Por Pedro pasé a Valparaíso, en donde--¡anomalía!--iba a ocupar un
puesto en la Aduana.
Valparaíso, para mí, fué ciudad de alegría y de tristeza, de comedia y
de drama y hasta de aventuras extraordinarias. Estas quedarán para
después.
Pero no dejaré de narrar mi permanencia y mi salida de la redacción de
_El Heraldo_. Lo dirigía a la sazón Enrique Valdés Vergara. Era un
diario completamente comercial y político. Había sido yo nombrado
redactor por influencia de don Eduardo de la Barra, noble poeta y
excelente amigo mío. Debo agregar para esto la amistad de un hombre muy
querido y muy desgraciado en Chile: Carlos Toribio Robinet.
Se me encargó una crónica semanal. Escribí la primera sobre _sports_. A
la cuarta me llamó el director y me dijo: «Usted escribe muy bien...
Nuestro periódico necesita otra cosa... Así es que le ruego no
pertenecer más a nuestra redacción...» Y, por escribir muy bien, me
quedé sin puesto.
¡Que no olvide yo estos tres nombres protectores: Poirier, Galleguillos
Lorca y Sotomayor!
Mi vida en Valparaíso se concentra en ya improbables o ya hondos
amoríos; en vagares a la orilla del mar, sobre todo por Playa Ancha;
invitaciones a bordo de los barcos, por marinos amigos y literarios;
horas nocturnas, ensueños matinales, y lo que era entonces mi vibrante y
ansiosa juventud.
Por circunstancias especiales e inquerida bohemia, llegaron para mí
momentos de tristeza y escasez. No había sino partir. Partir gracias a
don Eduardo de la Barra, Carlos Toribio Robinet, Eduardo Poirier y otros
amigos.
Antes de embarcar a Nicaragua aconteció que yo tuviese la honra de
conocer al gran chileno D. José Victorino Lastarria. Y fué de esta
manera: Yo tenía, desde hacía mucho tiempo, como una viva aspiración el
ser corresponsal de _La Nación_ de Buenos Aires. He de manifestar que es
en ese periódico donde comprendí a mi manera el manejo del estilo y que
en ese momento fueron mis maestros de prosa dos hombres muy diferentes:
Paul Groussac y Santiago Estrada, además de José Martí. Seguramente en
uno y otro existía espíritu de Francia. Pero de un modo decidido,
Groussac fué para mí el verdadero conductor intelectual.
Me dijo D. Eduardo de la Barra: Vamos a ver a mi suegro, que es íntimo
amigo del general Mitre, y estoy seguro de que él tendrá un gran placer
en darle una carta de recomendación para que logremos nuestro objeto, y
también estoy seguro de que el general Mitre aceptará inmediatamente la
recomendación. En efecto, a vuelta de correo, venía la carta del
general, con palabras generosas para mí, y diciéndome que se me
autorizaba para pertenecer desde ese momento a _La Nación_.
Quiso, pues, mi buena suerte que fuesen un Lastarria y un Mitre quienes
iniciasen mi colaboración en ese gran diario.
Estaba Lastarria sentado en una silla Voltaire. No podía moverse por su
enfermedad. Era venerable su ancianidad ilustre. Fluía de él autoridad y
majestad.
Había mucha gloria chilena en aquel prócer. Gran bondad emanaba de su
virtud y nunca he sentido en América como entonces la majestad de una
presencia sino cuando conocí al general Mitre en la Argentina y al
doctor Rafael Núñez en Colombia.
Con mi cargo de corresponsal de _La Nación_ me fuí para mi tierra, no
sin haber escrito mi primera correspondencia fechada el 3 de Febrero de
1889, sobre la llegada del crucero brasileño _Almirante Barroso_ a
Valparaíso, a cuyo bordo iba un príncipe, nieto de D. Pedro.
En todo este viaje no recuerdo ningún incidente, sino la visión de la
«débâcle» de Panamá: Carros cargados de negros africanos que aullaban
porque, según creo, no se les habían pagado sus emolumentos. Y aquellos
hombres desnudos y con los brazos al cielo, pedían justicia.