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El genio há menester del eco, y no se produce
eco entre las tumbas.
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La palabra escrita necesita retumbar, y como
la piedra lanzada en medio del estanque,
quiere llegar repetida de onda en onda, hasta
el confín de la superficie.
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Escribir como escribimos en Madrid
es tomar una apuntación, es escribir en
un litro de memorias, es realizar un monólogo
desesperado y triste para uno solo...
Ni escribe uno siquiera para los suyos.
¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí?...
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Lloremos, pues, y traduzcamos.
(MARIANO JOSÉ DE LARRA.)
Con estas dolorosas palabras, arrancadas á la conciencia de su genio,
quejábase el malogrado Fígaro hace años del indiferentismo de aquella
época en que, sin embargo, brotaban á su vista las maravillas del arte
romántico, repetía el aire las armoniosas desesperaciones de
Espronceda, y esparcíanse los ánimos con las sales y agudezas de Breton
de los Herreros. Quien no creaba, aspiraba á crear, ó tenía, como timbre
de su vida pública, á gala y blasón cultivar algún género de literatura,
ó rozarse al menos con los sacerdotes del arte, enorgulleciéndose si
alguna vez lograba penetrar en el _sancta-sanctorum_ ante cuyo dintel se
detenían con respeto los profanos.
¿Qué hubiera dicho Larra, viendo el oficio sustituir al arte y el
desprecio á la indiferencia de que tanto se condolía, y que sólo llorar
le era ya dado, pues ni necesidad hay hoy de traducir? ¿No se venden más
libros franceses que españoles?
Las letras van de caida: el vulgo, que tanto atormentaba á Horacio, ha
ingresado en la orquesta, y con su ruido de gigante apaga todas las
melodías. No hay á quien acusar de indiferente, porque no es posible que
nadie se deje oir entre semejante barahunda, ver entre nivel tan
constante, ni admirar entre igualdad tan deseada. Publicar un libro de
recreo en este pobre país desvencijado, es convidar á mieles al
hambriento ó á hacer cuadros vivos al desnudo. Cuando nuestras
revoluciones han provenido de fuera, han traído entre sus negros
pliegues de desventuras momentaneas algo fecundo que, semejante al
polen acarreado por las tempestades, debía producir frutos iguales á
aquellos que en campos más dichosos confiaron sus semillas al hálito del
huracán pasajero.
Así vimos venir con la influencia del poder absoluto de Luis XIV los
reglamentistas literarios que fustigaron á los autores de pasadas
anarquías, y con la revolución é invasión francesas la libertad de
pensamiento y el instinto de independencia artístico y propio,
triunfante en aquella lucha, como el territorial y político.
Pero cuando las revoluciones no provienen de influencias generales, sino
de exclusivas y fatales desesperaciones, el vulgo desconfiado á nadie
reconoce por jefe, teme encontrar el engaño donde está la autoridad, la
celada misteriosa donde le enseñan el deleite, y sin fiarse de nadie,
temeroso de todo el mundo, no consiente en ser espectador de nada.
Queriendo intervenir en todo, todo se degrada á su contacto, hasta que,
convencido, como el niño que quiere acariciar la luna, de su libre
impotencia, resígnase escarmentado, oye razones, atiende á consejos y
confía, áun amenazando con su cólera, á manos más expertas que las
suyas, lo que estas rompen ó desbaratan para que aquellas construyan ó
edifiquen. Entonces los sabios crean, los cantores modulan, los poetas
cantan y el vulgo, replegándose como en las tragedias antiguas á las
filas del coro, deja que le enorgullezcan sus héroes ó que le
entusiasmen y glorifiquen sus artistas.
Promovida, á mi ver, nuestra aún no terminada revolución política, más
bien por la desesperación que en todos causaban constantes causas de
seguros males, que por el deseo de nuevos ideales filosóficos, antes fué
acto de cólera y término de paciencia, que meditado deseo de nuevas y
radicales formas. Así es que la sociedad no tuvo que extremecerse en sus
cimientos, y, más bien como axioma que como problema revolucionario,
continuó siendo un hecho en sus primeros días la anterior forma del
Estado. No sólo no cambiaron las ideas, sino que conquistaron para sí
adversarios antiguos: pero lo que la común desgracia había derrocado
tenía que reconstruirlo la desconfianza común. El número fué _Deus ex
machina_, la cantidad engendró la calidad, y ufana y orgullosa de su
anterior potencia, largo tiempo ha de durar la tutela de todos sobre el
hijo que todos engendraron. Este será periodo de vulgo, que vulgo es la
desconfianza, erigida en sistema, y no otra cosa impele á los que están
por diversos empujes combatidos. Entre tanto, sólo una forma artística
extravagante ó la conveniencia de los más darán triunfo pasajero á todo
aquello que en artes, ciencias ó gobierno se elabore.
Quisiera engañarme; pero hablo con entera convicción. No há mucho se
publicaron las excelentes obras del malogrado Becquer. Leed las
colecciones de los periódicos. Pocas plumas se han deslizado sobre el
papel en su alabanza ó censura, y aquel conjunto de sublimes creaciones
ó delicadísimos detalles pasa inadvertido ante la grosera mirada del
vulgo. ¿Qué escritos han acogido los admirables poemas de Campoamor?
¿Cuáles las poesías del autor de este libro? Algún saludo amigable,
apoyo más bien á la especulación industrial que reflejo de atención
literaria, es todo el triunfo que puede prometerse el autor del mejor
libro en estos prosaicos días. ¿Significa tal cosa que estas obras no se
lean? No por cierto. Hay quien las lee, hay quienes las aprenden de
memoria; pero escribir sobre ellas, manifestar pública admiración,
declarar que se ha dejado uno dominar por algo... ¿A qué conduce eso?
¿Qué ventajas trae? ¿Por qué aumentar una piedra al pedestal sobre que
ha de colocarse un individuo, á quien mañana quizás convenga no ver tan
elevado? En las épocas en que reina el vulgo, la humanidad se parece á
los líquidos por su fluida tendencia al nivel constante. Si elige un
jefe, si aplaude un concepto, si compra un libro, es por hallar
representada en ellos su propia vulgaridad. En semejantes momentos el
genio sólo se eleva sobre la multitud, tiranizándola como Napoleón,
engañándola como Sixto V, ó esperando en el reposo del retiro ó de la
tumba á que tiempos mejores le hagan completa justicia.
Una cosa es popularidad y otra vulgaridad. Ser amado de las multitudes
no es ir envuelto entre ellas. Popular fué Moratín, y Comellas fué
vulgar. Más tuvo que luchar Washington para no dejarse arrastrar por el
vulgo, que para conquistar su gloria inmarcesible, y en tales momentos
es cuando debe apreciar el hombre recto, en todo lo que vale, la
fortaleza de los que se resisten á exigencias del momento, prestando
fidelidad á los eternos principios de lo bueno y de lo bello.
No dejarse, pues, dominar por el vulgo, ni por huir de él separarse de
la verdad para dar en la extravagancia, es el punto matemático, el fiel
justo é infranqueable donde debe desarrollarse el espíritu. Quien logra
conseguir empresa tan dificil ha hecho una gran cosa; pero el que lo
ejecuta en España, donde sólo su propia conciencia le avisa que ha
obrado bien, es un héroe.
Al número de estos, y no me ciega el cariño, pertenece el autor de este
libro, D. Pedro Antonio de Alarcon.