XXX

Víctor encontró a Augusto hundido en un rincón de un sofá, mirando

más abajo del suelo.

—¿Qué es eso?—le preguntó poniéndole una mano sobre el hombro.

—Y ¿me preguntas qué es esto? ¿No sabes lo que me ha pasado?

—Sí, sé lo que te ha pasado por fuera, es decir, lo que ha hecho

ella; lo que no sé es lo que te pasa por dentro, es decir, no sé por

qué estás así...

—¡Parece imposible!

—Se te ha ido un amor, el de a; ¿no te queda el de b, o el de c, o el

de x, o el de otra cualquiera de las n?

—No es la ocasión para bromas, creo.

—Al contrario, ésta es la ocasión de bromas.

—Es que no me duele en el amor; ¡es la burla, la burla, la burla! Se

han burlado de mí, me han escarnecido, me han puesto en ridículo; han

querido demostrarme... ¿qué sé yo?... que no existo.

—¡Qué felicidad!

—No te burles, Víctor.

—Y ¿por qué no me he de burlar? Tú, querido Augusto, fuiste de

experimentador y has sido experimentado; la quisiste tomar de rana

y es ella la que te ha tomado de rana a ti. ¡Chapúzate, pues, en la

charca y a croar y a vivir!

—Te ruego otra vez...

—Que no bromee, ¿eh? Pues bromearé. Para estas ocasiones se ha hecho

la burla.

—Es que eso es corrosivo.

—Y hay que corroer. Y hay que confundir. Confundir sobre todo,

confundirlo todo. Confundir el sueño con la vela, la ficción con la

realidad, lo verdadero con lo falso; confundirlo todo en una sola

niebla. La broma que no es corrosiva y confundente no sirve para

nada. El niño se ríe en la tragedia; el viejo llora en la comedia.

Quisiste hacerla rana, te ha hecho rana; acéptalo, pues, y sé para ti

mismo rana.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Experimenta en ti mismo.

—Sí, que me suicide.

—No digo ni que sí ni que no. Sería una solución como otra, pero no

la mejor.

—Entonces, que les busque y les mate.

—Matar por matar es un desatino. A lo sumo para librarse del odio,

que no hace sino corromper al alma. Porque más de un rencoroso se

curó del rencor y sintió piedad, y hasta amor a su víctima, una

vez que satisfizo su odio en ella. El acto malo libera del mal

sentimiento. Y es porque la ley hace el pecado.

—Y ¿qué voy a hacer?

—Habrás oído que en este mundo no hay sino devorar o ser devorado...

—Sí, burlarse de otros o ser burlado.

—No; cabe otro término tercero y es devorarse uno a sí mismo,

burlarse de sí mismo uno. ¡Devórate! El que devora goza, pero no se

harta de recordar el acabamiento de sus goces y se hace pesimista; el

que es devorado sufre, y no se harta de esperar la liberación de sus

penas y se hace optimista. Devórate a ti mismo, y como el placer de

devorarte se confundirá y neutralizará con el dolor de ser devorado,

llegarás a la perfecta ecuanimidad de espíritu, a la ataraxia; no

serás sino un mero espectáculo para ti mismo.

—Y ¿eres tú, tú, Víctor, tú el que me vienes con esas cosas?

—¡Sí, yo, Augusto, yo, soy yo!

—Pues en un tiempo no pensabas de esa manera tan... corrosiva.

—Es que entonces no era padre.

—Y ¿el ser padre...?

—El ser padre, al que no está loco o es un mentecato, le

despierta lo más terrible que hay en el hombre: ¡el sentido de la

responsabilidad! Yo entrego a mi hijo el legado perenne de la

humanidad. Con meditar en el misterio de la paternidad hay para

volverse loco. Y si los más de los padres no se vuelven locos es

porque son tontos... o no son padres. Regocíjate, pues, Augusto, que

con eso de habérsete escapado te evitó acaso el que fueses padre.

Y yo te dije que te casaras, pero no que te hicieses padre. El

matrimonio es un experimento... psicológico; la paternidad lo es...

patológico.

—¡Es que me ha hecho padre, Víctor!

—¿Cómo? ¿que te ha hecho padre?

—¡Sí, de mí mismo! Con esto creo haber nacido de veras. Y para

sufrir, para morir.

—Sí, el segundo nacimiento, el verdadero, es nacer por el dolor a la

conciencia de la muerte incesante, de que estamos siempre muriendo.

Pero si te has hecho padre de ti mismo es que te has hecho hijo de ti

mismo también.

—Parece imposible, Víctor, parece imposible que pasándome lo que me

pasa, después de lo que ha hecho conmigo... ¡ella!, pueda todavía oir

con calma estas sutilezas, estos juegos de concepto, estas humoradas

macabras, y hasta algo peor...

—¿Qué?

—Que me distraigan. ¡Me irrito contra mí mismo!

—Es la comedia, Augusto, es la comedia que representamos ante

nosotros mismos, en lo que se llama el foro interno, en el tablado

de la conciencia, haciendo a la vez de cómicos y de espectadores.

Y en la escena del dolor representamos el dolor y nos parece un

desentono el que de repente nos entre ganas de reír entonces. Y es

cuando más ganas nos da de ello. ¡Comedia, comedia el dolor!

—¿Y si la comedia del dolor le lleva a uno a suicidarse?

—¡Comedia de suicidio!

—¡Es que se muere de veras!

