«¿Por qué el diminutivo es señal de cariño?—iba diciéndose Augusto
camino de su casa—. ¿Es acaso que el amor achica la cosa amada?
¡Enamorado yo! ¡Yo enamorado! ¡Quién había de decirlo...! Pero
¿tendrá razón Víctor? ¿Seré un enamorado _ab initio_? Tal vez mi
amor ha precedido a su objeto. Es más, es este amor el que lo ha
suscitado, el que lo ha extraído de la niebla de la creación. Pero
si yo adelanto aquella torre no me da el mate, no me lo da. ¿Y qué
es amor? ¿Quién definió el amor? Amor definido deja de serlo...
Pero, Dios mío, ¿por qué permitirá el alcalde que empleen para los
rótulos de los comercios tipos de letra tan feos como ése? Aquel
alfil estuvo mal jugado. ¿Y cómo me he enamorado si en rigor no
puedo decir que la conozco? Bah, el conocimiento vendrá después. El
amor precede al conocimiento, y éste mata a aquél. _Nihil volitum
quin praecognitum_ me enseñó el P. Zaramillo, pero yo he llegado a
la conclusión contraria y es que _nihil cognitum quin praevolitum_.
Conocer es perdonar, dicen. No, perdonar es conocer. Primero el
amor, el conocimiento después. Pero ¿cómo no vi que me daba mate
al descubierto? Y para amar algo, ¿qué basta? ¡Vislumbrarlo! El
vislumbre; he aquí la intuición amorosa, el vislumbre en la niebla.
Luego viene el precisarse, la visión perfecta, el resolverse la
niebla en gotas de agua o en granizo, o en nieve, o en piedra. La
ciencia es una pedrea. ¡No, no, niebla, niebla! ¡Quién fuera águila
para pasearse por los senos de las nubes! Y ver al sol a través de
ellas, como lumbre nebulosa también.
¡Oh, el águila! ¡Qué cosas se dirían el águila de Patmos, la que
mira al sol cara a cara y no ve en la negrura de la noche, cuando
escapándose de junto a San Juan se encontró con la lechuza de
Minerva, la que ve en lo oscuro de la noche, pero no puede mirar al
sol, y se había escapado del Olimpo!»
Al llegar a este punto cruzó Augusto con Eugenia y no reparó en ella.
«El conocimiento viene después...—siguió diciéndose—. Pero... ¿Qué
ha sido eso? Juraría que han cruzado por mi órbita dos refulgentes y
místicas estrellas gemelas... ¿Habrá sido ella? El corazón me dice...
¡Pero, calla, ya estoy en casa!»
Y entró.
Dirigióse a su cuarto, y al reparar en la cama se dijo: «¡Solo!
¡dormir solo! ¡soñar solo! Cuando se duerme en compañía, el sueño
debe de ser común. Misteriosos efluvios han de unir los dos cerebros.
¿O no es acaso que a medida que los corazones más se unen, más se
separan las cabezas? Tal vez. Tal vez están en posiciones mutuamente
adversas. Si dos amantes piensan lo mismo, sienten en contrario uno
del otro; si comulgan en el mismo sentimiento amoroso, cada cual
piensa otra cosa que el otro, tal vez lo contrario. La mujer sólo ama
a su hombre mientras no piense como ella, es decir, mientras piense.
Veamos a este honrado matrimonio.»
Muchas noches, antes de acostarse, solía Augusto echar una partida
de tute con su criado, Domingo, y mientras, la mujer de éste, la
cocinera, contemplaba el juego.
Empezó la partida.
—¡Veinte en copas!—cantó Domingo.
—¡Decidme!—exclamó Augusto de pronto—. ¿Y si yo me casara?
—Muy bien hecho, señorito—dijo Domingo.
—Según y conforme—se atrevió a insinuar Liduvina, su mujer.
—Pues ¿no te casaste tú?—le interpeló Augusto.
—Según y conforme, señorito.
—¿Cómo según y conforme? Habla.
—Casarse es muy fácil; pero no es tan fácil ser casado.
—Eso pertenece a la sabiduría popular, fuente de...
—Y lo que es la que haya de ser mujer del señorito...—agrego
Liduvina, temiendo que Augusto les espetara todo un monólogo.
—¿Qué? La que haya de ser mi mujer, ¿qué? Vamos, ¡dilo, dilo, mujer,
dilo!
—Pues que como el señorito es tan bueno...
—Anda, dilo, mujer, dilo de una vez.
—Ya recuerda lo que decía la señora...
