LIV

En lo más agitado de la Exposición de París, salí en viaje a Italia,

viaje que era para mí un deseado sueño. Bien sabido es que para todo

poeta y para todo artista, el viaje a Italia, al tradicional país del

arte, es un complemento indispensable en su vida. El mío fué una

excursión rápida de turista. Aproveché la compañía de un hombre de

negocios de Buenos Aires, y así tuve siquiera con quien conversar, ya

que no cambiar ideas. Pasé por Turín, en donde visité la Pinacoteca;

tuve ocasión de ver al duque de los Abruzzos; almorzar con el

_onorevole_ Gianolio; trabar mi primer conocimiento con la sabrosa

_fonduta_ aromada de trufas blancas; conocer la Superga y admirar desde

su altura los lejanos Alpes, luminosos bajo el sol. Estuve en Pisa y

admiré lo que hay que admirar, el Duomo, el Camposanto, la Torre

inclinada, rueca de la vieja ciudad, y el Baptisterio. Manifesté, en tal

ocasión, líricas reminiscencias. Fuí a la Cartuja, con carta de

recomendación para el prior Don Bruno; oí cantar, en el calor de la

estación y en los verdes olivos y viñas, pesadas de uvas negras, las

cigarras itálicas. Aumenté mi religiosidad en el convento, y admiré la

fe y el amor al silencio de aquellos solitarios.

Pasé por Livorno, ciudad marítima y comerciante, vibrante de agitaciones

modernas. Fuí a Ardenza, y en el santuario de Montenero recé una

avemaría a la Virgen llegada de la isla de Negroponto, virgen milagrosa,

amada de los marinos, visitada por Byron y otras conocidas testas. Luego

fuí a Roma. Me poseyó la gran ciudad imperial y papal. Vi en una calle

pasar a D’Annunzio, en su inevitable _pose_; vi a León XIII en su

colosal retiro de piedra; y dediqué al papa blanco un largo himno en

prosa. Esa visita la hice con un numeroso grupo de peregrinos

argentinos, entre los cuales tengo presente al ilustre doctor Garro,

actual ministro de Instrucción Pública, y al señor Ignacio Orzali, mi

compañero de _La Nación_, que ostentaba sus condecoraciones pontificias.

A su Santidad blanca me presentaron como redactor del gran diario de

Buenos Aires, «el diario del general Mitre». El viejecito de color de

marfil me dijo en italiano palabras paternales, me dió a besar su mano

casi fluídica, ornada con una esmeralda enorme, y me bendijo. En mi

libro «Peregrinaciones» podréis encontrar algunas de mis impresiones

romanas, pero no encontraréis dos que voy a contaros.

La primera es mi conocimiento con Vargas Vila, el célebre pensador,

novelista y panfletista político, que para mí no es sino, juntándolo

todo, un único e inconfundible poeta, quizás contra su propia voluntad y

autoconocimiento. Vargas Vila, que ha pasado muchos años de su vida en

Italia, país que ama sobre todos, se encontró conmigo en Roma. Fuimos

íntimos en seguida, después de una mutua presentación, y no siendo él

noctámbulo, antes bien persona metódica y arreglada, pasó conmigo toda

esa noche, en un cafetín de periodistas, hasta el amanecer; y desde

entonces, admirándole yo de todas veras, hemos sido los mejores

camaradas en Apolo y en Pan.

La segunda impresión es mi encuentro con Enrique García Velloso, que,

aunque siempre lleno de talento, no era todavía el fecundo, rozagante,

pimpante y pactolizante autor teatral que hoy conocen las escenas

Argentinas y aun las Españolas. Yo le había conocido desde que era un

adolescente, en casa de su padre. En la urbe romana tuvimos primero

saudades de Buenos Aires, y después nos dimos a la alegría y gozos del

vivir. Y tras animados paseos nocturnos, nos fuimos una mañana, en unión

del periodista Ettore Mosca, al lugar campestre situado en las orillas

del Tíber, que se denomina «Acqua acetosa». Allí, en una rústica

_trattoria_, en donde sonreían rosadas tiberinas, nos dieron un desayuno

ideal y primitivo: pollos fritos en clásico aceite, queso de égloga,

higos y uvas que cantara Virgilio, vinos de oda horaciana. Y las aguas

del río, y la viña frondosa que nos servía de techo, vieron naturales

consecuentes locuras.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 55 / 123 题