Cuando cruzaban la plaza del Rey, Carmen vió a su amiga: una madrileña

neta, bajita, delgada, con mucho negro y mucha luz en los ojos.

--Adiós, Lola, en busca tuya íbamos... ¿Y los bordados?

--Mañana te los daré; la señora que había de traérmelos me envió esta

tarde un recado, diciendo que está enferma.

Mientras las dos mujeres hablaban, Roberto y Luis Herrera saludaron al

individuo que acompañaba a Dolores.

--Adiós, Juanito...

--¡Hola, queridos!...

--¿Dónde vas?

--¿Qué sé yo? ¡Por ahí!... Por donde van las mujeres y el humo...

Era un joven de mediana estatura, elegante y simpático, de nariz

aguileña y ojos acerados de mirar muy firme.

--Pues nos hemos topado por una casualidad--exclamó Dolores

dirigiéndose a los hombres.

--¿Por qué?--dijo Luis.

--Porque hoy--interrumpió Romero--habíamos resuelto ir a las Ventas.

Pero como Lola es una burguesita que siempre, después de almorzar, tiene

el aristocrático vicio de dormir la siesta... ¿Pueden ustedes creer que

se ha levantado hace un momento?

--Calla, parlanchín.

--¡Contento me tienes!--repuso Juanito--. ¡No me hagas hablar!...

No deseaba otra cosa.

--¡Que se sepa!--exclamaron todos.

Se habían detenido en la acera del Circo de Price, acercándose cuanto

podían a la pared para resguardarse de la llovizna que continuaba

cayendo.

--¿Para qué?--repuso Juanito--; mi cuento cabe en dos palabras; un

cuento viejo, muy triste y muy humillante para mí... Conviene advertir

que esta tarde, precisamente, Dolores, antes de dormirse, había jurado

quererme mucho, idolátricamente, y que yo la creí... Pasó una hora.

Viendo que no despertaba, la llamé. Ella continuaba tendida en un diván,

alentando blandamente; una leve sonrisa embellecía sus labios

entreabiertos, y su rostro tenía esa placidez que debe de producir la

suprema bienandanza. No obteniendo contestación, me senté a su lado,

movido repentinamente por el capricho de arrullar su sueño con un canto

de amor...--«Dolores, Lola de mi alma, ¿te acuerdas?...» Se lo fui

recordando todo: dónde nos conocimos, nuestras primeras impresiones, los

primeros balbuceos de nuestra pasión...

--¡Qué embustero!--interrumpió la joven--, ¡qué modo de inventar... no

le hagan ustedes caso!...

Juanito continuó:

--Aburrido de aquel inútil discurso, me levanté y empecé a pasear la

habitación, murmurando de vez en cuando: «Lola, niña mía, ¿no oyes? ¿No

presientes que soy yo quien te llama?...» Y ella, nada... ¡sin

despertar!

Todos reían. Romero prosiguió con aire grave y sentado.

--De repente, al acercarme a un lavabo para arreglarme delante del

espejo... no recuerdo qué, dejé caer inadvertidamente sobre el mármol

una moneda de plata... Y entonces Lola despertó bruscamente, frotándose

los ojos, sobresaltada por aquella voz misteriosa que acababa de

susurrar en sus oídos la canción irresistible del oro.--«¿Qué

sucede?--dijo mirándome--. Creí que me llamabas...»

--Por eso, desde hoy--concluyó Juanito--, no creo que haya mujeres que

amen desinteresadamente...

Todos celebraron el sabroso pique de la ocurrencia. Después las tres

parejas, obedeciendo a una indicación de Carmen, emprendieron el regreso

por la calle Infantas.

--¿Quién es ese muchacho?--preguntó Mercedes a Roberto en voz baja.

--Es Juanito Romero; una bala perdida de Madrid...

--Y Dolores, ¿es novia suya?

--Probablemente, será su querida...

Mercedes y Roberto iban delante, caminando lentamente, trabados del

brazo. De pronto Alcalá volvió la cabeza para ver a su amigos que iban

muy lejos.

--Mira qué juntitos vienen ésos--dijo--, parece que van besándose...

Y agregó bruscamente:

--¿Quieres que yo te bese?...

Mercedes, asustada, le miró de hito en hito abriendo desmesuradamente

sus ojos luminosos.

--¿Te has vuelto loco?--repuso.

--No... Pero te quiero mucho y la felicidad de ésos me causa envidia.

Vamos... ¿quieres?...

