¡Cuán largo me pareció el camino! Mariana y yo íbamos con más prisa
de la que a dos señoras como nosotras convenía. Pero aun conociendo
que parecíamos gente de poco más o menos, cuando vi la Torre del Oro,
los palos de los barcos y los árboles que adornan la orilla, avivé más
el paso. No faltaba gente en aquellos deliciosos sitios; mas esto me
importaba poco.
—Vamos hacia San Telmo —dije a Mariana—. Creo que es aquel edificio que
se ve más abajo entre los árboles.
—Aquel es.
—Mira tú hacia la izquierda y yo miraré hacia adelante para que no se
nos escape.
—Ya le veo, señora. Allí está.
Mariana le distinguió a regular distancia, y yo también le vi. Me
aguardaba puntualmente.
«¡Ah, bribón, ya eres mío!», pensé, deteniendo el paso, segura al fin
de que no se me escaparía.
Él miraba hacia la puerta de Jerez, como si nos aguardara por allí.
Avanzamos Mariana y yo, dando un pequeño rodeo para acercarnos a él
por detrás, y sorprenderle, sacudiéndole el polvo de los hombros con
nuestros abanicos. Yo sonreía.
Distábamos de él unos diez pasos, cuando sentí que me llamaban.
—¡Jenara, Jenara! —oí detrás de mí, sin poder precisar en el primer
instante a quién pertenecía aquella horrible e importuna voz.
Volvime, y el coraje me clavó los pies en el suelo. Era el marqués
de Falfán de los Godos, que venía hacia mí sonriendo y cojeando. Tan
confundida estaba, que nada pude decirle ni contestar a sus empalagosos
cumplidos.
—Vaya que ha corrido usted, amiguita —me dijo—. Yo acabo de llegar en
coche... Es que en el momento de separarnos se me ocurrió una cosa...
—¿Qué cosa?
—Padecí un gran olvido —dijo relamiéndose—. Dispénseme usted. Como
usted dijo que venía a pasear a este sitio...
—¿Y qué?..., ¿qué?..., ¿qué?...
Según me dijo después Mariana, yo echaba fuego por los ojos.
—Que olvidé ofrecerme a usted para una cosa que sin duda le será muy
agradable.
—Señor marqués, usted se burla de mí.
—¡Burlarme! No, hija mía; al punto que nos separamos, dije para mí:
«¡Qué desatento he sido!» Puesto que va al río, debí brindarme a
acompañarla para ver el vapor y mostrarle ese prodigio de la industria
del hombre.
—¡Usted está loco, sin duda! —afirmé ocultando todo lo posible mi
despecho—. ¿Qué es eso del vapor? No entiendo una palabra.
—¡El vapor, señora! Es lo que más llama la atención de todo Sevilla en
estos días.
—¿Y qué me importa? —dije bruscamente siguiendo mi camino.
—Dispénseme usted si la he ofendido —añadió el marqués siguiéndome—;
pero como venía usted a pasear al río, y como yo tengo entrada libre,
siempre que quiero, en esa prodigiosa máquina, creí que la complacería
a usted apresurándome a mostrársela.
—¿Qué máquina es esa? —le pregunté deteniéndome.
Al decir esto había perdido de vista al imán de mi vida.
—Mire usted hacia allá, junto a la Torre del Oro.
Miré, y en efecto vi un buque de forma extraña, con una gran chimenea
que arrojaba negro y espeso humo. Sus palos eran pequeños, y sobre el
casco sobresalía una armazón bastante parecida a una balanza.
—¿Qué es eso? —pregunté al marqués.
—El vapor, una invención maravillosa, señora. Esos ingleses son el
demonio. Ya sabe usted que hay unas máquinas que llaman de vapor,
porque se mueven por medio de cierto humo blanquecino que va colándose
de tubo en tubo...
—Ya sé...
—Pues los ingleses han aplicado esta máquina a la navegación, y ahí
tiene usted un barco con ruedas que corre más que el viento y contra
el viento. Esto cambiará la faz del mundo. Yo lo he predicho y no me
equivocaré.
