_¡Alleluya!_ ¡Tiremos los trastos por la ventana!... ¡Llegó la hora de
tocar á gloria!
La semana anterior todo era silencio y tristeza... hasta cierto punto:
las campanas, los coches, los pianos, los organillos, las murgas, todos
los ruidos gozosos de la capital habían callado. Los teatros estaban
cerrados, las tertulias... ¡perdone usted por Dios! Ni un baile; ni un
concierto; ni un alma en el Prado; ni un carruaje en la
Castellana.--Nada, en fín, daba idea de la _gran vida_ de la corte.
Las noches eran eternas. Los madrileños se aburrían como provincianos.
Para ver á las muchachas, era necesario hacer lo que en tiempos de
Calderón; rondar á la puerta de las iglesias. ¡Y, cual si esto no fuese
bastante, el viento silbaba lúgubremente, y la lluvia se divertía, como
los pastores de la Arcadia, en hacer correr á las doncellas... con los
miriñaques al descubierto!--¡Qué días!
¡Y qué trasformación!
Las campanas estremecen el aire, y los coches se estremecen sobre el
escabroso piso de la gran capital.
Los carteleros vuelven á empapelar las esquinas con anuncios de teatro.
Los que por la mañana salen á negocios, oyen nuevamente las
interrumpidas lecciones de canto y piano que dan entre el chocolate y el
almuerzo las hijas de los que tienen dinero, ó las huérfanas de los que
se lo dejaron; y el transeunte, si es demasiado soltero, al escuchar un
aria mal cantada ó peor tocada, adivina, allende la vidriera (que alguna
fámula limpia tarareando el malagueño), á la señorita de la casa,
despeinada, mal envuelta en una bata y un mantón, fluctuando entre los
recuerdos de la pasada noche y los planes de batalla que piensa dar á la
tarde en el Prado, ó después en el teatro... Y el hombre de negocios
sigue su camino entre un aluvión de cocineras, que vuelven de la plaza
con las provisiones vedadas desde el Miércoles Santo; pues ya va á sonar
en las cocinas la hora de la resurrección de la _carne_...;--lo cual
sienten muchísimo los que gustan más del pescado!
Las recién llegadas golondrinas hienden el aire, rozando á veces los
adoquines con sus alas, en tanto que las lilas y las rosas abren sus
perfumerías en los jardines públicos y privados.
Los tenderos, los sastres y las modistas exhiben sus géneros
primaverales. Apáganse las chimeneas y las estufas. Desaparecen las
copas y los braseros. Y los manguitos, las capas y los abrigos de todas
clases quedan en situación de reemplazo hasta el año próximo, no sin
espolvorear antes sobre ellos alcanfor y pimienta quebrantada.
Los balcones empiezan á verdear. Las jaulas de pájaros permanecen en
ellos toda la noche, lo que produce deliciosos conciertos callejeros por
las madrugadas. En las plazas poco transitadas nace alguna yerba entre
el empedrado, y en el corazón de los que _ya no tienen corazón_ se
despierta no sé qué hambre de amor y de vida, de gloria y de felicidad
que hace dificultosa la respiración y largas las horas del anochecer...
Los cementerios merecen también las atenciones de Flora, y se ponen tan
lindos y perfumados estos días, que es un gusto pasarse allí la siesta
leyendo novelas de amores ó pensando en los medios de llegar á ser
excelentísimo señor.
¡Oh... sí! En todo se advierte que la naturaleza ha tocado también á
gloria. En la Carrera de San Jerónimo sacuden las alfombras del
Congreso, próximo ya á reanudar sus tareas. Las reuniones literarias,
tan de moda este año, vuelven á sus honestos recreos..., y dentro de
pocas semanas se prolongarán las sesiones del Prado hasta las once de la
noche...
¡Allí están ya las sillas, testigos de tantos duos en _mí mayor_,
esperando nuevas veladas cariñosas en que se desenlacen los dramas
sentimentales del pasado invierno!...
¡Oh Dios! ¡Todos los años lo mismo! Y, sin embargo, ningún año nos
perdona los consabidos doce meses de existencia.--Está visto: esos
pequeñuelos que juegan por las tardes en el _parterre_ del Retiro, en la
Fuente de Apolo y en la Plaza de Oriente, acabarán por quitarnos
nuestros papeles de galanes jóvenes, relegándonos al de barbas.