Se inclinaba hacia la joven, disponiéndose a cumplir su oferta. Mercedes

se retiró, acercándose cuanto pudo a la pared.

--Estate quieto... No me ofendas confundiéndome con estas mujeres de

todo el mundo.

Pero Alcalá empezaba a perder la cabeza, mareado por el loco deseo que

en él encendían las esquiveces y hermosura de la Deseada.

--No seas hipócrita--dijo--; si tú me quieres, necesariamente debes

comprender la legitimidad de mi deseo. Se besan los padres y los hijos,

se besan los esposos, se besan las amigas, se besan los que se

quieren... y yo, adorándote con toda el alma, ¿por qué no he de besarte

también?

Mercedes le miró enternecida, subyugada por la voz doliente del actor,

aquel galán apasionado, irresistible, que había visto en el teatro

arrollando la virtud de tantas mujeres.

Atravesaban la calle Fuencarral y siguieron la de San Onofre; al llegar

a la de Valverde torcieron a la izquierda; en aquel momento la esquina

les ocultaba a los ojos de sus amigos.

--Dame un beso--exclamó Roberto sujetando a Mercedes por las manos.

Ella sofocó un grito.

--No, aquí no... Pueden vernos...

--No temas... vienen muy detrás... ¡Acércate!...

Y cogiendo a la joven por el cuello, obligóla a derribar la cabeza hacia

sí y la besó en los labios. Luego se apartó, echándose a reír para

disimular su atrevimiento. Mercedes siguió caminando sin levantar la

vista del suelo; tenía los ojos brillantes, su cuerpo temblaba, y una

ola de sangre, que era todo un poema de candor ofendido, arreboló su

pálido semblante de hebrea: no supo decir más; el pudor es el lenguaje

de las mejillas.

Al llegar a la calle Desengaño, Mercedes y Carmen se despidieron

rápidamente de sus acompañantes, dirigiéndose hacia la de Jacometrezo,

por el callejón de los Leones. En aquel instante, don Pablo Ardémiz

salía de un portal. Mercedes bajó la cabeza, ocultándose el rostro con

su toquilla y el anciano pasó sin saludar.

--Creo, sin embargo--murmuró la joven--, que ese viejo marrajo me ha

visto...

Y agregó, mirando a su amiga:

--Tengo calor. ¿Cómo estoy?

--Muy colorada. Parece que te has embadurnado el rostro de bermellón.

Luego se despidieron, citándose para el día siguiente, a la hora de

clase.

La joven atravesó el portal de su casa corriendo, subió las escaleras

sin descansar y llegó a su cuarto sofocadísima, ahogándose. Su madre la

recibió.

--¿De dónde vienes?

--De casa de Carmen. Hemos estado examinando unos bordados preciosos que

ha hecho Dolores, una amiga suya... ¿Ha venido papá?

--No...

Doña Balbina la miraba deletreando la verdad sobre el rostro de Mercedes

con sus inocentes ojuelos de mujer sencilla. Después la pasó la mano por

la cabeza y por los hombros.

--¿Llueve?--preguntó.

--Sí...--repuso Mercedes vacilando.

--Estás mojada; cualquiera creería que vienes de muy lejos.

--No, es que llueve bastante. Carmen ha venido conmigo hasta aquí... Al

salir de su casa vimos a don Pablo Ardémiz... El pobre iba tan absorto

en sus cavilaciones, que no me reconoció...

Las mutaciones que iban turbando el ánimo de Mercedes eran de tal

consideración y cuantía, que doña Balbina, a pesar de la poquedad de sus

alcances, llegó a entrever la existencia amenazadora de un grave y

peligroso secreto que exigía resolución perentoria.

No sintiéndose capaz de hacer nada por sí, doña Balbina visitó a su

confesor, don Fernando Almonacid, varón entrado en años, doctísimo,

bueno y muy ducho en toda clase de asuntos mundanos; mas como la anciana

no supo concretar bien sus preguntas, ni puntualizar la situación moral

de Mercedes, y Almonacid no era hombre que juzgase por impresiones, la

consulta resultó inútil, limitándose doña Balbina a deplorar su corta

suerte y los recelos que la inspiraba el incierto porvenir de aquella

hija, y a escuchar de labios de don Fernando análogos consejos a los

que en otro tiempo le dió Gómez-Urquijo: que observase a Mercedes, que

ganase su confianza, que descubriese los íntimos anhelos de su alma, o

con sutiles raposerías de diplomático o con halagos... y otras discretas

observaciones de este jaez.

