LVII

¡Væ Victis!

Mi gozo en un pozo.

Algunos guardias civiles se pasean con aire siniestro delante de

la puerta del tribunal, amenazando con la culata de su fusil á los

atrevidos chicuelos, que se levantan de puntillas ó se cargan unos

á otros para ver algo al través de las rejas.

La sala no presenta ya aquel aspecto alegre de cuando se discutía el

programa de la fiesta; ahora es sombrío y poco tranquilizador. Los

guardias civiles y cuadrilleros que la ocupan, hablan apenas,

y aun en voz baja y pronunciando breves palabras. Sobre la mesa

emborronan papeles el directorcillo, dos escribientes y algunos

soldados; el alférez se pasea de un lado á otro, mirando de cuando

en cuando con aire feroz hacia la puerta; más orgulloso no habría

aparecido Temístocles en los Juegos Olímpicos después de la batalla

de Salamina. Doña Consolación bosteza en un rincón, enseñando

unas negras fauces y una accidentada dentadura; su mirada se fija

fría y siniestra en la puerta de la cárcel, cubierta de figuras

indecentes. Ella había conseguido del marido, á quien la victoria

había hecho amable, le dejase presenciar el interrogatorio y acaso

las torturas consiguientes. La hiena olía el cadáver, se relamía y

la aburría el retardo del suplicio.

El gobernadorcillo está muy compungido: su sillón, aquel gran sillón

colocado debajo del retrato de S. M., está vacío y parece destinado

á otra persona.

Cerca de las nueve, el cura llega pálido y cejijunto.

--¡Pues no se ha hecho usted esperar!--le dice el alférez.

--Preferiría no asistir,--contesta el padre Salví en voz baja, sin

hacer caso de aquel tono amargo;--soy muy nervioso.

--Como no ha venido nadie por no dejar el puesto, juzgué que su

presencia de usted... Ya sabe usted que esta tarde salen.

--¿El joven Ibarra y el teniente mayor...?

El alférez señaló hacia la cárcel.

--Ocho están allí,--dijo;--el Bruno murió á medianoche, pero su

declaración ya consta.

El cura señaló á doña Consolación, que respondió con un bostezo y un

¡aah! y ocupó el sillón debajo del retrato de S. M.

--¡Podemos empezar!--repuso.

--¡Sacad á los dos que están en el cepo!--mandó el alférez con voz

que procuró hacer lo más terrible que pudo, y volviéndose al cura,

añadió, cambiando de tono:

--¡Están metidos saltando dos agujeros!

Para los que no están enterados de estos instrumentos de tortura, les

diremos que el cepo es uno de los más inocentes. Los agujeros en que

se introducen las piernas de los detenidos distan entre sí poco más

ó menos de un palmo; saltando dos agujeros, el preso se encontraría

en una posición un poco forzada, con una singular molestia en los

tobillos y una abertura de las estremidades inferiores de más de una

vara: no mata al instante, como muy bien se puede imaginar.

El carcelero, seguido de cuatro soldados, retiró el cerrojo y abrió

la puerta. Un olor nauseabundo y un aire espeso y húmedo se escaparon

de la densa obscuridad á la vez que se oyeron algunos lamentos y

sollozos. Un soldado encendió un fósforo, pero la llama se apagó en

aquella atmósfera viciada y corrompida, y tuvieron que esperar á que

el aire se renovase.

A la vaga claridad de una bujía se columbraron algunas formas humanas:

hombres, abrazados á sus rodillas y ocultando la cabeza entre ellas,

acostados boca abajo, de pie, vueltos á la pared, etc. Oyóse un

golpear y rechinar, acompañados de juramentos: se abría el cepo.

Doña Consolación estaba medio inclinada hacia adelante, tendidos

los músculos del cuello, con los ojos salientes clavados en la

entreabierta puerta.

Entre dos soldados salió una figura sombría, Társilo, el hermano

de Bruno. En las manos tenía esposas; sus vestidos, desgarrados,

descubrían una bien desarrollada musculatura. Sus ojos se fijaron

insolentemente en la mujer del alférez.

--Este es el que se defendió con más bravura y mandó huir á sus

compañeros,--dijo el alférez al padre Salví.

