Por fin, el vapor llega a Valparaíso. Compro un periódico. Veo que ha
muerto Vicuña Mackenna. En veinte minutos, antes de desembarcar, escribo
un artículo. Desembarco. La misma cosa que en el Salvador: ¿qué hotel?
El mejor.
No fué el mejor, sino un hotel de segunda clase en donde se hospedaba un
pianista francés llamado el capitán Yoyer. Hice buscar a Eduardo
Poirier, y al poco rato este hombre generoso, correcto y eficaz estaba
conmigo, dándome la ilusión de un Chile espléndido y realizable para mis
aspiraciones. “El Mercurio”, de Valparaíso, publicó mi artículo sobre
Vicuña Mackenna y me lo pagó largamente. Poirier fué entonces, después y
siempre, como un hermano mío. Pero había que ir inmediatamente a
Santiago, a la capital. Poirier me pidió la carta que traía yo para
aquel personaje eminente en la ciudad directiva y la envió al
destinatario.
Mi artículo en «El Mercurio», mi renombre anterior... Contestó aquel
personaje que tenía en el Hotel de France ya listas las habitaciones
para el señor Darío y que me esperaría en la estación. Tomé el tren para
Santiago.
Por el camino no fueron sino rápidas visiones para ojos de poeta, y he
aquí la capital chilena.
Ruido de tren que llega, agitación de familias, abrazos y salutaciones,
mozos, empleados de hotel, todo el trajín de una estación metropolitana.
Pero a todo esto las gentes se van, los coches de los hoteles se llenan
y desfilan y la estación va quedando desierta. Mi valijita y yo quedamos
a un lado, y ya no había nadie casi en aquel largo recinto, cuando
diviso dos cosas: un carruaje espléndido con dos soberbios caballos,
cochero estirado y _valet_, y un señor todo envuelto en pieles, tipo de
financiero o de diplomático, que andaba por la estación buscando algo.
Yo, a mi vez, buscaba. De pronto, como ya no había nada que buscar, nos
dirigimos el personaje a mí y yo al personaje. Con un tono entre dudoso,
asombrado y despectivo me preguntó:--¿«Sería usted acaso el señor Rubén
Darío?». Con un tono entre asombrado, miedoso y esperanzado
pregunté:--«¿Sería usted acaso el señor C. A.»? Entonces vi desplomarse
toda una Jericó de ilusiones. Me envolvió en una mirada. En aquella
mirada abarcaba mi pobre cuerpo de muchacho flaco, mi cabellera larga,
mis ojeras, mi jacquecito de Nicaragua, unos pantaloncitos estrechos que
yo creía elegantísimos, mis problemáticos zapatos, y sobre todo mi
valija. Una valija indescriptible actualmente, en donde, por no sé qué
prodigio de comprensión, cabían dos o tres camisas, otro pantalón, otras
cuantas cosas de indumentaria, muy pocas, y una cantidad inimaginable de
rollos de papel, periódicos, que luchaban apretados por caber en aquel
reducidísimo espacio. El personaje miró hacia su coche. Había allí un
secretario. Lo llamó. Se dirigió a mí.--«Tengo--me dijo--mucho placer en
conocerle. Le había hecho preparar habitación en un hotel de que le
hablé a su amigo Poirier. No le conviene».
Y en un instante aquella equivocación tomó ante mí el aspecto de la
fatalidad y ya no existía, por los justos y tristes detalles de la vida
práctica, la ilusión que aquel político opulento tenía respecto al poeta
que llegaba de Centro América. Y no había, en resumidas cuentas, más que
el inexperto adolescente que se encontraba allí a caza de sueños y
sintiendo los rumores de las abejas de esperanza que se prendían a su
larga cabellera.