XIV

Por fin, el vapor llega a Valparaíso. Compro un periódico. Veo que ha

muerto Vicuña Mackenna. En veinte minutos, antes de desembarcar, escribo

un artículo. Desembarco. La misma cosa que en el Salvador: ¿qué hotel?

El mejor.

No fué el mejor, sino un hotel de segunda clase en donde se hospedaba un

pianista francés llamado el capitán Yoyer. Hice buscar a Eduardo

Poirier, y al poco rato este hombre generoso, correcto y eficaz estaba

conmigo, dándome la ilusión de un Chile espléndido y realizable para mis

aspiraciones. “El Mercurio”, de Valparaíso, publicó mi artículo sobre

Vicuña Mackenna y me lo pagó largamente. Poirier fué entonces, después y

siempre, como un hermano mío. Pero había que ir inmediatamente a

Santiago, a la capital. Poirier me pidió la carta que traía yo para

aquel personaje eminente en la ciudad directiva y la envió al

destinatario.

Mi artículo en «El Mercurio», mi renombre anterior... Contestó aquel

personaje que tenía en el Hotel de France ya listas las habitaciones

para el señor Darío y que me esperaría en la estación. Tomé el tren para

Santiago.

Por el camino no fueron sino rápidas visiones para ojos de poeta, y he

aquí la capital chilena.

Ruido de tren que llega, agitación de familias, abrazos y salutaciones,

mozos, empleados de hotel, todo el trajín de una estación metropolitana.

Pero a todo esto las gentes se van, los coches de los hoteles se llenan

y desfilan y la estación va quedando desierta. Mi valijita y yo quedamos

a un lado, y ya no había nadie casi en aquel largo recinto, cuando

diviso dos cosas: un carruaje espléndido con dos soberbios caballos,

cochero estirado y _valet_, y un señor todo envuelto en pieles, tipo de

financiero o de diplomático, que andaba por la estación buscando algo.

Yo, a mi vez, buscaba. De pronto, como ya no había nada que buscar, nos

dirigimos el personaje a mí y yo al personaje. Con un tono entre dudoso,

asombrado y despectivo me preguntó:--¿«Sería usted acaso el señor Rubén

Darío?». Con un tono entre asombrado, miedoso y esperanzado

pregunté:--«¿Sería usted acaso el señor C. A.»? Entonces vi desplomarse

toda una Jericó de ilusiones. Me envolvió en una mirada. En aquella

mirada abarcaba mi pobre cuerpo de muchacho flaco, mi cabellera larga,

mis ojeras, mi jacquecito de Nicaragua, unos pantaloncitos estrechos que

yo creía elegantísimos, mis problemáticos zapatos, y sobre todo mi

valija. Una valija indescriptible actualmente, en donde, por no sé qué

prodigio de comprensión, cabían dos o tres camisas, otro pantalón, otras

cuantas cosas de indumentaria, muy pocas, y una cantidad inimaginable de

rollos de papel, periódicos, que luchaban apretados por caber en aquel

reducidísimo espacio. El personaje miró hacia su coche. Había allí un

secretario. Lo llamó. Se dirigió a mí.--«Tengo--me dijo--mucho placer en

conocerle. Le había hecho preparar habitación en un hotel de que le

hablé a su amigo Poirier. No le conviene».

Y en un instante aquella equivocación tomó ante mí el aspecto de la

fatalidad y ya no existía, por los justos y tristes detalles de la vida

práctica, la ilusión que aquel político opulento tenía respecto al poeta

que llegaba de Centro América. Y no había, en resumidas cuentas, más que

el inexperto adolescente que se encontraba allí a caza de sueños y

sintiendo los rumores de las abejas de esperanza que se prendían a su

larga cabellera.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 15 / 123 题