VIII

Augusto temblaba y sentíase como en un potro de suplicio en su

asiento; entrábanle furiosas ganas de levantarse de él, pasearse

por la sala aquella, dar manotadas al aire, gritar, hacer locuras

de circo, olvidarse de que existía. Ni doña Ermelinda, la tía de

Eugenia, ni don Fermín, su marido, el anarquista teórico y místico,

lograban traerle a la realidad.

—Pues sí, yo creo—decía doña Ermelinda—, don Augusto, que esto es lo

mejor, que usted se espere, pues ella no puede ya tardar en venir; la

llamo, ustedes se ven y se conocen y éste es el primer paso. Todas

las relaciones de este género tienen que empezar por conocerse, ¿no

es así?

—En efecto, señora—dijo como quien habla desde otro mundo Augusto—,

el primer paso es verse y conocerse...

—Y yo creo que así que ella le conozca a usted, pues... ¡la cosa es

clara!

—No tan clara—arguyó don Fermín—. Los caminos de la Providencia

son misteriosos siempre... Y en cuanto a eso de que para casarse

sea preciso o siquiera conveniente conocerse antes, discrepo...

discrepo... El único conocimiento eficaz es el conocimiento _post

nuptias_. Ya me has oído, esposa mía, lo que en lenguaje bíblico

significa conocer. Y, créemelo, no hay más conocimiento sustancial y

esencial que ése, el conocimiento penetrante...

—Cállate, hombre, cállate, no desbarres.

—El conocimiento, Ermelinda,...

Sonó el timbre de la puerta.

—¡Ella!—exclamó con misteriosa voz el tío.

Augusto sintió una oleada de fuego subirle del suelo hasta perderse,

pasando por su cabeza, en lo alto, encima de él. Y empezó el corazón

a martillarle el pecho.

Se oyó abrir la puerta, y ruido de unos pasos rápidos e iguales,

rítmicos. Y Augusto, sin saber cómo, sintió que la calma volvía a

reinar en él.

—Voy a llamarla—dijo don Fermín haciendo conato de levantarse.

—¡No, de ningún modo!—exclamó doña Ermelinda, y llamó.

Y luego a la criada al presentarse:—¡Di a la señorita Eugenia que

venga!

Se siguió un silencio. Los tres, como en complicidad, callaban. Y

Augusto se decía: «¿Podré resistirlo? ¿no me pondré rojo como una

amapola o blanco cual un lirio cuando sus ojos llenen el hueco de esa

puerta? ¿no estallará mi corazón?»

Oyóse un lijero rumor, como de paloma que arranca en vuelo, un ¡ah!

breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de

vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron

como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena. Y Augusto

se sintió tranquilo, enormemente tranquilo, clavado a su asiento y

como si fuese una planta nacida en él, como algo vegetal, olvidado

de sí, absorto en la misteriosa luz espiritual que de aquellos ojos

irradiaba. Y sólo al oir que doña Ermelinda empezaba a decir a su

sobrina: «Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez...», volvió

en sí y se puso en pie procurando sonreír.

—Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez, que desea conocerte...

—¿El del canario?—preguntó Eugenia.

—Sí, el del canario, señorita—contestó Augusto acercándose a ella y

alargándole la mano. Y pensó: «¡Me va a quemar con la suya!»

Pero no fué así. Una mano blanca y fría, blanca como la nieve y como

la nieve fría, tocó su mano. Y sintió Augusto que se derramaba por su

ser todo como un fluido de serenidad.

Sentóse Eugenia.

—Y este caballero...—empezó la pianista.

«¡Este caballero... este caballero...—pensó Augusto

rapidísimamente—este caballero! ¡Llamarme caballero! ¡Esto es de mal

agüero!»

—Este caballero, hija mía, que ha hecho por una feliz casualidad...

—Sí, la del canario.

—¡Son misteriosos los caminos de la Providencia!—sentenció el

anarquista.

—Este caballero, digo—agregó la tía—, que por una feliz casualidad ha

hecho conocimiento con nosotros y resulta ser el hijo de una señora

a quien conocí algo y respeté mucho; este caballero, puesto que es

amigo ya de casa, ha deseado conocerte, Eugenia.

—¡Y admirarla!—añadió Augusto.

—¿Admirarme?—exclamó Eugenia.

—¡Sí, como pianista!

—¡Ah, vamos!

—Conozco, señorita, su gran amor al arte...

