PIANISTA-COMPOSITOR.

Al evocar la personalidad artística de Tavárez para hacer su biografía

crítica, temo, no sin fundamento, que en vez del _alto relieve_ que

merece, resulte una profanación el diseño que mi pluma trace.[25]

[25] Publicada en la edición de junio 30, 1904, _La

Correspondencia_, San Juan, P. R.--F. C.

Aliéntame, no obstante, la idea de que, la incorrección de líneas,

oscuridad del bosquejo, y la falta de tono en el conjunto, podrán muy

bien subsanarse, con solamente traer a la vista o hacer oir a cualquiera

que comprenda el arte, la mas sencilla de sus composiciones.

Antes de ocuparme de estas, trazaré a grandes rasgos la historia de su

vida.

Vino a ella en San Juan, el 28 de noviembre de 1843. Fueron sus padres,

Don Manuel Alejandro, súbdito francés, tenedor de libros de la farmacia

de Mr. Micard y algo inteligente en música, y doña Juliana Ropero,

portorriqueña.

Desde niño reveló grandes disposiciones para la música, y,

especialmente, para el piano, el que empezó a estudiar con Don Juan

Cobrizas, catalán y profesor el más afamado de la época, recibiendo

algunas lecciones de armonía, del organista de catedral Don Domingo

Delgado.

A los 15 años se trasladó a Europa, con recursos que le proporcionaran

algunos de sus admiradores y la Sociedad Económica de Amigos del País,

e instalándose en París, logró ser admitido en el Conservatorio, que por

entonces dirigía el Maestro Auber, después de haber hecho a satisfacción

los exámenes de ingreso. Fueron sus profesores: Auber, de armonía y

composición; y Mr. D'Albert, de piano.

Encontrando en París el medio ambiente adecuado para desarrollar sus

grandes facultades artísticas, al poco tiempo de estudios, se hizo

notar, entre la balumba de alumnos, que en pos de la gloria acuden a

aquel gran templo de Euterpe. Pero la fatalidad o la desgracia,

compañeras inseparables de los artistas, le obligó retornar a su país al

año de su partida, por efecto de una grave enfermedad que le dejó

atrofiados para siempre el oído y mano izquierda, precisamente, la mano

en la que, como pianista, no hubiera tenido rival, por la asombrosa

destreza que, aun medio paralítico, conservó hasta la muerte.

De nuevo entre nosotros y después de una serie de conciertos que diera

por toda la Isla, se estableció en San Juan, como profesor,

trasladándose después a Caguas y fijando, definitivamente, su domicilio

en Ponce.

Creo oportuno referir una anécdota de cuando ejercía en San Juan la

profesión.

En el colegio que en la calle de la Fortaleza tenía establecido, por

entonces, el profesor de instrucción, ya fallecido, Don Adrián Martínez

Gandía, daban clases de piano, elemental y superior, un danés, cuyo

nombre no recuerdo y Tavárez.

La casualidad les reunió de visita una noche en el colegio, y, después

de haber lucido ambos sus habilidades como ejecutantes, recayó la

conversación sobre la dificultad en el repentizar.

El danés afirmó: "Siempre que no sean piezas de dificultad extrema en

su parte mecánica, yo las leo a primera vista". Tavárez, por toda

contestación, llamó a un sirviente y le mandó a comprar dos cajetillas

de cigarrillos de las que entonces traían impresos, al exterior y en

notas muy pequeñas, trozos de danzones y guarachas cubanas, encargándole

fuesen de música distinta.

En su poder las cajetillas, vació una y, desdoblando el papel, lo puso

en el atril del piano diciéndole al danés: "¿Se atrevería a

repentizarla?"

Este, sin vacilación, se sentó frente al piano leyéndola correctamente,

si bien, el sabor criollo de la danza, no resultase del todo. Al

terminar de repentizarla, tomando la otra cajetilla la presentó a

Tavárez para que hiciese lo propio.