A la piadosa mención de su madre Augusto dejó las cartas sobre la
mesa, y su espíritu quedó un momento en suspenso. Muchas veces su
madre, aquella dulce señora, hija del infortunio, le había dicho: «Yo
no puedo vivir ya mucho, hijo mío; tu padre me está llamando. Acaso
le hago a él más falta que a ti. Así que yo me vaya de este mundo y
te quedes solo en él tú, cásate, cásate cuanto antes. Trae a esta
casa dueña y señora. Y no es que yo no tenga confianza en nuestros
antiguos y fieles servidores, no. Pero trae ama a la casa. Y que sea
ama de casa, hijo mío, que sea ama. Hazla dueña de tu corazón, de tu
bolsa, de tu despensa, de tu cocina y de tus resoluciones. Busca una
mujer de gobierno, que sepa querer... y gobernarte».
—Mi mujer tocará el piano—dijo Augusto sacudiendo sus recuerdos y
añoranzas.
—¡El piano! Y eso ¿para qué sirve?—preguntó Liduvina.
—¿Para qué sirve? Pues ahí estriba su mayor encanto, en que no sirve
para maldita de Dios la cosa, lo que se llama servir. Estoy harto de
servicios...
—¿De los nuestros?
—¡No, de los vuestros, no! Y además el piano sirve, sí sirve... sirve
para llenar de armonía los hogares y que no sean ceniceros.
—¡Armonía! Y eso ¿con qué se come?
—Liduvina... Liduvina...
La cocinera bajó la cabeza ante el dulce reproche. Era la costumbre
de uno y de otra.
—Sí, tocará el piano, porque es profesora de piano.
—Entonces no lo tocará—añadió con firmeza Liduvina—. Y si no, ¿para
qué se casa?
—Mi Eugenia...—empezó Augusto.
—¿Ah, pero se llama Eugenia y es maestra de piano?—preguntó la
cocinera.
—Sí, ¿pues?
—¿La que vive con unos tíos en la Avenida de la Alameda, encima del
comercio del señor Tiburcio?
—La misma. ¿Qué, la conoces?
—Sí... de vista...
—No, algo más, Liduvina, algo más. Vamos, habla; mira que se trata
del porvenir y de la dicha de tu amo...
—Es buena muchacha, sí, buena muchacha...
—Vamos, habla, Liduvina... ¡por la memoria de mi madre!...
—Acuérdese de sus consejos, señorito. Pero ¿quién anda en la cocina?
¿A que es el gato?...
Y levantándose la criada, se salió.
—¿Y qué, acabamos?—preguntó Domingo.
—Es verdad, Domingo, no podemos dejar así la partida. ¿A quién le
toca salir?
—A usted, señorito.
—Pues allá va.
Y perdió también la partida, por distraído.
«Pues, señor—se decía al retirarse a su cuarto—, todos la conocen;
todos la conocen menos yo. He aquí la obra del amor. ¿Y mañana? ¿Qué
haré mañana? ¡Bah! A cada día bástele su cuidado. Ahora, a la cama.»
Y se acostó.
Y ya en la cama siguió diciéndose: «Pues el caso es que he estado
aburriéndome sin saberlo, y dos mortales años... desde que murió
mi santa madre... Sí, sí, hay un aburrimiento inconsciente. Casi
todos los hombres nos aburrimos inconscientemente. El aburrimiento
es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado
los juegos, las distracciones, las novelas y el amor. La niebla
de la vida rezuma un dulce aburrimiento, licor agridulce. Todos
estos sucesos cotidianos, insignificantes; todas estas dulces
conversaciones con que matamos el tiempo y alargamos la vida, ¿qué
son sino dulcísimo aburrirse? ¡Oh, Eugenia, mi Eugenia, flor de mi
aburrimiento vital e inconsciente, asísteme en mis sueños, sueña en mí
y conmigo!»
Y quedóse dormido.
V
Cruzaba las nubes, águila refulgente, con las poderosas alas
perladas de rocío, fijos los ojos de presa en la niebla solar,
dormido el corazón en dulce aburrimiento al amparo del pecho forjado
en tempestades; en derredor, el silencio que hacen los rumores
remotos de la tierra, y allá en lo alto, en la cima del cielo, dos
estrellas mellizas derramando bálsamo invisible. Desgarró el silencio
un chillido estridente que decía: «_¡La Correspondencia...!_» Y
vislumbró Augusto la luz de un nuevo día.
