IL BUON DÍ SI CONOSCE DA MATTINA [147]

Temprano se esparcía por el pueblo la noticia de que la noche anterior

se habían visto muchas luces en el cementerio.

El jefe de la V. O. T. hablaba de velas encendidas y describía

sus formas y tamaños, pero no pudo decir á punto fijo el número,

pues había contado más de veinte. Hermana Sipa, de la cofradía del

Santísimo Rosario no debía tolerar que se jactase solo de haber visto

esta gracia de Dios uno de la hermandad enemiga: hermana Sipa, aunque

no vive cerca, oyó lamentos y gemidos, y hasta creyó reconocer en las

voces ciertas personas con quienes ella en otro tiempo... pero, por

caridad cristíana, no solamente perdonaba, sino oraba y callaba sus

nombres, por lo cual todos la declaraban santa incontinenti. Hermana

Rufa no tiene en verdad tan fino el oído, pero no debe sufrir que

hermana Sipa lo haya oído, y ella no; por esto ha tenido un sueño y

se le han presentado muchas almas, no sólo de personas muertas, sino

también de vivas; las almas en pena pedían parte de sus indulgencias,

apuntadas en toda regla y atesoradas. Ella podrá decir los nombres

á las familias interesadas, y sólo pide una pequeña limosna para

socorrer al Papa en sus necesidades.

Un muchachuelo, pastor de oficio, que se atrevió á asegurar no haber

visto más que una luz y dos hombres con salakot, á duras penas escapó

de palos é insultos. En vano juró; estaban sus carabaos que venían

con él y podían hablar.

--¿Vas á saber más que el celador y las hermanas, paracmasón [148],

hereje?--le decían y le miraban con malos ojos.

El cura subió al púlpito y volvió á predicar sobre el purgatorio,

y los pesos volvieron á salir de sus escondites para ganar una misa.

Pero dejemos á las almas en pena y oigamos la conversación de don

Filipo y del viejo Tasio, enfermo en su casita solitaria. Hacía

días que el filósofo ó el loco no dejaba la cama, postrado por una

debilidad que progresaba rápidamente.

--En verdad que no sé si felicitaros porque os hayan admitido la

dimisión; antes, cuando el gobernadorcillo desoyó tan descaradamente

el parecer de la mayoría, el solicitarla era justo; pero ahora que

estáis en lucha con la guardia civil es inconveniente. En tiempo de

guerra se debe permanecer en su puesto.

--Sí, pero no cuando el general se vende,--contestó don Filipo;--ya

sabéis que á la siguiente mañana puso el gobernadorcillo en libertad

á los soldados que he conseguido prender, y se ha negado á dar un

solo paso. Sin el consentimiento de mi superior no puedo nada.

--Vos solo, nada, pero con los demás mucho. Hubiérais aprovechado

esta ocasión para dar un ejemplo á los otros pueblos. Sobre la

ridícula autoridad del gobernadorcillo está el derecho del pueblo;

era el comienzo de una buena lección y la perdísteis.

--Y ¿qué hubiera podido yo contra el representante de las

preocupaciones? Ahí tenéis al señor Ibarra, se ha plegado á las

creencias de la multitud; ¿pensáis que él cree en la excomunión?

--No estáis en la misma situación: el señor Ibarra quiere sembrar,

y para sembrar hay que bajarse y obedecer á la materia; vuestra misión

era sacudir, y para sacudir se pide fuerza é impulso. Además, la lucha

no se debía plantear contra el gobernadorcillo; la frase debía ser:

contra el que abusa de su fuerza, contra el que turba la tranquilidad

pública, contra el que falta á su deber; y no hubiérais estado solo,

pues que el país de ahora no es el mismo que hace veinte años.

--¿Lo creéis?--preguntó don Filipo.

--Y ¿no lo sentís?--contestó el anciano medio incorporándose en el

lecho; ¡ah! es porque no habéis visto el pasado, no habéis estudiado

el efecto de la inmigración europea, de la venida de nuevos libros y

de la marcha de la juventud á Europa. Estudiad y comparad: es cierto

que existe aún la Real Pontificia Universidad de santo Tomás con su

sapientísimo claustro, y se ejercitan todavía algunas inteligencias

en formular distingos y ultimar las sutilezas del escolasticismo,

pero ¿dónde encontraréis ahora aquella juventud metafísica de

nuestros tiempos, de instrucción arqueológica, que, torturado el

encéfalo, moría sofisticando en un rincón de provincias, sin acabar

de comprender los atributos del ente, sin resolver la cuestión de la

esencia y existencia, elevadísimos conceptos que nos hacían olvidar

de lo esencial: de nuestra existencia y propia entidad? ¡Ved ahora

la niñez! Llena de entusiasmo á la vista de más amplios horizontes,

estudia historia, matemáticas, geografía, literatura, ciencias,

físicas, lenguas, materias todas que en nuestro tiempo oíamos con

horror, como si fuesen herejías; el más libre pensador de mi época

las declaraba inferiores á las categorías de Aristóteles y á las

leyes del silogismo. El hombre ha comprendido al fin que es hombre;

renuncia al análisis de su Dios, á penetrar en lo impalpable,

en lo que no ha visto, á dar leyes á los fantasmas de su cerebro;

