Augusto se dirigió a casa de Eugenia dispuesto a tentar la última
experiencia psicológica, la definitiva, aunque temiendo que ella le
rechazase. Y encontróse con ella en la escalera, que bajaba para
salir cuando él subía para entrar.
—¿Usted por aquí, don Augusto?
—Sí, yo; mas puesto que tiene usted que salir, lo dejaré para otro
día; me vuelvo.
—No, está arriba mi tío.
—No es con su tío, es con usted, Eugenia, con quien tenía que hablar.
Dejémoslo para otro día.
—No, no, volvamos. Las cosas en caliente.
—Es que si está su tío...
—¡Bah! ¡es anarquista! No le llamaremos.
Y obligó a Augusto a que subiese con ella. El pobre hombre, que había
ido con aires de experimentador, sentíase ahora rana.
Cuando estuvieron solos en la sala, Eugenia, sin quitarse el
sombrero, con el traje de calle con que había entrado, le dijo:
Bien, sepamos qué es lo que tenía que decirme.
—Pues... pues...—y el pobre Augusto balbuceaba—pues... pues...
—Bien; pues ¿qué?
—Que no puedo descansar, Eugenia; que les he dado mil vueltas en el
magín a las cosas que nos dijimos la última vez que hablamos, y que
a pesar de todo no puedo resignarme, ¡no, no puedo resignarme, no lo
puedo!
—Y ¿a qué es a lo que no puede usted resignarse?
—Pues ¡a esto, Eugenia, a esto!
—Y ¿qué es esto?
—A esto, a que no seamos más que amigos...
—¡Más que amigos...! ¿Le parece a usted poco, señor don Augusto? ¿o
es que quiere usted que seamos menos que amigos?
—No. Eugenia, no, no es eso.
—Pues ¿qué es?
—Por Dios, no me haga sufrir...
—El que se hace sufrir es usted mismo.
—¡No puedo resignarme, no!
—Pues ¿qué quiere usted?
—¡Que seamos... marido y mujer!
—¡Acabáramos!
—Para acabar hay que empezar.
—¿Y aquella palabra que me dio usted?
—No sabía lo que me decía...
—Y la Rosario aquella...
—¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso! ¡No pienses en la
Rosario!
Eugenia entonces se quitó el sombrero, lo dejó sobre una mesilla,
volvió a sentarse y luego pausadamente y con solemnidad dijo:
—Pues bien, Augusto, ya que tú, que eres al fin y al cabo un hombre,
no te crees obligado a guardar la palabra, yo que no soy nada más
que una mujer tampoco debo guardarla. Además, quiero librarte de la
Rosario y de las demás Rosarios o Petras que puedan envolverte. Lo
que no hizo la gratitud por tu desprendimiento ni hizo el despecho
de lo que con Mauricio me pasó—ya ves si te soy franca—hace la
compasión. ¡Sí, Augusto, me das pena, mucha pena!—y al decir esto le
dio dos leves palmaditas con la diestra en una rodilla.
—¡Eugenia!—y le tendió los brazos como para cojerla.
—¡Eh, cuidadito!—exclamó ella apartándoselos y hurtándose de
ellos—¡cuidadito!
—Pues la otra vez... la última vez...
—¡Sí, pero entonces era diferente!
«Estoy haciendo de rana»—pensó el psicólogo experimental.
—¡Sí—prosiguió Eugenia—, a un amigo, nada más que amigo, pueden
permitírsele ciertas pequeñas libertades que no se debe otorgar al...
vamos, al... novio!
—Pues no lo comprendo...
—Cuando nos hayamos casado, Augusto, te lo explicaré. Y ahora,
quietecito, ¿eh?
«Esto es hecho»—pensó Augusto, que se sintió ya completa y
perfectamente rana.
—Y ahora—agregó Eugenia levantándose—voy a llamar a mi tío.
—¿Para qué?
—¡Toma, para darle parte!
—¡Es verdad!—exclamó Augusto consternado.
Al momento llegó don Fermín.
—Mire usted, tío—le dijo Eugenia—, aquí tiene usted a don Augusto
Pérez que ha venido a pedirme la mano. Y yo se la he concedido.
—¡Admirable!, ¡admirable!—exclamó don Fermín—, ¡admirable! Ven acá,
hija mía, ven acá que te abrace; ¡admirable!
—¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tío?
—No, lo que me admira, lo que me arrebata, lo que me subyuga
es la manera de haber resuelto este asunto, los dos solos, sin
medianeros... ¡viva la anarquía! Y es lástima, es lástima que para
llevar a cabo vuestro propósito tengáis que acudir a la autoridad...
Por supuesto sin acatarla en el fuero interno de vuestra conciencia,
¿eh?, _pro formula_, nada más que _pro formula_. Porque yo sé que os
consideráis ya marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, en nombre
del Dios anárquico, os caso! Y esto basta. ¡Admirable! ¡admirable!
Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.
—¿Desde hoy?
—Tiene usted razón, sí, lo fué siempre. Mi casa... ¿mía? Esta casa
que habito fué siempre de usted, fué siempre de todos mis hermanos.
Pero desde hoy... usted me entiende.
—Sí, le entiende a usted, tío.
En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo: ¡La tía! Y al
entrar ésta en la sala y ver aquello, exclamó:—Ya, ¡enterada! ¿Conque
es cosa hecha? Esto ya me lo sabía yo.
Augusto pensaba: «¡rana, rana completa! Y me han pescado entre todos».
—Se quedará usted hoy a comer con nosotros, por supuesto, para
celebrarlo...—dijo doña Ermelinda.
—¡Y qué remedio!—se le escapó al pobre rana.