—¿Al arte? ¿A cuál, al de la música?

—¡Claro está!

—¡Pues le han engañado a usted, don Augusto!

«¡Don Augusto! ¡Don Augusto!—pensó éste—. ¡Don...! ¡De qué mal agüero

es este don! ¡casi tan malo como aquel caballero!» Y luego, en voz

alta:

—¿Es que no le gusta la música?

—Ni pizca, se lo aseguro.

«Liduvina tiene razón—pensó Augusto—; ésta después que se case, y si

el marido la puede mantener, no vuelve a teclear un piano.» Y luego,

en voz alta:

—Como es voz pública que es usted una excelente profesora...

—Procuro cumplir lo mejor posible con mi deber profesional, y ya que

tengo que ganarme la vida...

—Eso de tener que ganarte la vida...—empezó a decir don Fermín.

—Bueno, basta—interrumpió la tía—; ya el señor don Augusto está

informado de todo...

—¿De todo? ¿De qué?—preguntó con aspereza y con un lijerísimo ademán

de ir a levantarse Eugenia.

—Sí, de lo de la hipoteca...

—¿Cómo?—exclamó la sobrina poniéndose en pie—. Pero ¿qué es esto, qué

significa todo esto, a qué viene esta visita?

—Ya te he dicho, sobrina, que este señor deseaba conocerte... Y no te

alteres así...

—Pero es que hay cosas...

—Dispense a su señora tía, señorita—suplicó también Augusto

poniéndose a su vez en pie, y lo mismo hicieron los tíos—; pero no ha

sido otra cosa... Y en cuanto a eso de la hipoteca y a su abnegación

de usted y amor al trabajo, yo nada he hecho para arrancar de su

señora tía tan interesantes noticias; yo...

—Sí, usted se ha limitado a traer el canario unos días después de

haberme dirigido una carta...

—En efecto, no lo niego.

—Pues bien, caballero, la contestación a esa carta se la daré cuando

mejor me plazca y sin que nadie me cohiba a ello. Y ahora vale más

que me retire.

—¡Bien, muy bien!—exclamó don Fermín—. ¡Esto es entereza y libertad!

¡Esta es la mujer del porvenir! ¡Mujeres así hay que ganarlas a puño,

amigo Pérez, a puño!

—¡Señorita...!—suplicó Augusto acercándose a ella.

—Tiene usted razón—dijo Eugenia, y le dio para despedida la mano, tan

blanca y tan fría como antes y como la nieve.

Al dar la espalda para salir y desaparecer así los ojos aquéllos,

fuentes de misteriosa luz espiritual, sintió Augusto que la ola de

fuego le recorría el cuerpo, el corazón le martillaba el pecho y

parecía querer estallarle la cabeza.

—¿Se siente usted malo?—le preguntó don Fermín.

—¡Qué chiquilla, Dios mío, qué chiquilla!—exclamaba doña Ermelinda.

—¡Admirable! ¡majestuosa! ¡heroica! ¡una mujer! ¡toda una

mujer!—decía Augusto.

—Así creo yo—añadió el tío.

—Perdone, señor don Augusto—repetíale la tía—, perdone; esta

chiquilla es un pequeño erizo; ¡quién lo había de pensar!...

—Pero ¡si estoy encantado, señora, encantado! ¡Si esta recia

independencia de carácter, a mí, que no le tengo, es lo que más

me entusiasma!; ¡si es ésta, ésta, ésta y no otra la mujer que yo

necesito!

—¡Sí, señor Pérez, sí—declamó el anarquista—; ésta es la mujer del

porvenir!

—¿Y yo?—arguyó doña Ermelinda.

—¡Tú, la del pasado! ¡Esta es, digo, la mujer del porvenir! ¡Claro,

no en balde me ha estado oyendo disertar un día y otro sobre la

sociedad futura y la mujer del porvenir; no en balde la he inculcado

las emancipadoras doctrinas del anarquismo... sin bombas!

—¡Pues yo creo—dijo de mal humor la tía—que esta chicuela es capaz

hasta de tirar bombas!

—Y aunque así fuera...—insinuó Augusto.

—¡Eso no! ¡eso no!—el tío.

—Y ¿qué más da?

—¡Don Augusto! ¡Don Augusto!

—Yo creo—añadió la tía—que no por esto que acaba de pasar debe usted

ceder en sus pretensiones...

—¡Claro que no! Así tiene más mérito.

