MÁS DELICIAS DE MADRID.--UN PASEO MATINAL.

Sábado 24 de Julio.

Esta mañana me levanté á las seis.

El sol, que había madrugado mucho más que yo, llevaba ya hora y cuarto

de trabajar en su oficina.

Hallé, pues, la tierra perfectamente caldeada, sin que esto sea decir

que se hubiese enfriado durante la noche anterior.

Fuí al Retiro en busca de frescura; pero aquellos raquíticos árboles no

llegaron á darme sombra. Me acerqué al estanque para recrear mis

calcinados ojos con la contemplación del agua, y el olor á peces muertos

me hizo retroceder más que á prisa.

--¡Basta por hoy de placeres del campo! me dije.

Y tomé el camino de mi casa.

_Como era tan temprano_, los barrenderos estaban haciendo de las suyas

en las calles y plazas de la capital.--En cambio, de trecho en trecho,

había sobre la acera un charco de agua infecta ó de otra cosa peor.

Era, cuando menos, que algún honrado vecino, para cumplir con la orden

del Ayuntamiento, que manda regar las calles dos veces al día _por

cabeza_, había vaciado allí una aljofaina de espuma de jabón, después de

hacer las abluciones matinales.

Las burras de la leche, que siempre me recuerdan el cuadro de la

_Caridad romana_, volvían al hogar doméstico, después de haber

restaurado pulmones y bronquios en los cuatro ángulos de la villa de

Felipe II (suponiendo que esta villa tenga la forma cuadrangular).

Montañesas, gallegas, asturianas y demás variedades del bello sexo

macizo, conferenciaban sobre economía culinaria en las avenidas de los

mercados.

Derribaba, en fín, por su parte casas viejas el gremio de albañiles, sin

consideración á la hora ni á las circunstancias de las calles, poblando

la atmósfera de nubes de polvo, portadoras á veces de granizos de un

tamaño más que regular.

Agréguense dos ó tres mil coches de alquiler que ya estaban en

movimiento; las tiendas nómades establecidas al paso del transeunte; los

carros de yeso y de ladrillo, andando como dicen que andan las tortugas;

los treinta grados de calor que ya marcaba el termómetro á la sombra;

los relojes, dando cada uno la hora que se le antojaba; el ruido de los

talleres; las tropas que, á lo mejor, se atravesaban en la embocadura

de una calle, obligándole á uno á presenciar el desfile..., y se formará

idea de las delicias de un amanecer de la corte, de una mañanita de

verano de esas que cantan los poetas sentimentales, de lo que es, por

último, la hora más soportable de las quince que permanece ahora el sol

en nuestro horizonte.

Cosas que fueron: Cuadros de costumbres · 第 84 / 140 题