El nublado cielo oculta á la luna; un viento frío, presagio del próximo
Diciembre, barre algunas hojas secas y el polvo en el estrecho sendero,
que conduce al cementerio.
Tres sombras se hablan en voz baja debajo de la puerta.
--¿Le has hablado á Elías?--preguntó una voz.
--No, ya sabes que es muy raro y circunspecto, pero debe ser de los
nuestros: Don Crisóstomo le ha salvado la vida.
--Por eso también acepté,--dice la primera voz;--don Crisóstomo
hace que la curen á mi mujer en casa de un médico en Manila. Me he
encargado del convento para arreglar mis cuentas con el cura.
--Y nosotros, del cuartel para decir á los civiles que nuestro padre
tenía hijos.
--¿Cuántos seréis?
--¡Cinco, con cinco hay bastante. El criado de don Crisóstomo dice
que seremos veinte.
--Y ¿si no salís bien?
--¡St!--dijo uno y todos se callaron.
Veíase á favor de la semiobscuridad venir una sombra, deslizarse
siguiendo el cerco: de tiempo en tiempo se detenía como si volviese
la cara hacia atrás.
Y no le faltaba motivo. Detrás, á unos veinte pasos, venía otra sombra,
mayor, y que parecía más sombra que la primera: tan ligeramente pisaba
el suelo, desaparecía con rapidez como si le tragase la tierra cada
vez que la primera se detenía y volvía.
--¡Me siguen!--murmuró ésta;--¿será la guardia civil? ¿mentirá el
sacristán mayor?
--Dicen que es aquí la cita,--decía en voz baja la segunda sombra;--de
algo malo se debe tratar cuando me lo ocultan los dos hermanos.
La primera sombra llegó al fin á la puerta del cementerio. Las tres
primeras se adelantaron.
--¿Sois vosotros?
--¿Sois vos?
--¡Separémonos, que me han seguido! Mañana tendréis las armas y á la
noche será. El grito es: «¡Viva don Crisóstomo!» ¡Idos!
Las tres sombras desaparecieron detrás de las tapias. El recién
llegado se ocultó en el hueco de la puerta y esperó silencioso.
--¡Veamos quién me sigue!--murmuró.
La segunda sombra llegó con mucha precaución y se detuvo como para
mirar en torno suyo.
--¡He llegado tarde!--dijo á media voz;--pero acaso vuelvan.
Y como empezaba á caer una lluvia fina y menuda, que amenazaba durar,
pensó guarecerse debajo de la puerta.
Naturalmente se encontró con el otro.
--¡Ah! ¿quién sois?--preguntó el recién llegado con voz varonil.
--Y ¿quién sois vos?--contestó el otro tranquilamente.
Un momento de pausa; ambos trataban de reconocerse por el timbre de
la voz y distinguirse las facciones.
--¿Qué esperáis aquí?--preguntó el de voz varonil.
--Que den las ocho para tener la carta de los muertos; quiero ganar
esta noche una cantidad,--contestó el otro con voz natural;--y vos
¿á qué venís?
--A... lo mismo.
--¡Abá! [145] me alegro: así me estaré sin compañero. Traigo cartas;
á la primera campanada les pongo albur; á la segunda, gallo; las que
se muevan son las cartas de los muertos y hay que disputárselas á
tajos. ¿Traéis también cartas?
--¡No!
--¿Entonces?
--Sencillamente; así como les ponéis banca, espero que ellos me
la pondrán.
--Y ¿si los muertos no la ponen?
--¿Qué hacer? El juego no se ha hecho aún obligatorio entre los
muertos...
Hubo un momento de silencio.
--¿Venís armado? ¿Cómo vais á luchar con los muertos?
--Con mis puños,--contestó el más grande de los dos.
--¡Ah, diablo, ahora me acuerdo! los muertos no apuntan cuando hay
más de un vivo, y somos dos.
--¿De veras? pues yo no quiero irme.
--Ni yo, me hace falta dinero,--contestó el más pequeño;--pero hagamos
una cosa: juguemos entre los dos, y el que pierda que se aleje.
--Sea...--contestó el otro con cierto disgusto.
--Entonces entremos... ¿tenéis fósforos?
Entraron y buscaron en aquella semiobscuridad un lugar á propósito,
y pronto encontraron un nicho sobre el que se sentaron. El más bajo
sacó de su salakot unas cartas, y el otro encendió un fósforo.
