¡Qué aparato desplegaron contra aquellas fortalezas que se alzan entre
charcos salubres y que llevan por nombre el Trocadero! Desde que llegó
Su Alteza a mediados de agosto, no hacían más que disparar bombas y
balas contra los fuertes, esperando abrir brecha en sus gloriosos
muros. ¡Figúrese el buen lector mi aburrimiento! Considere con cuánta
tristeza y tedio vería yo pasar día tras día sin más distracción que
oír los disparos y ver por las noches las majestuosas curvas de los
proyectiles. Me consumía en mi casa del Puerto sin tener noticias del
interior de Cádiz, ni esperanza de poder penetrar en la plaza. Ni
parecía aquello guerra formal y heroica como creía yo que debían de ser
las guerras, y como las que vi en mi niñez y en tiempo del Imperio.
Casi todo el ejército sitiador estaba con los brazos cruzados: los
oficiales paseaban fumando; los soldados hacían menos pesado el tiempo
con bailoteo y cantos.
No debo pasar en silencio que el duque del Infantado, que llegó de
Madrid en aquellos días, me llevó a visitar a Su Alteza, nuestro
salvador y el ángel tutelar de la moribunda España por aquellos días.
Luis Antonio era un rubio desabrido, cuyo semblante respiraba honradez
y buena fe; pero la aureola del genio no circundaba su frente. Fuera de
aquel sitio, lejos de aquella deslumbradora posición y con otro nombre,
el hijo del conde de Artois habría sido un joven de buen ver; mas no
en tal manera que por su aspecto descollase entre la muchedumbre.
Para hallar en él lo que realmente le distinguía era preciso que
un trato frecuente hiciese resaltar las perfecciones morales de su
alma privilegiada, su lealtad sin tacha y aquel levantado espíritu
caballeresco sin quijotismo que le hacía estimable en la corte de
Francia. Era valiente, humanitario, cortés, puntual y riguroso en el
cumplimiento del deber. Si estas cualidades no eran suficientes a
formar un gran guerrero, ¿qué importaba? La pericia militar diéronsela
sus prácticos generales y nuestros desaciertos, que fueron el principal
estro marcial de la segunda invasión.
Recibiome Angulema con la más fina delicadeza y urbanidad; pero de
todas sus cortesanías la que más me agradó fue la de disponer el
asalto del Trocadero. «¡Al fin, al fin —exclamaba yo—, será nuestro el
horrible fuerte que nos abrirá las puertas de Cádiz!»
El 19 abrieron brecha; pero hasta la noche del 30 no se dio el asalto,
habiéndose guardado secreto sobre esto en los días anteriores, aunque
yo lo supe por el conde de Montguyon, que no me ocultaba nada referente
a las operaciones. ¡Noche terrible la del 30 al 31 de agosto! Noche
que me pareció día por lo clara y hermosa, así como por el estrépito
guerrero que en ella resonara y las acciones heroicas dignas de ser
alumbradas por el sol... Apretado fue el lance del asalto, según oí
contar, y Su Alteza y el príncipe de Carignan se portaron bravamente,
combatiendo como soldados en los sitios más peligrosos. No fue el hecho
del Trocadero una de aquellas páginas de epopeya que ilustraron el
Imperio: fue más bien lo que los dramaturgos franceses llaman _succès
d’estime_, un éxito que no tiene envidiosos. Pero a la Restauración le
convenía cacarearlo mucho, ciñendo a la inofensiva frente del duque
los laureles napoleónicos; y se tocó la trompa sobre este tema hasta
reventar, resultando del entusiasmo oficial que no hubo en Francia
calle ni plaza que no llevase el nombre del _Trocadero_, y hasta el
famoso arco de la Estrella, en cuyas piedras se habían grabado los
nombres de Austerlitz y Wagram, fue durante algún tiempo _Arco del
Trocadero_.
Yo me había trasladado a Puerto Real para estar más cerca. En la mañana
del 31, cuando vi pasar a los prisioneros hechos en los fuertes, me
sentí morir de zozobra. Entre aquellas caras atezadas a cada instante
creía ver la suya. Largo rato tardaron en pasar, porque eran más de
mil entre paisanos y militares. Creo que los miré uno por uno; y al
fin, cuando ya quedaban pocos, redoblé mi atención. ¡Oh misericordioso
Dios, qué estupendas cosas permites! En la última fila, casi solo, más
abatido, más quemado del sol, más demacrado, con los vestidos más rotos
que los demás, pasó él, él mismo... no podía dudarlo, porque le estaba
viendo, viendo, sí, con mis propios ojos arrasados de lágrimas. Llevaba
la mano izquierda en cabestrillo, hecho con un andrajo, y su paso era
inseguro y como dolorido, sin duda por tener lleno de contusiones el
cuerpo. Al verle extendí los brazos y grité con toda la fuerza de
mi voz. Mi enamorada exclamación hizo volver la cabeza a todos los
que iban delante y a los curiosos que le rodeaban. Él, alzando los
amortiguados ojos, me miró con expresión tan triste, que sentí partido
mi corazón y estuve a punto de desmayarme. Creo que pronunció algunas
palabras; pero no oí sino un adiós tan lúgubre como campanada funeral,
y movió la mano en ademán de cariñoso saludo, y pasó, desapareciendo
con los demás en una vuelta del camino.
Mi primera intención fue correr tras él: pero en la casa me detuvieron.
Cuando serenamente me hice cargo de la situación, formé diversos
planes; pero todos los desechaba al punto por descabellados. Pensándolo
bien, comprendí que no era tan difícil conseguir su libertad. Me
congratulaba de que al cabo de tantas fatigas el destino me le
presentara prisionero, para poder decir con más calor que nunca: «Ahora
sí que no se me puede escapar.»