—¡Comedia también!

—Pues ¿qué es lo real, lo verdadero, lo sentido?

—Y ¿quién te ha dicho que la comedia no es real y verdadera y sentida?

—¿Entonces?

—Que todo es uno y lo mismo; que hay que confundir, Augusto, hay que

confundir. Y el que no confunde se confunde.

—Y el que confunde también.

—Acaso.

—¿Entonces?

—Pues esto, charlar, sutilizar, jugar con las palabras y los

vocablos... ¡pasar el rato!

—¡Ellos sí que lo estarán pasando!

—¡Y tú también! ¿Te has encontrado nunca a tus propios ojos más

interesante que ahora? ¿Cómo sabe uno que tiene un miembro si no le

duele?

—Bueno, y ¿qué voy a hacer yo ahora?

—¡Hacer... hacer... hacer! ¡Bah, ya te estás sintiendo personaje de

drama o de novela! ¡Contentémonos con serlo de... _nivola!_ ¡Hacer...

hacer... hacer! ¿Te parece que hacemos poco con estar así hablando?

Es la manía de la acción, es decir, de la pantomima. Dicen que pasan

muchas cosas en un drama cuando los actores pueden hacer muchos

gestos y dar grandes pasos y fingir duelos y saltar y... ¡pantomima!

¡pantomima! ¡Hablan demasiado!, dicen otras veces. Como si el hablar

no fuese hacer. En el principio fué la Palabra y por la Palabra se

hizo todo. Si ahora, por ejemplo, algún... _nivolista_ oculto ahí,

tras ese armario, tomase nota taquigráfica de cuanto estamos aquí

diciendo y lo reprodujese, es fácil que dijeran los lectores que no

pasa nada, y sin embargo...

—¡Oh, si pudiesen verme por dentro, Víctor, te aseguro que no dirían

tal cosa!

—¿Por dentro? ¿por dentro de quién? ¿de ti? ¿de mí? Nosotros no

tenemos dentro. Cuando no dirían que aquí no pasa nada es cuando

pudiesen verse por dentro de sí mismos, de ellos, de los que leen. El

alma de un personaje de drama, de novela o de _nivola_ no tiene más

interior que el que le da...

—Sí, su autor.

—No, el lector.

—Pues yo te aseguro, Víctor...

—No asegures nada y devórate. Es lo seguro.

—Y me devoro, me devoro. Empecé, Víctor, como una sombra, como una

ficción; durante años he vagado como un fantasma, como un muñeco

de niebla, sin creer en mi propia existencia, imaginándome ser un

personaje fantástico que un oculto genio inventó para solazarse o

desahogarse; pero ahora, después de lo que me ha hecho, después de lo

que me han hecho, después de esta burla, de esta ferocidad de burla,

¡ahora sí!, ¡ahora me siento, ahora me palpo, ahora no dudo de mi

existencia real!

—¡Comedia! ¡comedia! ¡comedia!

—¿Cómo?

—Sí, en la comedia entra el que se crea rey el que lo representa.

—Pero ¿qué te propones con todo esto?

—Distraerte. Y además que si, como te decía, un _nivolista_ oculto

que nos esté oyendo toma nota de nuestras palabras para reproducirlas

un día, el lector de la _nivola_ llegue a dudar, siquiera fuese un

fugitivo momento, de su propia realidad de bulto y se crea a su vez

no más que un personaje _nivolesco_, como nosotros.

—Y eso ¿para qué?

—Para redimirle.

—Sí, ya he oído decir que lo más liberador del arte es que le hace a

uno olvidar que exista. Hay quien se hunde en la lectura de novelas

para distraerse de sí mismo, para olvidar sus penas...

—No, lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que

exista.

—Y ¿qué es existir?

—¿Ves? Ya te vas curando; ya empiezas a devorarte. Lo prueba esa

pregunta. _¡Ser o no ser...!_, que dijo Hamlet, uno de los que

inventaron a Shakespeare.

—Pues a mí, Víctor, eso de _ser o no ser_ me ha parecido siempre una

solemne vaciedad.

—Las frases, cuanto más profundas, son más vacías. No hay profundidad

mayor que la de un pozo sin fondo. ¿Qué te parece lo más verdadero de

todo?

—Pues... pues... lo de Descartes: «Pienso, luego soy».

—No, sino esto: A = A.

—Pero ¡eso no es nada!

—Y por lo mismo es lo más verdadero, porque no es nada. Pero esa otra

vaciedad de Descartes, ¿la crees tan incontrovertible?

—¡Y tanto...!

—Pues bien; ¿dijo eso Descartes?

—¡Sí!

—Y no era verdad. Porque como Descartes no ha sido más que un ente

ficticio, una invención de la historia, pues... ¡ni existió... ni

pensó!

—Y ¿quién dijo eso?

—Eso no lo dijo nadie; eso se dijo ello mismo.

—Entonces, ¿el que era y pensaba era el pensamiento ese?

—¡Claro! Y, figúrate, eso equivale a decir que ser es pensar y lo que

no piensa no es.

—¡Claro está!

—Pues no pienses, Augusto, no pienses. Y si te empeñas en pensar...

—¿Qué?

—¡Devórate!

—Es decir, ¿que me suicide...?

—En eso ya no me quiero meter. ¡Adiós!

Y se salió Víctor, dejando a Augusto perdido y confundido en sus

cavilaciones.

Niebla (Nivola) · 第 40 / 47 题