Capitán Tiago está muy contento. En toda esta terrible temporada
nadie se ha ocupado de él: no le han preso, no le han sometido á
incomunicaciones, interrogatorios, máquinas eléctricas, pediluvios
continuos en habitaciones subterráneas, y otras picardías más,
que conocen bien ciertos personajes que se llaman á sí mismos
civilizados. Sus amigos, es decir, los que lo fueron (porque el hombre
ya renegó de sus amigos filipinos, desde el instante en que fueron
sospechosos para el gobierno) han vuelto también á sus casas, después
de algunos días de vacaciones en los edificios del Estado. El Capitán
general mismo había ordenado que se los echase de sus posesiones,
no juzgándolos bastante dignos para que pudiesen permanecer en ellas,
con gran disgusto del manco, que quería celebrar las próximas Pascuas
en su abundante y rica compañía.
Capitán Tinong volvió á su casa enfermo, pálido, hinchado,--la
excursión no le había probado bien,--y tan cambiado que no dice una
palabra, ni saluda á su familia que llora, ríe, habla y se vuelve
loca de contento. El pobre hombre ya no sale de casa por no correr
el peligro de saludar á un filibustero. El mismo primo Primitivo,
con toda la sabiduría de los antiguos, no le podía sacar de su mutismo.
--Crede, prime,--le decía:--si no llego á quemar todos tus papeles,
te aprietan el cuello; pero si quemo toda la casa, no te tocan ni el
pelo. Pero quod eventum, eventum; Gratias agamus Domino Deo quia non
in Marianis Insulis es, camotes seminando [171].
Historias parecidas á las de capitán Tinong no las ignoraba capitán
Tiago. El hombre rebosaba de gratitud, sin saber á punto fijo á
quién deber tan señalados favores. Tía Isabel atribuía el milagro á la
Virgen de Antipolo, á la Virgen del Rosario, ó por lo menos á la Virgen
del Carmen, y cuando menos, cuando menos, es lo menos que ella puede
conceder, á Nuestra Señora de la Correa: según ella, el milagro no
podía escapar de allí. Capitán Tiago no negaba el milagro, pero añadía:
--Lo creo, Isabel, pero no lo habrá hecho la Virgen de Antipolo sola;
mis amigos habrán ayudado, mi futuro yerno, el señor Linares, que,
ya sabes, embroma al mismo señor Antonio Cánovas, aquel cuyo retrato
nos trae la ilustración, aquel que no se digna enseñar á la gente
más que media cara.
Y el buen hombre no podía reprimir una sonrisa de satisfacción cada
vez que oía una importante noticia acerca de los acontecimientos. Y no
había para menos. Se cuchicheaba por lo bajo que Ibarra sería ahorcado;
que si bien faltaban muchas pruebas para condenarle, últimamente había
aparecido una que confirmaba la acusación; que los peritos habían
declarado que, en efecto, las obras de la escuela podían pasar por
un baluarte, una fortificación, si bien algo defectuosa como no se
podía menos de esperar de los indios ignorantes. Estos rumores le
tranquilizaban y le hacían sonreir.
De igual manera que capitán Tiago y su prima divergían en sus
opiniones, los amigos de la familia se dividían también en dos
partidos: uno milagrero y otro gubernamental, aunque este último era
insignificante. Los milagreros estaban subdivididos: el sacristán
mayor de Binondo, la vendedora de velas y el jefe de una cofradía
veían la mano de Dios, movida por la Virgen del Rosario; el chino
cerero--su proveedor cuando va á Antipolo--decía abanicándose y
agitando la pierna:
--No siya osti gongong; ¡Míligen li Antipulo esi! Esi pueli más con
tolo; no siya osti gongong [172].
Capitán Tiago tenía en mucha estima al chino, que se hacía pasar por
profeta, médico, etc. Examinando la palma de la mano de su difunta
esposa, en el sexto mes de embarazo, había pronosticado:
--¡Si esi no hómele y no pactaylo, mujé juete-juete! [173]
Y María Ciara vino al mundo para cumplir la profecía del infiel.
Capitán Tiago, pues, hombre prudente y temeroso, no podía decidirse tan
fácilmente como el troyano Paris; no podía dar así así la preferencia
á una de las dos Vírgenes por temor de ofender á la otra, lo cual
podría acarrear graves consecuencias.--«¡Prudencia!--se decía á sí
mismo;--no vayamos ahora á echarlo á perder.»
En estas dudas se hallaba cuando el partido gubernamental llegó:
doña Victorina, don Tiburcio y Linares.
