Cuando ciertos días del año, al tiempo de vestiros, reparáis en que el
chaleco no pesa lo suficiente, y os preguntáis con asombro: «_¿Qué he
hecho yo de la paga de este mes?_», acuden á vuestra imaginación tan
pocas cosas dignas de aprecio, que apenas halláis haber disfrutado
placeres ó adquirido mercancías equivalentes á tres reales de vellón.
Pues lo mismo acontece cuando, en la más melancólica de las noches (la
noche de San Silvestre, confesor y papa), os preguntáis con melancólica
extrañeza: «_¿Qué he hecho de los 365 días y seis horas de este año?_»
Y es que, en la una como en la otra ocasión, sólo recuerda vuestra
memoria cuatro estremecimientos de tal ó cual especie; corbatas que se
rompieron; guantes que se ensuciaron; embriagueces de amor ó de vino
que se disiparon á las pocas horas; días de gloria ó de regocijo, que
terminaron en su infalible noche; conversaciones que se llevó el aire;
ratos de frío y de calor; mucho desnudarse y vestirse; mucho acostarse y
levantarse; mucho comer y volver á tener apetito; mucho dormir; mucho
soñar; haber llorado algunos días, creyendo un dolor eterno; haber reido
y gozado más que nunca pocos días después; soles de primavera que se
pusieron; lluvias que cayeron y se secaron... ¿Y qué más?--¡Nada más! ¡Y
lo mismo siempre! ¡Y el año pasado como el anterior! ¡Y el año que llega
como el que acaba de pasar! ¡Y todo sopena de morirse!
¡Ay! los años son cifras hechas en el aire con el dedo.--La vida es una
lucha con la muerte, lucha en que el hombre se bate en retirada hasta
que la muerte lo pone en la del rey y le da con la puerta en los
hocicos.--Ó, por mejor decir, no hay _vida_ ni _muerte_, sino que la
muerte es el olvido de la vida, como la vida es el olvido de la muerte.
Encuentro á un niño, y le pregunto:
--¿Adónde vas?
--¡Voy á la _vida_!--me responde con ansia y curiosidad.
Encuentro á un anciano, y le pregunto:
--¿De dónde vienes?
--Vengo de la _vida_...--me contesta melancólicamente.
Recorro entonces (recorriendo estoy ahora) los años que median entre
niño y anciano, diciéndome: «¡Aquí debe de estar la _vida_!», y busco, y
miro, y palpo, y encuentro que la _vida_ es un centenar de pórticos que
se suceden en forma de galería, y encima de los cuales se lee, en los
cincuenta primeros: MAÑANA... MAÑANA... MAÑANA..., y en los cincuenta
últimos: AYER... AYER... AYER...--Me paro entre el último _mañana_ y el
primer _ayer_, y tiendo los brazos, y digo: «Este es el apogeo de la
existencia. Aquí vienen ó de aquí tornan todos los peregrinos. ¡Veamos
el objeto de tan penoso viaje! _Ayer_... esperaba: _mañana_...
recordaré. Por consiguiente, entre estos dos pórticos está la _vida_...»
Y me hallo solo conmigo mismo, abrazando contra mi corazón la sombra y
el vacío, consumiendo un día cualquiera como el pasado y el futuro,
_esperando_ ó _recordando_, pero nunca _poseyendo_... Y entonces no
puedo menos de repetir aquel perpétuo aviso que un panadero puso á la
puerta de su tienda: «Hoy no se fía; mañana sí.»
_¡Año nuevo!_...--El Almanaque lo dice, y muchos lo creen verdad!--En
cuanto á mí, creo que es más _viejo_ que el anterior.
_¡Año nuevo!_ repiten algunos con alegría, como si dijesen: _¡levita
nueva!_...--¡Ah, señores! ¡Contened vuestro entusiasmo! ¿Quién sabe si
el año que hoy estrenáis habrá de ser vuestra mortaja?
_¡Año nuevo!_--¿Por qué? ¡_Año limpio_ fuera más exacto!--El año que
empieza es el mismo que ya conocemos. ¡Es ese traje de cuatro remiendos,
que han llevado todos los hombres, todas las generaciones, todos los
siglos! Es el arlequín de las cuatro Estaciones.
Es un cómico que murió anoche sobre las tablas y que hoy principia á
representar la misma tragedia. Es la propia tragedia, si queréis, cuyo
argumento no puede ya interesar á casi nadie.
Y, si no, recordemos algunas escenas.