Detrás vino otro de aspecto desgraciado, lamentándose y llorando como

un niño: cojeaba y tenía el pantalón manchado de sangre.

--¡Misericordia, señor, misericordia! ¡No volveré á entrar en el

patio!--gritaba.

--Es un tunante,--observó el alférez hablando con el cura;--quiso

huir, pero ha sido herido en el muslo. Estos dos son los únicos que

tenemos vivos.

--¿Cómo te llamas?--preguntó el alférez á Társilo.

--Társilo Alasigan.

--¿Qué os prometió don Crisóstomo para que atacaseis el cuartel?

--Don Crisóstomo jamás se ha comunicado con nosotros.

--¡No lo niegues! Por eso quisisteis sorprendernos.

--Os equivocáis: matasteis á nuestro padre á palos, le vengamos y

nada más. Buscad á vuestros dos compañeros.

El alférez mira al sargento sorprendido.

--Allá están en un despeñadero, allá los arrojamos ayer, allá se

pudrirán. Ahora matadme: no sabréis nada más.

Hubo un momento de silencio.

--Nos vas á decir quiénes son tus otros cómplices,--profirió el

alférez, blandiendo un bejuco.

Una sonrisa de desprecio asomó á los labios del reo.

El alférez conferenció algunos instantes, en voz baja, con el cura;

y volviéndose á los soldados:

--¡Conducidle á donde están los cadáveres!--ordenó.

En un rincón del patio, sobre un carretón viejo están amontonados

cinco cadáveres, medio cubiertos por un pedazo de estera rota, llena

de inmundicias. Un soldado se pasea de un extremo á otro, escupiendo

á cada instante.

--¿Los conoces?--preguntó el alférez, levantando la estera.

Társilo no respondió; vió el cadáver del marido de la loca con otros

dos; el de su hermano, acribillado de bayonetazos y el de Lucas,

aún con la soga al cuello. Su mirada se volvió sombría y un suspiro

pareció escaparse de su pecho.

--¿Los conoces?--le volvieron á preguntar.

Társilo permaneció mudo.

Un silbido rasgó el aire y el bejuco azotó sus espaldas. Estremecióse,

sus músculos se contrajeron. Los bejucazos se repitieron, pero Társilo

siguió impasible.

--¡Que le den de palos hasta que reviente ó declare!--gritó el

alférez exasperado.

--¡Habla ya!--le dice el directorcillo;--de todos modos te matan.

Volvieron á conducirle á la sala donde el otro preso invocaba á los

santos, castañeteándole los dientes y doblándosele las piernas.

--¿Le conoces á ese?--preguntó el P. Salví.

--¡Es la primera vez que le veo!--contestó Társilo mirando con cierta

compasión al otro.

El alférez le dió un puñetazo y un puntapié.

--¡Atadle al banco!

Sin quitarle las esposas, manchadas de sangre, fué sujetado á un banco

de madera. El infeliz miró en derredor suyo como buscando algo y vió

á doña Consolación; rióse sardónicamente. Sorprendidos los presentes,

le siguieron la mirada y vieron á la señora, que se mordía ligeramente

los labios.

--¡No he visto mujer más fea!--exclamó Társilo en medio del silencio

general;--prefiero acostarme sobre un banco, como estoy, que al lado

de ella, como el alférez.

La Musa palideció.

--Me vais á matar á palos, señor alférez,--continuó;--esta noche me

vengará vuestra mujer al abrazaros.

--¡Amordazadle!--gritó el alférez temblando de ira.

Pareció que Társilo sólo deseaba la mordaza, porque, cuando la tuvo,

sus ojos lanzaron un rayo de satisfacción.

A una señal del alférez, un guardia, armado de un bejuco, empezó su

triste tarea. Todo el cuerpo de Társilo se contrajo; un rugido ahogado,

prolongado, se dejó oir á pesar del lienzo que le tapaba la boca;

bajó la cabeza: sus ropas se manchaban de sangre.