Los meses, sin embargo, iban transcurriendo sin que ningún

acontecimiento rompiese la monotonía de aquel hogar; el tiempo

continuaba ejerciendo sobre los espíritus sublevados su bienhechora

acción sedante, y como Gómez-Urquijo parecía curado de sus antiguos

temores, y doña Balbina por nada del mundo se hubiese atrevido a

revelarle los suyos, todo fue aquietándose y borrándose bajo el manto

del olvido pacificador.

Así fue pasando aquel invierno y llegó el verano, con sus cálidas noches

cuajadas de estrellas.

Por aquella época adquirió doña Balbina la convicción de que Mercedes y

Roberto Alcalá estaban en relaciones.

Una noche fueron ella y Mercedes al circo de Price para ver a _Tik-Nay_,

el payaso inimitable, que sabía dibujar con sus donaires una sonrisa

sobre los labios más tristes.

En el callejón de butacas encontraron a Roberto, que inmediatamente se

acercó a saludarlas. Hablaron un momento.

--¿Y don Pedro?--preguntó el actor.

--Bien--repuso doña Balbina--; los volatines le aburren y no quiso

acompañarnos. Luego vendrá. Y usted, ¿no tiene hoy función?

--No, señora; afortunadamente...

Y se separaron; durante el primer entreacto volvieron a reunirse y doña

Balbina advirtió que, a pesar de hallarse Roberto con varios amigos en

un palco muy distanciado de las dos sillas que ellas ocupaban, no apartó

en toda la velada sus ojos de Mercedes.

Noches después volvieron a encontrarle en el pórtico de Apolo, momentos

antes de comenzar la segunda función. Entonces Balbina Nobos recordó que

durante el día Mercedes había demostrado gran interés en ir al teatro, y

que aquel encuentro bien podía ser una cita.

--Yo no tenía ganas de salir--exclamó la anciana queriendo disculpar la

modestia con que ella y su hija iban vestidas--, pero Mercedes empezó a

decir que estaba triste, que se aburría, y como es muy testaruda... fué

necesario complacerla.

Roberto miró a la joven sonriendo, orgulloso de que tuviese tanto

interés en verle.

--Por eso vamos a una localidad modesta--añadió doña Balbina--; creo que

nuestros asientos son de anfiteatro principal.

--A eso, precisamente, voy yo--repuso Roberto.

--A ver, mamá--dijo Mercedes--¿qué número tienen nuestras localidades?

Balbina Nobos le entregó los billetes, murmurando:

--Míralo tú... yo no veo bien...

--Tenemos el tres y el cinco...

--Yo, el siete--dijo Roberto.

--¡Qué casualidad!--exclamó la joven--; entonces estaremos juntos y me

alegro,.. Dos mujeres solas no tienen representación en ningún sitio...

Continuó hablando, queriendo desvanecer una sombra de tristeza y

disgusto que había endurecido momentáneamente los cariñosos ojuelos de

su madre.

Aquella noche experimentó Mercedes impresiones de nuevo y regaladísimo

sabor. Balbina se había sentado a su izquierda, Roberto a su derecha, y

los tres muy juntos, porque todos los asientos estaban ocupados.

Mercedes sentía que las manos viciosas de Roberto la pellizcaban

disimuladamente las caderas, y que las rodillas del actor buscaban las

suyas: luego, para hablarse, tenían que hacerlo quedamente y aproximando

mucho sus cabezas: entonces sus alientos se confundían, los cabellos de

la joven rozaban la frente de Alcalá, y ambos sentían sus cuerpos

estremecidos por un voluptuoso calofrío magnético. Cuando salieron del

teatro, doña Balbina creyó ver que Roberto entregaba a Mercedes un

billetito plegado en varios dobleces.

En los días siguientes doña Balbina Nobos habló largamente con su hija,

batallando por obtener la confesión de aquellos amores. Mercedes estuvo

impenetrable. Juró no haber visto a Roberto Alcalá más que una sola vez,

en casa de Carmen; negó que estuviesen citados en Apolo, y hasta tuvo

valor y disimulo suficientes para asegurar que aquel hombre no le

interesaba... Doña Balbina no creyó tales asertos, pero hubo de

conformarse y dar el incidente por terminado, segura de quedar siempre

vencida.

Con la llegada del otoño volvieron a abrirse las clases del

Conservatorio, y Mercedes y Roberto pudieron reanudar sus citas

nocturnas. La joven refirió al actor las sospechas de doña Balbina y los

inconvenientes que había de vencer para salir. Su relato fué muy

conmovedor, muy exagerado.