—¡A la conquista, pues! Y ya sabe usted que nos tiene de su parte y

que puede venir a esta su casa cuantas veces guste, y quiéralo o no

Eugenia.

—Pero, mujer, ¡si ella no ha manifestado que le disgusten las

venidas acá de don Augusto!... ¡Hay que ganarla a puño, amigo, a

puño! Ya irá usted conociéndola y verá de qué temple es. Esto es todo

una mujer, don Augusto, y hay que ganarla a puño, a puño. ¿No quería

usted conocerla?

—Sí, pero...

—Entendido, entendido. ¡A la lucha, pues, amigo mío!

—Cierto, cierto, y ahora ¡adiós!

Don Fermín llamó luego aparte a Augusto, para decirle:

—Se me había olvidado decirle que cuando escriba a Eugenia lo haga

escribiendo su nombre con jota y no con ge, Eujenia, y del Arco con

ka: Eujenia Domingo del Arko.

—Y ¿por qué?

—Porque hasta que no llegue el día feliz en que el esperanto sea la

única lengua, ¡una sola para toda la humanidad!, hay que escribir el

castellano con ortografía fonética. ¡Nada de ces! ¡guerra a la ce!

Za, ze, zi, zo, zu con zeda, y ka, ke, ki, ko, ku con ka. ¡Y fuera

las haches! ¡La hache es el absurdo, la reacción, la autoridad, la

edad media, el retroceso! ¡Guerra a la hache!

—¿De modo que es usted foneticista también?

—¿También? ¿por qué también?

—Por lo de anarquista y esperantista...

—Todo es uno, señor, todo es uno. Anarquismo, esperantismo,

espiritismo, vegetarianismo, foneticismo... ¡todo es uno! ¡Guerra

a la autoridad! ¡guerra a la división de lenguas! ¡guerra a la vil

materia y a la muerte! ¡guerra a la carne! ¡guerra a la hache! ¡Adiós!

Despidiéronse y Augusto salió a la calle como alijerado de un gran

peso y hasta gozoso. Nunca hubiera presupuesto lo que le pasaba

por dentro del espíritu. Aquella manera de habérsele presentado

Eugenia la primera vez que se vieron de quieto y de cerca y que se

hablaron, lejos de dolerle, encendíale más y le animaba. El mundo le

parecía más grande, el aire más puro y más azul el cielo. Era como

si respirase por vez primera. En lo más íntimo de sus oídos cantaba

aquella palabra de su madre: ¡cásate! Casi todas las mujeres con que

cruzaba por la calle parecíanle guapas, muchas hermosísimas y ninguna

fea. Diríase que para él empezaba a estar el mundo iluminado por

una nueva luz misteriosa desde dos grandes estrellas invisibles que

refulgían más allá del azul del cielo, detrás de su aparente bóveda.

Empezaba a conocer el mundo. Y sin saber cómo se puso a pensar en la

profunda fuente de la confusión vulgar entre el pecado de la carne y

la caída de nuestros primeros padres por haber probado del fruto del

árbol de la ciencia del bien y del mal.

Y meditó en la doctrina de don Fermín sobre el origen del

conocimiento.

Llegó a casa, y al salir Orfeo a recibirle lo cojió en sus brazos, le

acarició y le dijo: «Hoy empezamos una nueva vida, Orfeo. ¿No sientes

que el mundo es más grande, más puro el aire y más azul el cielo?

¡Ah, cuando la veas, Orfeo, cuando la conozcas...! ¡Entonces sentirás

la congoja de no ser más que perro como yo siento la de no ser más

que hombre! Y dime, Orfeo, ¿cómo podéis conocer si no pecáis, si

vuestro conocimiento no es pecado? El conocimiento que no es pecado

no es tal conocimiento, no es racional».

Al servirle la comida su fiel Liduvina se le quedó mirando.

—¿Qué miras?—preguntó Augusto.

—Me parece que hay mudanza.

—¿De dónde sacas eso?

—El señorito tiene otra cara.

—¿Lo crees?

—Naturalmente. ¿Y qué, se arregla lo de la pianista?

—¡Liduvina! ¡Liduvina!

—Tiene usted razón, señorito; pero ¡me interesa tanto su felicidad!

—¿Quién sabe qué es eso?...

—Es verdad.

Y los dos miraron al suelo, como si el secreto de la felicidad

estuviese debajo de él.

Niebla (Nivola) · 第 18 / 47 题