El P. Salví, pálido, con la mirada extraviada, se levantó

trabajosamente, hizo una seña con la mano y dejó la sala con paso

vacilante. En la calle vió una joven, apoyada de espaldas contra

la pared, rígida, inmóvil, escuchando atenta, mirando al espacio,

extendidas las crispadas manos contra el viejo muro. El sol la bañaba

de lleno. Contaba, al parecer sin respirar, los golpes secos, sordos

y aquel desgarrador gemido. Era la hermana de Társilo.

En la sala continuaba entretanto la escena: el desgraciado, rendido

de dolor, enmudeció y aguardó á que sus verdugos se cansasen. Al fin,

el soldado jadeante, dejó caer el brazo y el alférez, pálido de ira

y asombro, hizo una seña para que le desatasen.

Doña Consolación se levantó entonces y murmuró al oído del marido

algunas palabras. Este movió la cabeza en señal de inteligencia.

--¡Al pozo con él!--dijo.

Los filipinos saben lo que esto quiere decir; en tagalo lo traducen

por timbaín [154]. No sabemos quién habrá sido el que ha inventado

este procedimiento, pero juzgamos que debe ser bastante antiguo. La

Verdad, saliendo de un pozo, es quizás su sarcástica interpretación.

En medio del patio del tribunal se levanta el pintoresco brocal de

un pozo, hecho groseramente con piedras vivas. Un rústico aparato de

caña, en forma de palanca, sirve para sacar agua, viscosa, sucia y de

mal olor. Cacharros rotos, basura y otros líquidos se reunían allí,

pues aquel pozo era como la cárcel; allí pára cuanto la sociedad

desecha ó da por inútil; objeto que dentro caiga, por bueno que haya

sido, ya es cosa perdida. Sin embargo, no se cegaba jamás: á veces se

condena á los presos á ahondarlo y profundizarlo, no porque se piense

sacar de aquel castigo una utilidad, sino por las dificultades que

el trabajo ofrece: preso que allí una vez ha descendido, coge una

fiebre de la que muere casi siempre.

Társilo contemplaba todos los preparativos de los soldados con mirada

fija; estaba muy pálido y sus labios temblaban ó murmuraban una

oración. La altivez de su desesperación parecía haber desaparecido

ó, cuando menos, debilitado. Varias veces dobló el erguido cuello,

y fijó la vista en el suelo, resignado á sufrir.

Lleváronle al lado del brocal, seguido de doña Consolación, que

sonreía. Una mirada de envidia lanzó el desventurado hacia el montón

de cadáveres y un suspiro se escapó de su pecho.

--¡Habla ya!--volvió á decirle el directorcillo;--de todos modos te

ahorcan; al menos muere sin haber sufrido tanto.

--De aquí saldrás para morir,--le dijo un cuadrillero.

Le quitaron la mordaza y le colgaron de los pies. Debía descender de

cabeza y permanecer algún tiempo debajo del agua, lo mismo que hacen

con el cubo, sólo que al hombre le dejan más tiempo.

El alférez se alejó para buscar un reloj y contar los minutos.

Entre tanto Társilo pendía, su larga cabellera ondeaba al aire;

tenía los ojos medio cerrados.

--Si sois cristianos, si tenéis corazón,--murmuró en tono de

súplica,--bajadme con rapidez ó haced de modo que mi cabeza choque

contra la pared y me muera. Dios os premiará esta buena obra... ¡quizás

un día os veáis como yo!

El alférez volvió y presidió el descenso, reloj en mano.

--¡Despacio, despacio!--gritaba doña Consolación siguiendo al infeliz

con la vista;--¡cuidado!

La palanca bajaba lentamente, Társilo rozaba contra las

piedras salientes y las plantas inmundas que crecían entre las

grietas. Después, la palanca cesó de moverse: el alférez contaba

los segundos.

--¡Arriba!--mandó secamente al cabo de medio minuto.

El ruido argentino y armonioso de las gotas de agua cayendo sobre el

agua anunció la vuelta del reo á la luz. Esta vez, como el peso del

balancín era mayor, subió con rapidez. Los pedruscos y guijarros,

arrancados de las paredes, caían con estrépito.

Cubiertas de asqueroso cieno la frente y la cabellera, llena la cara de

heridas y rozaduras, el cuerpo mojado y goteando, apareció á los ojos

de la multitud silenciosa: el viento le hacía estremecerse de frío.