Doña Victorina habló por los tres varones y por ella misma, mencionó
las visitas de Linares al Capitán General, é insinuó repetidas veces
la conveniencia de un pariente de categoría.
--¡Na!--concluía,--como ezimoz: el que á buena zombra ze cobija,
buen palo ze le arrima.
--¡A... a... al revés, mujer!--corrigió el doctor.
Desde hace días pretende ella andaluzarse con suprimir la d y poner
z por s, y esta idea no había quien se la quitase de la cabeza;
primero se dejaba arrancar los rizos postizos.
--¡Zí!--añadía hablando de Ibarra;--eze lo tenía muy merezío; yo ya lo
ije cuano le vi la primera vez: ezte ez un filibuztero. ¿Qué te ijo á
tí, primo, el general? ¿Qué le haz icho, qué noticiaz le izte e Ibarra?
Y viendo que el primo tardaba en contestar, prosiguió, dirigiéndose
á capitán Tiago:
--Créame uzté, zi le conenan á muelte, como ez e ezperar, zerá por
mi primo.
--¡Señora! ¡señora!--protestó Linares.
Pero ella no le dió tiempo.
--¡Ay que iplomático te haz güerto! Zabemos que erez el conzejero del
general, que no puee vivir zin tí... ¡Ah, Clarita, qué placer e verte!
María Clara aparecía pálida aún, aunque ya bastante repuesta de su
enfermedad. La larga cabellera iba recogida por una cinta de seda
de un ligero azul. Saludó tímidamente, sonriendo con tristeza, y se
acercó á doña Victorina para el beso de ceremonia.
Después de las frases de costumbre, prosiguió la pseudoandaluza:
--Venimoz á vizitaroz; oz habeiz zalbao graciaz á vuestraz
relacionez!--y miró significativamente á Linares.
--¡Dios ha protegido á mi padre!--contestó en voz baja la joven.
--Zí, Clarita, pero el tiempo e loz milagros ya ha pazao: nozotroz
loz españolez ecimoz: «Dezconfía e la virgen y échate á corré».
--¡A... a... al revés!
Capitán Tiago, que hasta entonces no había encontrado tiempo para
hablar, se atrevió á preguntar, poniendo mucha mucha atención á
la respuesta:
--¿De modo que usted, doña Victorina, cree que la Virgen?...
--Venimoz precizamente á hablar con uzté e la virgen,--contestó
ella misteriosamente señalando á María Clara;--tenemoz que hablar
e negocioz.
La joven comprendió que debía retirarse; buscó un pretexto y se alejó,
apoyándose en los muebles.
Lo que en esta conferencia se dijo y se habló es tan bajo y tan
mezquino, que preferimos no referirlo. Baste decir que cuando se
despidieron, estaban todos alegres, y que después capitán Tiago decía
á tía Isabel:
--¡Avisa á la fonda que mañana damos una fiesta! Vete preparando á
María, que la casamos dentro de poco.
Tía Isabel la miró espantada.
--¡Ya lo verás! Cuando el señor Linares sea nuestro yerno, subiremos
y bajaremos todos los palacios; nos tendrán envidia, se morirán todos
de envidia!
Y así fué como á las ocho de la noche del siguiente día estaba llena
otra vez la casa de capitán Tiago, sólo que ahora sus invitados son
únicamente españolas y chinos; el bello sexo está representado por
españolas, peninsulares y filipinas.
Allí están la mayor parte de nuestros conocidos: el padre Sibyla, el
padre Salví entre varios franciscanos y dominicos; el viejo teniente
de la guardia civil, señor Guevara, más sombrío que antes; el alférez
que cuenta por la milésima vez su batalla, mirando por encima de sus
hombros á todos, creyéndose un don Juan de Austria; ahora es teniente
con grado de comandante; de Espadaña que le mira con respeto y temor y
le esquiva sus miradas, y doña Victorina despechada. Linares no había
llegado aún, pues, como personaje importante, debía llegar más tarde
que los otros: hay seres tan cándidos que con una hora de atraso en
todo se quedan grandes hombres.
En el grupo de las mujeres era María Clara el objeto de la murmuración:
la joven las había saludado y recibido ceremoniosamente, sin perder
su aire de tristeza.
--¡Pst!--decía una joven;--orgullosita...
--Bonitilla,--contestaba otra;--pero él podía haber escogido otra
que tuviese menos cara de tonta.
--El oro, chica; el buen mozo se vende.
