Fuimos a las Cortes, que estaban en San Hermenegildo, en la calle de
la Palma, frente a San Miguel. Difícil hallamos la entrada a causa
de la mucha gente que llenaba la calle, agolpándose a las puertas del
edificio como las apiñadas lapas en la roca. Mujeres menos resueltas
que nosotras habrían vuelto la espalda; pero Mariana y yo sabíamos
romper las cortezas del vulgo, y al fin nos abrimos paso, y entrando
con desenfado y pie ligero subimos a la galería. Antes de penetrar en
ella, oímos la voz de un orador que resonaba en medio del más imponente
silencio.
Mucho hubimos de bregar para encontrar sitio; pero al fin, pidiendo
mil veces perdón y oyendo murmullos de descontento a un lado y otro,
logramos acomodarnos. Mi primer cuidado no fue atender a lo que aquel
gran orador decía, cosas sin duda altamente dignas de aplauso: mi
primer cuidado fue registrar con los ojos toda la galería reservada por
ver si estaba allí quien me cautivaba más que los discursos. Pero ni a
derecha ni a izquierda, ni delante ni detrás le vi, con lo cual la gran
pieza oratoria que se estaba pronunciando empezó a serme muy fastidiosa.
—¿Quién habla? —pregunté a una señora vieja que estaba junto a mí.
—Alcalá Galiano, el gran orador —repuso en tono de extrañeza por mi
ignorancia.
—¿Y de qué habla? —pregunté, sin temor de que la señora vieja me
creyera cerril.
—¿De qué ha de hablar? Del suceso del día.
La señora volvió el rostro hacia el salón, demostrando más interés por
el discurso que por mis preguntas. Yo no quise molestar más, y traté
de atender también. El orador hablaba de la patria, del inminente
peligro de la patria, de la salvación de la patria y de la gloria de la
patria. Es el gran tema de todos los oradores, incluso los buenos. No
he conocido a ningún político que no estropeara la palabra patriotismo
hasta dejarla inservible, y en esto se me parecen a los malos poetas,
que al nombrar constantemente en sus versos la inspiración, la lira, el
estro, la musa ardiente, la fantasía, hablan de lo que no conocen.
Alcalá Galiano era tan feo y tan elocuente como Mirabeau. Su figura,
bien poco académica, y su cara, no semejante a la de Antinoo, se
embellecían con la virtud de un talismán prodigioso: la palabra. Le
pasaba lo contrario que a muchas personas de admirable hermosura, las
cuales se vuelven feas desde que abren la boca. Aquel día, el joven
diputado andaluz había tomado por su cuenta el llevar adelante la
hazaña más revolucionaria que registran nuestros anales.
Sentían los españoles la comezón de destronar algo, y el afán de probar
la embriaguez revolucionaria, que sin duda embelesa a los pueblos de
Occidente como a los chinos el opio, y dijeron: «Hagamos temblar a los
reyes, pues que ha llegado la hora de que los reyes tiemblen delante
del pueblo...» Mas era aquí la gente demasiado bondadosa para una
calaverada sangrienta. En otra parte, al ver al rey sistemáticamente
contrario a la representación nacional, hubiéranle cortado la cabeza;
aquí le privaron del uso de la razón temporalmente, diciendo: «Señor,
vuestro deseo de esperar aquí a los franceses nos prueba que estáis
loco. Con arreglo a la Constitución, declaramos que sois digno de un
manicomio y de perder la autoridad real. Vámonos a Cádiz, y cuando
estemos allí, os adornaremos de nuevo con vuestra cabal razón, y
seguiremos partiendo un confite como hasta aquí.»
Admirable recurso habría sido este, a mi parecer, desde el punto de
vista liberal, teniendo un gran ejército para reforzar el argumento
en los campos de batalla. Sin fuerza, aquel hecho probaba que los
diputados estaban más locos que el rey, y así se lo dije a Falfán de
los Godos. Con esto se comprende que el marqués había entrado en la
galería, colocándose detrás de mí. Él ponía mucha más atención que yo
al discurso y aun a los rumores que sonaban arriba y abajo.
—Han llenado de gentuza la tribuna pública —me dijo en voz queda— para
que aplauda las atrocidades que habla ese hombre.
No sé si era o no gente pagada; pero es lo cierto que a cada párrafo
coruscante, terminado en _la salvación de la patria_ o en _el afrentoso
yugo de esta nación heroica_, la galería pública mugía como una
tempestad cercana. ¡Qué rugidos, qué gestos de bárbaro entusiasmo, qué
manera de apostrofar! Algunas señoras tuvieron miedo y se retiraron, lo
cual me agradó en extremo, porque la tribuna se quedó muy holgada.
—¿Piensa usted seguir hasta el fin? —me dijo Falfán, endulzando su
mirada hasta un extremo empalagoso.
—Estaré algún tiempo más —repuse—. No me he cansado todavía.
