Hallábame, pues, aquella mañana en la tal Batería, viendo con el anteojo
á las lindas malagueñas que se creían más solas y menos observadas en
sus gabinetes, patios ó azoteas, y saludando á mis amigos con tal ó cual
toque de corneta, cuando, en un momento de descanso, distinguí á la
simple vista..., allá, en la orilla del Guadalmedina, junto á una
solitaria torre..., un numeroso grupo de gente, enmedio del cual
brillaban algunas armas.
Puse hacia allí la dirección del anteojo, y ví un gran cuadro de tropa,
fuera del cual se agitaba mucha gente.
¿Qué era aquello?
Acostumbrado á los simulacros de los llanos de Armilla de Granada y del
Campo de Guardias de Madrid, creí que iba á asistir á un _ensayo de
guerra_..., ¡y me alegré!
Pero ¡ah! esta vez no se trataba de un _simulacro_.
He de advertir que, merced al anteojo, distinguía yo hasta las caras de
aquella muchedumbre, como si las viese á dos pasos de distancia.
Estaba, pues, en medio del gentío..., tocándolo con la mano...
De pronto ví salir de la ciudad y caminar hacia aquel sitio una hilera
de _Niños_... _de la Providencia_, como dicen allá.
Iban con sus saquitos negros, con su melancólica apostura, con su triste
condición en la frente.
¿Qué representaban allí aquellos parias de la humanidad?
Llegaron al fín, y penetraron en el cuadro, donde quedaron inmóviles,
con las manos cruzadas...
Una punzante idea bajó de mi cabeza á mi corazón...
¡Las oraciones y las armas sólo van unidas delante ó detrás de la
Muerte!
El día se iba ennegreciendo á mis ojos.
Poco después entró un hombre en el cuadro de tropa, llevando un mueble,
que dejó en tierra.
La interposición de su cuerpo no me dejó clasificar aquel mueble; pero,
en cambio, advertí que lo clavaba en el suelo.
Apartóse el hombre en seguida..., y ya lo comprendí todo.
Era una silla cenicienta, sin más espaldar que un palo, y con un solo
pié.
Iban á fusilar á alguien.