--Cuando V. S. guste...
--Vamos... Vamos á comer.
--Buenas noches.
--¡Bonita hora de venir, señor folletinista!
--Ello es que llego á tiempo...
--Sí; por una casualidad... ¡Todos los pícaros tienen Vds. suerte!--En
fín... Dé V. el brazo á Manuela.--Vamos, Barón.
--Dígame V., Manolita: ¿qué ha sucedido aquí, que los encuentro á Vds.
tan acalorados? Desde el recibimiento creí oir aplausos, y protestas, y
hasta pedir la palabra como en el Congreso.
--¡Justamente! Acabamos de celebrar toda una sesión de Cortes. ¡Se han
pronunciado magníficos discursos!
--Supongo que serían contra el Gobierno...
--¡Hola! se alarma el principiante de o'donnellista...
--¡Oh! no, Marquesa... Ya sabe V. que soy ecléctico.
--Entonces, va V. á darme la razón.
--A su lado de V. es difícil tenerla.
--¡Adulador!--Siéntese V. aquí, junto á Manolita.--Vizconde, V. á mi
lado.--¡Usted, Barón, que me hacía la contra, á la izquierda, en la
Montaña!--Pues verá V., señor poeta, la que se ha perdido. Hemos hablado
de economía política, de Bellas artes, del lujo, del derecho al
trabajo..., y, por último, de la inmortalidad del alma!
--Entre personas lógicas, toda discusión va á parar á eso.--Veamos ahora
el tema primitivo...
--Principiamos por el lujo.--El Barón, que, como V. sabe, es
progresista, tronaba contra él.
--¡Tronaba contra él, y al mismo tiempo abogaba por el progreso del arte
y la industria!--añadió el Vizconde.
--¡Es decir, que aumentaba la mercancía y suprimía los
consumidores!--concluyó la Marquesa.
--¡Cómo, señora!--exclamó el Barón.
--¡Nada! Progresando, progresando..., quería V. volvernos al estado
natural.
--¡Señores! ¡yo he dicho eso?
--Lo decía V. en el mero hecho de combatir el lujo (replicó la
Marquesa); y yo le he contestado que sin grandes capitales no puede
haber armonía social. Nivele V. la riqueza, y Samper y Pizzala están
demás en el mundo. Nivele V. la condición de los hombres, y se acabaron
las artes, las ciencias y la literatura.--Para que haya _Pasmos de
Sicilia_ (por ejemplo), es menester un capitalista, amante del lujo, que
pueda pagar á Rafael Sancio el trabajo de muchos meses, y varios
obreros, rudos y pobres, que saquen los colores de las entrañas de la
tierra, tejan el lienzo y siembren el lino, en tanto que el artista
viaja estudiando Museos.--Las artes y el lujo son
inseparables.--Aristocracia y sabiduría significan una misma cosa.--Y es
justo: ¡Antes de que la sociedad desnivelase las fortunas, Dios había
desnivelado las inteligencias!--El tonto será siempre precursor del
pobre. Hacer la guerra á los ricos, es hacérsela á los
necesitados.--Elija V. entre estas teorías y las del comunismo.--Ahora,
si V. me pide el derecho de todos á todo..., eso es otra cosa. ¡Cuente
V. conmigo contra los privilegios artificiales!
--¡Bravo, Marquesa!--exclamaron todos los convidados.
--¡Pero es que irritan (dijo el Barón) esos alardes de lujo, esas
fiestas esplendorosas, esos trenes, esos palacios...!
--¡Dale! ¡V. quiere volvernos al estado natural!--Amigo barón: los
trenes, las fiestas y los palacios son la riqueza de las clases
trabajadoras. El magnate no come ocho veces al día. De todas sus
riquezas apenas consume lo que su criado de V.--El resto es para la
industria, para el comercio, para los artistas, para los
menestrales.--Cada baile de esos que exaltan la bilis del liberal
irreflexivo, llena de oro el bolsillo de los guanteros, de las modistas,
de los sastres, de los tapiceros, de los cazadores, de los pescadores,
de los confiteros, de los perfumistas... ¡Qué sé yo!--¡La función es
para ellos!--Al cabo de la noche, V., que ha dado el baile, se halla con
menos dinero en el bolsillo, fatigado de atender á todo el mundo y
muerto de sueño, mientras que el comerciante se despierta muy gordo y
colorado, y le cuenta á su costilla el gran negocio que hicieron el día
anterior á costa de V.
--Señora: el Sr. Morón está en la sala.
--Que pase aquí.
--Siento haber comido fenomenal Marquesa...
--Lo creo... lo creo, Sr. D. Fermín; pues, según deciamos hace poco, no
bastan todas las riquezas del mundo para comprar la dicha de comer dos
veces seguidas.