--Mi madre cree que somos novios y ha querido obligarme a confesar la

verdad.

--¿Y qué hiciste?

--Negarlo todo.

--Muy bien... porque seguramente será hostil a nuestros amores.

Aunque quería mucho a Mercedes, sin saber por qué se ufanaba de mantener

su cariño en el misterio: temía la formalidad de las relaciones

oficiales, los inconvenientes que acaso ofreciese Gómez-Urquijo a la

continuación de aquel noviazgo, o, en caso contrario, el matrimonio que

llegaría tranquilamente, por sus trámites contados, asesinando su

ilusión entre dos artículos del código civil...

--Sí--replicó--, hiciste bien...

--Eso creo yo...

Y lo creía instintivamente, sin razón alguna, como sienten los hechizos

del pecado las grandes pecadoras innatas; aleccionada, tal vez, por su

padre, cuyos libros la enseñaron a ver en lo prohibido el milagroso e

inagotable manantial de las ilusiones.

Hablando así bajaban por la calle Salud, en dirección a la del Carmen.

--En último caso--dijo Roberto--yo no sentiría que esto se supiese, si

tú...

--¿Qué?

--Si tú... me quisieses mucho.

--¿Cómo?--dijo Mercedes riendo--. ¿No estás seguro de mi cariño?

--No.

--¿Qué te falta, pues? ¿Qué pruebas de amor necesitas?...

--¡Muchas!... ¿Acaso he recibido algún testimonio convincente,

irrecusable, de tu amor?... Sí, Mercedes, aunque tarde, he llegado a

persuadirme de que tú, poco más o menos, eres desconfiada y previsora

como todas.

--¿Por qué dices eso?...

--¡Oh!...

--No comprendo.

El calló, encogiéndose de hombros.

--¿Tienes ganas de reñir?

--Tengo ganas de que hablemos francamente.

Ella le miró de hito en hito, no sabiendo cómo rehuir el turbión que la

amenazaba. Desde hacía poco tiempo los deseos de Roberto se

impacientaban, su obstinación era mayor, sus ataques más rudos, y

Mercedes temía aquellas trifulcas que siempre arrancaban de su virtud, y

en beneficio de su amor, nuevas concesiones.

--¿Cómo quieres--prosiguió Roberto Alcalá--, que ponga yo confianza en

una mujer que no la tiene en mí?... Porque reconocerás que sigues usando

conmigo casi los mismos miramientos que empleabas los primeros días.

Hoy, como entonces, he de robarte los besos, y... o eres una hipócrita

actriz consumada en el arte del fingimiento, o mis caricias son un

suplicio para ti.

Llegaron a la calle del Carmen, atravesando por Rompe Lanzas hacia la de

Preciados, y continuaron bajando la cuesta de Capellanes.

--¿Qué quieres de mí?--preguntó Mercedes.

--Todo...

--¿Todo?

--Sí, eso es... una prueba muy grande, una especie de lazo irrompible

que te impida ser de nadie... ¡De nadie, más que mía!... Pues siguiendo

como hasta aquí, resulta que yo te he dado mi corazón sin que tú me

hayas hecho entrega del tuyo.

La había cogido fuertemente por un brazo, mirándola con ojos glotones,

acercando su rostro al de ella como para morderla; mientras la joven se

estrechaba contra la pared, vacilante, mareada por aquel vaho de pasión.

Continuaron hablando: él iba exaltándose; ella volvió a preguntar:

--¿Qué quieres de mí?...

--Quiero que seas mía.

--Cuando nos casemos.

--¡Cuando nos casemos... o antes!--gritó el actor--; mi pasión no

soporta condiciones... ¡ni aun aquéllas que concibió la repugnante

previsión de la mujer amada!...

No pudo seguir hablando, tan grande era su exaltación. Mercedes también

callaba, sobrecogida de temor. Su primer impulso, al oír las atrevidas

exigencias de Roberto, fué de indignación y protesta; pero muy luego se

tranquilizó, recordando que tiene algo de axiomático y de fatal el hecho

de que los hombres, cuando lograron ser muy queridos, consiguen de sus

amadas todos los favores. Los dos se habían detenido inconscientemente

delante de un portal; luego reanudaron su paseo.