«¿Sueño o vivo?—se preguntó embozándose en la manta—. ¿Soy águila o
soy hombre? ¿Qué dirá el papel ése? ¿Qué novedades me traerá el nuevo
día consigo? ¿Se habrá tragado esta noche un terremoto a Corcubión?
¿Y por qué no a Leipzig? ¡Oh, la asociación lírica de ideas, el
desorden pindárico! El mundo es un caleidoscopio. La lógica la pone
el hombre. El supremo arte es el del azar. Durmamos, pues, un rato
más.» Y diose media vuelta en la cama.
_¡La Correspondencia...!_ ¡El vinagrero! Y luego un coche, y después
un automóvil, y unos chiquillos después.
«¡Imposible!—volvió a decirse Augusto—. Esto es la vida que vuelve. Y
con ella el amor... ¿Y qué es el amor? ¿No es acaso la destilación de
todo esto? ¿No es el jugo del aburrimiento? Pensemos en Eugenia; la
hora es propicia.»
Y cerró los ojos con el propósito de pensar en Eugenia. ¿Pensar?
Pero este pensamiento se le fué diluyendo, derritiéndosele, y al poco
rato no era sino una polca. Es que un piano de manubrio se había
parado al pie de la ventana de su cuarto y estaba sonando. Y el alma
de Augusto repercutía notas, no pensaba.
«La esencia del mundo es musical—se dijo Augusto cuando murió la
última nota del organillo—. Y mi Eugenia, ¿no es musical también?
Toda ley es una ley de ritmo, y el ritmo es el amor. He aquí que la
divina mañana, virginidad del día, me trae un descubrimiento: el amor
es el ritmo. La ciencia del ritmo son las matemáticas; la expresión
sensible del amor es la música. La expresión, no su realización;
entendámonos.»
Le interrumpió un golpecito a la puerta.
—¡Adelante!
—¿Llamaba, señorito?—dijo Domingo.
—¡Sí... el desayuno!
Había llamado, sin haberse dado de ello cuenta, lo menos hora y media
antes que de costumbre, y una vez que hubo llamado tenía que pedir el
desayuno, aunque no era hora.
«El amor aviva y anticipa el apetito—siguió diciéndose Augusto—. ¡Hay
que vivir para amar! Sí, ¡y hay que amar para vivir!»
Se levantó a tomar el desayuno.
—¿Qué tal tiempo hace, Domingo?
—Como siempre, señorito.
—Vamos, sí, ni bueno ni malo.
—¡Eso!
Era la teoría del criado, quien también se las tenía.
Augusto se lavó, peinó, vistió y avió como quien tiene ya un objetivo
en la vida, rebosando íntimo arregosto de vivir. Aunque melancólico.
Echóse a la calle, y muy pronto el corazón le tocó a rebato.
«¡Calla—se dijo—, si yo la había visto, si yo la conocía hace mucho
tiempo; sí, su imagen me es casi innata...! ¡Madre mía, ampárame!» Y
al pasar junto a él, al cruzarse con él Eugenia, le saludó aún más
con los ojos que con el sombrero.
Estuvo a punto de volverse para seguirla, pero venció el buen juicio
y el deseo que tenía de charlar con la portera.
«Es ella, sí, es ella—siguió diciéndose—, es ella, es la misma, es
la que yo buscaba hace años, aun sin saberlo; es la que me buscaba.
Estábamos destinados uno a otro en armonía prestablecida; somos dos
mónadas complementaria una de otra. La familia es la verdadera célula
social. Y yo no soy más que una molécula. ¡Qué poética es la ciencia,
Dios mío! ¡Madre, madre mía, aquí tienes a tu hijo; aconséjame desde
el cielo! ¡Eugenia, mi Eugenia...!»
Miró a todas partes por si le miraban, pues se sorprendió abrazando
al aire. Y se dijo: «El amor es un éxtasis; nos saca de nosotros
mismos».
Le volvió a la realidad—¿a la realidad?—la sonrisa de Margarita.
—¿Y qué, no hay novedad?—le preguntó Augusto.
—Ninguna, señorito. Todavía es muy pronto.
—¿No le preguntó nada al entregársela?
—Nada.
—¿Y hoy?
—Hoy sí. Me preguntó por sus señas de usted, y si le conocía, y
quién era. Me dijo que el señorito no se había acordado de poner la
dirección de su casa. Y luego me dio un encargo...
—¿Un encargo? ¿Cuál? No vacile.
—Me dijo que si volvía por acá le dijese que estaba comprometida, que
tiene novio.
