II

Al abrirle el criado la puerta...

Augusto, que era rico y solo, pues su anciana madre había muerto no

hacía sino seis meses antes de estos menudos sucedidos, vivía con

un criado y una cocinera, sirvientes antiguos en la casa e hijos

de otros que en ella misma habían servido. El criado y la cocinera

estaban casados entre sí, pero no tenían hijos.

Al abrirle el criado la puerta le preguntó Augusto si en su ausencia

había llegado alguien.

—Nadie, señorito.

Eran pregunta y respuesta sacramentales, pues apenas recibía visitas

en casa Augusto.

Entró en su gabinete, tomó un sobre y escribió en él: «Señorita doña

Eugenia Domingo del Arco. E. P. M.» Y enseguida, delante del blanco

papel, apoyó la cabeza en ambas manos, los codos en el escritorio, y

cerró los ojos. «Pensemos primero en ella»—se dijo. Y esforzóse por

atrapar en la oscuridad el resplandor de aquellos otros ojos que le

arrastraran al azar.

Estuvo así un rato sugiriéndose la figura de Eugenia, y como apenas

si la había visto, tuvo que figurársela. Merced a esta labor de

evocación fué surgiendo a su fantasía una figura vagarosa ceñida de

ensueños. Y se quedó dormido. Se quedó dormido porque había pasado

mala noche, de insomnio.

—¡Señorito!

—¿Eh?—exclamó despertándose.

—Está ya servido el almuerzo.

¿Fué la voz del criado, o fué el apetito, de que aquella voz no era

sino un eco, lo que le despertó? ¡Misterios psicológicos! Así pensó

Augusto, que se fué al comedor diciéndose: ¡oh, la psicología!

Almorzó con fruición su almuerzo de todos los días: un par de huevos

fritos, un bisteque con patatas y un trozo de queso Gruyère. Tomó

luego su café y se tendió en la mecedora. Encendió un habano, se lo

llevó a la boca, y diciéndose: «¡Ay, mi Eugenia!» se dispuso a pensar

en ella.

«¡Mi Eugenia, sí, la mía—iba diciéndose—, ésta que me estoy forjando

a solas, y no la otra, no la de carne y hueso, no la que vi cruzar

por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera!

¿Aparición fortuita? ¿Y qué aparición no lo es? ¿Cuál es la lógica de

las apariciones? La de la sucesión de estas figuras que forman las

nubes de humo del cigarro. ¡El azar! el azar es el íntimo ritmo del

mundo, el azar es el alma de la poesía. ¡Ah, mi azarosa Eugenia!

Esta mi vida mansa, rutinaria, humilde, es una oda pindárica tejida

con las mil pequeñeces de lo cotidiano. ¡Lo cotidiano! ¡El pan

nuestro de cada día, dánosle hoy! Dame, Señor, las mil menudencias

de cada día. Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las

grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen

embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida

es esto, la niebla. La vida es una nebulosa. Ahora surge de ella

Eugenia. ¿Y quién es Eugenia? Ah, caigo en la cuenta de que hace

tiempo la andaba buscando. Y mientras yo la buscaba ella me ha salido

al paso. ¿No es esto acaso encontrar algo? Cuando uno descubre una

aparición que buscaba, ¿no es que la aparición, compadecida de su

busca, se le viene al encuentro? ¿No salió la América a buscar a

Colón? ¿No ha venido Eugenia a buscarme a mí? ¡Eugenia! ¡Eugenia!

¡Eugenia!»

Y Augusto se encontró pronunciando en voz alta el nombre de Eugenia.

Al oirle llamar, el criado, que acertaba a pasar junto al comedor,

entró diciendo:

—¿Llamaba, señorito?

—¡No, a ti no! Pero, calla, ¿no te llamas tú Domingo?

—Sí, señorito—respondió Domingo sin extrañeza alguna por la pregunta

que se le hacía.

—¿Y por qué te llamas Domingo?

—Porque así me llaman.

«Bien, muy bien—se dijo Augusto—; nos llamamos como nos llaman. En

los tiempos homéricos tenían las personas y las cosas dos nombres,

el que les daban los hombres y el que les daban los dioses. ¿Cómo me

llamará Dios? ¿Y por qué no he de llamarme yo de otro modo que como

los demás me llaman? ¿Por qué no he de dar a Eugenia otro nombre

distinto del que le dan los demás, del que le da Margarita, la

portera? ¿Cómo la llamaré?»

—Puedes irte—le dijo al criado.

Se levantó de la mecedora, fué al gabinete, tomó la pluma y se puso a

escribir:

«Señorita: Esta misma mañana, bajo la dulce llovizna del cielo,

cruzó usted, aparición fortuita, por delante de la puerta de

la casa donde aún vivo y ya no tengo hogar. Cuando desperté

fuí a la puerta de la suya, donde ignoro si tiene usted hogar

o no le tiene. Me habían llevado allí sus ojos, sus ojos,

que son refulgentes estrellas mellizas en la nebulosa de mi

mundo. Perdóneme, Eugenia, y deje que le dé familiarmente este

dulce nombre; perdóneme la lírica. Yo vivo en perpetua lírica

infinitesimal.

No sé qué más decirle. Sí, sí sé. Pero es tanto, tanto lo que

tengo que decirle, que estimo mejor aplazarlo para cuando nos

veamos y nos hablemos. Pues es lo que ahora deseo, que nos

veamos, que nos hablemos, que nos escribamos, que nos conozcamos.

Después... Después, ¡Dios y nuestros corazones dirán!

¿Me dará usted, pues, Eugenia, dulce aparición de mi vida

cotidiana, me dará usted oídos?

Sumido en la niebla de su vida espera su respuesta.

Niebla (Nivola) · 第 12 / 47 题