Tavárez, colocándola en el atril de manera que las notas quedasen en

sentido inverso, no tan solo la repentizó, sino que, al repetirla, le

improvisó unas variaciones que, aplaudidas frenéticamente por los

concurrentes hicieron exclamar al danés: "Hasta ahí no llego yo."

En la sociedad ponceña, en aquella época, una de las más filarmónicas de

la Isla y tal vez la única en donde los artistas, con más o menos

apasionamiento, eran considerados y protegidos, fué acogido Tavárez con

simpatías extraordinarias, que se trocaron en culto fanático a medida

que sus producciones y cualidades de pianista fueron debidamente

apreciadas.

La típica indolencia del carácter criollo, el maléfico influjo de falsos

admiradores que constantemente le asediaban y su salud, siempre

resentida desde que sufriera, en París, el primer ataque de parálisis,

fueron factores importantísimos en el resultado de sus labores como

maestro, porque, pudiendo haber hecho muchos y magníficos pianistas,

pocos de sus discípulos pudieron recoger el fruto de lecciones cuyas

intermitencias eran muy frecuentes.

En la tarde del 1º de julio de 1883, al cumplirse el año de haber

obtenido, uno de sus mayores triunfos, en la Feria-Exposición de Ponce,

la medalla de oro y diploma de honor, por su gran marcha para orquesta

titulada "_Redención_" fué cortado, por la parca inexorable, el hilo de

su corta existencia, pues no había cumplido aún los 40 años.

La noticia de su muerte causó profunda consternación en Ponce. El pueblo

ponceño le tributó los honores póstumos más grandiosos que se recuerdan

en aquella ciudad.

Los pianos enmudecieron por algunos días. El cadáver fué embalsamado y

puesto en capilla ardiente en los salones del Orfeón Ponceño. Los

balcones de las casas por donde pasó el entierro estaban enlutados, y

uno de sus discípulos predilectos, que después ha alcanzado gran

renombre y que por entonces era un niño, Paco Cortés, fué el único que

se atrevió a pulsar el teclado del piano, para despedir los despojos

mortales de su inolvidable preceptor, tocando, desde el balcón del

Casino de Ponce durante el paso del cortejo fúnebre, las notas

patrióticas de la marcha "_Redención_." Examinemos ahora sus méritos

como pianista.

* * * * *

Juzgar a un pianista en una sola audición, cuando el oyente, ni por su

edad ni por su pericia estaba en condiciones de hacerlo, pudiera

considerarse insania u osadía si no fuera porque la impresión

producida, _fonografiada_ en el cerebro, permitiera traerla nuevamente

al oído para formular opinión, cuando, por la experiencia, se creyese

autorizado. Ese es mi caso actual.

Ansioso por oir a Tavárez cuyas danzas eran para mí la fiel expresión de

los ensueños de mi juventud, hice, con tal objeto, un viaje a Ponce, en

agosto de 1880.

Después de varias visitas a su hogar, sin resultado, pude obtenerlo una

noche en el café de _Las Delicias_, en el que, cuando estaba de vena,

hacía las _idem_ del público.

Para ello tuve que esperar basta hora muy avanzada y someterme antes al

cruel martirio de hacerle oir un _mamarracho_, que, con el nombre de

danza, le había dedicado desde San Juan. Terminada ésta y como expoliado

por el buen deseo y ferviente adoración que mis pobres notas expresaran,

mandando cerrar el Café (serían las dos de la madrugada) en el que

únicamente permanecían cuatro personas, sentándose al piano, dió

comienzo a la audición más genial que, en sus recuerdos artísticos,

conserva mi memoria.

Casi era imposible seguir las huellas del torrente de armonías que sus

pequeñas manos arrancaban al teclado.