—¿Que tiene novio?
—Ya se lo dije yo, señorito.
—No importa, ¡lucharemos!
—Bueno, lucharemos.
—¿Me promete usted su ayuda, Margarita?
—Claro que sí.
—¡Pues venceremos!
Y se retiró. Fuése a la Alameda a refrescar sus emociones en la
visión de verdura, a oir cantar a los pájaros sus amores. Su corazón
verdecía y dentro de él cantábanle también como ruiseñores recuerdos
alados de la infancia.
Era, sobre todo, el cielo de recuerdos de su madre derramando una
lumbre derretida y dulce sobre todas sus demás memorias.
De su padre apenas se acordaba; era una sombra mítica que se
le perdía en lo más lejano; era una nube sangrienta de ocaso.
Sangrienta, porque siendo aún pequeñito lo vio bañado en sangre, de
un vómito, y cadavérico. Y repercutía en su corazón, a tan larga
distancia, aquel ¡hijo! de su madre, que desgarró la casa; aquel
¡hijo! que no se sabía si dirigido al padre moribundo o a él, a
Augusto, empedernido de incomprensión ante el misterio de la muerte.
Poco después su madre, temblorosa de congoja, le apechugaba a su
seno, y con una letanía de ¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡hijo mío! le
bautizaba en lágrimas de fuego. Y él lloró también, apretándose a su
madre, y sin atreverse a volver la cara ni a apartarla de la dulce
oscuridad de aquel regazo palpitante, por miedo a encontrarse con los
ojos devoradores del Coco.
Y así pasaron días de llanto y de negrura, hasta que las lágrimas
fueron yéndose hacia dentro y la casa fué derritiendo los negrores.
Era una casa dulce y tibia. La luz entraba por entre las blancas
flores bordadas en los visillos. Las butacas abrían, con intimidad de
abuelos hechos niños por los años, sus brazos. Allí estaba siempre el
cenicero con la ceniza del último puro que apuró su padre. Y allí, en
la pared, el retrato de ambos, del padre y de la madre, la viuda ya,
hecho el día mismo en que se casaron. Él, que era alto, sentado, con
una pierna cruzada sobre la otra, enseñando la lengüeta de la bota,
y ella, que era bajita, de pie a su lado y apoyando la mano, una
mano fina que no parecía hecha para agarrar, sino para posarse como
paloma, en el hombro de su marido.
Su madre iba y venía sin hacer ruido, como un pajarillo, siempre
de negro, con una sonrisa, que era el poso de las lágrimas de los
primeros días de viudez, siempre en la boca y en torno de los ojos
escudriñadores. «Tengo que vivir para ti, para ti solo—le decía por
las noches, antes de acostarse—, Augusto.» Y éste llevaba a sus
sueños nocturnos un beso húmedo aún en lágrimas.
Como un sueño dulce se les iba la vida.
Por las noches le leía su madre algo, unas veces la vida del Santo,
otras una novela de Julio Verne o algún cuento candoroso y sencillo.
Y algunas veces hasta se reía, con una risa silenciosa y dulce que
trascendía a lágrimas lejanas.
Luego entró al Instituto y por las noches era su madre quien le
tomaba las lecciones. Y estudió para tomárselas. Estudió todos
aquellos nombres raros de la historia universal, y solía decirle
sonriendo: «Pero ¡cuántas barbaridades han podido hacer los
hombres, Dios mío!» Estudió matemáticas, y en esto fué en lo que
más sobresalió aquella dulce madre. «Si mi madre llega a dedicarse
a las matemáticas...»—se decía Augusto. Y recordaba el interés con
que seguía el desarrollo de una ecuación de segundo grado. Estudió
psicología, y esto era lo que más se le resistía. «Pero ¡qué ganas de
complicar las cosas!»—solía decir a esto. Estudió física y química
e historia natural. De la historia natural lo que no le gustaba era
aquellos motajos raros que se les da en ella a los animales y las
plantas. La fisiología le causaba horror, y renunció a tomar sus
lecciones a su hijo. Sólo con ver aquellas láminas que representaban
el corazón o los pulmones al desnudo presentábasele la sanguinosa
muerte de su marido. «Todo esto es muy feo, hijo mío—le decía—; no
estudies médico. Lo mejor es no saber cómo se tiene las cosas de
dentro.»
Cuando Augusto se hizo bachiller le tomó en brazos, le miró al bozo,
y rompiendo en lágrimas exclamó: «¡Si viviese tu padre...!» Después
le hizo sentarse sobre sus rodillas, de lo que él, un chicarrón
ya, se sentía avergonzado, y así le tuvo, en silencio, mirando al
cenicero de su difunto.
