Cuando llamó aquel otro día Augusto a casa de don Fermín y doña
Ermelinda, la criada le pasó a la sala diciéndole: «Ahora aviso».
Quedóse un momento solo y como si estuviese en el vacío. Sentía una
profunda opresión en el pecho. Ceñíale una angustiosa sensación de
solemnidad. Sentóse para levantarse al punto y se entretuvo en mirar
los cuadros que colgaban de las paredes, un retrato de Eugenia entre
ellos. Entráronle ganas de echar a correr, de escaparse. De pronto,
al oir unos pasos menudos, sintió un puñal de hielo atravesarle el
pecho y como una bruma invadirle la cabeza. Abrióse la puerta de
la sala y apareció Eugenia. El pobre se apoyó en el respaldo de
una butaca. Ella, al verle lívido, palideció un momento y se quedó
suspensa en medio de la sala, y luego, acercándose a él, le dijo con
voz seca y baja:
—¿Qué le pasa a usted, don Augusto, se pone malo?
—No, no es nada; qué sé yo...
—¿Quiere algo? ¿necesita algo?
—Un vaso de agua.
Eugenia, como quien ve un agarradero, salió de la estancia para
ir ella misma a buscar el vaso de agua, que se lo trajo al punto.
El agua tembloteaba en el vaso; pero más tembló éste en manos de
Augusto, que se lo bebió de un trago, atropelladamente, vertiéndosele
agua por la barba, y sin quitar en tanto sus ojos de los ojos de
Eugenia.
—Si quiere usted—dijo ella—, mandaré que le hagan una taza de té, o
de manzanilla, o de tila... ¿Qué, se ha pasado?
—No, no, no fué nada; gracias, Eugenia, gracias—y se enjugaba el agua
de la barba.
—Bueno, pues ahora siéntese usted—y cuando estuvieron sentados
prosiguió ella—: Le esperaba cualquier día y di orden a la criada
de que aunque no estuviesen mis tíos, como sucede algunas tardes,
le hiciese a usted pasar y me avisara. Así como así, deseaba que
hablásemos a solas.
—¡Oh, Eugenia, Eugenia!
—Bueno, las cosas más fríamente. Nunca me pude imaginar que le daría
tan fuerte, porque me dio usted miedo cuando entré aquí; parecía un
muerto.
—Y más muerto que vivo estaba, créamelo.
—Va a ser menester que nos expliquemos.
—¡Eugenia!—exclamó el pobre, y extendió una mano que recojió al punto.
—Todavía me parece que no está usted en disposición de que hablemos
tranquilamente, como buenos amigos. ¡A ver!—y le cojió la mano para
tomarle el pulso.
Y éste empezó a latir febril en el pobre Augusto; se puso rojo,
ardíale la frente. Los ojos de Eugenia se le borraron de la vista y
no vio ya nada sino una niebla, una niebla roja. Un momento creyó
perder el sentido.
—¡Ten compasión, Eugenia, ten compasión de mí!
—¡Cálmese usted, don Augusto, cálmese!
—Don Augusto... don Augusto... don... don...
—Sí, mi bueno de don Augusto, cálmese usted y hablemos tranquilamente.
—Pero, permítame...—y le cojió entre sus dos manos la diestra aquella
blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos, hechos para acariciar
las teclas del piano, para arrancarles dulces arpegios.
—Como usted quiera, don Augusto.
Este se la llevó a los labios y la cubrió de besos que apenas
entibiaron la frialdad blanca.
—Cuando usted acabe, don Augusto, empezaremos a hablar.
—Pero mira, Eugenia, ven...
—No, no, no, ¡formalidad!—y desprendiendo su mano de las de él
prosiguió: Yo no sé qué género de esperanzas le habrán hecho
concebir mis tíos, o más bien mi tía, pero el caso es que me parece
que usted está engañado.
—¿Cómo engañado?
—Sí, han debido decirle que tengo novio.
—Lo sé.
—¿Se lo han dicho ellos?
—No, no me lo ha dicho nadie, pero lo sé.
—Entonces...
—Pero es, Eugenia, que yo no pretendo nada, que no busco nada, que
nada pido; es, Eugenia, que yo me contento con que se me deje venir
de cuando en cuando a bañar mi espíritu en la mirada de esos ojos, a
embriagarme en el vaho de su respiración...
—Bueno, don Augusto, esas son cosas que se leen en los libros;
dejemos eso. Yo no me opongo a que usted venga cuantas veces se le
antoje, a que me vea y me revea, a que hable conmigo y hasta... ya lo
ha visto usted, hasta a que me bese la mano, pero yo tengo un novio,
del cual estoy enamorada y con el cual pienso casarme.
—Pero ¿de veras está usted enamorada de él?
—¡Vaya una pregunta!
—Y ¿en qué conoce usted que está de él enamorada?
—Pero ¿es que se ha vuelto usted loco, don Augusto?
—No, no; lo digo porque mi amigo mejor me ha dicho que hay muchos
que creen estar enamorados sin estarlo...
—Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?
—Sí, por mí lo ha dicho; ¿pues?
—Porque en el caso de usted acaso sea verdad eso...
—Pero ¿es que cree usted, es que crees, Eugenia, que no estoy de
veras enamorado de ti?
—No alce usted tanto la voz, don Augusto, que puede oirle la criada...