* * * * *
Suspendida aquí la discusión, la Marquesa dijo, levantándose:
--Tomemos café, y entremos en _la orden del día_.--El folletinista de
_La Época_ tiene la palabra para describirnos el baile que dió anoche la
condesa del Montijo.
--En efecto... (añadió Dolores), esa es la _cuestión del día_. Hoy no se
habla de otra cosa en Madrid...
--¡Oh! Marquesa... ¿En qué berengenal me mete V.? Yo soy incompetente...
--¡Es absolutamente necesario! _Fernando Pérez_ (ó sea Juan Valera), el
folletinista de _El Estado_, nos ha remitido á V.--Conque así...
--¡Oh! _¡Fernando Pérez!_... ¡Él me la pagará!--En cuanto á mí,
Marquesa, ya se lo dije á V. el otro día; yo soy demasiado salvaje para
hablar de ciertas cosas. Es más; yo no podría acercarme al bello sexo
para estudiar sus _toilettes_, sin correr grave riesgo de
enamorarme.--Luego, yo abomino la política de nombres propios, ó sea
aquello de «_La señorita de X llevaba_... _La baronesa de J. parecía_...
_La señora de H. tenía puesto_...»--¡Yo estoy por los principios!--Sin
embargo, recordaré algunos _pormayores_ (no pormenores), ya que Vds. lo
desean.
El primero y principal, es la exquisita finura con que la Condesa del
Montijo... etc., etc., etcétera... (Pongan Vds. aquí todas las
_generales de la ley._)--Lo segundo que recuerdo es aquella casa, donde
el lujo y la moda están maravillosamente armonizados con el arte; donde
el buen gusto brilla tanto, que eclipsa los mármoles y el oro, y donde
la elegancia corre parejas con las antigüedades históricas. La _Galería
árabe_, que se estrenó aquella noche, me trasportó á mi Granada. Allí,
entre aéreas columnas, entre flores y cristales, á la luz de lámparas
moriscas, viendo por un lado el cielo salpicado de estrellas, y por otro
los espléndidos salones, salpicados de astros de hermosura, soñé con la
Alhambra de otros días, con Andalucía y con Oriente, con Zulemas y
Zoraidas, con los cuentos de las _Mil y una noches_ y con las visiones
de mi adolescencia.
--Al orden, señor folletinista...
--¡Tiene V. razón, Marquesa! ¡Estamos en Madrid!--Pues bien: hasta como
madrileño, puedo referir prodigios de aquel inolvidable sarao.--¡V.
_las_ conoce! ¡V. _las_ habrá visto reunidas muchas veces!...--Hablo de
esas cien beldades, de quince á cuarenta años por cabeza, que se mueven
juntas, como los sistemas solares, ó como las golondrinas cuando viajan,
y que contemplamos, ora en el Teatro Real, ora en los salones de los
condes de Galen, ya en los de Osma, ya en la Embajada de Rusia, ya en la
Fuente Castellana...
¡Todas, todas estaban allí! Luceros, estrellas, planetas, satélites,
constelaciones (ó sea familias de ángeles), _nebulosas_ (ó sea mujeres
incomprensibles), la Estrella Polar (ó sea _la dama de las bellas
perlas_, oriunda del Norte...), la noble é indomable Vesta; el Lucero
del Alba; Héspero, ó sea la enlutada y melancólica estrella de la tarde;
la irresistible Venus, y otros muchos astros que fuera prolijo nombrar.
Porque allí estaban (como ha dicho muy profundamente _Fernando Pérez_),
las señoras de A. E. I. O. U. y las señoritas de B. C. D. F. G. H. J. K.
L. LL. M. N. Ñ. P. Q. R. S. T. V. X. Y. Z., entre las cuales las había
bellas, hermosas, bonitas, interesantes, esbeltas, lánguidas,
distinguidas, elegantísimas, rubias, morenas, graciosas, discretas,
dulces y saladas (por lo que aconsejo á cada una que se apodere del
adjetivo que le corresponda). Allí estaban, por último (pasando á
terreno más ingrato), todas las condecoraciones de Europa, la mitad de
los títulos de Castilla, la tercera parte de los ministros y
ex-ministros de la Corona, algo de las Letras y de las Artes, toda la
Diplomacia, mucho del Ejército de mar y tierra, no pocos diputados, el
suficiente número de pollos, y una respetable cámara alta de mamás.--Ahí
tienen Vds. aquella fiesta inolvidable, aquella noche semi-oriental,
semi-parisién, aquellas horas dulcísimas, cuya desaparición lloraríamos
con lágrimas de sangre, si de la amabilidad de la Condesa no nos
prometiésemos otras muy parecidas.--¡Allá voy, Barón!--Perdone V.,
Marquesa; me llaman para jugar al tresillo.