--No te extrañe de este arrebato mío--dijo Roberto--; realmente, hoy

cuento tantos motivos para desesperarme, como ayer, pero es que los

recuerdos van siempre en traílla: por eso la exaltación provocadora de

los grandes crímenes está formada por ideas y pasioncillas pequeñas,

insignificantes en sí mismas, como los torrentes son el terrible y

devastador resultado de muchas gotitas de lluvia...

Iban a dar las ocho.

--Es muy tarde--dijo Mercedes--, vámonos a casa, no quiero sufrir por un

desagradecido como tú nuevos disgustos.

El regreso lo emprendieron por la solitaria calle de Tetuán, buscando la

de Jacometrezo. Continuaban disputando. Cuando llegaron a la calle

Mesonero Romanos, esquina a la de Abada, se detuvieron para despedirse.

--Es necesario que seas mía--murmuraba él.

--Yo no soy esclava de nadie.

--¿No?...

--No... nunca...

--Sin embargo, yo lo quiero...

Volvía a acercarse a Mercedes, alentando sobre ella, como queriendo

abrasarla en una atmósfera de fuego. Mercedes, en efecto, concluyó por

sentir que aquel deseo la producía un malestar físico.

--Sepárate--murmuró--; me haces daño... me ahogo...

Roberto Alcalá, reprimiéndose con gran esfuerzo, dió un paso atrás.

En aquel instante resonó hacia el fondo de la calle un confuso estruendo

de voces, desde la más baja a la más tiple, que gritaban a la vez. El

tumulto iba en aumento: eran vendedores del _Heraldo de Madrid_ que se

acercaban pregonando algún acontecimiento sensacional. Subían corriendo

desalados, llevando en la mano los periódicos extendidos para mejor

atraer la atención de los transeuntes, y repitiendo todos el mismo

pregón:

--¡El _Heraldo_, con los detalles del crimen de la calle Pozas!...

Aquel crimen, referido ya por los periódicos de la mañana, pertenecía al

número de los llamados «pasionales». Un cajista que había matado por

celos a una cantadora de café...

Los vendedores pasaban corriendo y voceando emocionados, cual si

realmente fuesen portadores de una gran noticia.

--¡_Heraldo, Heraldo de Madrid_, con todos los detalles del crimen de la

calle Pozas y las últimas declaraciones del asesino!...

Y había algo muy triste en aquel pregón que arrastraba por las calles de

Madrid el recuerdo de un crimen, y que los vendedores repetían con

ahinco, ganosos de allegar dinero, como si el charco de sangre que

derramó una puñalada de celos, fuese para ellos arroyo santo que, como

el Darro o el Jordán, acarrease también pepitas de oro.

Aquel vocerío, en virtud de una inexplicable asociación de ideas,

aumentó la rabiosa exaltación de Roberto.

--Nosotros concluiremos así--murmuró--; tú en el cementerio, yo en

presidio.

Mercedes quiso sonreír.

--¡Tonto!

Pero él había vuelto a sujetarla por un brazo y la zarandeaba bravío.

Algunos transeuntes curiosos volvieron la cabeza.

--¿Serás mía, no es cierto?... ¡Júramelo! Y agregó exasperado:

--Si no accedes a mi deseo, juro que, desde hoy, todo concluye entre

nosotros.

Mercedes, a quien el dolor y la vergüenza apretaban la garganta, rompió

a llorar.

--No me quieres--murmuró.

--Sí, te quiero... y por lo mismo exijo tanto, porque mi cariño lo

merece todo.

En el reloj de una farmacia próxima, uno de esos relojes siniestros que

parecen destinados a medir la agonía de los enfermos, sonaron las ocho y

media.

--¡Ah!--exclamó Mercedes asustada--me voy corriendo; es muy tarde y mi

padre no puede tardar... Adiós...

--Adiós--repuso Roberto con su británica frialdad habitual.

--¿Estás enfadado conmigo?...

--No... ¿para qué?... Estoy convencido de que debemos separarnos.

Ella deseaba marcharse, pero no se atrevía a dejarle así, tan irritado.

Al fin, haciendo un violento esfuerzo, echó a correr, murmurando:

--Hasta mañana...

Después, cuando llegó a la esquina, se volvió para verle a través de sus

lágrimas, pero Roberto ya había desaparecido.

La joven pasó una noche horrible, llorando, calenturienta, releyendo las

cartas del actor, aquellas ardientes cartas que la brindaban los bienes

de una pasión inextinguible...

Al día siguiente, cuando fue al Conservatorio, Mercedes entregó a Carmen

una carta para Roberto. Estaba tan fuera de sí, tan pálida y con los

párpados tan enrojecidos por las lágrimas y el no dormir, que Carmen

Vallejo se asustó.

