Al abrirle el criado la puerta...
Augusto, que era rico y solo, pues su anciana madre había muerto no
hacía sino seis meses antes de estos menudos sucedidos, vivía con
un criado y una cocinera, sirvientes antiguos en la casa e hijos
de otros que en ella misma habían servido. El criado y la cocinera
estaban casados entre sí, pero no tenían hijos.
Al abrirle el criado la puerta le preguntó Augusto si en su ausencia
había llegado alguien.
—Nadie, señorito.
Eran pregunta y respuesta sacramentales, pues apenas recibía visitas
en casa Augusto.
Entró en su gabinete, tomó un sobre y escribió en él: «Señorita doña
Eugenia Domingo del Arco. E. P. M.» Y enseguida, delante del blanco
papel, apoyó la cabeza en ambas manos, los codos en el escritorio, y
cerró los ojos. «Pensemos primero en ella»—se dijo. Y esforzóse por
atrapar en la oscuridad el resplandor de aquellos otros ojos que le
arrastraran al azar.
Estuvo así un rato sugiriéndose la figura de Eugenia, y como apenas
si la había visto, tuvo que figurársela. Merced a esta labor de
evocación fué surgiendo a su fantasía una figura vagarosa ceñida de
ensueños. Y se quedó dormido. Se quedó dormido porque había pasado
mala noche, de insomnio.
—¡Señorito!
—¿Eh?—exclamó despertándose.
—Está ya servido el almuerzo.
¿Fué la voz del criado, o fué el apetito, de que aquella voz no era
sino un eco, lo que le despertó? ¡Misterios psicológicos! Así pensó
Augusto, que se fué al comedor diciéndose: ¡oh, la psicología!
Almorzó con fruición su almuerzo de todos los días: un par de huevos
fritos, un bisteque con patatas y un trozo de queso Gruyère. Tomó
luego su café y se tendió en la mecedora. Encendió un habano, se lo
llevó a la boca, y diciéndose: «¡Ay, mi Eugenia!» se dispuso a pensar
en ella.
«¡Mi Eugenia, sí, la mía—iba diciéndose—, ésta que me estoy forjando
a solas, y no la otra, no la de carne y hueso, no la que vi cruzar
por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera!
¿Aparición fortuita? ¿Y qué aparición no lo es? ¿Cuál es la lógica de
las apariciones? La de la sucesión de estas figuras que forman las
nubes de humo del cigarro. ¡El azar! el azar es el íntimo ritmo del
mundo, el azar es el alma de la poesía. ¡Ah, mi azarosa Eugenia!
Esta mi vida mansa, rutinaria, humilde, es una oda pindárica tejida
con las mil pequeñeces de lo cotidiano. ¡Lo cotidiano! ¡El pan
nuestro de cada día, dánosle hoy! Dame, Señor, las mil menudencias
de cada día. Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las
grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen
embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida
es esto, la niebla. La vida es una nebulosa. Ahora surge de ella
Eugenia. ¿Y quién es Eugenia? Ah, caigo en la cuenta de que hace
tiempo la andaba buscando. Y mientras yo la buscaba ella me ha salido
al paso. ¿No es esto acaso encontrar algo? Cuando uno descubre una
aparición que buscaba, ¿no es que la aparición, compadecida de su
busca, se le viene al encuentro? ¿No salió la América a buscar a
Colón? ¿No ha venido Eugenia a buscarme a mí? ¡Eugenia! ¡Eugenia!
¡Eugenia!»
Y Augusto se encontró pronunciando en voz alta el nombre de Eugenia.
Al oirle llamar, el criado, que acertaba a pasar junto al comedor,
entró diciendo:
—¿Llamaba, señorito?
—¡No, a ti no! Pero, calla, ¿no te llamas tú Domingo?
—Sí, señorito—respondió Domingo sin extrañeza alguna por la pregunta
que se le hacía.
—¿Y por qué te llamas Domingo?
—Porque así me llaman.
«Bien, muy bien—se dijo Augusto—; nos llamamos como nos llaman. En
los tiempos homéricos tenían las personas y las cosas dos nombres,
el que les daban los hombres y el que les daban los dioses. ¿Cómo me
llamará Dios? ¿Y por qué no he de llamarme yo de otro modo que como
los demás me llaman? ¿Por qué no he de dar a Eugenia otro nombre
distinto del que le dan los demás, del que le da Margarita, la
portera? ¿Cómo la llamaré?»
—Puedes irte—le dijo al criado.
Se levantó de la mecedora, fué al gabinete, tomó la pluma y se puso a
escribir:
«Señorita: Esta misma mañana, bajo la dulce llovizna del cielo,
cruzó usted, aparición fortuita, por delante de la puerta de
la casa donde aún vivo y ya no tengo hogar. Cuando desperté
fuí a la puerta de la suya, donde ignoro si tiene usted hogar
o no le tiene. Me habían llevado allí sus ojos, sus ojos,
que son refulgentes estrellas mellizas en la nebulosa de mi
mundo. Perdóneme, Eugenia, y deje que le dé familiarmente este
dulce nombre; perdóneme la lírica. Yo vivo en perpetua lírica
infinitesimal.
No sé qué más decirle. Sí, sí sé. Pero es tanto, tanto lo que
tengo que decirle, que estimo mejor aplazarlo para cuando nos
veamos y nos hablemos. Pues es lo que ahora deseo, que nos
veamos, que nos hablemos, que nos escribamos, que nos conozcamos.
Después... Después, ¡Dios y nuestros corazones dirán!
¿Me dará usted, pues, Eugenia, dulce aparición de mi vida
cotidiana, me dará usted oídos?
Sumido en la niebla de su vida espera su respuesta.