--¿Quieres declarar?--le preguntaron.

--¡Cuida de mi hermana!--murmuró el infeliz mirando suplicante á

un cuadrillero.

La palanca de caña rechina de nuevo y el condenado vuelve á

desaparecer. Doña Consolación observó que el agua permanecía

tranquila. El alférez contó un minuto.

Cuando Társilo volvió á subir, sus facciones estaban contraídas y

amoratadas. Dirigió una mirada á los circunstantes y mantuvo abiertos

los ojos, inyectados en sangre.

--¿Vas á declarar?--volvió á preguntar con desaliento el alférez.

Társilo movió negativamente la cabeza y volvieron á descenderle. Sus

párpados se iban cerrando, sus pupilas seguían mirando al cielo donde

flotaban blancas nubes; doblaba el cuello para seguir viendo la luz

del día, pero pronto tuvo que hundirse en el agua, y aquel telón

infame le ocultó el espectáculo del mundo.

Pasó un minuto; la Musa en observación vió gruesas burbujas de aire

que subían á la superficie.

--¡Tiene sed!--dijo riendo.

Y el agua volvió á quedar tranquila.

Esta vez duró un minuto y medio y el alférez hizo una seña.

Las facciones de Társilo ya no estaban contraídas; los entreabiertos

párpados hacían ver el fondo blanco del ojo; de la boca salía agua

cenagosa con estrías sanguinolentas; el viento frío soplaba, pero su

cuerpo ya no se estremecía.

Todos se miraron en silencio, pálidos y consternados. El alférez hizo

una seña para que le descolgasen y se alejó pensativo; doña Consolación

le aplicó varias veces á las desnudas piernas el botón de fuego de

su cigarro, pero el cuerpo no se estremeció y se apagó el fuego.

--¡Se ha asfixiado á sí mismo!--murmuró un cuadrillero;--mirad como

se ha vuelto la lengua como queriéndosela tragar.

El otro preso contemplaba la escena temblando y sudando: miraba como

un loco á todas partes.

El alférez encargó al directorcillo que le interrogase.

--Señor, señor!--gemía;--¡diré todo lo que vosotros queráis!

--¡Bueno! vamos á ver: ¿cómo te llamas?

--¡Andong [155], señor!

--¿Bernardo... Leonardo... Ricardo... Eduardo... Gerardo... ó qué?

--¡Andong, señor!--repitió el imbécil.

--Póngale usted Bernardo ó lo que sea,--decidió el alférez.

--¿Apellido?

El hombre le miró espantado.

--¿Qué nombre tienes, qué te añaden al nombre Andong?

--¡Ah, señor! ¡Andong Medio tonto, señor!

Los circunstantes no pudieron contener la risa; el mismo alférez

detuvo su paseo.

--¿Oficio?

--Podador de cocos, señor, y criado de mi suegra.

--¿Quién os mandó que atacaseis el cuartel?

--¡Nadie, señor!

--¿Cómo nadie? ¡No mientas, que te van á meter en el pozo! ¿Quién os

ha mandado? ¡Di la verdad!

--¡La verdad, señor!

--¿Quién?

--¡Quién, señor!

--Te pregunto quién os ha mandado hacer la revolución.

--¿Cuál revolución, señor?

--Eso, porque estabas tú anoche en el patio del cuartel.

--¡Ah, señor!--exclamó ruborizándose Andong.

--¿Quién tiene, pues, la culpa de eso?

--¡Mi suegra, señor!

Una risotada acogió á estas palabras. El alférez se paró y miró con

no severos ojos al infeliz, que creyendo que sus palabras habían

producido buen efecto, continuó más animado:

--Sí, señor: mi suegra no me da de comer otra cosa más que todo lo

podrido é inservible; anoche, cuando vine, me dolió el vientre,

vi el patio del cuartel cerca, y me dije: Es de noche, nadie te

verá. Entré... y cuando me levantaba, resonaron muchos tiros; yo

ataba mis calzones...

Un bejucazo le cortó la palabra.

--¡A la cárcel!--mandó el alférez;--esta tarde ¡á la Cabecera con él!

Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau · 第 122 / 139 题