Mirando hacia la máquina prodigiosa, vi a Salvador que se dirigía hacia
la Torre del Oro.
—Veámoslo de cerca, señor marqués —dije marchando hacia allá—.
Verdaderamente, ese barco con ruedas es una maravilla.
—Creo que ahora va a dar un par de vueltas por el río, para que lo vean
sus altezas reales, que están, si no me engaño, en la Torre del Oro.
—Corramos.
—¡Va toda la gente hacia allá! Descuide usted, podremos entrar si usted
quiere. El capitán es muy amigo mío, y los consignatarios son mis
banqueros.
—¿De quién es esa máquina?
—De una sociedad inglesa. De veras hubiera sentido mucho no mostrársela
a usted esta tarde. Cuando me acordé, faltábame tiempo para acudir a
reparar mi grosería.
—Gracias, marqués.
Dejé de ver entonces la luz de mi vida. Mi corazón se llenó de angustia.
—Yo estaba seguro de agradar a usted —me dijo Falfán—. Es un asombro
ese buque.
—Un asombro, sí; apresuremos el paso.
—¡Si no se nos ha de marchar!
—¡Que se nos pierde de vista, que se nos va! —exclamé yo sin saber lo
que decía.
—Señora, si está anclado... Podemos verlo con toda calma.
Nos acercamos a la Torre del Oro, junto a la cual estaba la nave
maravillosa. Tenía dos ruedas como las de un batán, resguardadas por
grandes cajones de madera pintados de blanco, con chimenea negra y
alta, en cuyo centro estaba la máquina, toda grasienta y ahumada como
una cocina de hierro, y el resto no ofrecía nada de particular. De sus
entrañas negras salía una especie de aliento ardoroso y retumbante,
cuyo vaho causaba vértigos. De repente daba unos silbidos tan fuertes,
que había que taparse los oídos. En verdad, tal máquina infundía miedo.
Yo no lo tuve, porque no podía fijar en ella resueltamente la atención.
—¿Se atreve usted a entrar? —me dijo el marqués.
Yo miré a todos lados, y vi reaparecer a mi amor perdido, saliendo de
entre la muchedumbre, como el sol entre las nubes.
—No, señor; yo me mareo solo de ver un barco —respondí a Falfán—. Estoy
satisfecha con admirar desde fuera esta hermosa invención, y le doy a
usted las gracias.
Yo hubiera dado no sé qué porque el vapor echase a andar hacia la
eternidad, llevándose dentro al marqués de Falfán de los Godos.
—¡Oh! —exclamó él—. Embarquémonos. Yo le garantizo a usted que no se
marea. Daremos un paseo hasta Aznalfarache. Vea usted cuántas personas
entran.
—Pues yo no me decido. Pero no se prive usted por mí del gusto de
embarcarse. Adentro, señor mío. Yo me voy a mi casa.
—¡Ah! No consiento yo que usted vaya sola a su casa —dijo con una
galantería cruel que me asesinaba—. Yo la acompañaré.
—Gracias, gracias... No necesito compañía.
—Es que yo no puedo permitir...
De buena gana habría cogido al marqués por el pescuezo como se coge
a un pollo destinado a la cazuela, y le hubiera estrangulado con mis
propias manos: ¡tal era mi rabia!
—Al menos —añadió—, ya que lo hemos visto por la popa, vamos a verlo
también por la proa.
Al decir esto, el prócer dirigió sus miradas hacia la Maestranza, y sus
ideas variaron de súbito.
—Vamos. Por allí viene mi esposa —dijo señalando—. ¿La ve usted? Por
último se ha atrevido a salir a paseo, aunque no está bien de salud.
Miré y vi a la marquesa de Falfán, que venía con otra dama. También
ellas, atraídas por la curiosidad, se dirigían hacia la Torre del Oro.
—Aguardemos aquí —me dijo el marqués sonriendo—. Veremos si pasa sin
notar que estamos aquí.
Andrea y su amiga estaban ya cerca de nosotros, cuando Salvador pasó
junto a ellas, se detuvo, las saludó y continuó andando a su lado. Nos
reunimos los cinco.
