EL FÍN DEL MUNDO.--DOCE MUJERES DE CORAZÓN.

--A los piés de V., Marquesa.

--Adios, joven: ¿cómo vá?

--A la orden del día y á la orden de V.: tosiendo y adorándola.--¿Y V.?

¿cómo tan sola?

--Acaba de irse al teatro mi primera tertulia. El Vizconde está en mi

cuarto escribiendo una exposición á las Cortes contra los toros, y yo,

mientras, filosofaba.--Pero ¡vamos! cuénteme V... ¿Dónde tan perdido?

Hace ocho días que no lo vemos...

--¡Qué sé yo, Marquesa!... ¡qué sé yo!--Una semana menos y una semana

más.--La he pasado entretenido en mil cosas, y hoy no me acuerdo de

ninguna...

--Conque... ¿aburrido? ¿eh?

--¡Ni tan siquiera eso! ¡Hasta el fastidio, aquel noble compañero que

nunca me abandonaba, empieza á serme infiel!

--Según eso, ¿se divierte V. en el _mundo_?

--No, señora; me distraigo; que es lo peor que puede sucederme.--La

_indiferencia_ es el sublimado del _spleen_.

--¡Pobre juventud!

--No comprendo esa exclamación, Marquesa.--Esta noche vengo decidido á

disputar hasta en el filo de una espada.--Perdone usted, pues, que la

contradiga á cada paso...

--He dicho: _¡pobre juventud!_...

--Pues bien; yo creo que esa frase no está en su lugar.

--¿Por qué?

--¡Porque ya no hay juventud! (En el mundo moderno, se entiende:--que en

nuestras provincias, donde aún queda algo de la antigua sociedad,

todavía tropieza uno con esos anacronismos.) Pero en la sociedad

moderna; en la que nosotros frecuentamos; en esta, amiga mía, no sólo no

hay ya jóvenes; pero ni muchachos, ni viejos, ni mujeres...

--¡Ave María purísima! Pues ¿qué hay?

--Hablo formal, Marquesa: ya no hay más que _hombres_.

--¿Qué? ¿Las mujeres de ahora?...

--¡Son _hombres_; como los niños, y como los viejos... y como todos los

seres creados ó imaginados!--Ya no hay dioses, ni semidioses, ni héroes,

ni ángeles, ni almas del otro mundo, ni brujas, ni hechiceros, ni

astrólogos, ni profetas, ni santos, ni Belcebúes: ¡ya no hay más que

_hombres_! Y, como ya no hay más que _hombres_, se propende lógicamente

á que sólo exista _un hombre_ repetido, es decir, á que todos los

hombres sean iguales. ¡Pronto desaparecerán, pues, las variedades que

quedan en la especie humana, desde los esclavos de Cuba hasta los reyes

de Europa!--No diré que los sacerdotes católicos lleguen á usar con el

tiempo barbas, mujer y levita, como los protestantes; pero lo que sí

aseguro es que se acabarán los moros, los judíos, los chinos y hasta los

negros: las razas se cruzarán, unificándose: todos vestiremos un mismo

traje, y hablaremos el mismo idioma: habrá moda _universal_, lengua

_universal_, cámara _universal_, elegida por el sufragio _universal_, y

dinero, y comida, y costumbres, y hasta mujeres _universales_. Después

de esto, la humanidad la tomará con los irracionales..., y Dios sabe lo

que inventaremos para mejorar su suerte, para igualarlos á nosotros,

para redimirlos, para emanciparlos!--¡Ah! ¡la igualdad! La igualdad es

la barbarie, es el estado salvaje, es el estado animal. En algunos

bosques del interior de Africa todos los séres son iguales, incluso el

hombre.--Créalo V., Marquesa: la igualdad es la muerte de la actual

civilización.--Bien decía Voltaire: _¡Si no hubiera Dios, sería

necesario inventarlo!_--Ahora bien; yo creo que se acerca otra vez el

día de la justicia de ese Dios sobre la soberbia y el olvido del

hombre.--Preveo el fín del mundo.

--¡Por piedad, amigo mio! ¡explíquese V.!--Bajo palabra de honor le

digo, que si no estuviera acostumbrada á sus extravagancias, creería que

se había V. vuelto loco.

--Es muy posible, Marquesa; y ya hablaremos de eso más adelante.--Por lo

demás, mi anterior razonamiento es muy sencillo. Desde que nuestra

flamante civilización se olvidó del alma; desde que todo nuestro empeño

se redujo á procurar comodidades al cuerpo y sublimar nuestras

facultades físicas; desde que sólo pensamos en ferro-carriles para andar

más deprisa, en telégrafos para hablar más alto, en máquinas para

trabajar menos, en inventos para dormir mejor, en preservativos contra

el calor y el frio, y en buscar medios de comer á una misma hora

langostas del mar del Norte, chirimoyas de América y nidos de

golondrinas del Japón; desde que nuestras casas están tan bien

amuebladas, nuestros cuerpos tan adobados, perfumados, empolvados y

reteñidos, nuestros dientes tan seguros en las encías, nuestros cabellos

tan inamovibles en la cabeza, nuestra seguridad individual tan garantida

por la Guardia civil, y nuestro derecho al Poder tan protegido por la

Constitución, los dioses se han ido... y detrás de ellos las artes... y

detrás de las artes el amor... y detrás del amor las mujeres... y detrás

de las mujeres los niños... y con los niños los duendes, los viejos y

los santos.--¿Me comprende V. ahora?