--¿Qué tienes?--dijo--; ¿estás enferma?

--Peor--repuso Mercedes--: estoy muriéndome; he reñido con Roberto.

--¿Cuándo?

--Anoche.

--¿Por qué?...

--Por una tontería... dice que no le quiero... ya ves... ¡decir que no

le quiero!...

Y lloraba. Carmen se echó a reír.

--No llores, borricota--exclamó--, mi primo dice eso porque te adora y

está celoso de ti. Cuando Luis me quería mucho, decía lo mismo... ¡Vaya,

veo que no conoces a los hombres!

--De todos modos--repuso Mercedes--, dale esa carta, llévasela tú

misma... ¿eh?... tú misma; yo no puedo...

Carmen sonreía...

--Bien, bien...

--No dejes de hacerlo como digo. En esa carta le cito para esta noche, a

la hora y en el sitio de costumbre. Necesito hablar con él a todo

trance... Creo que si hoy no le veo, me muero...

Y agregó con una risilla que parecía en sus labios un iris de esperanza:

--Dile también... pero así, como por cuenta tuya, que le quiero mucho...

mucho... que me has visto llorar por él...

El resto del día lo pasó Mercedes en su casa, junto al balcón, cosiendo

y mirando al cielo; un cielo de otoño, lloviznoso y frío. Doña Balbina,

feliz al verla tan juiciosa, estuvo más alegre y charladora que de

ordinario. La serenidad, sin embargo, de la joven, no pasaba de ser

aparente; pensaba en Roberto, en que ya habría leído la carta, en que

iría a la cita... y permanecía alerta, escuchando los menores ruidos

exteriores, obsesionada hasta el delirio por el presentimiento de que al

fin iba a recibir _aquello_, que nunca llegaba...

Hija y madre estaban en el gabinete charlando, porque la noche se había

echado encima y la escasa luz crepuscular no bastaba para seguir

cosiendo. Mercedes no quería levantarse para ver la hora, temiendo que

doña Balbina advirtiese su impaciencia y su inquietud. De pronto, en el

reloj del comedor sonaron varias campanadas, y la joven, de un salto, se

puso de pie.

--Me voy--dijo secamente.

--¿A dónde?

--A casa de Carmen; está esperándome. Son las siete.

--¿Las siete?--repitió doña Balbina escandalizada--, ¡ni las seis!...

Mercedes, recelando haberse equivocado, corrió al comedor: en efecto,

eran las seis. Furiosa contra sí misma, volvió al gabinete, a seguir

rellenando de monosílabos la distraída conversación de su madre.

--¿Y te atreves a salir con este tiempo tan desapacible?

--Sí.

--Yo, en tu lugar, no saldría...

--Bueno...

--Dime, ¿Carmen y Nicasia tienen novios?

--No sé; nada me han dicho.

--No comprendo que la madre de esas niñas les permita salir y entrar

cuando bien les parece.

--Yo tampoco.

La supina vulgaridad de aquel diálogo determinaba en Mercedes un

malestar físico, semejante a un vago dolorcillo de estómago. Se levantó

y fué al comedor, creyendo que había pasado ya mucho tiempo; pero su

impaciencia le engañaba y tuvo que volver al gabinete: eran las seis y

cuarto. Doña Balbina continuó charlando, con esa conversación perezosa

de las personas que encanecieron en la soledad.

--Yo reconozco que Carmen y Nicasia son dos muchachas muy buenas, muy

hacendosas, pero... ¿qué quieres?... no me gustaría que fueses como

ellas. Tú vales mucho, tienes mucho talento...

¡Sí, bonito talento!... El talento de vivir siempre encerrada, sin

amigas, sin diversiones, envejeciendo estúpidamente entre las cuatro

paredes de una casa pobre... ¡En eso consiste el talento y la bondad de

las mujeres!...

Todo esto pensaba Mercedes, pero no quiso hablar, segura de que no la

comprenderían. Además, ella sabía adónde iban encaminadas las preguntas

de su madre, y aquellos torpes tanteos irritaban sus nervios. Cuando

dieron las siete la joven se levantó.

--Hasta luego--dijo.

Y fue tan duro el acento de su voz y tan despótica la autoridad de su

ademán, que doña Balbina Nobos la acompañó hasta el recibimiento y la

dejó marchar sin atreverse a contradecirla.

Incesto: novela original · 第 5 / 10 段