Y luego vino su carrera, sus amistades universitarias, y la
melancolía de la pobre madre al ver que su hijo ensayaba las alas.
«Yo para ti, yo para ti—solía decirle—, y tú, ¡quién sabe para
qué otra!... Así es el mundo, hijo.» El día en que se recibió de
licenciado en derecho, su madre, al llegar él a casa, le tomó y besó
la mano de una manera cómicamente grave, y luego, abrazándole, díjole
al oído: «¡Tu padre te bendiga, hijo mío!»
Su madre jamás se acostaba hasta que él lo hubiese hecho, y le dejaba
con un beso en la cama. No pudo, pues, nunca trasnochar. Y era su
madre lo primero que veía al despertarse. Y en la mesa, de lo que él
no comía, tampoco ella.
Salían a menudo juntos de paseo y así iban, en silencio, bajo el
cielo, pensando ella en su difunto y él pensando en lo que primero
pasaba a sus ojos. Y ella le decía siempre las mismas cosas, cosas
cotidianas, muy antiguas y siempre nuevas. Muchas de ellas empezaban
así: «Cuando te cases...»
Siempre que cruzaba con ellos alguna muchacha hermosa, o siquiera
linda, su madre miraba a Augusto con el rabillo del ojo.
Y vino la muerte, aquella muerte lenta, grave y dulce, indolorosa,
que entró de puntillas y sin ruido, como un ave peregrina, y se la
llevó a vuelo lento, en una tarde de otoño. Murió con su mano en la
mano de su hijo, con sus ojos en los ojos de él. Sintió Augusto que
la mano se enfriaba, sintió que los ojos se inmovilizaban. Soltó la
mano después de haber dejado en su frialdad un beso cálido, y cerró
los ojos. Se arrodilló junto al lecho y pasó sobre él la historia de
aquellos años iguales.
Y ahora estaba aquí, en la Alameda, bajo el gorjear de los pájaros,
pensando en Eugenia. Y Eugenia tenía novio. «Lo que temo, hijo
mío—solía decirle su madre—, es cuando te encuentres con la primera
espina en el camino de tu vida.» ¡Si estuviera aquí ella para hacer
florecer en rosa a esta primera espina!
«Si viviera mi madre encontraría solución a esto—se dijo Augusto—,
que no es, después de todo, más difícil que una ecuación de segundo
grado. Y no es, en el fondo, más que una ecuación de segundo grado.»
Unos débiles quejidos, como de un pobre animal, interrumpieron su
soliloquio. Escudriñó con los ojos y acabó por descubrir, entre la
verdura de un matorral, un pobre cachorrillo de perro que parecía
buscar camino en tierra. «¡Pobrecillo!—se dijo—. Lo han dejado recién
nacido a que muera; les faltó valor para matarlo.» Y lo recojió.
El animalito buscaba el pecho de la madre. Augusto se levantó y
volvióse a casa pensando: «Cuando lo sepa Eugenia, ¡mal golpe para mi
rival! ¡Qué cariño le va a tomar al pobre animalito! Y es lindo, muy
lindo. ¡Pobrecito, cómo me lame la mano...!»
—Trae leche, Domingo; pero tráela pronto—le dijo al criado no bien
éste le hubo abierto la puerta.
—¿Pero ahora se le ocurre comprar perro, señorito?
—No lo he comprado, Domingo; este perro no es esclavo, sino que es
libre; lo he encontrado.
—Vamos, sí, es expósito.
—Todos somos expósitos, Domingo. Trae leche.
Le trajo la leche y una pequeña esponja para facilitar la succión.
Luego hizo Augusto que se le trajera un biberón para el cachorrillo,
para Orfeo, que así le bautizó, no se sabe ni sabía él tampoco por
qué.
Y Orfeo fué en adelante el confidente de sus soliloquios, el que
recibió los secretos de su amor a Eugenia.
«Mira, Orfeo—le decía silenciosamente—, tenemos que luchar. ¿Qué me
aconsejas que haga? Si te hubiese conocido mi madre... Pero ya verás,
ya verás cuando duermas en el regazo de Eugenia, bajo su mano tibia y
dulce. Y ahora, ¿qué vamos a hacer, Orfeo?»
Fué melancólico el almuerzo de aquel día, melancólico el paseo, la
partida de ajedrez melancólica y melancólico el sueño de aquella
noche.