gurdilo, el célebre jefe de la oposición
al actual gobierno: una hembra alta, desprovista de carnes, con el cutis
avellanado como si fuese de correa, y unos tendones gruesos y tirantes
que se marcaban en el cuello, en los brazos y en las demás partes
visibles de su cuerpo. Los ojos tenían una agudeza fija é imperiosa, y
su gesto era avinagrado, como de persona eternamente indignada contra
todo lo que no es obra suya.
El profesor, que por vivir dedicado á sus raros y profundos estudios
concedía escasa atención á las cuestiones de actualidad, no se había
fijado nunca en este personaje; pero ahora le miró con gran interés.
Adivinaba en él á un enemigo del Gentleman-Montaña. Bastaría que el
gobierno decidiese el indulto de Edwin para que Gurdilo aconsejase su
muerte, como si de esto dependiese la felicidad nacional. Además, el
diario que pedía la supresión del Hombre-Montaña había ya reproducido en
una de sus ediciones ciertas palabras inquietantes del temible jefe de
la oposición.
Vió el profesor cómo agitaba los brazos con violencia al hablar á sus
compañeros del Senado, al mismo tiempo que fruncía el entrecejo y torcía
la boca con un gesto de escandalizada severidad. Esto le hizo creer que
estaba protestando de la ceremonia presente, de que el pobre gigante
hubiese sido conducido á la capital; en una palabra, de todo lo hecho
por el Consejo Ejecutivo y de cuanto pensase hacer.
Pero las observaciones del profesor fueron interrumpidas repentinamente
por el principio de la ceremonia. La música militar, que seguía tocando
en el patio, quedó ensordecida por el redoble de una gran banda de
tambores que se aproximaba viniendo del interior del palacio.
Los altos y poderosos señores del Consejo Ejecutivo sólo podían
presentarse en las ceremonias oficiales rodeados de gran pompa.
Entraron en el patio los tambores, que eran unos treinta, y detrás de
ellos igual número de trompeteros. A continuación desfiló una tropa del
ejército de línea, ó sea de aquellas muchachas con casco de aletas que
Gillespie había visto al despertar. Los soldados iban armados, unos con
arcos y otros con alabardas. Después pasaron los guardias porta-espada,
llevando con la punta en alto y sostenidos por sus dos manos cerradas
sobre el pecho unos mandobles enormes que brillaban lo mismo que si
fuesen de plata.
De los tiempos del Imperio quedaba aún el ceremonial absurdamente
ostentoso de que se rodean los déspotas. Varios pajecillos pasaron
moviendo altos abanicos de plumas blancas para que ningún insecto
viniese á molestar á los cinco magistrados supremos de la República.
Después fueron desfilando éstos uno por uno, pero no á pie, sino en
cinco literas llevadas á hombros por hijos de personajes influyentes,
pues tal honor representaba el principio de una gran carrera
administrativa. Las muchachas portadoras de las literas del Consejo eran
enviadas después á gobernar alguna provincia lejana.
Pasaron igualmente las literas de los presidentes del Senado y de la
Cámara de diputados, y á continuación la del rector de la Universidad,
que tenía la forma de una lechuza y era llevada á brazos por cuatro
profesores auxiliares. Finalmente, cerraban la marcha, pero á pie, los
ministros, los altos funcionarios y un destacamento de la Guardia
gubernamental con largas lanzas.
Cuando los cinco del Consejo Ejecutivo y el Padre de los Maestros con
sus respectivos séquitos se instalaron en el estrado de honor, cesaron
de sonar las trompetas, los tambores y la música, haciéndose un largo
silencio. Iba á empezar el desfile de las cosas maravillosas que
formaban el equipaje del Hombre-Montaña.