—¡Sí, sí—continuó exaltándose—, hay quien me cree incapaz de
enamorarme de veras...!
—Dispense un momento—le interrumpió Eugenia, y se salió dejándole
solo.
Volvió al poco rato y con la mayor tranquilidad le dijo:
—Y bien, don Augusto, ¿se ha calmado ya?
—¡Eugenia! ¡Eugenia!
En este momento se oyó llamar a la puerta y Eugenia dijo:—¡Mis
tíos!—A los pocos momentos entraban éstos en la sala.
—Vino don Augusto a visitaros, salí yo misma a abrirle, quería irse,
pero le dije que pasara, que no tardaríais en venir, ¡y aquí está!
—¡Vendrán tiempos—exclamó don Fermín—en que se disiparán los
convencionalismos sociales todos! Estoy convencido de que las cercas
y tapias de las propiedades privadas no son más que un incentivo para
los que llamamos ladrones, cuando los ladrones son los otros, los
propietarios. No hay propiedad más segura que la que está sin cercas
ni tapias, al alcance de todo el mundo. El hombre nace bueno, es
naturalmente bueno; la sociedad le malea y pervierte...
—¡Cállate, hombre—exclamó doña Ermelinda—, que no me dejas oir cantar
al canario! ¿No le oye usted, don Augusto? ¡Es un encanto oirle! Y
cuando ésta se ponía a aprender sus lecciones de piano había que
oirle a un canario que entonces tuve: se excitaba, y cuanto más ésta
daba a las teclas, más él a cantar y más cantar. Como que se murió de
eso, reventado...
—¡Hasta los animales domésticos se contagian de nuestros
vicios!—agregó el tío—. ¡Hasta a los animales que con nosotros
conviven les hemos arrancado del santo estado de naturaleza! ¡Oh,
humanidad, humanidad!
—Y ¿ha tenido usted que esperar mucho, don Augusto?—preguntó la tía.
—Oh, no, señora, no, nada, nada, un momentito, un relámpago... por lo
menos así me lo pareció...
—¡Ah, vamos!
—Sí, tía, muy poco tiempo, pero lo bastante para que se haya repuesto
de una lijera indisposición que trajo de la calle...
—¿Cómo?
—Oh, no fué nada, señora, nada...
—Ahora yo les dejo, tengo que hacer—dijo Eugenia, y dando la mano a
Augusto se fué.
—Y ¿qué, cómo va eso?—le preguntó a Augusto la tía así que Eugenia
hubo salido.
—Y ¿qué es eso?
—¡La conquista, naturalmente!
—¡Mal, muy mal! Me ha dicho que tiene novio y que se ha de casar con
él.
—No te lo decía yo, Ermelinda, ¡no te lo decía!
—Pues ¡no, no y no!, no puede ser. Eso del novio es una locura, don
Augusto, ¡una locura!
—Pero, señora, ¿y si está enamorada de él...?
—Eso digo yo—exclamó el tío—, eso digo yo. ¡La libertad, la santa
libertad, la libertad de elección!
—Pues ¡no, no y no! ¿Acaso sabe esa chiquilla lo que se hace...?
¡Despreciarle a usted, don Augusto, a usted! ¡Eso no puede ser!
—Pero, señora, reflexione, fíjese... no se puede, no se debe
violentar así la voluntad de una joven como Eugenia... Se trata de
su felicidad, y no debemos todos preocuparnos sino de ella, y hasta
sacrificarnos para que la consiga...
—¿Usted, don Augusto, usted?
—¡Yo, sí, yo, señora! ¡Estoy dispuesto a sacrificarme por la
felicidad de Eugenia, de su sobrina, porque mi felicidad consiste en
que ella sea feliz!
—¡Bravo!—exclamó el tío—¡bravo! ¡bravo! ¡He aquí un héroe! ¡he aquí
un anarquista... místico!
—¿Anarquista?—dijo Augusto.
—Anarquista, sí. Porque mi anarquismo consiste en eso, en eso
precisamente, en que cada cual se sacrifique por los demás, en que
uno sea feliz haciendo felices a los otros, en que...
—¡Pues bueno te pones, Fermín, cuando un día cualquiera no se te
sirve la sopa sino diez minutos después de las doce!
—Bueno, es que ya sabes, Ermelinda, que mi anarquismo es teórico...
me esfuerzo por llegar a la perfección, pero...
—¡Y la felicidad también es teórica!—exclamó Augusto, compungido y
como quien habla consigo mismo, y luego—: He decidido sacrificarme a
la felicidad de Eugenia y he pensado en un acto heroico.
—¿Cuál?
—¿No me dijo usted una vez, señora, que la casa que a Eugenia dejó su
desgraciado padre...
—Sí, mi pobre hermano.
—... está gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas?
—Sí, señor.
—Pues bien; ¡yo sé lo que he de hacer!—y se dirigió a la puerta.
—Pero, don Augusto...
—Augusto se siente capaz de las más heroicas determinaciones, de
los más grandes sacrificios. Y ahora se sabrá si está enamorado nada
más que de cabeza o lo está también de corazón, si es que cree estar
enamorado sin estarlo. Eugenia, señores, me ha despertado a la vida,
a la verdadera vida, y, sea ella de quien fuere, yo le debo gratitud
eterna. Y ahora, ¡adiós!
Y se salió solemnemente. Y no bien hubo salido gritó doña Ermelinda:
—¡Chiquilla!