La balada en _Sol menor_ de Chopín, su autor favorito, y cuyo estilo,

apasionadamente poético tomara por modelo para sus composiciones; la

gran marcha de Gottschalck, obra póstuma dedicada al emperador del

Brasil, en cuyos moldes vaciara dos años después, su marcha _Redención_;

la _Rapsodia_ No. 2 de Listz, cuyas dificultades de mecanismo y

expresión bordaba con maestría; un _andante appasionato_ y _allegro

scherzando_ de Mendelsonn, en cuyas obras no sabemos que admirar más,

si la novedad de la frase melódica o los arrebatadores efectos de la

armonía, que sin llegar a las complicidades e innovaciones de Wagner,

nos resulta tan elegante como la de Beethoven y menos severa que la de

Bach; un dificilísimo estudio de Moscheles, seguido del _andante_ de una

sonata de Matías, y del _momento caprichoso_ de Weber, constituyeron la

primera parte no interrumpida, de aquella memorable audición.

Tras una breve pausa, pues la fiebre del arte parecía dominarle esa

noche, al intérprete de los grandes maestros, sucedió _el maestro_ de la

danza regional, vaciando en raudales de sentimiento las quejas de su

alma dolorida y enamorada, que no otra cosa sintetizan los cantos

inmortales de _Margarita_, _Ausencia_, _Melancolía_, y _Pobre Corazón_,

a las que no vacilo en calificar de _romanzas criollas sin palabras_.

Los suaves tintes de la aurora del 29 de agosto del 1880 empezaban a

iluminar el claro cielo de Ponce, cuando abandonando el Café, me

despedía, ¡quién había de pensarlo fuera para siempre! del maestro

inolvidable cuyo magnetismo personal y artístico era irresistible.

De aquella memorable noche, ya lo he dicho antes, dado el místico

arrobamiento con que le escuchara, solamente pude grabar mis impresiones

para hoy, aunque sin autoridad bastante, poder decir: fué un pianista,

cuya destreza técnica, poético estilo, delicada pulsación y vigoroso

colorido de la interpretación, le hicieron acreedor, no ya entre

nosotros, sino fuera de la Isla, al título de _virtuose_.

Estudiemos, ahora, el mérito de sus composiciones.

* * * * *

La música, psicológicamente considerada, es el arte que más poderosos

medios de expresión posee para que un artista pueda establecer verdadera

comunidad de ideas y de sentimientos cuando traduce, al lenguaje de los

sentidos, las impresiones de su numen.

Modelado el corazón de Tavárez en los característicos afectos de la

pasión tropical y desarrollado su genio artístico en el seno de la

nación francesa, conquistadora de los derechos del hombre que trazaron a

la conciencia religiosa de la humanidad el nuevo cauce por donde hoy

dirige sus corrientes, el del amor y fraternidad universal, no pudo

menos que recibir intensa sensación de dolor, cuando al regresar

encontró a la pobre islilla, cual barquichuelo en los mares polares,

aprisionada, moral, política e intelectualmente, por los grandes bloques

de hielo del coloniaje y de la esclavitud.

De ahí, el tinte nostálgico, acentuadamente melancólico, ya que no

doloroso, de los pensamientos melódicos de sus composiciones, cuando con

las danzas expresa los ensueños y decepciones de amor; con los caprichos

característicos, la idiosincracia del carácter nativo; y, con las piezas

de género, los ideales de libertad bajo la égida de nuestra antigua

metrópoli, admirablemente expuestos en el hermoso conjunto armónico de

su gran marcha _Redención_.

Todas sus composiciones, las que en su mayor parte catalogamos en la

sección correspondiente de este libro, están construídas dentro de los

preceptos más rigurosos de la composición. Entre otras, la marcha

_Redención_ revela la profundidad de conocimientos, pues el canon final

está magistralmente hecho.

De su _Vals de Concierto_ para la mano izquierda, decía la _Gazetta

Musicale de Firenze_ en su número del 1º de noviembre de 1879, "que

revelaba extraordinaria actitud, Tavárez, para escribir obras de piano

con gusto, sentimiento y verdadero carácter", añadiendo que "tan notable

vals era una gran composición de concierto, de muchísimo efecto."

Para terminar, ya que no tenemos a la vista para juzgarlas todas sus

composiciones, diremos que brilló a gran altura como compositor de

estilo propio, siendo sus obras las que harán sea reverenciado su

nombre, en la historia del arte portorriqueño.

Música y Músicos Portorriqueños · 第 56 / 89 题