En otra parte se decía:
--¡Casarse cuando el primer novio está para ser ahorcado!
--A eso llamo yo ser prudente: tener á mano un sustituto.
--Pues cuando enviude...
Estas conversaciones las oía quizás la joven, que estaba sentada en
una silla, arreglando una bandeja de flores, porque se la veía temblar,
palidecer y morderse varias veces los labios.
En el círculo de los hombres, la conversación era en voz alta,
y naturalmente, versaba sobre los últimos acontecimientos. Todos
hablaban, hasta don Tiburcio; todos menos el padre Sibyla, que guardaba
desdeñoso silencio.
--He oído decir que deja vuestra reverencia el pueblo, padre
Salví,--pregunta el nuevo teniente á quien ha hecho más amable su
nueva estrella.
--Nada tengo que hacer ya en él; me he de fijar para siempre en
Manila... ¿y usted?
--Dejo también el pueblo,--contestó estirándose;--el gobierno me
necesita para que con una columna volante desinfecte las provincias
de filibusteros.
Fray Sibyla le mira rápidamente de pies á cabeza y le vuelve las
espaldas por completo.
--¿Se sabe ya de cierto qué va á ser del cabecilla, del
filibusterillo?--preguntó un empleado.
--¿Habla usted de Crisóstomo Ibarra?--pregunta otro. Lo más probable
y más justo es que sea ahorcado como los del setenta y dos.
--¡Va desterrado!--dice secamente el viejo teniente.
--¡Desterrado! ¡Nada más que desterrado! ¡Pero será un destierro
perpetuo!--exclaman varios á la vez.
--Si ese joven,--prosiguió el teniente Guevara en voz alta y
severa,--hubiese sido más precavido; si hubiera confiado menos en
ciertas personas, con quienes se escribe; si nuestros fiscales no
supiesen interpretar demasiado sutilmente lo escrito, ese joven de
seguro que habría salido absuelto.
Esta declaración del viejo teniente y el tono de su voz produjeron
una gran sorpresa en el auditorio, que no supo qué decir. El padre
Salví miró á otra parte, quizás para no ver la mirada sombría que
le dirigía el anciano. María Clara dejó caer las flores y se quedó
inmóvil. El padre Sibyla, que sabía callar, parecía también que era
el único que sabía preguntar.
--¿Habla usted de cartas, señor de Guevara?
--Hablo de lo que me dijo el defensor, que ha tomado la causa con celo
é interés. Fuera de algunas ambiguas líneas, que este joven escribió
á una mujer antes de partir para Europa, líneas en que el fiscal vió
el proyecto y una amenaza contra el gobierno, y que él reconoció como
suyas, no se le podía encontrar por donde acusarle.
--Y ¿la declaración del bandido antes de morir?
--El defensor la anuló, pues, según el bandido mismo, ellos jamás
se habían comunicado con el joven, si no sólo con un tal Lucas, que
era enemigo suyo según se pudo comprobar, y que se ha suicidado acaso
por los remordimientos. Se probó que los papeles encontrados en poder
del cadáver eran falsificados, pues la letra era igual á la que tenía
el señor Ibarra hace siete años, pero no á la de ahora, lo que hace
suponer que el modelo sea esta carta acusadora. Aún más, el defensor
decía que si el señor Ibarra no hubiera querido reconocer la carta,
mucho se habría podido hacer por él; pero á su vista se puso pálido,
perdió el ánimo y ratificó cuanto en ella había escrito.
--Decía usted--preguntó un franciscano--que iba dirigida la carta á
una mujer; ¿cómo llegó á manos del fiscal?
El teniente no respondió; miró un momento al padre Salví y se alejó,
retorciendo nerviosamente la afilada punta de su barba gris, mientras
los otros hacían comentarios.
--¡Ahí se ve la mano de Dios!--decía uno;--hasta las mujeres le
tienen odio.
--Hizo quemar su casa creyendo salvarse, pero no contaba con la
huéspeda, esto es, con la querida, con la babai, --añadió otro
riendo.--¡Está de Dios! ¡Santiago cierra España!
Entretanto el viejo militar se detuvo en uno de sus paseos y se acercó
á María Clara, que escuchaba la conversación inmóvil en su asiento;
á sus pies se veían las flores.
--Usted es una joven muy precavida,--le dijo el viejo teniente en voz
baja;--ha hecho usted bien en entregar la carta... así se aseguran
ustedes un tranquilo porvenir.