el hombre comprende que su herencia es el vasto mundo cuyo dominio

está á su alcance; cansado de su trabajo inútil y presuntuoso, baja

la cabeza y examina cuanto le rodea. Ved ahora cómo nacen nuestros

poetas; las musas de la naturaleza nos abren poco á poco sus tesoros

y empiezan á sonreirnos para alentarnos al trabajo. Las ciencias

experimentales han dado ya sus primeros frutos; falta ahora que el

tiempo las perfeccione. Los nuevos abogados se forman en los nuevos

moldes de la filosofía del derecho; algunos empiezan á brillar en

medio de las tinieblas que rodean á nuestra tribuna, y advierten

un cambio en la marcha de los tiempos. Oid cómo habla la juventud,

visitad los centros de enseñanza, y otros nombres resuenan en las de

los claustros, allí donde sólo oímos los de santo Tomás, Suárez, Amat,

Sánchez y otros, ídolos de mi tiempo. En vano claman desde el púlpito

los frailes contra la desmoralización, como claman los vendedores

de pescado contra la avaricia de los compradores, sin notar que su

mercancía está pasada é inservible. En vano extienden los conventos

sus prolongaciones y raíces para ahogar en los pueblos la corriente

nueva; los dioses se van; las raíces del árbol pueden enflaquecer á

las plantas que en él se apoyan, pero no quitar la vida á otros seres,

que, como el ave, se remontan á los cielos.

El filósofo hablaba con animación; sus ojos brillaban.

--Sin embargo, el germen nuevo es pequeño; si todos se proponen

el progreso, que tan caro compramos, se puede ahogar,--objetó don

Filipo incrédulo.

--Ahogarle... ¿quién? ¿el hombre, ese enano enfermo, ahogar al

progreso, al poderoso hijo del tiempo y de la actividad? ¿Cuándo lo

pudo? El dogma, el cadalso y la hoguera, tratando de suspenderle,

le empujan. E pur si muove, decía Galileo, cuando los dominicos

le obligaban á declarar que la tierra no se movía; la misma frase

se aplica al progreso humano. Se violentarán algunas voluntades, se

sacrificarán algunos individuos, pero no importa: el progreso seguirá

su camino, y de la sangre de los que caigan brotarán nuevos y vigorosos

retoños. ¡Ved! la prensa misma, por más retrógrada que quisiera ser,

da también un paso hacia adelante; los mismos dominicos no escapan

á esta ley, é imitan á los jesuítas, sus enemigos irreconciliables:

dan fiestas en sus claustros, levantan teatritos, componen poesías,

porque, como no les falta inteligencia á pesar de creerse en el siglo

XV, comprenden que los jesuítas tienen razón, y tomarán aún parte en

el porvenir de los pueblos jóvenes que han educado.

--Según vos, ¿los jesuítas van con el progreso?--preguntó admirado

don Filipo; ¿por qué, pues, se los combate en Europa?

--Os contestaré como un antiguo escolástico,--contestó el filósofo

volviéndose á acostar y recobrando su fisonomía burlona:--de tres

maneras se puede ir con el progreso: delante, al lado y detrás;

los primeros le guían, los segundos se dejan llevar, los últimos son

arrastrados, y á éstos pertenecen los jesuítas. Ellos ya quisieran

dirigirle, pero, como le ven fuerte y con otras tendencias, capitulan,

prefieren seguir á ser aplastados ó quedarse en medio del camino

entre sombras. Ahora bien, nosotros, en Filipinas, vamos lo menos dos

siglos detrás del carro: apenas empezamos á salir de la Edad media;

por esto los jesuítas, que son retroceso en Europa, vistos desde aquí,

representan el progreso; Filipinas les debe su naciente instrucción,

las ciencias naturales, alma del siglo XIX, como á los dominicos

el escolasticismo, muerto ya á pesar de León XIII: no hay papa que

resucite lo que el sentido común ha ajusticiado... Pero ¿á dónde hemos

ido?--preguntó cambiando de tono;--¡ah! hablábamos del estado actual de

Filipinas... Sí, ahora entramos en el período de lucha, digo, vosotros:

nuestra generación pertenece á la noche, nos vamos. La lucha está entre

el pasado, que se aferra y agarra con maldiciones al vacilante feudal

castillo, y el porvenir, cuyo canto de triunfo se oye á lo lejos,

á los resplandores de una naciente aurora, trayendo la buena nueva

de otros países... ¿Quiénes caerán y se sepultarán entre los escombros?

El anciano calló, y viendo que don Filipo le miraba pensativo,

sonrióse y repuso:

--Casi adivino lo que pensáis.

--¿De veras?

--Pensáis que muy bien puedo equivocarme,--dijo sonriendo con

tristeza;--hoy tengo fiebre y no soy infalible: homo sum et nihil

humani a me alienum puto [149], decía Terencio; pero si alguna vez se

permite soñar ¿por qué no soñar agradablemente en las últimas horas

de la vida? Y luego, ¡no he vivido más que de sueños! Tenéis razón;

¡sueño! nuestros jóvenes no piensan más que en amoríos y placeres:

más tiempo gastan y trabajan más para engañar y deshonrar á una

joven, que para pensar en el bien de su país; nuestras mujeres por

cuidar de la casa y la familia de Dios, se olvidan de las propias;

nuestros hombres sólo son activos para el vicio y heroicos en la

vergüenza; la niñez despierta en tinieblas y rutina; la juventud

vive sus mejores años sin ideal, y la edad madura, estéril, tan sólo

sirve para corromper con su ejemplo á la juventud... Me alegro de

morir... claudite jam rivos, pueri [150].

--¿Queréis alguna medicina?--preguntó don Filipo para cambiar el giro

de la conversación, que había puesto sombrío el semblante del enfermo.

--Los que mueren no necesitan medicinas; los que os quedáis sí. Decid á

don Crisóstomo que me visite mañana, pues tengo cosas muy importantes

que decirle. Dentro de algunos días me voy. ¡Filipinas está en las

tinieblas!

Don Filipo, después de algunos minutos más de conversación, dejó

grave y pensativo la casa del enfermo.

Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau · 第 116 / 139 题