Volverán las oscuras golondrinas...
(Becquer).
Como había anunciado Lucas, Ibarra llegó al día siguiente. Su primera
visita fué para la familia de capitán Tiago con el objeto de ver á
María Clara y referir que Su Ilustrísima ya le había reconciliado con
la religión: traía una carta de recomendación para el cura, escrita
del puño mismo del Arzobispo. No poco se alegró de ello tía Isabel,
que quería al joven y no veía con tan buenos ojos el casamiento de
su sobrina con Linares. Capitán Tiago no estaba en casa.
--Pase usted,--decía la tía en su medio castellano;--María, don
Crisóstomo está otra vez en gracia de Dios; el arzobispo le ha
descomulgado.
Pero el joven no pudo avanzar, la sonrisa se heló en sus labios y
la palabra huyó de su memoria. Junto al balcón, de pie, al lado de
María Clara, estaba Linares, tejiendo ramilletes con las flores y
las hojas de las enredaderas; en el suelo yacían esparcidas rosas
y sampagas. María Clara, recostada en su sillón, pálida, pensativa,
la mirada triste, jugaba con un abanico de marfil, no tan blanco como
sus afilados dedos.
A la presencia de Ibarra, Linares se puso pálido y las mejillas
de María Clara se tiñeron de carmín. Trató de levantarse, pero,
faltándole las fuerzas, bajó los ojos y dejó caer el abanico.
Un embarazoso silencio reinó por algunos segundos. Al fin Ibarra pudo
adelantarse y murmurar tembloroso:
--Acabo de llegar y he venido corriendo para verte... Hallo que estás
mejor de lo que yo creía.
María Clara parecía que se había vuelto muda, no profería una palabra
y continuaba con los ojos bajos.
Ibarra miró á Linares de pies á cabeza, mirada que el vergonzoso
joven sostuvo con altivez.
--Vamos, veo que mi llegada no era esperada,--repuso
lentamente;--María, perdóname que no me haya hecho anunciar; otro
día podré darte explicaciones sobre mi conducta... todavía nos
veremos... con seguridad.
Estas últimas palabras acompañadas de una mirada para Linares. La joven
levantó hacia él los hermosos ojos, llenos de pureza y melancolía,
tan suplicantes y elocuentes, que Ibarra se detuvo confuso.
--¿Podré venir mañana?
--Ya sabes que para mí siempre eres bien venido,--contestó ella apenas.
Ibarra se alejó tranquilo en apariencia, pero con una tempestad en
la cabeza y frío en el corazón. Lo que acababa de ver y de sentir
era incomprensible: ¿qué era aquello, duda, desamor, traición?
--¡Oh, mujer al fin!--murmuraba.
Llegó, sin notarlo, al sitio donde se construía la escuela. Las obras
estaban muy adelantadas; Ñor Juan con su metro y su plomada iba y
venía entre los numerosos trabajadores. Al verle corrió á su encuentro.
--Don Crisóstomo,--dijo,--al fin ha llegado usted; todos le
esperábamos; mire usted cómo están los muros: ya tienen un metro
diez de alto; dentro de dos días tendrán la altura de un hombre. No
he admitido más que molave, dungon, ipil, langil; he pedido tíndalo,
malatapay, pino y narra [143] para las obras muertas. ¿Quiere usted
visitar los subterráneos?
Los trabajadores saludaban respetuosos.
--¡Aquí está la canalización que me he permitido añadir,--decía Ñor
Juan;--estos canales subterráneos conducen á una especie de depósito
que hay á treinta pasos. Servirá para el abono del jardín; de esto
no había en el plano. ¿Le disgusta á usted?
--Todo lo contrario, lo apruebo y le felicito por su idea; usted es
un verdadero arquitecto: ¿con quién aprendió usted?
--Conmigo, señor,--contestaba el viejo modestamente.
--¡Ah! antes que se me olvide: que sepan los escrupulosos (por si
alguno teme hablar conmigo) que ya no estoy excomulgado; el arzobispo
me ha invitado á comer.
--¡Abá, señor, no hacemos caso de las excomuniones! Todos estamos
ya excomulgados; el mismo P. Dámaso lo está, y sin embargo sigue
tan gordo.
--¿Cómo?
--Ya lo creo; hace un año dió un bastonazo al coadjutor y el coadjutor
es tan sacerdote como él. ¿Quién hace caso de excomuniones, señor?
Ibarra divisó á Elías entre los trabajadores; éste le saludó como
los demás, pero con una mirada le dió á entender que tenía algo
que decirle.
--Ñor Juan,--dijo Ibarra;--¿quiere usted traerme la lista de los
trabajadores?
Ñor Juan desapareció, é Ibarra se acercó á Elías, que levantaba solo
una gruesa piedra y la cargaba en un carro.
--Si me podéis conceder, señor, algunas horas de conversación,
paseaos luego la tarde á orillas del lago y embarcaos en mi banca,
pues tengo que hablaros de graves asuntos,--dijo Elías alejándose,
después de ver el movimiento de cabeza del joven.
Ñor Juan trajo la lista, pero en vano la leyó Ibarra; el nombre de
Elías no figuraba allí.