Ella le vió alejarse y se estremeció, mordiéndose los
labios. Afortunadamente pasó la tía Isabel. María Clara tuvo la fuerza
suficiente para cogerla del vestido.
--¡Tía!--murmuró.
--¿Qué tienes?--preguntó ésta espantada, al ver la cara de la joven.
--¡Conducidme á mi cuarto!--suplicó colgándose del brazo de la anciana
para levantarse.
--¿Estás enferma, hija mía? ¿qué tienes?
--Un mareo... la gente de la sala... tanta luz... necesito
descansar. Decid á mi padre que dormiré.
--¡Estás fría! ¿quieres té?
María Clara movió la cabeza negativamente, cerró con llave la puerta
de su alcoba y sin fuerzas se dejó caer en el suelo, al pie de una
imagen, sollozando:
--¡Madre, madre, madre mía!
Por la ventana y la puerta que comunicaba con la azotea, entraba la
luz de la luna.
La música seguía tocando alegres valses; llegaban hasta la alcoba la
risas y el run run de las conversaciones; varias veces llamaron á
la puerta su padre, tía Isabel, doña Victorina y aun Linares, pero
María Clara no se movió: un estertor se escapaba de su pecho.
Pasaron horas; las alegrías de la mesa terminaron, se oía bailar,
cantar, se consumió la bujía y se apagó, pero la joven continuaba
aún inmóvil en el suelo, iluminada por los rayos de la luna, al pie
de la imagen de la Madre de Jesús.
La casa volvió á quedar poco á poco en silencio, se apagaron las luces,
tía Isabel llamó de nuevo á la puerta.
--¡Vamos, se ha dormido!--dijo la tía en voz alta;--como es joven y
no tiene ningún cuidado, duerme como un cadáver.
Cuando todo estuvo en silencio, ella se levantó lentamente y paseó
una mirada á su alrededor, vió la azotea, los pequeños emparrados,
bañados por la melancólica luz de la luna.
--¡Un tranquilo porvenir! ¡Dormir como un cadáver!--murmuró en voz
baja y se dirigió á la azotea.
La ciudad dormía; sólo se oía de tiempo en tiempo el ruido de un
coche, pasando el puente de madera sobre el río, cuyas solitarias
aguas reflejaban tranquilas la luz de la luna.
La joven levantó los ojos al cielo de una limpidez de zafir; quitóse
lentamente sus anillos, pendientes, agujas y peineta, colocándolos
sobre el antepecho de la azotea, y miró hacia el río.
Una banca, cargada de zacate, se detenía al pie del embarcadero,
que tiene cada casa á orillas del río. Uno de los dos hombres que
la tripulaban subió la escalera de piedra, saltó el muro, y segundos
después, se oían sus pasos subiendo la escalera de la azotea.
María Clara le vió detenerse al descubrirla, pero sólo fué un momento,
porque el hombre avanzó lentamente, y á tres pasos de la joven se
detuvo. María Clara retrocedió.
--¡Crisóstomo!--murmuró llena de terror.
--¡Sí, soy Crisóstomo!--repuso el joven en voz grave:--un enemigo,
un hombre que tenía razones para odiarme, Elías, me ha sacado de la
prisión en que me han arrojado mis amigos.
A estas palabras siguió un triste silencio; María Clara inclinó la
cabeza y dejó caer ambas manos.
Ibarra continuó:
--Junto al cadáver de mi madre juré hacerte feliz, ¡sea cual fuere mi
destino! Pudiste faltar á tu juramento, ella no era tu madre; pero
yo, yo que soy su hijo, tengo su memoria por sagrada, y al través
de mil peligros he venido aquí á cumplir con el mío, y la casualidad
permite que te hable á tí misma María, no nos volveremos á ver; eres
joven y acaso algún día tu conciencia te acuse... vengo á decirte,
antes de partir, que te perdono. Ahora ¡sé feliz y adiós!
Ibarra trató de alejarse, pero la joven le detuvo.
--¡Crisóstomo!--dijo;--Dios te ha enviado para salvarme de la
desesperación... ¡óyeme, y júzgame!
Ibarra quiso deshacerse dulcemente de ella.
--No he venido á pedirte cuenta de tus actos... he venido para darte
la tranquilidad.
--No quiero esa tranquilidad que me regalas; ¡la tranquilidad me la
daré yo misma! ¡Tú me desprecias, y tu desprecio me hará amarga hasta
la muerte!
Ibarra vió la desesperación y el dolor de la pobre mujer, y le preguntó
qué deseaba.
--¡Que creas que te he amado siempre!