A la luz miráronse el uno al otro, pero, á juzgar por la expresión
de sus rostros, no se conocían. No obstante, nosotros reconoceremos
en el más alto y de voz varonil á Elías, y en el menor á Lucas con
su cicatriz en la mejilla.
--¡Cortad!--dijo éste, sin dejar de observarle.
Apartó algunos huesos, que encontró sobre el nicho, y sacó un as y
un caballo. Elías encendía fósforos uno tras otro.
--¡Al caballo!--dijo, y para señalar la carta puso una vértebra encima.
--¡Juego!--dijo Lucas, y á las cuatro ó cinco cartas sacó un as.
--Habéis perdido,--añadió;--ahora dejadme solo que me busque la vida.
Elías, sin decir una palabra, se alejó perdiéndose en la obscuridad.
Algunos minutos después dieron las ocho en el reloj de la iglesia,
y la campana anunció la hora de las ánimas; pero Lucas no invitó á
jugar á nadie: no evocó á los muertos, como manda la superstición,
sino que descubrió y murmuró algunas oraciones, santiguándose y
persignándose con el mismo fervor que lo haría en aquel momento el
jefe de la cofradía del santísimo rosario.
Toda la noche siguió lloviznando. A las nueve las calles estaban ya
obscuras y solitarias; los faroles de aceite, que cada vecino debe
colgar, apenas iluminaban una esfera de un metro de radio: parecían
encendidos para hacer ver las tinieblas.
Dos guardias civiles se pasean de un extremo á otro de la calle,
cerca de la iglesia.
--¡Hace frío!--decía uno en tagalo, con acento visaya [146]; no
cogemos á ningún sacristán; no hay quien componga el gallinero del
alférez... Con la muerte del otro se han escarmentado; esto me aburre.
--Y á mí,--contesta el otro;--nadie roba ni alborota; pero, gracias
á Dios, dicen que Elías está en el pueblo.
Dice el alférez que el que le coja, estará libre de azotes durante
tres meses.
--¡Ah! ¿Sabes de memoria las señas?--preguntó el visaya.
--¡Ya lo creo! estatura alta, según el alférez; regular, según el
padre Dámaso; color moreno, ojos negros, nariz regular, boca regular,
barba ninguna, pelo negro...
--¡Ah! ¿y señas particulares?
--Camisa negra, pantalón negro, leñador...
--¡Ah! no se escapará; me parece ya verle.
--No le confundo con otro, aunque se le parezca.
Y ambos soldados siguen su ronda.
A la luz de los faroles vemos otra vez dos sombras ir una detrás
de otra con gran cautela. Un enérgico ¿quién vive? detiene á ambas,
y la primera contesta ¡España! con voz temblorosa.
Los soldados le arrastran y le llevan á un farol para reconocerle. Era
Lucas, pero los soldados dudan y se consultan con la mirada.
--¡El alférez no ha dicho que tenga cicatriz!--dice el visaya en voz
baja.--¿A dónde vas?
--A mandar una misa para mañana.
--¿No has visto á Elías?
--¡No le conozco, señor!--contesta Lucas.
--¡No te pregunto si le conoces, tonto! tampoco le conocemos; te
pregunto si le has visto.
--No, señor.
--Oye bien, te diré sus señas. Estatura á veces alta, á veces regular;
pelo y ojos negros; todo lo demás es regular,--dice el visaya.--¿Le
conoces ahora?
--¡No, señor!--contestó Lucas atontado.
--Entonces, ¡sulung! ¡burro! ¡burro!--Y le dieron un empellón.
--¿Sabes tú por qué para el alférez es alto Elías, y regular para el
cura?--pregunta pensativo el tagalo al visaya.
--No.
--Porque el alférez estaba hundido en el charco cuando le observó y
el cura de pie.
--¡Es verdad!--exclama el visaya;--tienes talento... ¿cómo eres
guardia civil?
--No siempre lo fuí; yo era contrabandista,--contesta el tagalo
con jactancia.
Pero otra sombra los distrajo: le dieron el ¿quién vive? y la llevaron
á la luz. Esta vez era el mismo Elías el que se presentaba.
--¿A dónde vas?
--A perseguir, señor, á un hombre que pegó y amenazó á mi hermano;
tiene una cicatriz en la cara y se llama Elías...
--¡Ah!--exclaman los dos y se miran espantados.
Y acto continuo echan á correr en dirección á la iglesia, donde
minutos antes había desaparecido Lucas.