—¿También tú vienes a ver el vapor? —preguntó Falfán riendo—. Ya te
dije que era una maravilla. ¿Y usted, señora doña María Antonia,
también viene a ver el vaporcito?... Y usted, Salvador, no quiere ser
menos. El que desee entrar que lo diga, y nos embarcaremos.
— ¿Yo?... —dijo la Marquesa después de saludarme—. Tengo miedo. Dicen
que revienta la caldera cuando menos se piensa.
—¿De modo que eso tiene una caldera como las fábricas de jabón?
—preguntó doña María Antonia llevando a sus ojos el lente que usaba.
—Entran ustedes, ¿sí o no? —dijo el marqués, empeñado siempre en
reclutar gente.
—Yo no entraré —repuso la dama con desdén—: me mareo solo de ver ese
horrible aparato. Además, tengo que hacer.
—¿A dónde vas ahora? —preguntó Falfán de mal talante.
—A las tiendas de la calle de Francos. Ya sabes que necesito comprar
varias cosillas.
—Pero si no has paseado aún...
—¿Que no? Señora doña María Antonia, dice que no hemos paseado... Si
hace más de hora y media que estamos aquí dando vueltas. Ya nos íbamos
cuando te vimos, y volví atrás para rogarte que nos acompañes.
—¡Yo! —indicó el marqués con mucho disgusto—. Ya sabes que no me agrada
ir a tiendas.
—Y a mí no me gusta ir sola.
—Doña María Antonia...
—Es señora, y para ir a las tiendas conviene la compañía de un
caballero. Mira, hijito, no te apures por eso: Salvador nos acompañará.
—Con mil amores —dijo mi amigo inclinándose—. Tengo mucho honor en
ello.
Cuando allí mismo no abofeteé a mi amante, a la dama, al marqués, a
doña María Antonia y a mí misma, de seguro queda demostrado que soy una
oveja.
—Sí, amigo Monsalud —manifestó Falfán—, acompáñelas usted, se lo
suplico. Jenara y yo nos embarcaremos.
¡Se marcharon! ¡Ay! No sé cómo lo escribo. Se marcharon sin que yo
los estrangulase. Dentro de mí había un volcán mal sofocado por mi
disimulo. El marqués me hablaba sin que yo pudiese responderle, porque
estaba furiosamente absorta y embrutecida por el despecho que llenaba
mi alma.
—Nos embarcaremos —me dijo Falfán relamiéndose como un gato a quien
ponen plato de su gusto.
—¡Ah, señor marqués! —dije de improviso apoderándome de una idea
feliz—. Ahora me acuerdo de una cosa... ¡Qué memoria la mía!
—¿Qué, señora?
—Que yo también tengo que comprar algunas cosillas. ¿No es verdad,
Mariana?
—¿De modo que va usted...?
—Sí, señor; ahora mismo... Son cosas que necesito esta misma noche.
—¿Y hacia dónde piensa dirigirse?
—Hacia la calle de las Sierpes... o la de Francos. Son las únicas que
conozco.
—Pues la acompañaré a usted.
Hizo señas a su cochero para que acercase el coche.
—Mi mujer —añadió— se enfadará conmigo porque no quise acompañarla y
la acompaño a usted.
No hice caso de sus cumplidos ni de sus excusas.
—Vamos, vamos pronto —dije subiendo al coche.
Este nos dejó en la plaza de San Francisco. Nos dirigimos a las
tiendas, recorrimos varias calles; pero, ¡ay! estábamos dejados de la
mano de Dios. No les encontramos; no les vimos por ninguna parte.
En mi cerebro se fijaba con letras de fuego esta horrible pregunta: «¿a
dónde irán?»
Cuando el marqués me dejó en mi casa, avanzada ya la noche, yo tenía
calentura. Retireme a pensar y a recordar y a formar proyectos para el
día siguiente; pero mi cerebro ardía como una lámpara; no pude dormir;
hablaba a solas sin poder olvidar un solo momento el angustioso tema
de mi vida en aquellos días. Por último, mis nervios se aplacaron un
tanto, y me consolé pensando y hablando de este modo:
—¡Mañana, mañana no se me escapará!