Viernes 6 de Agosto, al amanecer.
Son las cuatro de la mañana.
De hoy no pasa sin que me marche.
Pero, ¿á dónde?
Esto es lo que no sé todavía.
Tengo hecho el equipaje, la carta de vecindad en el bolsillo, la bolsa
de viaje pendiente del cuello, el dinero... donde yo me sé, las pistolas
en la faltriquera, un guante puesto y el otro quitado, el libro de
memorias debajo del brazo izquierdo, el mapa de Europa en la mano
derecha, cuartos para los pobres en el bolsillo del pantalón, cartas de
recomendación... no las quiero ni las necesito; provisiones de boca en
un cesto muy grande, pasaporte para el extranjero en la cartera,
espolines en su estuche, y agujeros para ellos en las botas.--Nada me
falta: puedo marchar inmediatamente...
Pero ¿á dónde? (vuelvo á preguntarme). Cómo? ¿En qué forma? ¿Hasta
cuándo? ¿Para qué?
Pláceme mucho hacer cosas nuevas; de modo que, por mi gusto, este viaje,
que emprendo en busca de árboles, de frescura y de agua en qué meter el
cuerpo, lo llevaría á cabo, si pudiera, de un modo raro y
extraordinario.
Recapitulemos, á ver si doy con algo original.
Yo he viajado ya en barco de vela,
en barco de vapor,
y en barco de remo...
Por consiguiente, no es cosa de embarcarme en el Canal de Manzanares.
Tambien he viajado en ferro-carril,
en diligencia,
en posta,
en coche particular..., ajeno,
á caballo,
en galera,
en calesa,
en carro de bueyes,
en mula,
y en asno.
(De todo lo cual me alegro mucho, yo el editor de el _Diario de un
Madrileño_, porque, escribiendo así, en parrafitos tan cortos, cunden
mucho los artículos literarios).
He patinado y andado en trineo.
He sido llevado á cuestas para pasar algunos ríos.
Me han conducido en brazos, primero mis once nodrizas, y en cierta
ocasión las masas populares.
He bajado á varias minas colgado de una cuerda.
He trepado por escalas de nudos.
He andado sobre zancos de madera.
Me he arrastrado, como una serpiente, por cañerías morunas, buscando
tesoros.
He andado á cuatro piés por los tejados.
He cabalgado cuando niño en carneros merinos, perros de Terranova y
cerdos en pelo, es decir, cerdos en cerda.
También he nadado; lo que me gusta más que andar.
Porque se me olvidaba decir que he andado.
He volado en sueños.
Me he mecido á mi sabor en campestres columpios, recibiendo el impulso
de manos hermosísimas.
He dado vueltas en el _tío Vivo_.
He resbalado voluntariamente de espaldas, apoyado en un bastón ferrado,
desde heladas cumbres á nevados valles.
He rodado sin querer, como una pelota, por la ladera de cierto abismo.
Me he arrojado desde una Montaña rusa.
He botado con _b_, pues con _v_ no he podido (tal estaban las listas
electorales...)--he _botado_, digo, siendo presa de una convulsión que
suele visitarme.
He caido, de piés, de una respetable altura.
He saltado más de cuatro arroyos.
Y he hecho la _belica_.
Hasta aquí lo que conozco.
Veamos ahora lo que no conozco.
No he viajado en globo aereostático.
Ni en ataud.
Pero tengo esperanzas de viajar de una y otra manera, porque yo soy de
los que saben que han de morirse y de los que creen y esperan que se
dará dirección á los globos.
Tampoco he caminado sobre la joroba de un camello, como los árabes.
Ni sobre el lomo de un elefante, como los indios.
Ni en litera, como las damas del siglo XVI.
Tampoco he sido llevado _todavía_ en andas.
Y digo _todavía_, no porque entre en mis proyectos ir á la China (sobre
todo desde que ya va todo el que quiere, gracias á los cañones de
Inglaterra y Francia), sino porque puedo llegar á ser Santo y salir en
procesión,--que Santos hubo, ó, por mejor decir, hay en el almanaque,
que á mi edad eran mucho más malos que yo, como pueden atestiguar San
Agustín, San Pablo, San Francisco de Borja y otros.
Tampoco me han paseado en la punta de una pica como á la Princesa de
Lamballe; pero todo me lo temo...; y eso que no soy príncipe
_todavía_...
(De este _todavía_ digo lo mismo que del anterior).
¿De cuál de estas maneras emprenderé mi viaje?
De ninguna.
Recurramos, pues, á lo ya conocido.
Me marcho en diligencia.
El _dónde_ no lo sé; pero ello dirá. Por lo pronto me dirijo al Norte,
cosa muy natural en quien busca _fresco_.--Mañana á estas horas estaré
en Valladolid.
No siento pena por lo que dejo en la corte. Tengo la seguridad de que,
yéndome, no me privo absolutamente de nada agradable. De aquí al otoño,
que pienso volver, todo seguirá como se encuentra hoy,--dormido,
asfixiado, muerto, y enterrado en polvo por añadidura.
¡Dios mío, que me salgan ladrones; que volquemos; que encuentre alguna
compañera de viaje muy bonita; que pasemos hambres y
tormentas!--¡_Emociones_, Dios mío, _emociones_ á toda costa!
¡Conque esto es hecho!--¡Adios, Madrid! Te dejo ensayando zarzuelas y
discursos parlamentarios; disponiéndote á levantar la Puerta del Sol y á
reunir un nuevo Congreso de diputados; esperando la del cielo, esto es,
agua llovediza que temple el rigor de tu caliginoso ambiente, y
confiando en la venida del Lozoya y de una buena compañía de ópera
italiana.--¡Que Dios escuche tus votos!
¡Adios, noches del Prado, tardes de la Fuente Castellana, mañanas del
Retiro! ¡Adios, sol de la Mancha, luna de Julio, horchata de chufas,
pretendientes que concurrís á los cafés, bailes del _Tíboli_, baños del
ex-Manzanares!--¡Hasta las Ferias, si el tiempo lo permite!
Pero no creo haberme despedido lo bastante de la _Puerta del Sol_, y
retrocedo sobre mis pasos para decirle:
--¡Adios, nueva Palmira; fruto precioso de la revolución de Julio;
cascajal perdurable; Proteo geográfico, tan pronto laguna como pantano,
hoy montaña si ayer derrumbadero; Maelstrom de los coches; digno atrio
del ministerio de la Gobernación de España; moderna Troya, en cuyo
centro mueren los Ministros demasiado arrogantes; barricada eterna, en
que los menestrales acechan á los ministriles; manzana, no de casas,
sino de la discordia, entre académicos, ingenieros y capitalistas;
Puerta Otomana, que has dado margen á toda una guerra, que empezó por
donde concluyó la de Oriente (por la demolición de algunos edificios), y
terminará Dios sabe cómo!--¡Adios!--¡Quieran los cielos que, cuando yo
vuelva, te hayas convertido en un lago como Pentápolis!