Y miraba a diestra y siniestra esperando verle y no viéndole nunca. Los
que me conocen comprenderán mi aburrimiento y pena. No hay tormento
peor que tener ocupada la mente por una idea fija que no puede ser
desechada. Es una espina clavada en el cerebro, una acerada punta
que hiere, y que, sin embargo, no se puede ni se quiere arrancar. Yo
procuraba distraerme de aquel a manera de dolor agudísimo, charlando
con Falfán; pero nada conseguí. La locura del rey, declarada por una
votación que iba a verificarse; la exaltación revolucionaria de los
diputados, la elocuencia fascinadora de Galiano, no bastaban a dar otra
dirección a las fuerzas de mi espíritu.
—¿Y usted qué cree? —me preguntó el marqués.
—Yo no creo nada —respondí con el mayor hastío—. Si he de hablar con
franqueza, nada de esto me importa gran cosa.
—¡Que declaren loco a Su Majestad!...
—Lo mismo que si le declaran cuerdo... Yo soy así... Parece que se
cansan —añadí, reparando que se suspendían los discursos.
—Es que ahora va una comisión de las Cortes al Alcázar a intimar al
rey. Si no se resigna a salir...
—¿Habrá más discursos?
—Las Cortes están en sesión permanente. Después vendrá lo más
interesante, lo más dramático; yo no pienso moverme de aquí.
—Su Majestad ha de responder que no sale de Sevilla. Me lo ha dicho
esta mañana, y aunque no tengo gran fe en su palabra, paréceme que por
esta vez va a cumplir lo que dice.
—Lo mismo creo, señora. En ese caso, las Cortes, después de este
respiro que ahora se dan, están dispuestas a poner en ejecución el
artículo 187 de la Constitución...
—¿Y qué dice ese artículo?...
En el momento de formular esta pregunta me estremecí toda, y me pasó
por delante de los ojos una claridad relampagueante. Le vi: había
entrado en la tribuna inmediata y volvía sus ojos en todas direcciones
como buscándome. Desde aquel instante las palabras del marqués no
fueron para mí sino un zumbido de moscardón... Por fin sus ojos se
encontraron con los míos.
—¡Gracias a Dios! —le dije, empleando el lenguaje de las pupilas.
El marqués seguía hablando. Para que no descubriese mi turbación, ni se
enojase al verme tan distraída, le pregunté de nuevo:
—¿Y qué dice ese artículo?
—¡Si se lo he explicado a usted! —repuso—. Sin duda no me presta
atención. Es usted muy distraída.
—¡Ah!, sí... Estaba pensando en ese pobre Fernando.
—El mejor procedimiento, a mi modo de ver —manifestó Falfán de los
Godos gravemente—, sería...
—¡Que le cortaran la cabeza! —indiqué mostrándome, sin cuidarme de
ello, tan revolucionaria como Robespierre.
—¡Qué cosas tiene usted! —exclamó el marqués riendo.
Y siguió hablándome, hablándome, es decir, zumbando como un abejorro.
Pasados diez minutos, creí conveniente dirigirle otra vez la palabra, y
repetí mi preguntilla:
—¿Y qué dice ese artículo?
—Por tercera vez se lo diré a usted.
Entonces me fue forzoso dedicarle un pedacito de atención.
—El artículo 187 dice poco más o menos que cuando se considere a Su
Majestad imposibilitado moralmente para ejercer las funciones del poder
ejecutivo, se nombre una Regencia...
—¿Como la de Urgel?
—Una Regencia constitucional, señora, que desempeñe aquellas
funciones...
—¡Oh!, señor marqués, en todo soy de la misma opinión de usted —exclamé
con artificiosa admiración—. En pocos hombres he visto un juicio tan
claro para hacerse cargo de los sucesos.
Miré a Salvador. Pareciome que con los expresivos ojos me decía:
«Salgamos.» Y al mismo tiempo salía.
—Yo me retiro, señor marqués —dije de improviso levantándome.
—¡Señora, se marcha usted en el momento crítico! —exclamó con asombro y
pena—. Se van a reanudar estas interesantes discusiones. ¡Qué discursos
vamos a oír!
—Estoy fatigada. Hace mucho calor.
—Sin embargo...
Mientras en el salón resonaba un rumor sordo como el anuncio de
furibunda tempestad parlamentaria, Mariana y yo nos dispusimos a salir;
pero en el mismo instante, ¡oh contrariedad imprevista!, multitud de
caballeros y señoras entraron en la tribuna. Eran los que habían salido
durante el período de descanso, que regresaban a sus puestos, para
disfrutar de la parte dramática de la sesión. Además, numeroso gentío
recién venido se apiñaba en la puerta. Ya no era posible salir.
—Señora —me dijo Falfán—, ya ve usted que no es fácil la salida. No
pierda usted su asiento. Esto acabará pronto.
No tuve más remedio que quedarme. Caí en mi asiento como un reo en su
banquillo de muerte. Lo que principalmente me apenaba era que entre la
multitud había desaparecido el que bastaba a alegrar o entristecer mi
situación. En la muralla de rostros humanos, ávidos de curiosidad, no
estaba su rostro ni otro alguno que se le pareciese.
«Sin duda me aguarda fuera —pensé—. ¡Qué desesperación! ¡Cuándo acabará
esta farsa!...»