Crisóstomo sonrió con amargura.
--¡Ah! tú dudas de mí, dudas de la amiga de tu infancia, que jamás te
ha ocultado un solo pensamiento!--exclamó con dolor la joven. ¡Te
comprendo! Cuando sepas mi historia, la triste historia que me
revelaron durante mi enfermedad, te compadecerás de mí y no tendrás
esa sonrisa para mi dolor. ¿Por qué no has dejado que me muriese en
manos de mi ignorante médico? ¡Tú y yo habríamos sido más felices!
María Clara descansó un momento y continuó:
--¡Tú lo has querido, tú has dudado de mí, que mi madre me perdone! En
una de las dolorosas noches de mis padecimientos, un hombre me reveló
el nombre de mi verdadero padre, y me prohibió tu amor... ¡á no ser
que mi padre mismo te perdonara el agravio que le has inferido!
Ibarra retrocedió y miró espantado á la joven.
--Si,--continuó ella;--el hombre me dijo que no podía permitir nuestra
unión, pues su conciencia se lo prohibiría, y se vería obligado
á publicarlo, á riesgo de causar un grande escándalo, porque mi
padre es...
Y murmuró al oído del joven un nombre en voz tan baja, que sólo él
lo oyó.
--¿Qué iba yo á hacer? ¿Debía yo sacrificar á mi amor la memoria
de mi madre, el honor de mi padre falso y el buen nombre del
verdadero? ¿Podía hacerlo sin que tú mismo me despreciaras?
--Pero ¿pruebas, tuviste pruebas? ¡Tú necesitabas pruebas!--exclamó
Crisóstomo convulso.
La joven sacó de su seno dos papeles.
--¡Dos cartas de mi madre, dos cartas escritas en medio de sus
remordimientos, cuando me llevaba en sus entrañas! Toma, léelas,
y verás cómo ella me maldice y desea mi muerte... ¡mi muerte que en
vano procuró mi padre con medicinas! Estas cartas las ha olvidado él
en la casa donde vivió, el hombre las encontró y conservó, y sólo me
las entregó á cambio de tu carta... para asegurarse, según decía, de
que no me iba á casar contigo sin el consentimiento de mi padre. Desde
que las llevo sobre mí, en lugar de tu carta, siento el frío sobre
el corazón. Te sacrifiqué, sacrifiqué mi amor... ¿qué no hace una
por una madre muerta y dos padres vivos? ¿Sospechaba yo el uso que
iban á hacer de tu carta?
Ibarra estaba aterrado. María Clara prosiguió:
--¿Qué me quedaba ya? ¿podía decirte por ventura quién era mi padre,
podía decirte que le pidieses perdón, á él que tanto ha hecho
sufrir al tuyo? ¿podía decirle á mi padre acaso que te perdonara,
podía decirle que yo era su hija, á él que tanto ha deseado mi
muerte? ¡Sólo me restaba sufrir, guardar conmigo el secreto, y morir
sufriendo!... Ahora, amigo mío, ahora que sabes la triste historia
de tu María, ¿tendrás aún para ella esa desdeñosa sonrisa?
--¡María, tú eres una santa!
--Soy feliz, puesto que tú me crees...
--Sin embargo,--añadió el joven cambiando de tono,--he oído que
te casas...
--¡Sí!--sollozó la joven;--mi padre me exige este sacrificio... él
me ha amado y alimentado y no era su deber; yo le pago esta deuda
de gratitud asegurándole la paz por medio de este nuevo parentesco,
pero...
--¿Pero?
--No olvidaré los juramentos de fidelidad que te hice.
--¿Qué meditas hacer?--preguntó Ibarra tratando de leer en sus ojos.
--¡El porvenir es obscuro y el Destino está entre sombras! no sé lo
que he de hacer; pero sabe que yo amo una sola vez, y sin amor jamás
seré de nadie. Y de ti, ¿qué va á ser de ti?
--No soy más que un fugitivo... huyo. Dentro de poco se descubrirá
mi fuga, María...
María Clara cogió la cabeza del joven entre sus manos, le besó
repetidas veces en los labios, le abrazó, y después, alejándole
bruscamente de sí:
--¡Huye, huye!--le dijo;--¡huye, adiós!
Ibarra la miró con ojos brillantes, pero, á una señal de la joven,
se alejó ebrio, vacilante...
Saltó otra vez el muro y entró en la banca. María Clara, apoyada
sobre el antepecho le miraba alejarse.
Elías se descubrió y la saludó profundamente.