--Algo más claro lo veo... Quiere V. significar que la civilización

presente ha descuidado el corazón y la fantasía; se ha hecho

materialista, y mata de hambre á los jóvenes y á los poetas, que sólo

viven y pueden vivir de sentimientos y preocupaciones...

--¡Justo! La mujer se ha vuelto materialista y sabia; el niño fuma en el

vientre de su madre, blasfema en la cuna y escribe contra las

_creencias_ y las _supersticiones_ antes de llegar á la edad en que la

ley le permite hacer testamento; el viejo se remoza y remienda para

seguir representando algún papel en el _único mundo_ de que tiene

noticias.--¡No... no hay más poder que el del hombre, ni más gloria que

la suya, ni otro criterio que la razón humana, ni otra verdad que la que

nosotros nos hacemos!--De aquí la muerte de la literatura.--¡Pobre

literatura! ¿Qué pueden cantar hoy los poetas sin que el público se les

ría? ¿Han de cantar al _hombre_?--¡Cerca le anduvieron, cuando, en la

agonía de su inspiración, se dedicaron por completo á la mujer!--Aludo

al romanticismo.--Los románticos, que negaban sus himnos á la divinidad,

hicieron un dios de cada mujer, y cifraron en ella todo lo eterno, todo

lo infinito, todo lo ideal que presiente el alma.--La mujer, por su

parte, agradecida á estos hombres, bebió vinagre y mascó yeso, fingió

que no comía ni hacía nada prosáico, adelgazó y palideció (todo á fín de

sostener en su ilusión á los poetas); pero al cabo se portó como lo que

era, como una pobre criatura de barro; como Eva, nuestra primera madre;

como Julia se portó con aquel amigo mío...

--¡Adelante!...

--Y los pobres románticos quedáronse tan corridos y avergonzados, que, ó

se metieron á neo-católicos, ó se pegaron un tiro.--En cuanto á la

Novela, se dedicó á divinizar á las modistas y á las cómicas.--La

pintura, la escultura y la arquitectura (las dos últimas especialmente)

cesaron en sus funciones.--E hicieron bien... ¿Qué Dios, qué mito, qué

héroe, qué fé, qué alteza habían de simbolizar en estos tiempos

constitucionales? ¿Era cosa de erigir estatuas y templos á los

economistas de frac azul, á los filántropos de bata, á los ingenieros

vestidos á la inglesa?--¡Ah! señora... ¡yo disculpo á las pobres mujeres

que, para luchar con esos impíos, con esos iconoclastas..., digo mal...,

con esos adoradores de sí propios, se han creido en la precisión de

imitarlos, de hacerse lógicas y positivistas, de _masculinizarse_ (verbo

nuevo), y de aspirar á tener voto en Cortes y sillones en las

Academias! ¡Yo disculpo á los niños que, careciendo de juguetes y de

temores, se meten á políticos y á filósofos! ¡Yo disculpo á esos

viejos...--Pero aquí sale el Vizconde.

--¡Oh! de seguro no opinará como V...

--¿De qué se trata?--Buenas noches, amigo mío.

--Es muy sencillo, señor Vizconde. Decía yo á la Marquesa, ó pensaba

venir á parar á probarle, que en la sociedad española (hablo de la

sociedad inteligente, que forma las modas y las costumbres, de la

sociedad de todas las aristocracias, de la sociedad de los sabios, los

nobles, los políticos, los poetas y los banqueros) hacen mucha falta

_doce mujeres de corazón_.

--¡Doce hombres, querrá V. decir!...

--¡Eh! ¡no sea V. _polaco_! Hablábamos formalmente.--Yo creo que esas

doce mujeres son más necesarias, y harían mucho más bien, que esos doce

hombres. Ellas resucitarían las ideas de gloria, de amor y de heroismo.

Ellas ensancharían el mezquino horizonte de la bolsa y de la política,

en que hoy se asfixia toda idea santa y generosa. Ellas protestarían

contra el descreimiento general, rehabilitarían el sentimiento,

enardecerían la fé, resucitarían el entusiasmo, ennoblecerían la lid, en

una palabra; y, de las emboscadas alevosas y torpes escaramuzas de los

pasillos del Congreso ó de los teatros, harían magníficos torneos en que

la inteligencia fuera la espada, la hermosura el premio del vencedor, y

Dios y sus verdades eternas el tema constante de la gloriosa pugna!

--¡Delirios de poeta, joven incauto!--exclamó el Vizconde.

--¡No tan delirios! (respondió la Marquesa). Pero, en fín, dejémoslo.

Oigo crugido de faldas en el salón, y no es cosa de que reciba usted

esta noche un voto de censura de las mujeres que tenemos..., buenas ó

malas.

--¡Oh... magníficas, Marquesa!... ¡son magníficas! ¡En medio de todo,

cuanto peores me gustan más! Las mujeres son como el queso: hasta que se

echa á perder, no agrada á _les connaisseurs_...

--¡Ah, libertino!...--Mas ¿qué veo?

--Buenas noches...

--¡Oh! generala, ¿cómo va?

--Bien, Marquesa...

--Matilde, Pepita... ¡Gracias á Dios que parecéis por aquí!...--Ya sé

que os divertís mucho...

--¡Oh! tres noches nada más en toda la semana pasada.

--Diga V. que no, Marquesa: que las siete noches han tenido función.

--¿Cómo, mamá?

--¡Justo!--Verá V.--El lunes............

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Cosas que fueron: Cuadros de costumbres · 第 97 / 140 题